Alucinación en el camino tras leer a Claudio Rodríguez
por Jesús Alonso
No hay símbolo tan polivalente como el del camino. El camino, el verde al menos, es paño de lágrimas para las penas de las margaritas. El camino, de cualquier color, es confidente de aquellos que van a contarle su mal y como tal se le exige fidelidad y discreción: “no le digas si vuelve a pasar que mi llanto tu suelo regó”. En el camino, que es oficio y definición del caminante (el camino nos realiza, nos alimenta, nos anuncia y nos denuncia) todo pasa y todo queda.
En los tiempos del mítico Huangdi, el Soberano Amarillo –siglos XXVII y XXVI a.C.–, un ministro cae del caballo en un camino, y se deja estar sobre el polvo contemplando las huellas de los pájaros y otros animales sobre la arena. Cuatro días después se levanta y crea a partir de esos modelos los primeros pictogramas chinos.
Un ciudadano romano cae derribado del caballo en otro camino y descubre de golpe un nuevo dios y el colmo del urbecentrismo, que todos los caminos conducen a Roma.
Un escritor saca a pasear a un hidalgo por los caminos de La Mancha e inventa la novela moderna y el primer guión de un género que luego se llamará road movie...
“En el camino se puede soñar y contemplar, el soñar es sencillo, pero no el contemplar”, escribió Claudio Rodríguez, que sabía mucho de contemplaciones. Años antes, un Claudio Rodríguez casi adolescente sale a los caminos de su tierra zamorana y se pierde por ellos días, semanas y hasta meses. Cuando vuelve llega lleno de un libro de poemas como hostias para darse en comunión. El título del libro lo dice todo, pero por si acaso…:
“Cuando empecé a escribir Don de la ebriedad tenía 17 años… Mis primeros poemas brotaron del contacto directo, vivido, recorrido, con la realidad de mi tierra, con la geografía y el pulso de la gente castellana, zamorana… No sabía entonces, ni ahora, que la contemplación, que es pensamiento, entraña moralidad y que mis caminatas por los campos de mi tierra iban configurando y modificando, a la vez, mi visión de las cosas y la de mi propia vida…”. Y añade el crítico Luis García Jambrina refiriéndose al libro: “en el curso de sus cantos hay también implicado un proceso, un caminar: la contemplación del poeta se hace caminando y todo ese movimiento se traduce en la peculiar andadura rítmica del poema –es el ritmo del paso y la respiración- y en la continua aparición de imágenes, que se transforman de inmediato en otras nuevas, como una metamorfosis incesante”.
Se escribe como se camina. Los caminos están hechos para dejarse sorprender en la contemplación. Todos los caminos empiezan en una mirada. Si la mirada sabe ser nueva o limpia, recién lavada, no hay un camino viejo.
“Dichoso el que un buen día sale humilde
Y se va por la calle, como tantos
Días más de su vida, y no lo espera,
y de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra…“
Caminar era para Claudio Rodríguez dejarse llevar, no por los pies, sino por los sentidos, andar adonde la mirada lo llevara. El camino, como el poema, no es un itinerario o trayecto sino una Aventura.
Dan ganas de lanzarse al camino a buscar el milagro de la contemplación o una caída del caballo que me revele un pictograma, un dios nuevo o una novela fundacional, pero ni los dones ni los caballos están bien repartidos. Sentado a la orilla, harto ya de esperar como todos los días de ver pasar incesantes cadáveres de enemigos (un manantial inagotable de cadáveres) camino del cementerio, finjo a falta de caballo una caída de mis propios pies (si a veces las caídas de los propios pies son tan peligrosas y tan mortales como las de los caballos también pudieran resultar tan inspiradoras). Y así, hoy, allí, recién caído en el camino, caído, espero no una revelación ni un milagro contemplativo, pero sí al menos un estadillo de acontecimientos. Y al cabo de un rato veo a Bambino naciendo en el camino que va de Sevilla a Utrera, veo a Jorge Luis Borges sentado al lado de una pared, a la sombra de una parra, esperando la muerte con esperanza y con el miedo de ser inmortal. Veo venir a Durruti con una carta en la mano donde pone la miseria de este pueblo soberano y a su lado a Chicho Sánchez Ferlosio cantando por el camino: Por el camino viene/ viene el amor,/ más bien pasando frío/ que no calor. Y tras ellos Bacon con las telas de colores rosas pálidos y amarillos cenicientos que su mujer Doris le pidió que comprara en los almacenes para lucir el día de la boda. Y por allí, por el recodo ¿veis? por allí aparece John Wilmot con su conciencia convertida en un lagar. Y detrás, ¿los veis también? un grupo de individuos que para salvar a la adorable ardilla roja cazan y comen ardillas grises y ¡oh alegría! todas las mujeres que quisieron bailar conmigo también vienen camino adelante y yo me regocijo y escribo con pictógramas chinos en la arena ayudado por las patas de los pájaros y lagartos la frase: “sabía que volveríais a la hora de los agarrados” y ellas se ríen y me dicen que la copie cien veces y yo sé que es otra de sus bromas y se abre el cielo y eso sí que es una apertura y casi creo y todos juntos nos vamos de road movie.
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Marzo-abril 2009 ©