Una foto mía en la Rue Mouffetard
Por Luciana Ferrando
Para salir, sólo era cuestión de salir. Hay que dejar de lado los días enteros de la primavera anticipada en la ventana, de escribir "hasta que me lloren los dedos", como dijo alguien, en la habitación de Arcueil, cerca de la casa de Erik Satie, para salir y reconciliarme a lo grande con París.
Un poco de calle. Un poco de vida. La vida callejera es ahora para mí la vida. Aunque no soy exactamente una viajera –ya hace como un mes que estoy en esta ciudad– soy una viajera. Puedo huir en cualquier momento hacia cualquier destino y eso me hace sentir poderosa. Mi casa es mi mochila, soy un caracol que lleva todo consigo a su propio ritmo. Mis pensamientos son simples porque mi mente y mi cuerpo sólo son capaces de concentrarse en las sensaciones y en las necesidades del instante. No existe un antes o un después: mi tiempo es el presente absoluto.
Salir. Aunque salir sea vender de nuevo revistas en la Rue Mouffetard, jugar a la canillita con boina gris. Sin la boina luego, con el pelo muy corto regalado a la caricia del viento, jugar a ser Jean Seberg en À bout de soufflé; el pelo me favorece ciertamente aunque mi porte sea más fellinesco que felino, y me falten los amantes con cigarro colgando de los labios cual Belmondo.
Reírme de los que me esquivan como si estuviera loca, como si fuera a contarles, casi llorando, una historia de una rusa que se deja mirar en el metro de París.
Esta historia contada una noche en la terraza de La Chope, en la Rue Clignancourt, cerveza y cous cous. Alguien hace trucos de magia con un mazo de cartas y un pañuelo rojo, un violín reproduce o inventa una serenata de lo más triste. Una chica, con cara de trágica se acerca, se arrodilla junto a la mesa, se toma de los hombros de dos parroquianas y empieza a hablar: “El otro día había una rusa en el metro que se dejaba mirar. Era hermosa porque se dejaba mirar, casi como si se dejase acariciar las mejillas. Simulaba contar las estaciones, pero yo sé que era para que la pudiéramos mirar más". Los labios vibran, la voz se quiebra, se le llenan los ojos de lágrimas, se levanta, dice "gracias por escucharme" y se va. Algunos aplauden tímidamente.
Vendo revistas bajo la lluvia y hago una pausa que es un chocolate bien caliente en Le verre à pied. Escribo en la mesa del bar, temblando por el frío y por cosas misteriosas.



Siento de pronto que tengo los pies en el agua de un lago. Hoy hay un lago helado en la calle Mouffetard, en París.
Enciendo un cigarrillo como si lo encendiera frente a una chimenea y lo fumo, con el mismo gesto, como en un jardincito. Una terracita privada, con vista a los puestos de fruta, en la calle Mouffetard.
Casi tengo una crisis de romanticismo en medio de la Rue Mouffetard por oír a alguien demasiado de cerca. Lo oigo susurrar, y aunque tal vez las palabras denotan que no le interesa mi ofrecimiento –“desolé, je n’ai pas le temps”-, la música de las palabras connota para mí, para mí solita en mi parcela bucólica recién inventada, una declaración amorosa a la antigua. Las palabras del caballero antes de desaparecer en el horizonte a bordo de su caballo majestuoso.
Alguien que camina con las manos en los bolsillos del pantalón, me da la medida de la calma. Alguien arrastra los pies en la Rue Mouffetard.
El roce de todas las ropas mojadas.
Tiemblo en la rue Mouffetard. Tiemblo en Paris. Temblar porque ahora nieva. Porque ya no llueve.
Haber venido para eso: para presenciar o para vivir esta disimulada revolución del cuerpo.
Tiemblo como recién llegada, después de haber visto parques y lagos. Después de haber abandonado la habitación de la ventana primaveral, de haber fumado junto al fuego, de haberme enamorado del susurro de un transeúnte y de haberlo seguido, con la mirada, hasta los confines de la Tierra. He acariciado de nuevo la mejilla de una mujer rusa en el metro. He besado la brasa de Belmondo. He vendido revistas y he bebido chocolate hirviendo.
Tiemblo como recién llegada después de un largo viaje por la Rue Mouffetard.
El frío era enorme y puro. El camino, como siempre, eterno.
subir
Marzo-abril 2009 ©