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Las distancias subterráneas
De Juan Jacinto Muñoz Rengel

Soy un hombre corriente que ha hecho un descubrimiento extraordinario. Sólo un hombre corriente al que el azar le ha concedido un descubrimiento extraordinario. Me lo tengo que repetir una y otra vez, y a veces creo que ésa terminará por ser la única frase que articule mi boca cuando mi cordura acabe por rendirse a la demencia de los años, y que las reverberaciones de mi tráquea cuarteada sólo sabrán dispensar por doquier el aforismo, al charcutero de Agustín de Foxá con San Ramón Nonato, o a su hijo, a mis nietos, al cartero que sube a entregarme una multa descarriada casi tan vieja como yo, mientras mis ojos, con el esmalte del iris despostillado, se perderán también en el círculo y el papeleo de los recuerdos.
Y aun así no me acabo de convencer. Mi descubrimiento es tan insólito que continuamente tengo que reprender a mis pies para que no se eleven del suelo, y no imaginarme por encima del bien y del mal. Y de esta forma alguien como yo, un hombre corriente y moliente, que no cree en el sino ni en las señales, tan huérfano y tan ateo, se sorprende a sí mismo una y otra vez creyendo que todo esto lo ha concebido un ser supremo desde otro plano, y que el descubrimiento le estaba desde antes de nacer ya destinado.

Esta mañana he vuelto a ver a Charlotte. He bajado a tomar un café y una baguette al Nero en el break de las doce y media, y allí estaba ella con unos compañeros. Después de comer me he quedado leyendo un rato el periódico en el sillón, con las piernas cruzadas y un cigarrillo consumiéndose en el cenicero, pero en realidad no estaba leyendo, sino mirándola a ella a través de los enormes pliegos del The Guardian, esperando la ocasión de intercambiarnos las miradas, porque al fin y al cabo el otro día ya estuvimos hablando, de algo, de los dulces, en la cola del mostrador.
Cuando miraba el reloj para ver los minutos que me quedaban, ha sido ella quien se me ha acercado (sus compañeros abandonaban el Nero amontonando las rayas de sus trajes ingleses en la pequeña escalera de caracol) y me ha dicho algo, pero no la he entendido, porque he intentado incorporarme y al descruzar las piernas he sentido el hormigueo de mi pierna derecha por completo dormida. Así que he sonreído, y he dicho algo con seguridad fuera de contexto; luego ella se ha quedado callada, y yo me he sonrojado, y he intentado remendar precipitadamente la falla en la conversación, con fortuna, porque he mencionado algo de la comida y le he dado la ocasión a Charlotte para que me preguntara si tomábamos el lunch juntos mañana.
Esta tarde, a eso de las cinco, cuando he salido de la oficina, me he subido en el borde del estanque que recorre la avenida y he ido andando por él hacia Canary Wharf; nadie lo ha notado, pero mis pasos seguían un ritmo, y cada tres daba un paso más largo, casi un saltito. Entre los edificios de espejos se asomaban a mirarme las estrellas incrédulas, porque hacía mucho que no me veían bailar. Aunque en realidad no tengo motivos para estar contento, y ahora, usando el techo de mi habitación para proyectar mis pensamientos, no me puedo dormir, y me pregunto cómo le voy a explicar a Charlotte que mi vida está en Madrid, que vivo en Madrid, y que trabajo en Londres cada día, y todo sin revelarle nada acerca de mi descubrimiento.

Quién no ha estado en Oxford Circus, en pleno cruce de Oxford y Regent Street, embriagado por la riada heterogénea de gentes de todas las razas del mundo, sucediéndose frenéticas como los fotogramas de una película acelerada, y no ha querido ser todas las almas, vivir todas las vidas. Quién no ha querido ser todos los hombres para yacer con todas las mujeres, que con sus largas piernas de un sueño de Dalí entran y salen de las tiendas cargadas con grandes bolsas de papel, copular con la pelirroja irlandesa de piel sólo infamada por las pecas, con la mulata hierática de pupilas de vidrieras de ámbar, con la escandinava que despliega sus proporciones como una tarántula dorada y aria, con la nipona mínima bañada en una pátina de leche cremosa; quién no ha querido ser todas las mujeres para tener a sus pies a cada uno de los hombres de cada una de las épocas. Quién no se ha sentido recorrido por los ríos de gente del zoco de Constantinopla cuando era el corazón de un imperio, transido en cruz por las marejadas de rostros diversos de la plaza de La Bastilla, de la Plaza Roja, de la plaza del Capitolio. Yo lo he sentido, yo me he rendido al hechizo. Lo que me diferencia a mí del resto de los que han deseado ser muchos, es que yo he descubierto una forma de serlo.
A veces un hombre descubre una puerta que le comunica directamente consigo mismo, y con todos sus yo posibles. Entonces, esas veces, hay que aprender a callar más que nada eso que te define, tu entresijo, tu cábala, tu cifra, lo que te comunica con todos tus recovecos y que de quedar abierta la puerta te disiparía como la marea se lleva las formas en la arena.

No resistiré mucho más, lo sé. Hoy, después de desayunar en la cama zumo de naranjas importadas de España y tostadas de pan de molde con mantequilla, Charlotte se ha colocado frente al espejo de Ikea y ha comenzado a cepillarse el pelo, desnuda de cintura para abajo. Yo me he quedado mirando el cisma primordial de sus nalgas, cada vez más cercanas a mi pantalón, que se desperezaba sobre la silla; entre los retales del sueño he creído que las dos formas simétricas se fundían, y me he acabado de despertar con un sobresalto.
–¡No toques mis pantalones! –le he dicho.
–¿Cómo? –me ha preguntado ella distraída, acostumbrada a no entender mi inglés de recién levantado.
Hace ya días que nos acostamos, en su pequeño estudio de South Kensington. Yo llamo a mi madre (todavía vivo en casa) y le digo que estoy en el trabajo acabando un proyecto, o que estoy tomando algo con unos amigos en La Latina y que llegaré tarde, y luego no llego. El otro día incluso fui a casa, me duché, comí algo en la cocina con mis padres, de pie junto al fregadero, y luego volví aquí, a South Kensington.
–No, nada –le he dicho, comprendiendo que me estaba delatando de forma gratuita. Charlotte se ha puesto las bragas, y el cangrejo ermitaño de su pubis me ha guiñado antes de sumirse en su caparazón de nácar y encajes. Under the sea, under the sea, darling it's better down where it's wetter, take it from me, ha cantado.
Creo que lo que pasa es que quiero delatarme, en el fondo quiero que lo sepa. Porque no soporto la idea de que lo compartamos todo menos eso, eso que ha cambiado mi vida, porque no puede ser que no me importe que esta Charlotte risueña, directora de marketing de Twins & Co, sepa que el bulto bajo las sábanas es mi obscena erección, y que me importe que sepa que lo que abulta en el bolsillo de mi pantalón es el plano secreto que llevo elaborando durante años.

El plano. A estas alturas y no puedo decir que esté acabado, porque ni siquiera sé cuánto le falta para estar completo ni si alguna vez lo podrá llegar a estar. Lo que sí puedo decir es que no existe en el mundo un plano de metro tan completo como el mío. Si alguno de los que viajaban conmigo en mi vagón el día en el que empezó todo, hace ahora más de diez años, se hubiera levantado de su asiento y me hubiera preguntado:
–Oye, tú, chaval, ¿cómo crees que va a acabar hoy tu día?
Yo me habría puesto firme de un salto y le habría respondido:
–Acabaré borracho, señor. Desparramado en el suelo de la fiesta de la facultad de medicina. Ahogado en un charco de formol. O, con un poco de suerte señor, en la morgue, haciéndole el boca a boca a alguna estudiante no demasiado muerta.
Y otros estudiantes del vagón, tan confundidos e impulsivos como yo, no habrían dudado en formar filas y corearme entonando toda la lista de psicofármacos comerciales:
–¡El Halcion, el Hacion! ¡El Seconal, el Seconal! ¡El Desoxin, el Desoxin, el Desbutal!
Las señoras que iban a Nuevos Ministerios a hacer sus compras matinales, habrían entonces censurado moviendo sus cabezas:
–¡La juventud, la juventud, la juventud!
Eso más o menos habría sucedido si alguno de aquellos pasajeros anónimos me hubiera preguntado qué esperaba de mi día. Nunca me habría imaginado que al bajarme de la línea diez –que había cogido al lado de casa en la estación de Chamartín, para cambiar en Nuevos Ministerios a la línea seis, en la que pensaba seguir hasta la Ciudad Universitaria–, me perdería en el enredo de túneles bajo la tierra y acabaría en Willesden Junction, en la zona tres de Londres, discutiendo en un inglés básico con una inspectora del London Underground que me pedía la travelcard y yo le enseñaba el metrobús.

Charlotte sospecha. Cuando me preguntó dónde vivía le dije en Holloway, por decir algún lugar lejano de su estudio, pero ya me ha sorprendido varias veces cogiendo líneas distintas a la Picadilly line, que es la que me llevaría directo de su casa a mi casa. Y ha llegado la factura del teléfono, y tampoco se explica que llame a mi madre a España para decirle que no voy a ir a dormir a mi apartamento en Londres; cree que soy gilipollas, y una cosa es guardar un secreto trascendental hasta sus últimas consecuencias, y otra dejar que piensen que uno es gilipollas.
Las razones de más peso, que nos hacen tomar las decisiones día tras día, no tienen nada que ver con las razones teóricas, son pequeñeces mucho más caprichosas, mucho más ordinarias, alientos velados que intrincan sus raíces en la estimulación del ego o en eso otro que ahora me está pasando, en el deseo de querer compartir tu vida con alguien, para neutralizar tu sensación de soledad, aun a riesgo de que se venga abajo todo lo que has construido. Por eso ahora estoy subiendo a la planta de Twins & Co, y voy a coger a Charlotte de la mano en cuanto la vea, y la voy a llevar a Praga a golpe de metro, y dentro de quince minutos estaremos en Staromĕstská, y lo primero que sorprenderá a Charlotte cuando salga de la estación será volver a ver el sol, porque aquí hace rato que ha anochecido y allí todavía quedan varias horas de luz, y nos tomaremos un café en la plaza de la Ciudad Vieja, frente al ayuntamiento y el reloj astronómico, mientras el sol nos dice adiós con sus doce manos, y tendré que explicarle todo para que cambie su expresión a la vez boquiabierta y un punto enfadada, todo desde el principio, aunque en ningún caso le daré mi plano.

Es curioso ver cómo el espacio nos mostraba una cara, plana y aburrida, casi inabarcable, y cómo con el tiempo hemos ido rascando la máscara hasta desnudar un rostro roto y picassiano, la arquitectura imposible de un Escher, una película de gelatina cuyos puntos distantes se van quedando pegados según la manipulamos con los dedos.
Para alguien que vive cerca de un aeropuerto es más fácil llegar a las inmediaciones del aeropuerto de la capital de otro país que a una aldea de su provincia. Para mí, París está más cerca de Bangkok que de Bruselas, Munich es vecina inmediata de Ontario y de Montevideo. Empleo doce minutos en llegar de Madrid a Londres, y una hora y diez en trasladarme de la estación de Willesden Junction, en el noroeste de la ciudad, a mi trabajo en Canary Wharf en el sureste, tomando dos líneas de metro, atravesando el centro, y cubriendo el último trayecto en tren con la línea de los Docklands Railway.
Por eso acaso mi vida es un tegumento viscoso, que se me queda pegado a la piel apenas avanzo un poco, y la mayoría de las veces parece que en lugar de avanzar retrocedo, por eso acaso hablo cuatro idiomas y no conozco la lengua de mi padre, domino los pasadizos secretos del mundo y me pierdo en Leganés y en Barajas, descanso mi cuerpo en una ciudad, trabajo en otra, y empiezo a tener el corazón en dos lugares.

Estoy tomando un café en la terraza de la pastelería Gerbeaud, en la plaza de Vörösmarty, en Budapest. He venido hasta aquí en mi propósito de completar mi investigación sobre las conexiones clandestinas del planeta. Tengo mi plano desplegado sobre la mesa, y me cuesta trabajo alcanzar mi café, porque la taza ha quedado debajo, y porque un pedigüeño, que lleva al hombro un acordeón pero no lo toca, revolotea a mi alrededor y repite en un perfecto inglés:
Give me some change, please, some change.
A pocos metros veo la estación del “pequeño metro amarillo”. Aquí debió de empezar todo. Es la línea de metro más antigua del continente, y todas mis pistas la señalan como posible centro del mundo. Pero no me puedo engañar, he venido aquí por algo más que por esto. Es la tercera vez que tomo café en el mismo sitio, en la misma mesa, mientras hago anotaciones ociosas en mi plano y en mis papeles. Y es que he conocido a Annamária, que ahora hace un rato que no me mira porque está atendiendo una mesa con dos familias numerosas de alemanes (ya nada es lo mismo con tanto paquete de viajes y tanta compañía aérea, todo parece un decorado de la realidad, por eso nunca entregaré mi plano, para no contribuir a que la tierra involucione hasta convertirse en un barato atrezzo de cartonpiedra). Ahora sí, ahora sus ojos negros se han quedado clavados por un instante en los míos, y el café con leche se me ha hecho yogur en el estómago. Todavía no lo sé, pero dentro de dos semanas, el sábado, la mañana siguiente a haberme acostado con ella por primera vez, cometeré una estupidez y llevaré a Annamária al londinense mercadillo de Portobello. No obstante ahora, aún inmerso en el baile de dopaminas que me ha provocado la química de su mirada, para mayor contradicción, estoy escribiendo un poema a Charlotte en el margen de una servilleta de papel.

Como si hubieran empezado por la cabeza de otro, los pitidos del despertador sólo van cobrando fuerza en tu cabeza poco a poco, hasta que te perforan la esponja del sueño, dejan escapar la gasa de entelequias, que se enreda en tu pelo al fugarse, y te hacen abrir los ojos a la negrura del cuarto. Apagas el despertador. Todavía no sabes quién eres. No te has planteado cuál es tu nombre ni conoces el motivo por el que has de levantarte. Al fin te levantas más porque tu cuerpo obedece a los ciclos que porque hayas encontrado el motivo. Son las siete de la mañana, pero no sabes si estás en el meridiano de Greenwich, o si estás unos kilómetros más al oeste y tendrás que sumar una hora. Por supuesto no te planteas el año, quizá porque tu época es lo más accidental de todo, y podrías haber sido otro y otra toda la malla de tus amigos y coetáneos; sin embargo, la duda sobre si ponerte una corbata rosa a rayas o una azul y amarilla te asalta con insistencia, con imágenes claras y rotundas. Ahora sí: quién eres, cómo te llamas, en qué idioma estás pensando. A tu lado oyes un resuello. Alargas la mano, alcanzas un pecho, enciendes la luz, y ves a Charlotte que se queja y se vuelve de espaldas a la lámpara de la mesilla, y entonces ya recuperas tus coordenadas, sabes qué susurrarle al oído, sabes que dentro de un rato estarás en una oficina desde la que se puede ver el observatorio de Greenwich por la ventana, e incluso resuelves el dilema de la corbata.

Hace unos minutos he cometido otro error. Estaba haciendo el amor con Charlotte y por un momento he creído que lo estaba haciendo con Annamária; no le he llegado a decir al oído su nombre, pero la he tocado como si fuera ella, le he hecho lo que a Annamária le gusta que le haga y no a Charlotte, y creo que he hablado en húngaro.
Ahora Charlotte fuma en su lado de la cama. Creo que no sabe por qué está enfadada, pero que de alguna forma se da cuenta de que algo pasa. No me gusta que fume en el dormitorio, aunque sea su dormitorio, porque luego el humo se queda dentro de todo. Ninguno de los dos hablamos, pero estamos por completo pendientes del silencio del otro. Yo quiero a Charlotte lo mismo que cuando comenzamos nuestra relación, hace ahora cerca de un año, puede que la quiera aún más, y sin embargo Annamária me tiene el estómago trenzado. Yo no pedí quedarme enganchado a Annamária, pero ocurrió, y fue así antes incluso de que hubiera hablado con ella, porque el ser humano es tan necio que tras una hilera de dientecitos perfectos y unos labios morados, tras unos ojos que parecen hablar con las refracciones de sus pupilas y el morse de sus pestañas, imagina siempre algo que merece toda la atención de su universo, como si la ponderación de las facciones tuviera que ser secundada con equivalente armonía de las cavidades interiores. Annamária ha resultado ser superficial y distante, pero aún me sigue revelando perfecciones corporales que me mantienen en un estado de estupefacción, y eso no obstante no significa que mi Charlotte risueña, que ahora se disgusta en su lado de la cama, haya perdido una sola hectárea de sus dominios de amor.
–Levanta un poco –le digo, tirando de la sábana bajera, que mientras hacíamos el amor ha ido a parar toda a su lado de la cama por la tracción de sus dedos, y pienso que quizá después de todo Charlotte tiene más de lo que le corresponde.
Charlotte levanta el culo y resopla. Yo en realidad me siento culpable, aunque no quisiera, y pienso que lo que pasa es que no estoy preparado para llevar las varias vidas que había planeado, para ser los muchos yo que hay encerrados dentro de mí, que hay dentro de cada uno de nosotros. Me preocupa que todo esto me sobrepase, que alguien se haya equivocado al concederme a mí el descubrimiento, que quizá no debería haberle enseñado a Charlotte a ir a Staromĕstská ni a Annamária a venir a Portobello.

Es ahora aquí de pie cuando me doy cuenta de que hay algo que he tardado en descubrir. Así como hay cosas que las he descubierto de forma anticipada, y una al menos antes que nadie, antes que todos los que en este momento pasean por el mundo su tramoya de huesos y músculo y voluntades, y antes que todos aquéllos que han quedado prendidos en renglones de los libros, así hay otras que se me han escapado, y hasta ahora mismo, leyendo esta nota, no he reparado en que la elasticidad del espacio y la de la moral corren siempre de forma paralela. Hawking y Kant se dan la mano, igual que Charlotte y Annamária se deben de haber aliado contra mí, porque si no nada explica la nota que ahora sostengo entre mis dedos atónitos.
Con la mano izquierda busco agarrar una silla en la que sentarme. La alcanzo al fin, me siento y vuelvo a mirar el papel. No oí los crujidos del bien y del mal restallando conforme conseguía forzar las coordenadas de mi espacio, no advertí que aquella relatividad confusa era sólo la consecuencia de mi vértigo, por eso ahora estoy envuelto en esta circunstancia de la que no sé cómo salir. Creo que volveré a imantar la nota al frigorífico y que tendré que confeccionar una vez más un plano; pero esta vez, en vez de estaciones y transbordos, las muescas me habrán de indicar cómo desembarazarme de las capas más pegajosas de mi vida.
Me levanto, pongo la nota sobre la superficie del frigorífico, en la misma posición en la que estaba, como si así pudiera conjurar el habérmela encontrado, y sobre ella dejo caer el imán. La miro unos segundos más, porque nunca había visto los nombres de Charlotte y Annamária juntos en un papel, y aún no me explico cómo han ido a parar hasta ahí.
Otra vez estoy sentado en la mesa de la cocina americana del estudio de Charlotte. Son las siete, fuera es de noche hace tres horas, pero las estrellas no alcanzan a mirarme por la ventana, o ya no les intereso. Estoy sentado de espaldas a la nota. Me he bebido un zumo de naranja, y la marca de mis labios en el borde del vaso me recuerda una de las caras de la nota: Besos. Me esfuerzo en concentrarme en la etiqueta de la bolsa de naranjas, que asegura que han sido traídas de España, para no pensar en la otra cara de la nota. Ya no quiero pensar más por hoy en la nota, ni en supercuerdas ni en imperativos categóricos, me haré un sándwich y me iré a dormir, y hasta mañana. Mañana ya veré qué hago, cómo me las arreglaré para no pensar más en el reverso de la nota, en la cara de la nota que es una fotocopia del registro de propiedad intelectual de mi plano, con los nombres impresos de Charlotte y Annamária.

 

*Juan Jacinto Muñoz Rengel dirige
el programa de Radio Nacional Literatura en breve

http://rne.literaturaenbreve.com/


 

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Marzo-abril 2009 ©

 

 

 

 

 

 

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