
Una construcción social
Por Ana Maria Iglesia Pagnotta
Polanski resume La semilla del diablo como una película interrogante, donde se cuestiona si lo narrado es fruto de la imaginación o de las acciones de una secta. Las vicisitudes vividas por la protagonista, se pregunta el director de la cinta, “¿son fruto de una imaginación paranoica o de actuaciones ocultas de una secta?”; Sin embargo, desde un punto antropológico, esta pregunta no tiene ninguna relevancia. De hecho, no es necesario plantearse la pregunta para definir la película, pues todo lo que acontece es real desde el momento en que los personajes lo consideran real.
La realidad o, mejor dicho, la sociedad es una construcción humana; no existe una realidad de por sí, sino sólo una serie de sociedades construidas por el propio individuo. Berger y Luckman definen la realidad como una “cualidad propia de los fenómenos que reconocemos como independientes de nuestra volición” y, por lo tanto, no podemos hacerlos desaparecer. Las experiencias que vive Rosemary no las desea, al contrario, se vuelven en su contra, pero, pese a ello, no puede escapar de ellas, se encuentra atrapada en una realidad que no desea, pero que ella misma ha construido.
Es el individuo quien produce una realidad de cosas, una realidad dual, tanto objetiva como subjetiva. Así como la actividad humana construye la realidad, también la organiza en una sociedad: fruto de la creación humana, éste es el punto de encuentro de los individuos, el resultado de su interrelación.
Rosemary forma parte de una sociedad, pertenece a un grupo, compuesto por sus vecinos, por su marido, por aquellos que ella considera fautores de su desgracia. Ella no puede dejar de formar parte de esta sociedad, una sociedad alternativa frente a la oficial, pues aunque la ve como hostil, cree en ella y es justamente la creencia lo que la encadena. Rosemary entra en ese grupo desde el momento en que lo teme y, por lo tanto, considera verdadero aquello que le hacen.

Berger y Luckman, en La construcción social de la realidad analizan la vida cotidiana como la realidad principal del individuo. “La vida cotidiana se presenta como una realidad interpretada por los hombres y que para ellos tiene el significado de un mundo coherente”, de la misma manera, la realidad que vive Rosemary tiene significado para ella, un significado aterrador, que no le permite sustraerse de la realidad que vive.
Sin embargo, no sólo para Rosemary su realidad, su vida cotidiana, tiene significado, sino también para todo el resto de los integrantes del grupo. Nada tendría sentido si nadie creyera que todo es verdad: Rosemary no concebiría el hijo del diablo si ella no creyera que los que la rodean han provocado su engendramiento; de la misma manera, aquellos que rodean a Rosemary no estarían seguros de que la joven está embarazada del hijo de Satanás si ellos no estuviesen convencidos de la efectividad de sus poderes.
El mundo de Rosemary existe porque tiene significado para ella y para los otros, como indican Berger y Luckman, “el mundo de la vida cotidiana no sólo se da por establecido como realidad por los miembros ordinarios de la sociedad en el comportamiento subjetivamente significativo de sus vidas. Es un mundo que se origina en sus pensamientos y acciones, y que está sustentado como real por éstos”. Son los propósitos del matrimonio Castevet los que sustentan esta realidad, es la ambición de Guy Woodhouse lo que da significado a esta realidad, así como el miedo de Rosemary. Ellos, juntamente con todos los que consideran significativa esta realidad, conforman una sociedad, cuyos miembros dan “por establecido –el mundo de la vida cotidiana– como realidad”. Es una sociedad que se opone a la oficial –como se verá posteriormente–, a la cual pertenece Hutch; ambas sociedades se oponen entre sí en cuanto a comportamientos, pero coexisten y no se autoexcluyen; de hecho, Hutch teme por aquello que le pueda suceder a Rosemary puesto que, aún mirando con recelo y desconfianza lo que le acontece a su amiga, teme que aquello sea real, es decir, cree que los acontecimientos pueden tener algún tipo de significado. Desde el momento en que se cree que algo es real, ese algo es completamente real.
No importa si puede demostrarse científicamente que el hijo engendrado por Rosemary es hijo de Satanás, pues lo único verdaderamente importante es que los personajes y, posteriormente, los espectadores lo crean.
Cada individuo es consciente de que el mundo consiste en realidades múltiples y es esta multiplicidad de realidades la que aparece enfrentada en la cinta: la realidad del matrimonio Castevet, por un lado, y la realidad de Hutch y del Dr. Hill, por el otro. El drama de Rosemary inicia verdaderamente cuando la realidad de los señores Castevet se convierte en su realidad, en su realidad por excelencia, entendida como la de su vida cotidiana, que no puede ser ignorada. Como escriben los dos autores, la realidad por excelencia “se presenta objetivada, o sea, constituida por un orden de objetos antes de que yo apareciese en escena” y añaden que “el lenguaje marca las coordenadas de mi vida en la sociedad y llena esa vida de objetos significativos”.

Se observa como la nueva realidad de Rosemary se caracteriza por un nuevo lenguaje y por la presencia de nuevos objetos. Por lo que se refiere al lenguaje, basta observar la manera de hablar de la señora Minnie Castavet: sus giros lingüísticos largos, sus expresiones políticamente correctas, sus constantes muestras de afectividad y de interés, que rozan la intromisión, y, sobre todo, su sobreactuación. El lenguaje de Minnie Castavet es un medio de persuasión, a través de él quiere llegar a Rosemary, introducirla en su realidad, manipularla. Por otro lado, el señor Castavet es un hombre de frases breves, concisas, pero extremadamente significativas: “estoy seguro de que nos volveremos a ver” le dice a la joven embarazada, cuyo lenguaje es la expresión de una duda, que se va transformando en un temor que pronto se convierte en pánico.
Según las teorías psicoanalíticas, el lenguaje es la manifestación del subconsciente, solamente a través de éste puede intuirse la parte inalcanzable del yo, el inconsciente, cohibido por el súper yo. Sin entrar en detalle en un análisis psicoanalítico de la película, pues se opondría radicalmente a un estudio antropológico, sí es importante señalar la presencia del sueño dentro de la misma. Rosemary sueña ser violada, sueña un ritual de fertilidad, donde ella es la víctima. Si se analiza a nivel psicoanalítico, podría decirse que el sueño es la manifestación de sus temores más profundos, en el sueño se recrea aquello que Rosemary teme que suceda. Desde un punto de vista puramente formal, el sueño es el momento en que el diablo engendra su hijo, el sueño se convierte así en la clave interpretativa para entender los siguientes acontecimientos. Sin embargo, antropológicamente, el sueño representa una realidad, que es real desde el momento en que Rosemary lo cree así. “Esto no es un sueño, esto es real”, grita la joven al final del sueño, justo antes de ser despertada; es un grito dentro del propio sueño, solo ella lo escucha, pero basta para mostrar que la protagonista da un valor a aquello que le sucede. Todo es real, hasta lo vivido en el sueño y, por ello, Rosemary lo incorpora dentro de su mundo, dentro de la vida cotidiana, reforzando así su significado en el momento en que le da más credibilidad.
El sueño, la realidad cotidiana, todo el mundo de Rosemary se convierte en un “aquí y ahora”, la vida cotidiana se le presenta “como un mundo intersubjetivo”, que comparte con los otros: “no puedo existir en la vida cotidiana sin interactuar y comunicarme continuamente con otros”. Rosemary existe en la vida cotidiana, en esta nueva realidad, porque interactúa con los demás, porque comparte con los demás “un sentido común de la realidad”, porque “la realidad de la vida cotidiana se da por establecida como realidad”.
Rosemary se encuentra atrapada en una prisión que ella misma ha construido, es víctima de sus propias acciones, pues “el mundo de la vida cotidiana se impone por sí solo” y si se quiere “desafiar esa imposición” se debe “hacer un esfuerzo deliberado y nada fácil”.
Berger y Luckman analizan la dificultad de la transición entre realidades, sobre todo en la dificultad de integrar la vida cotidiana con otras realidades que “aparecen como zonas limitadas de significado, enclavadas dentro de la suprema realidad”. Rosemary da un salto, transita de una realidad a otra; los conflictos y los temores existen porque “interpreta la coexistencia de la realidad con los reductos de realidad dentro de los cuales se ha aventurado”. La nueva realidad y, por ende, la nueva sociedad a la que pertenece, le impone sus tiempos, la interacción con los otros, las situaciones... le imponen una cotidianidad preestablecida que no puede rechazar; la realidad social es pues un continuum de tipificaciones.
Es esencial indicar que la realidad y, por ende, la sociedad, son una construcción del individuo en un proceso dialéctico en tres momentos: externalización, objetivación e internalización. Los últimos dos son los más relevantes, aunque incomprensibles sin el primero. Como construcción humana la sociedad es fruto de una externalización del individuo que, posteriormente, percibe su construcción desde un punto de vista objetivo y, consecuentemente, la realidad se convierte en objetiva e indiscutible, pero llena de símbolos; es una realidad en la que todo significa. Rosemary interpreta la realidad a través de signos y de símbolos, que para ella son clave para interpretar aquello que le acontece. El colgante, el juego de letras del nombre del ginecólogo, la bebida...son todos símbolos a lo cuales se acoje para entender su mundo.

El lenguaje es el sistema de signos más importante que, además, se comparte con los otros; por esto “la comprensión del lenguaje es esencial para cualquier comprensión de la realidad de la vida cotidiana”. Rosemary no entiende lo que esconde la frase de Roman Castevet cuando le dice: “seguro que nos volveremos a ver”. Lo entenderá más adelante, cuando su involucración será plena. El lenguaje recupera los símbolos y los presenta como objetos reales; por ello, el amuleto de Rosemary pronto deja de ser un simple amuleto para convertirse en una de las causas objetivas de las desgracias vividas por aquellos que lo llevan.
La semilla del diablo, antropológicamente hablando es la representación de una construcción humana. A este punto, cabe preguntarse, ¿Cuál es el papel de los personajes de la película de Polanski? Y ¿el de los espectadores?. Aquellos que como nosotros ven la cinta de Polanski son, como los personajes, víctimas de una misma creencia. Tanto el espectador como cada uno de los personajes sufre porque cree lo que está sucediendo: el matrimonio Castavet está convencido que Rosemary está embarazada del hijo de Satán; convencido también lo está el espectador, que sufre porque cree, aunque solo durante un par de horas, que lo que ve en la gran pantalla es real. El espectador de cualquier película abandona su realidad durante un par de otras para introducirse en la realidad ficticia, para saltar más allá de la pantalla, como la protagonista de la Rosa púrpura del desierto. El espectador es cómplice de la realidad relatada así como lo son los personajes; no existe sociedad sin sus constructores, así como no existe película o, más en general, ficción sin espectadores que la construyen, que la hacen real.
En definitiva, el individuo es constructor de realidades que, aún perteneciendo al mundo “real” –el mundo de las apariencias, que diría Platón– o al mundo de la ficción, no dejan de ser de por sí objetivamente reales desde el momento que el constructor cree en lo que construye: el individuo es creador y víctima de la sociedad.