El día del helicóptero
por Pedro M. Martínez
¿Es éste el mundo que creaste, dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número
que no progresa,
que lentamente querrá más muerte.
Somos cinco mil (Víctor Jara; Estadio Nacional;
Santiago de Chile; septiembre de 1973)
Han tenido que transcurrir más de treinta años para que recuerde la frase pronunciada durante una sobremesa por aquel capitán de Carabineros. Fueron palabras de violencia que, entonces, sonaron como la broma grosera de un policía que se creía dueño de todo lo que le rodeaba. Ahora las recuerdo, mientras leo que el capitán es un asesino convicto que anduvo un tiempo ocultándose de la justicia bajo un nombre falso, hasta que le detuvieron en la ciudad de Valparaíso y una jueza de la Corte de Apelaciones le condenó a prisión.
Supe meses después de aquella comida en el Cooper Club que el carabinero había sido enjuiciado por el asesinato de quince personas, pero que los tejemanejes de la justicia militar y una Ley de Amnistía le habían permitido quedar en libertad. Fue un caso más entre los miles que durante aquellos crueles años salpicaron la historia del Cono Sur americano.
Nosotros sabíamos lo que estaba ocurriendo cuando semanas antes llegamos al aeropuerto de Pudahuel. Sabíamos que había toque de queda y que durante días seríamos interrogados antes de poder partir —si nos lo permitían— hacia el altiplano. Algunos nos dijeron que en aquella situación era una locura ir a escalar a los Andes, pero allí estábamos. No es tan diferente el riesgo ante una pistola del que se corre en una cima a veinte grados bajo cero, es una cuestión de disposición personal: se asume el peligro y punto. Así pensábamos entonces.
Sentados cómodamente en el Cooper Club, con una copa de coñá chileno en la mano, escuchábamos las palabras de elogio de los policías por haber ascendido el nevado. De no haber tropezado el radiador del coche con una piedra nunca habríamos estado en aquel poblado minero que poco antes surgió, fantasmal, entre los cerros de cobre mineral calcinados por el sol del altiplano: habríamos bordeado las alambradas que cercaban las casas prefabricadas, el horno de la fundición, la pequeña iglesia y las explanadas en donde las planchas de metal rojizo se apilaban a la espera del tren que las transportaría hasta los puertos del Pacífico.
Tampoco habríamos conocido al capitán ni a Maximiliano, un profesor de inglés desterrado por varios años a causa de sus opiniones políticas. Él nos habló del silencio que vivían en las casas techadas con hojalata, de las precauciones que debían tener para relacionarse con los demás. Con quién y porqué podían ser un delito en aquel pueblo militarizado después de que en septiembre de 1973 los mineros dinamitaran la comisaría de policía. A finales de aquel mes un helicóptero sobrevoló la fundición y levantó el polvo amarillento de las calles. Luego llegaron los milicos y pusieron las alambradas. Durante las noches que siguieron se escucharon gritos y disparos de fusil.
Maximiliano no debería habernos invitado a su casa, pero la oportunidad de hablar con alguien que venía del mundo exterior venció a la cautela y el miedo que enturbia la vida del desterrado. Su mujer, una mapuche altiva y silenciosa, nos sirvió una infusión y escuchó con atención la conversación que mantuvimos durante la breve visita. Poco antes de la despedida, conscientes de que nunca volveríamos a vernos, ella se dirigió a un arcón de madera barnizada del que extrajo un ejemplar de La Cantata de Santa María de Iquique. Nunca sabré cómo consiguieron ocultar el disco para trasladarlo hasta allí; sus ojos se iluminaron cuando pasó de mano en mano y alguien leyó: «el sol en desierto grande y la sal que nos quemaba, el frío en las soledades, camanchaca y noche larga, el hambre de piedra seca y quejidos que escuchaban la vida de muerte lenta y la lágrima soldada», después volvió a embozarlo con cuidado entre las mantas y chales que llenaban el baúl. Antes de marchar le dimos una bolsita de macoña a Maximiliano: «Para esta noche, compañero», le dijimos. Ellos no salieron. Una pareja de carabineros nos miró desde la puerta de un colmado, arriba de la calle.
Cuando terminamos la comida en el club, el capitán nos llevó en una camioneta a ver a su mascota, una cría de guanaco de patas endebles y ojos grandes y brillantes. Orgulloso de su sensibilidad nos contó que él mismo le daba el biberón y cómo había que proteger a los animales salvajes del desierto, verdadera riqueza del país. La noche se echó encima de los cerros y luces pajizas se encendieron sobre las calles de tierra cuando nos fuimos. Entonces no anoté nada de lo ocurrido, supuse que siempre lo recordaría…
No volví a ver al capitán. No quisimos despedirnos de él. Después de la visita a la casa de Maximiliano montamos en el coche y nos dirigimos hacia la salida del poblado. En el puesto de control, en las alambradas, unos soldados cubiertos con casco y armados de fusil nos hicieron parar. Esperamos durante mucho tiempo bajo la atenta mirada de los militares hasta que uno de ellos se acercó y dijo:
—El capitán está muy disgustado porque no hayan ido a despedirse de él —nadie le contestó. Entonces creo que pensé en la frase que pronunció el policía entre risas de sobremesa: «A veces los soldados no me quieren caminar, pero unas cuantas patadas o puñetazos lo arreglan todo; luego te lo agradecen».
El militar miró hacia la caseta de la guardia, asintió hacia alguien, se levantó un poco el casco y con su mano señaló el desierto.
El pueblo volvió a hundirse entre los cerros amarillos y negros donde se esconden el cobre y el oro y las camadas de guanacos se arrebujan entre sí para protegerse del frío de la noche; muchos años después vuelvo a ver cómo huían delante de nosotros, levantando estelas de polvo parecidas a la que producía nuestro coche en la estrecha pista de tierra que nos alejaba de la cordillera.
Escribo esto ahora, después de leer que el capitán de Carabineros cumplirá la condena impuesta por matar a quince hombres y el recuerdo del sonido de su violenta voz, como si regresara del exilio, se asemeja al del aire roto por las aspas del helicóptero que un día sobrevoló el altiplano troceado por los mineros con la misma dinamita que se rebeló contra el infausto septiembre. La evocación de aquel tiempo susurra el misterio del devenir.
En las llanuras del altiplano, cerca de los espejos de la sal milenaria, una manada de guanacos corre por la ladera de un cerro huyendo de los disparos de fusiles de asalto. Sí, es para esta misma noche, compañero, sin falta, porque las balas no respetan las ventanas del recuerdo…
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Marzo-abril 2009 ©