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Por Anna Maria Iglesia


Caminar hasta encontrar la propia imagen, caminar hasta hallar el espejo apropiado, aquél que no refleja la imagen del otro, sino la propia.Es la búsqueda desesperada para llegar a reconocerse en el reflejo del espejo, para poder  decir “esa soy Yo”.
Este es el camino que recorre Bree, la protagonista de Transamerica, pocos días antes de su operación de cambio de sexo. Es un viaje hacia el pasado y, al mismo tiempo, hacia el futuro; Bree viaja para encontrarse con un hijo que desconocía, fruto de una relación de juventud cuando todavía se llamaba Stanley; en ese viaje se reencuentra con su pasado, con su antigua imagen, casi del todo desvanecida. Para Bree este es el viaje del convencimiento, del deseo de ver finalmente, en el espejo, la imagen que ella tiene de sí misma, pero que no se refleja.
Bree se mira al espejo, en camisón, intentando que el reflejo corresponda a lo que ella es, una mujer, pero no lo consigue; las huellas de su pasado no pasan inadvertidas y ella, una mujer frente al espejo, ve a otra persona. Bree está atrapada en una imagen que no le pertenece, es un ser escindido entre lo que es y lo que el espejo muestra; en términos lacanianos, Bree se encuentra todavía en la primera fase del estadio del espejo, en la que, ante la imagen reflejada, reconoce a un otro; ella desea llegar a la última fase, desea reconocer esa imagen como la propia.

Alex, la joven protagonista de XXY, también se mira en el espejo, pero no para buscar su imagen, sino para aceptarla. Alex no hace ningún viaje, su camino es estático, son los otros quienes viajan, quienes se desplazan para estar con Alex y poder construirle su imagen. Bree y Alex son dos caras de una misma moneda: la primera viaja en busca de su reflejo, la segunda permanece inmóvil mientras los otros construyen su reflejo. Bree encontrará su imagen, acabará reconociéndose en el espejo, así como Alex aceptará su reflejo y rehuirá de aquel que le quieren imponer.
Freud sostenía que el aspecto biológico no se corresponde con la conciencia individual y, por lo tanto, con el rol dentro de la sociedad. Bree nació como Stanley, sus padres la vieron crecer con ese nombre, pero Bree nunca se sintió niño, supo siempre que no era un hombre, supo siempre que, pese a que su imagen dijera otra cosa, había nacido como niña y se convertiría en una mujer. Inició su primer viaje, abandonó la casa familiar en busca de su propio yo. La película inicia con una Bree que ya lo ha encontrado, ahora sólo debe localizar su imagen, que sus padres siguen sin aceptar. Para ellos era Stan, era un niño biológicamente y, por ende, también psicológicamente. Pero las cosas no son así de fáciles; como indicaba Freud, lo biológico y lo psicológico no van de la mano. Alex se reconoce en su imagen, aunque ésta no se corresponde con la de una adolescente; “para mi era simplemente perfecta”, dice el padre en un momento de la película, él la acepta así, la reconoce tal y como el espejo la refleja. Sin embargo, la madre no, quiere verla como una adolescente psíquica y biológicamente, quiere que el espejo muestre la niña que ella siempre deseó. Alex se revela contra la imposición de una imagen no propia, lo mismo que Bree: la primera ya la posee, la segunda tiene que conquistarla.

La feminidad, concepto ampliamente debatido por las teorías feministas, es el resultado de la actuación de la mujer dentro de la sociedad a través de una construcción de lo inconsciente; Bree posee la feminidad, actúa como mujer dentro de la sociedad: ante el espejo se maquilla, se pone la falda y los tacones, ante los ojos de los otros es una mujer. Alex, en cambio, huye de la feminidad, huye de la imagen y del comportamiento femenino, su búsqueda tiene otra dirección.

XXY

Jacques Lacan decía que la relación con el Otro establece unos objetos de deseo “que se van a construir sobre una base indefinida e indeterminada: las pulsiones”. Alex se reconoce como Alex, acepta su imagen desde el momento en que desea a Álvaro; éste se convierte en el punto de partida del viaje estático de Alex, él es el que da valor a la imagen del espejo, él es quien reconoce a Alex en la imagen que ella muestra. Por su parte, Álvaro también inicia un viaje, el viaje hacía la aceptación de la propia homosexualidad: Álvaro es quien se desplaza, quien abandona Argentina para ir con sus padres a casa de Alex y  en este viaje Álvaro se enamora, encuentra su objeto de deseo, adquiere la conciencia de quién es.
Bree, Alex e, incluso, Álvaro son tres seres en busca de su propio yo, de una imagen propia, aceptada por ellos y por los otros. Huyen de la imposición de la que han sido víctimas, en términos lacanianos, huyen de la ley del padre, de la imagen que le han impuesto; quieren volver a construir su sujeto por sí mismos.

Lo mismo desea Mary Elizabeth Coleridge, quien busca en el espejo, así como Bree, una imagen que no encuentra. Bree y Alex deben liberarse del peso familiar, deben liberarse del padre, mientras que Mary Elizabeth Coleridge debe sobreponerse al texto. En efecto, Sandra Gibert y Susan Gubar, en su libro La loca del desván, analizan el tema del espejo desde una perspectiva textual: si para Lacan el espejo era el medio para formar la propia imagen, el texto es para las dos autoras el espejo donde encontrar su propia imagen. Sin embargo, el texto literario es una creación masculina, es el padre lacaniano,  y por ello la escritora no encuentra su imagen. Coleridge se siente atrapada en su falso reflejo, su mirada indagadora más allá del espejo no encuentra más que la imagen de otro: “me senté delante del espejo un día/ [...] encontré la visión de una mujer, enfurecida/ por algo más que una desesperación femenina/ [...] no tenía ahora necesidad de ocultar/ lo que otrora ningún hombre en la tierra pudo adivinar”. Coleridge, pese a ello, no abandona, persiste en su viaje pues, si algo no ha perdido, es la conciencia de su autonomía, de su propio ser, “El fantasma de una hora confusa/ al que oí susurrarme: «Yo soy ella»”.
El viaje a través del espejo de Coleridge es el viaje de todas las escritoras en busca de su propia imagen; es el viaje a través del espejo, a través de todas aquellas imágenes que de ellas han construido los escritores precedentes en cada una de sus obras. Las escritoras, así como Bree y como Alex, son víctimas de una imposición, de un padre/ texto que las ha construido tal y como no son. Bree no es Stanley, Alex no es la adolescente que su madre desea, las mujeres escritoras no son la mujer-ángel o la mujer-monstruo que han inventado los escritores precedentes. Todas ellas viajan, física y literalmente, en busca de algo que les pertenece: su imagen; todas ellas viajan para poder surgir del ataúd de cristal “de los textos escritos por los hombres”, al hacer “añicos el espejo de la reina para salir de él, la antigua y silenciosa danza de la muerte se convirtió en una danza de triunfo, una danza dentro del discurso, una danza de autoridad”.

 

 

 

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