Por Adrià Garriga Far
Me gusta ir en metro. Lo que más me llama la atención de este medio de transporte es lo mucho que podemos aprender al observar, incluso en un trayecto breve de una parada. El continuo flujo de gente diferente y anónima es fascinante: suben, bajan, se sientan, se levantan, leen, miran, escuchan música, duermen, hablan, gritan, se ríen, tocan instrumentos, cantan, se besan… Se crean distintas atmósferas. No es lo mismo subirse al tren por las mañanas, por las tardes o ya de madrugada. A primera hora el metro rebosa de hiperactividad. Los humanos nos convertimos en hormigas y cualquier acción que suceda dentro de un vagón se produce a cámara rápida. Ya pasada la jornada laboral, el gentío se lo toma con más calma. La mezcla de olores matutinos, cóctel de todos los perfumes distintos que existen en el mercado de la cosmética, se ha convertido en un hedor más humano. Las facciones delatan si un individuo ha tenido un día bueno o malo. De madrugada, en cambio, el panorama es desolador. Por fin los vagones van medio vacíos, aunque quizás sea el único momento que deseamos que vayan más llenos. Seres humanos a punto de dejar de serlo se balancean al trote del tren con los ojos medio cerrados y un aliento que me recuerda que en Ferrol construyeron un monumento al hígado. Muchos se quedan dormidos y se pasan de parada. Otros hacen mil esfuerzos para que sus ojos no se cierren, en un ejercicio que requiere una alta concentración… cualquier despiste supondrá empezar otro viaje hacia el subconsciente.

Me pasaría horas dando vueltas por alguna de esas líneas circulares, mis favoritas, dado que carecen de origen y de destino. El otro día iba a por unas compras navideñas. Fue empezar a observar a mi alrededor y no poder parar de empaparme de situaciones curiosas. El vagón iba repleto de gente, a pesar de ser sábado. Las seis paradas que separan origen y final de mi itinerario se convirtieron en un trayecto de largo recorrido. A veces me pregunto “¿por qué cuanto más lleno va el metro, más tardas en llegar a tu destino?”. Entré entre empujones. Se cerraron las puertas rápidamente. Levanté la vista para buscar rápidamente alguna de esas barras para sujetarme, pues me notaba muy inestable. No la encontré. Sin embargo, había tanta gente y me sentía tan respaldado por los que me rodeaban –pegados literalmente a mí– que era imposible caerme. Al volver a bajar la cabeza me percaté que tenía una pareja justo delante. Eran dos tortolitos. Abrazados, se susurraban palabras en los oídos y luego se besaban, con lengua. Por un momento tuve la sensación de formar parte de esa relación, básicamente debido a la proximidad que existía entre los tres, aunque posteriormente vi que no eran mi tipo. Al llevar puestos los auriculares, los enamorados debían pensar que no les podía escuchar… ¡engañados! Mi ipod se había quedado sin batería hacía cinco minutos, pero ante la imposibilidad de poder realizar cualquier gesto sin tocar las partes nobles de los cuerpos que me rodeaban, decidí dejar las cosas tal y como estaban. Resultado: pude escuchar todos los secretos de la pareja. Tuve que hacer grandes esfuerzos para no estallar a reír cuando escuché cosas como “eres mi cochinillo”, “y tu mi osa”. Debían de tener mi edad… cifra suficiente para tener la cabeza bien amueblada y poder recitar palabras coherentes en público. Por si la situación no era lo suficientemente surrealista, en la parada de Goya me quedé perplejo al escuchar como un músico ambulante empezaba a cantar, a pleno pulmón, una canción de Estopa, por lo menos. El problema es que lo hacía francamente mal. Los usuarios nos mirábamos con cara de circunstancias. Por último, cuando el número de viajeros ya había descendido, me fijé en un chaval que estaba sentado, sonrojado y con cara de haber hecho alguna travesura. Decidí seguirle la pista de reojo, hasta que descubrí que, en un gesto rápido, el chico se sacaba de la parte posterior de su pantalón… ¡un calcetín!. Rápidamente abrió su mochila y lo escondió. Estuve intentando buscar una explicación a lo que mis ojos acababan de ver, y al final me decanté por pensar que el chico había hecho la colada y se le había introducido, sin él darse cuenta, un calcetín dentro de los pantalones… En fin, solo son pequeños ejemplos de situaciones absurdas que cualquier persona puede observar en el metro.

La música es un reflejo del mundo en el que vivimos; por este motivo, también existen todo tipo de disparates relacionados con este arte de organizar sonidos y letras. Precisamente poner letras fatuas a una canción es un hecho que ha estado al orden del día durante muchas décadas, en cualquier idioma. Desde aquí aprovecho para romper una lanza a favor de la música instrumental, esa que intenta transmitirnos mensajes a partir de las palabras que salen de la boca de los instrumentos. ¿Existe diálogo más interesante que el roce entre un arco y un chelo, el jugueteo entre una púa y una guitarra o los pequeños martillazos de cristal de las cuerdas de un piano? Si la música se limitara a estas pláticas… seguro que nos habríamos ahorrado tener que escuchar frases como “Yo sigo comiendo pizza, tu sigues tan mazzizza como ayer”, de Modestia Aparte, o “saber que piensas volver algún día cuando los sapos bailen flamenco; y yo te espero, ya ves, aunque no entiendo bien que los sapos puedan dejar de saltar y bailar lejos de su charco”, de Ella baila sola (y no me sorprende, vamos…), o “bonito, todo me parece bonito, qué bonito te va, cuando te va bonito” de Jarabe de Palo, o “te fuiste a Moscú, me dejaste sin menú, soplándole a la sopa fría, como un esquimal al que le ha sentado mal la sopa fría” de M-clan, o “Tus discos de platino me importan un pepino” de Deluxe, o “Suerte que mis pechos sean pequeños y no los confundas con montañas” de Shakira. En tres palabras: ¡viva lo sutil!.
Vale, reconozco que al escuchar los ejemplos que he nombrado uno se plantea seriamente: ¿qué es más absurdo, la letra o la lírica? Pero hay grandes canciones donde uno se da cuenta que es mejor no entender el idioma en el que están escritas. Por ejemplo, Sade, la diva británico-nigeriana que puede amenizar cualquier velada romántica, tiene un serio problema con la geografía en una de sus obras maestras “Smooth Operator”: “from coast to coast, L.A. to Chicago”. Esto… ¿Chicago no está en la costa, verdad? Luego las Bangles, muy perezosas ellas, también se lucieron a la hora de elaborar letras: “I wish it was Sunday, that´s my fun day; my I-don´t-have-to-run-day”… Otra gran canción, Life de Des’ree, fue elegida por los oyentes de la BBC 6 como la canción que contenía la peor lírica: “I don’t want to see a ghost, it’s the sight that I fear most, I’d rather have a piece of toast, watch the evening news…”. Una de mis canciones favoritas, por contener una de las peores estrofas que recuerdo, es de los Razorlight, que se atreven a decir “And I met a girl, she asked me my name, and I told her what it was”. ¡Chapeau! Y qué me dicen de “I love you like a fat kid loves cake”, del rapero 50 cent… Hay letras en castellano malas, pero quizás si tradujéramos estas, quizás también bailarían solas...
Otros grupos, en cambio, han decidido inventarse su propio idioma, así nunca nadie podrá reprocharles una letra. Visto lo visto, me parece la opción más interesante.
Los nombres de ciertos grupos también me parecen de lo más absurdo. Últimamente parece existir una moda, en cuanto a nombres de bandas nacionales se refiere: artículo + nombre + preposición + referencia culta. Por ello, La oreja de Morfeo, El sueño de Pandora, La caja del loco, El canto del Van Gogh... La originalidad de sus nombres está en acuerdo con la originalidad de su música (sí, es un juicio de valor a sus obras). Atrás quedan nombres tan originales y sutiles como Semen Up, Los Fresones Rebeldes, Mamá Ladilla, Un pingüino en mi ascensor, La monja enana, La polla records, Platero y tu, Me enveneno de azules…
Existen hechos absurdos más allá de las letras de muchas canciones o los nombres de ciertas bandas. ¿Qué me decís de la pareja de suecos que están luchando en los tribunales para que su bebé pueda llamarse Metallica? El “bebé Metallica” no es el único caso de nombre que no supera la censura de las leyes que rigen el bautismo en este país nórdico. En el pasado se rechazó el nombre de Ikea y en 1996, el nombre “Brfxxccxxmnp cccclllmmnprxvclmnckssqlbb11116”, pronunciado como Albin, también fue refutado por las autoridades. Los padres eligieron este mote tan absurdo como protesta a las leyes suecas sobre los nombres.
Conclusión: la vida es ilógica, irracional, descabellada, incoherente, disparatada… Vivimos en un mundo absurdo. Por ello, no debemos avergonzarnos de serlo o de hacerlo. Incluso la justicia, a parte de ciega, también es absurda. Permítanme citar algunas de las leyes más descabelladas. Por ejemplo, ¿sabíais que es ilegal morirse en el Parlamento británico? Os aviso, por si alguien lo tiene en mente… que sepa que le puede caer un buen puro. Si eres escocés, olvídate de visitar York en tu próximo viaje a las Gran Bretaña: si te paseas con un arco y flechas dentro de las antiguas murallas, tu asesinato no se consideraría un delito. Si aparece una ballena muerta en la costa británica, la cabeza sería para el rey, mientras que la cola, para la reina, en el caso que necesite los huesos del cetáceo para su corsé. En Estados Unidos, no se quedan cortos: en Alabama es ilegal taparle los ojos al conductor de un vehículo, mientras que en Ohio es delito tener un pez borracho. En Kentucky, no es legal llevar a escondidas armas de más de dos metros de largo –discretísimas– y en Florida puedes ser encarcelada si eres una mujer soltera y saltas en paracaídas un domingo. En Oriente Medio, por un lado es lícito mantener relaciones sexuales con un cordero, ahora bien, se considera pecado comerse la carne del cordero con el que has copulado. En fin… ya lo decía el amigo Woody:
Después se nos hizo tarde, los dos teníamos que marchar, pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era y de lo divertido que era tratarla. Y re.. recordé aquel viejo chiste... aquel... aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice "Doctor, mi hermano está loco; cree que es una gallina." Y el doctor responde "Pues, ¿por qué no lo mete en un manicomio?" Y el tipo le dice "Lo haría, pero necesito los huevos." Pues, eso más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas saben... son totalmente irracionales... y locas, y absurdas! Pero... supongo que continuamos manteniéndolas porque la mayoría... necesitamos los huevos.
Woody Allen (Annie Hall)

subir
Noviembre 2008 ©