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Por Adrià Garriga Far

Resulta que, no hace mucho tiempo, mientras estaba realizando una mudanza encontré, escondido en el fondo del último cajón de mi escritorio, una pequeña caja roja. Era lo único que me faltaba por meter en la gran caja de cartón que utilicé para recoger mis últimos años y trasladarlos, conmigo, a otro lugar. Supongo que en su momento la dejé allí, escondida, sabiendo que algún día llegaría la hora de decidir si la cajita roja y su contenido se venían conmigo o, en cambio, quedaban apartados junto con la pila de cacharros y papeles no utilizados, de los que me iba a desprender.

A solas, cara a cara con la cajita, en medio de una habitación vacía y fría, pero que hasta no hace mucho rebozaba de calor y alegría, una mezcla de tristeza y felicidad me invadían por dentro. La abrí con suavidad. Sabía exactamente lo que me encontraría dentro de ella: cartas, fotos, postales... todo tipo de recuerdos de un gran “ex amor” –¿o mejor decir un ex “gran amor”?–. Hacía varios años que no indagaba en la pequeña caja roja. Tuve sensaciones muy extrañas, pero fue bonito volver a leer algunas de las cartas. Es curioso como cambia la percepción de las cosas con el paso del tiempo... lo bello sigue siendo bello, aunque lejano y pasado. Además, uno siempre puede distorsionar una historia pasada según le convenga.
Buscando entre el montón de papeles contenidos en el interior de la pequeña caja roja encontré por fin esa postal de Le petit prince que recibí desde París. Me acuerdo que la primera vez que la leí pensé que eran las palabras más bonitas que nunca me habían dicho antes, a pesar de estar escritas en francés, un idioma que no entendía por entonces.
Antes de empezar a releerla, no me pude contener de poner el CD recopilatorio que recibí junto a la postal. Sabía perfectamente que la paz interior alcanzada en los últimos años podía tambalearse debido a la acción de viejos fantasmas, esos que se acercan y se alejan de modo irracional cada equis tiempo, según proceda en cada individuo. Así que decidí darle al play, ponerme cómodo, leer la postal y no pensar demasiado. Aunque no lo parezca, no soy masoquista… ¿sería capaz de soportar esta situación?

Regalar canciones es uno de los presentes más íntimos que se me ocurren. Me fascina la planificación que requiere hacer un recopilatorio: la temática según la ocasión, la elección de las pistas, el orden de las mismas, el diseño de la portada… Ahora bien, mi momento favorito es cuando me doy cuenta que únicamente dispongo de tres minutos más de espacio… Estos tres últimos minutos son tan determinantes que pueden significar el orgasmo de nuestra compilación, o bien, su funeral. Es en estos momentos donde uno debe plantearse si pensar más con el corazón o con la cabeza. Sí, amigos… por mucho que nos duela, debemos ir sobre lo seguro: los últimos minutos de nuestro recopilatorio los va a ocupar Michael Bolton –todo un clásico… gracias a su ñoñería, nuestros oyentes van a caer derretidos en nuestros pies– .
Una de las máximas eminencias  en el tema es Melvin Udall (personaje interpretado por Jack Nicholson en la película Mejor… imposible). Aún recuerdo el conjunto de compactos que Jack se lleva de viaje, etiquetados de muchas maneras diferentes, anticipando los distintos estados de ánimo que el trío compartiría a borde del descapotable. Que quede claro que no todos los amantes de las compilaciones estamos tan chiflados como Melvin.

Recopilar no es tarea fácil. El primer dilema moral que se plantea un buen compilador cabalga entre la elección de canciones al gusto del consumidor, o bien hacer uso de la sorpresa, compilando melodías que el receptor desconoce, haciéndolo así 100% suyo. Personalmente prefiero recopilar canciones para gente melómana: qué gran desilusión ver la falta de entusiasmo de las personas que definen su gusto musical como “bueno, es que a mi la música me da un poco igual” o, peor aún, “a mi me gusta todo”. Te obsequian con una efímera sonrisa cuando les haces entrega del CD, pero luego uno se da cuenta que el regalo no ha generado grandes ilusiones al ver que, en los meses posteriores, la carátula del compacto sigue en el mismo lugar de la estantería donde el nuevo propietario la colocó el día que se lo regalaste. Me viene a la cabeza la canción “Love tape”, de los fabulosos Pinker Tones, una de las canciones que mejor resume esta frustración. La canción narra en primera persona los esfuerzos del protagonista en recopilar sus canciones favoritas en un cassette y entregárselo a la chica de sus sueños. El chico se imagina a la chica escuchando la cinta en su coche, en su habitación mientras se viste o en un walkman mientras se dirige al club a  encontrarse con él, enamoradísima. Finalmente, el pobre iluso no puede creer que la chica ni siquiera ha escuchado la cinta… la ha perdido. ¡Drama! A pesar de la tragedia que supone para el chico este hecho, la música de esta gran canción está cargada de buenas vibraciones, que nos invitan a bailarla desenfrenadamente.

En el otro extremo de la balanza encontramos los que realmente están agradecidos con la selección de melodías elegidas. Algunos incluso se pasan de la ralla, y cada vez que te ven, te sueltan: “oye, ¿para cuando el próximo?”. No entienden que la  regla básica en el mundo de la compilación de canciones es la espontaneidad: nadie, a parte del autor, debe solicitar una, ni influenciar en su composición. La libertad del creador debe de ser absoluta. En mi caso, cuando la tengo –que es pocas veces –, consigo resultados muy positivos: hasta familias enteras se han peleado por escuchar algunos CDs recopilatorios que he regalado a gente especial. Sin embargo, reconozco que la mayoría de mis víctimas no han sabido valorar el esfuerzo empleado en satisfacerlas. ¡Lástima! Supongo que aún me faltará mucho por aprender sobre el arte de seleccionar canciones. Uno de mis peores actos como recopilador sucedió al percatarme que había repetido la misma canción en el set list de un CD… Ese día me di cuenta que si uno no está motivado al máximo en la elaboración de esta tarea, mejor olvidarlo y regalar flores.

 También destacar que algunas compilaciones de música se comercializan. Muchas de ellas pueden ser adquiridas en cualquier supermercado, justo al lado de la panadería, entre los detergentes y los pescados. Si uno ojea las contraportadas de estos compactos con imágenes idílicas caribeñas o ibicencas, se da cuenta que en realidad todos los artistas, de nombres absurdos, son el mismo, que decidió ponerse nombres diferentes para simular un recopilatorio y situarlo en el “top ten Alcampo”.

Grandes artistas editan doble recopilatorio cuando llevan más de tres años sin sacar material nuevo. Esta opción también puede ser un seguro de vida… o de ventas. Otros, en cambio, se animan a publicar, de sopetón, todo el conjunto de caras B. ¿Existe peor calidad que un conjunto de caras B? Señores, estamos hablando del resto de canciones que ni siquiera se han publicado en un álbum… Es decir, los restos de los restos. Hay que reconocer que todo es culpa de las discográficas, que son las que ejercen presión para editar “cualquier cosa” de sus artistas que más venden. Estas discográficas también se frotan las manos ante el fallecimiento de alguna de sus estrellas: las próximas Navidades saldrán a la venta el “grandes éxitos” y el “material nunca publicado” del difunto.  

Prosiguiendo el relato de mi mudanza, me acuerdo que por un momento el mundo dejó de rodar cuando sonó “Lost and found”, de mis The Radio Dept. El símil entre la canción y la situación creada en mi habitación vacía me estremeció. Yo también acababa de encontrar la pequeña caja roja, perdida durante siglos. Aunque cuando Johan Duncanson cantó las últimas frases “I´ll see you some day”, empecé a pensar. Me di cuenta que el símil dejó de serlo. Yo no volvería a ver a mi gran “ex amor”. Lo tuve más claro que nunca. El mundo volvía a girar, así que proseguí con mi lectura… y obtuve una nueva percepción de las palabras que ocupaban toda la parte posterior de la postal de Le petit prince.

«Tu es le roi de mon coeur!»
No entendía nada… la gente que me conoce bien sabe que no creo en la monarquía y que por mis venas corre sangre roja, amarilla y morada… entonces… ¿cómo podía tolerar que alguien me llamara “rey”?

«Comme je te dis toujours tu m´as fait découvrir une nouvelle fois la joie de vivre…»
“Fois”… se pronunciará como “fua”. ¿No es un delicatessen elaborado a partir del hígado de pato? ¿Sería un mensaje entre líneas cuya traducción literal sería: ‘eres como un hígado hinchado de pato infectado’, o bien ‘nuestro amor está enfermo de cirrosis’?

«Merci à toi mon petit prince»
Esta frase era la peor, y no por el uso, por enésima vez, de referencias a la realeza, si no porqué se me tildaba de “toi”. ¿Eso no significa juguete en inglés? ¿Me estaría diciendo que yo era un juguete en sus manos? Creo firmemente que lo que parecía una cálida y plácida carta de amor se había convertido en un texto lleno de ideas malvadas y ocultas, que auguraban el triste final de una bella historia de amor.

Así que la nueva perspectiva alcanzada a partir de la lectura de la susodicha postal el día que me despedía de los últimos casi cinco años de mi vida me sirvió para darme cuenta que las historias que no tienen el final esperado, y no solo las de amor, se superan si uno quiere. Hace falta mucha falta de voluntad y tener la capacidad de inventarse una nueva vida, en otra parte si hace falta… siempre habrá nuevas canciones que recopilar.
Al final decidí quedarme con la cajita roja llena de pequeñas “joyas” y la separé, junto a las muchas otras cosas de valor sentimental, para llevármelas conmigo. Seguramente la dejaré guardada en el fondo de algún cajón en un nuevo piso, en una nueva ciudad. Estoy convencido que dentro de algunos años la abriré otra vez y volveré a leer la postal de Le petit prince. Independientemente a las circunstancias que me rodeen por entonces, siempre me reconfortará pensar que durante una época de mi vida alguien me escribió esas palabras tan bellas, a pesar de estar escritas en un idioma que aún sigo sin entender…

 

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