Entrevista con George Heartmines, paseante profesional.
Por Jean Martin du Bruit
Ciervos disecados. Zapatos y más zapatos. Fotos de valles y autopistas. Un sofá cómodo y un libro de viajes. El comedor de George identifica a su dueño, entregado en cuerpo y alma a difundir el paseo como un arte, no como mero caminar de un sitio a otro.
El 28 de noviembre de 1995 George se quedó solo en casa. Tenía 13 años y no le apetecía mirar la tele ni jugar con los clips. Estaba creciendo, y quiso certificar su cambio con la aventura de pasear Barcelona de noche, algo inédito para el preadolescente. Ese día entendió que pasear era divertido, sano, sus piernas recuerdan a las de Roberto Carlos, y una fuente inagotable de matices útiles en lo vital y en lo artístico.
Ahora, con 27 años muy bien llevados, George se dedica a promocionar por el ancho mundo sus actividades paseantes. Su lema es ser como una tortuga fotógrafa, lenta por velocidad y rápida al adorar la observación del espacio.
Jean Martin: ¿Por qué pasear? ¿Entiendes a los que exaltan el transporte público?
George: No sé el motivo que te incita a empezar así esta entrevista. Si hablas de transporte público derivas al paseo urbano, una variante espectacular por las posibilidades que atorga. La pereza que sacude nuestra época hiperactiva conlleva olvido mnemotécnico. Ni los taxistas se acuerdan del nombre de las calles. Con el paseo urbano refuerzas la memoria y entiendes que la línea recta es aburrida.
Jean Martin: ¿No ocurre lo mismo en el campo?
George: En realidad nada es aburrido, todo depende del tipo de paseo. En el campo la línea recta es menos monótona por los colores, en la ciudad el asfalto condiciona y el cambio se percibe mejor si jugamos a zigzaguear para hacer más entretenida nuestra actividad mediante un continuo estudio de la calle como materia viva.
Jean Martin: ¿En qué sentido?
George: Uno de los primeros errores de la modernidad paseante es no otorgar importancia al sonido de la calle. La mayoría van con sus aparatitos tecnológicos y la música a todo trapo sin darse cuenta del ruido importante. El paseo no es sólo una pasión física, va más allá y constituye el reto de integrar al individuo en la totalidad de los cinco sentidos. Tener las orejas libres es garantía de conocimiento y permite escuchar, algo muy infravalorado en nuestra sociedad.
Jean Martin: Sí, estoy de acuerdo, pero me choca que me lo diga alguien que ensalza una actividad solitaria.
George: ¡Y un cuerno! La ensalzo individual y colectivamente. En el primer caso tiene virtudes délficas. Conócete a ti mismo. En el segundo hay que establecer gradaciones, No es lo mismo pasear con un amigo que hacerlo con un grupo, donde todo el mundo habla y se pierde capacidad de notar lo trascendente, aunque también puede darse que los paseantes enriquezcan la ruta con sus comentarios, lo que casi siempre sucede si vas sólo con un amigo motivado y deseoso de complementar tu visión.
Jean Martin: ¿No te contradices un poco?
George: ¿Por qué lo dices?
Jean Martin: Por la organización de los paseos populares.
George: eres vago e impreciso ( me atiza una mirada de odio). Los paseos populares nacieron por un afán calculador. En 2002 sentí la necesidad de saber cuantos kilómetros caminaba. Mi calculo inicial era que en un paseo de media hora ( George mide metro ochenta y tiene las piernas larguísimas) recorres dos millas, lo que equivale a cuatro en una hora, seis mil metros. Con la aparición de Google earth creí solucionar mi duda, pero el programa privilegia los recorridos en automóvil. Mi gozo en un pozo. Finalmente opté por inventar paseos populares consistentes en fijar recorridos a pasear en diez horas. Estos circuitos, que cubren gran parte de la trama urbana, permiten a muchas personas penetrar en sus límites físicos, pero curiosamente gran parte de los inscritos acaban afirmando que el verdadero descubrimiento es interior. Pasean en solitario durante casi medio día y no se paran ni a tomar un café. Es una actividad colectiva pero individual. Esa es mi respuesta.
Jean Martin: Creo que lo único que haces es reproducir el motivo del flaneur. Baudelaire ya pasó.
George: Baudelaire era un genio que intuyó la esencia del paseo. El poeta no pierde su corona mientras camina rodeado de mortales. La gana al percibir que lo normal es anormal.
Jean Martin: ¿Desde que óptica lo afirmas?
George: Desde el prisma de poner los pies en el suelo y avanzar sin miedo a lo trágico de la normalidad, su verdadera fuerza lírica, muy mal vista en este mundo conformista y cargado de formas políticamente correctas. Ayer mismo en sólo tres minutos di con tres perfectos ejemplos. Llegué a Paseo de Gracia con Rambla Cataluña y una hija de cuarenta años gemía ante algo que le decía su madre. Cinco metros después un hombre hurgaba en su nariz mientras contemplaba un cartel con una bella chica desnuda. A poca distancia unos caballos subían hacia Gracia y unos niños tiraban caramelos. Nadie dio importancia a estas epifanías cotidianas. La gente no piensa y olvida por apagar con demasiada frecuencia su disco duro. Las anécdotas de paseos suelen nutrirse de miradas soslayadas y cosas por el estilo. El romanticismo hizo mucho daño a la naturalidad de la visión. La determinó entre rosa y amor. Luego el neocapitalismo destruyó la hermosura de saber que lo importante no es ir de un punto a otro.
Jean Martin: ¿Y eso es un atentado?
George: Hablaría de errores. En el caso del romanticismo por evitar lo cruel desde su permanencia en lo real, que es una desde sus múltiples prismas. El neocapitalismo privilegia la funcionalidad por motivos relacionados con su deseo de velocidad para anular al individuo. El metro es maravilloso si te detienes a observarlo, pero las personas que lo usan suelen detestarlo. Mira sus rostros. Miradas perdidas. Libros forrados. Mala leche. Su paso por el underground son minutos muertos de sus existencias. Están programados para un principio y un final.
Jean Martin: ¿Y no ocurre lo mismo paseando?
George: No. Pondré otro ejemplo. Si viajas en metro o en autobús estás en un espacio limitado, lo que también ocurre cuando estás en tu habitación. En el metro puedes ser taxonomista, sin, y esa es la clave, avanzar. Puedes oler ciertos conceptos, cavilar sobre los males del género humano, pero no encontrarás su esencia, presente en todas partes a través del paseo.
Jean Martin: ¿Paseo como sabiduría universal?
George: Sí, e indudable terapia para ampliar horizontes. Hablaba de los conceptos fundamentales pensando en la muerte. Ve al mercado y fíjate en los conejos. Si los miras de cerca producen terror por mucho que siempre estén en la carnicería y nadie repare en ellos por su absoluta normalidad....anormal. Son símbolos y la calle está llena de ellos. Un alcantarillado puede ser un frasco cargado de ideas.
Jean Martin: ¿Y cual es la conclusión?
George: El paseante profesional no concibe una conclusión, siempre se sigue, el camino es infinito y ponerle punto y final es de cobardes. Nunca definimos al cien por cien nuestra concepción del universo porque siempre podemos incrementarla. Y eso lo logra el paseo más que ninguna otra cosa en la existencia. Niños, leed a Walser, Sebald, Joyce, Vila Matas, Baudelaire, pero sobretodo no tengáis miedo de salir a la calle, es Dios.
Jean Martin: ¿Te puedo preguntar por tu carrera literaria?
George: No. Quedé en la otra punta de la ciudad y aún no sé que zapatos calzarme.
George se levanta, ríe y me da su mano. Su rostro es el de un hombre concentrado que espera mi marcha para ponerse con la suya. Cierra la puerta y se despide. Ciervos disecados.
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Marzo-abril 2009 ©