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Algunos poemas de
Ana Pérez Cañamares

EN UN MISMO DÍA

Amanecemos resacosos
como beatniks treintañeros;
nos vestimos de maduros responsables
y hacemos la compra, la comida
vamos al banco y al trabajo
maldiciendo tan bajito
que parece que cantamos.
En la siesta nuestros cuerpos
se atacan y florecen con el ardor
asustado de dos adolescentes;
después damos un paseo en silencio
tú, yo y el amor viejo
de dos jubilados que repiten
y disfrutan la misma conversación
desde hace cuarenta años.

Esto es jugar:
engañar al tiempo.
Sacarle la lengua
y removerle el flequillo.
Tirarle un hueso lejos
y que nos olvide.

 

EL PADRE DE MI AMIGO/SALVACIÓN

Para Pep

El padre de mi amigo, siempre que iban
al pueblo, paraba el coche en el arcén
se bajaba y se dirigía hacia un árbol.

Siempre el mismo árbol.

Lo abrazaba durante unos minutos
mientras su familia lo miraba desde el coche.
Después proseguían su camino.

Aquel hombre, el padre de mi amigo,
iba hacia el árbol y lo abrazaba.

Yo, que no tengo pueblo ni árbol,
yo, que no estaba en aquel coche,
tengo que recordar aquella escena
tengo que recordar el tacto rugoso
del tronco, su silencio en mi oído
y también los brazos fuertes
cercándose a mi alrededor.
Y  la escena desde el coche
viendo a ese hombre que ya no es padre:
es un hombre abrazando a un árbol.

Tengo que recordarlo porque si no
a todos –coche, árbol, hombre, pueblo-
a todos nos barrerá el viento del infierno.

 

ESTACIONES

Para la gente de Esferadeletras

Leo los poemas de Amijai en el tren
levanto la cabeza y ahí está:
la primavera estallando en los descampados
una gran bomba de la que el tren huye

porque los poemas que los árboles dictan
están escritos en un idioma exótico
que no entendemos los que vamos
a recluirnos en nuestras casas

la palabra estación ya sólo nos habla
de lugares en los que apearse
y el único sol que me calienta ahora
es el que apresaron las uvas
antes de hacerse vino.

 

LA ENFERMEDAD DE J

Para J y L

J se acerca y me dice
que quiere ver su enfermedad.
Escupe en un pañuelo de papel
y luego lo tira a la chimenea.

Hace horas que yo no paro de llorar.
Siempre es así con el ácido:
el ácido sabe en qué lugar de mí
se oculta el grifo que abre
el llanto o las risas incontenibles.
Esta vez son lágrimas que caen
por mi rostro, por el cuello
que llegan hasta el pecho
en un reguero salado.

Así que llorando me tumbo
en el suelo junto a J
y vemos como su enfermedad
se consume entre ascuas.
El pañuelo ha tomado
la forma de un dragón.
Los dos lo definimos a la vez
siameses unidos por el alma;
aunque los ojos de J son
fríos como los de un cirujano
y los míos están velados por las lágrimas.

El pañuelo se quema lentamente
va cambiando de forma
mientras J y yo lo acompañamos
boca abajo sobre el suelo de barro
la barbilla apoyada en las manos
como dos niños escrutando un hormiguero
estudiando las leyes de la vida.

Al final lo que queda del pañuelo
tiene forma de bebé en un capazo.
Casi dan ganas de cogerlo y acunarlo.
Ahí tienes tu enfermedad, le digo a J.
Sí, supongo que no es para tanto
contesta él. De dragón a bebé
y luego un puñado de cenizas.

A las pocas semanas me llama
y me dice que sus transaminasas
están en un nivel normal
por primera vez en años.
Ya lo sabía, le digo.
El ácido también me abre
el grifo de la fe.

Luego, el día a día, ese fontanero
que cobra precios abusivos
ya se encarga de cerrarlo.

 

 

 

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