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Los ojos de Sara y Zapatos de tacón
Por Carmen Moreno


A Sara le regalaron un triciclo cuando cumplió seis años. Ella recuerda que antes le gustaba ir a la cama porque soñaba con palacios y ranas. Vive en Palestina, en una ciudad llamada Ghaza.
Sara conoce la guerra porque, cada noche, unos hombres que no conoce, tiran bombas en su ciudad.
Sara se sienta a la puerta de su casa a tomar su vaso de leche. Se mira las manos manchadas de barro y presiente un mundo diferente en alguna parte del universo (que debe ser algo muy grande porque no puede imaginarlo).
A Sara le pesan los párpados que se toca con sus pequeños dedos. Sus amigos se fueron lejos un día de julio. Todos decían adiós con una mano y sujetaban, con la otra, muñecas y balones de trapo.
Sara sabía que había reído en otro tiempo y le gusta dormir en los brazos de su padre porque se sabe a salvo de las bombas que caen. Su padre siempre le decía:
Uno es valiente cuando tiene miedo, pero lo vence.
También recordaba los colores, la luz. Ahora todo parecía gris, como si un invierno muy largo se hubiera instalado en Ghaza para siempre.
Antes, cuando las bombas no existían, todos los días iba al patio de sus abuelos a recoger limones. Le encantaba olerse las manos después de estar en el huerto. Tomaba su vestido a modo de cesta, y lo iba llenando con los que su abuelo le iba bajando de ramas a las que ella no hubiese llegado por mucho que pusiera su cuerpo sobre las puntas de sus pies.
Sara se sabía pequeña. Miraba a su padre con sus ojos negros siempre demasiado abiertos, observaba las piernas de su abuelo y, entonces, miraba al suelo y se daba cuenta de que la distancia no era demasiada.
Ya hacía tiempo que no veía a los abuelos. De vez en cuando se llevaba el reverso de las manos hasta su nariz y aspiraba fuertemente como si todos los olores permanecieran allí escondidos.
La madre no la besaba como antes, cuando ponía música y la cogía en brazos y daba vueltas con ella por la sala. Casi siempre manchada la cara de harina y con aquella sonrisa generosa dibujada en los labios que Sara miraba fijamente como si quisiera perderse dentro.
Algunas noches, cuando el pijama se iba empapando sin que pudiera hacer nada por remediarlo, la madre llegaba hasta su cama, la tomaba en brazos y echaba a correr hacia el sótano, sujetando la cabeza de Sara.
Sólo había ido al colegio dos semanas. Fue en octubre cuando comenzaron a llenar el cielo de bombas y dejaron de salir a jugar. Los niños lloraban con las niñas, agarrados a las faldas de las madres.
Por la mañana, mientras esperaba el desayuno a Sara le gustaba escribir cuentos y escuchar a su madre cantando. Se sentaba en la cocina, cerca de la ventana para mirar cuánta gente triste se iba con sus maletas.
Un día, la madre, se sentó a su lado en la mesa, le acarició el pelo y le preguntó:
–Sara, ¿te gustaría llevarte tu triciclo?
–¿A dónde, mamá? –preguntó Sara.
–A un sitio donde no haya bombas, ¿te gustaría?
–¿Por qué tenemos que irnos, mamá?
–Porque papá tiene miedo, Sara. ¿Quieres que papá tenga miedo?
Sara miró a su madre con los ojos muy abiertos porque jamás pensó que su padre, un hombre muy alto y fuerte, pudiera tener miedo. Soltó el lápiz sobre la mesa, cogió la mano de su madre y le dijo:
–Llevarnos el triciclo estaría bien.

 

Zapatos de tacón

“Cuando abra la puerta voy a querer encontrar algún mensaje de ella, y cuando me desplome para dormir en algún suelo o cama voy a escuchar  y a contar los pasos en la escalera, uno por uno, o el crujido del ascensor, piso por piso, no por miedo a los milicos sino por las ganas locas de que ella esté viva y vuelva.”
Eduardo Galeano

De buena mañana llegaron los milicos. Se la llevaron a la fuerza, agarrada por el pelo, así. Iban gritándole toda clase de insultos. Yo intenté interponerme, pero un golpe aquí, justo aquí, hizo que diera con mis huesos en la tierra. Ella no luchaba por deshacerse de las sucias manos que la empujaban hacia un camión militar. Yo la vi alejarse como se aleja un paseante en el tumulto en mitad de una fiesta.  
Era víspera de Navidad y ella vestía un traje rojo que le había comprado su padre al cumplir los dieciocho y unos zapatos de tacón, sus primeros zapatos de mujer, porque no nos gustaba verla tan metida en arreglos y hombres. Ya sabíamos que no era una niña y que andaba con chicos de pelo largo.
Jamás nos dijo que eran aquellos zapatos los que le gustaban, pero yo la veía pararse ante la misma vidriera cada vez que paseábamos por la avenida y mirar con los ojos llenitos de entusiasmo, de ganas locas de alzarse sobre ellos.
No andaba en nada de política, si andaba en algo, que nunca pude creerlo, ¿cómo podía quedarse callada mientras otros caían en la tarde?; y yo misma habría negado cualquier prueba, yo misma las habría negado… Porque ella no andaba en nada, porque a ella no le interesaba la política, porque era mi niña. Y andaba con pibes melenudos, ¿y qué?
Si la hubiera visto como la vi yo salir del cuarto, apenas maquillada, con una sonrisa que iluminaba todo el salón. Se volteó para que la observásemos con más detenimiento, para que le dijésemos lo hermosa que iba. Y era cierto que iba bien bonita. Tenía los ojos verdes de la madre del papá. Era una hermosa gallega que había llegado, queriendo salir de un país en guerra y mire por dónde…
Una compañera me lo contó todo. Ella, Luz, se llamaba, pudo salvarse. Dicen que delató a camaradas de actividad por eso fue la única que sobrevivió. Y, ahí mismo, ahí donde está usted ahora, me lo contó. “Teníamos miedo, teníamos tanto miedo que nos meábamos en la cama. Nos vendaron los ojos, antes de llegar donde nos hacinaban. Nos vendaban los ojos cuando uno de esos perros nos agarraba fuerte del brazo y nos sacaba a patadas, mientras otras nos sujetábamos a sus piernas para que no la llevaran. Nos vendaban los ojos cuando nos subían la falda y nos abrían a golpes los muslos y nos entraban bien de seguido y más de uno. Pero ella no delató. Yo estuve presente en su interrogatorio y no dijo ni aire. Aguantó cada golpe, cada descarga que le arrancaba con olor a quemado un trozo del cuello.”
Me lo contó con rabia, como se deben contar estas cosas porque llorar… ¿para qué? ¿Puede el llanto devolvernos la vida de los que no están? No, estas cosas se cuentan con los dientes apretados, con los puños cerrados, y una voz sin dudas.
La llevaron a una habitación pequeña, sin ventilación alguna, allí estaba Paula, mi hija, desnuda, atada con las manos a la espalda. Uno de aquellos hombres se apuraba a cerrar el botón del pantalón. El botón del pantalón ¿sabes qué carajo significa eso? No era raro que sucediera.
Paula se doblaba cuanto podía sobre sí misma en posición fetal. Aquella compañera presenció cómo apagaban cigarros sobre ella, cómo la golpeaban con sus botas de milicos putos, que se hubieran muerto de la peor forma posible, porque ella me lo contó todo, pero yo no quiero recordar. Y me lo confesó con los ojos fijos en los míos, también había delatado a Paula, aunque no la había visto nunca.
Pagué los cafés y salí a la calle con el estómago lleno de náusea y arrastrando las piernas, andando apenas como una vieja desahuciada que sabe que no logrará torcer la esquina. Un calambre persistente me recorría los brazos y el mundo se desvanecía en un silencio que sólo me inundaba a mí.
Nunca más volví a verla, ni siquiera muerta. Al menos así, puedo seguir disfrutándola viva, tan sólo viva con la voz de siempre, pidiéndome un traguito más porque era día de celebración... Y la puerta que cae ante la violencia de siete milicos que la arrastran a la calle, que la meten en un camión y se la llevan para siempre y su voz de viva que molestaba al silencio “no tardo, vieja, seguí la fiesta que ahora vuelvo”. Y una nube de gasolina quemada enturbiando el aire. Y tan viva. Y tan cerca, en el carro que la llevaba… un rato nomás.

 

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