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by lucianaferrando

Por Luciana Ferrando

RAE. Aburrimiento. (De aburrir). 1. m. Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.

Las definiciones, cuando se trata de sentimientos siempre se quedan cortas, resultan estériles y frías como la sala de espera de un hospital.
¿No hay acaso tantas definiciones como individuos? ¿No debería sugerir el diccionario que cada cual consulte su propio diccionario interior?
Las palabras que nombran estados ofrecen una posibilidad más rica que la de encerrarlas en los compartimentos de las definiciones: liberarlas al aire libre de las asociaciones.

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Mi primera asociación al término aburrimiento es la adultez. Cuando era niña sólo conocía la palabra en relación al universo adulto, que parecía  limitado y condenado a conversaciones aburridas, reuniones aburridas, actividades sin ningún sentido lúdico. Como si atravesar la barrera de los años implicara como precio esa condena –humo de cigarrillo, charlas serias, alcohol sí, diversión como pariente del patetismo, pero ningún juego genuino, liviano, jugar por jugar , sin otra intención.
Los juegos de los adultos no sirven para jugar sino para matar el aburrimiento; o bien contienen la meta más o menos secreta, la esperanza vergonzosa y fatua de recuperar alguna de aquellas sensaciones de la niñez.

Tal vez exageras, me digo. Sí, tal vez exagero. Generalizas. Generalizo, por supuesto. Simplifico.
Hay niños aburridos, claro que sí. Hay adultos que no saben aburrirse. El aburrimiento es más que un sentimiento, una atmósfera, una característica, un mal individual o social, un modo de vida. El aburrimiento llevado al extremo. Experimentar. El aburrimiento positivo. La ausencia de todo. El despojamiento. La felicidad que aburre. La rutina. Lo pálido, descolorido. El país del aburrimiento. Quién dice que hay que matar el aburrimiento. Cuando el aburrimiento no puede dar más de sí mismo. Asociaciones aburridas y de las otras. Lo que exige la explosión.

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A propósito de enumeraciones: vivo en una ciudad donde la gente es sana, deportista, acata  las reglas y se ocupa conscientemente de que los demás también lo hagan, trata al prójimo con el debido respeto y la justa distancia de acuerdo al grado de la relación, paga sus impuestos, cuida tanto su jardín como los espacios verdes, conversa con el policía que le hace la multa por cruzar en rojo, paga una multa si tiene la mala suerte –y el mal estómago- de vomitar en un transporte público, se permite ese y otros excesos sólo cuando están permitidos y bien vistos (léase carnaval o mercado navideño), está contenta con y hasta orgullosa de su calidad de vida.

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Vengo de la ciudad opuesta. Buenos Aires no debería tener como segundo nombre La reina del Plata, sino La reina del Caos. No sería Buenos Aires si así no fuera.
Podría salir airosa de la comparación, nutrirme de lo nuevo, ganar en seguridad, tener un pasar tranquilo. Sin embargo el resultado es aburrido: vivo en una ciudad aburrida de un aburrimiento naturalizado, invisible.
El cielo aquí es como un gran espejo de lo que ocurre –o no ocurre- abajo. No es un cielo nublado de nubes sino de un blanco o un gris parejos, persistentes, abarcadores, neutros. Como si los estados de ánimo se elevaran y se materializaran en un no color constante.
Es un cielo con poco margen para lo imprevisto.

En estos periplos voy descubriendo y redescubriendo que algunos ejemplares humanos parecen nacer provistos de armas secretas contra el aburrimiento. Como si pudieran desconocerlo, ignorarlo o deportarlo de su espacio vital convirtiendo la realidad en una terreno moldeable y exclusivamente personal, pleno de juegos y fantasías de cosecha privada. Y que otros, de tanto verle de cerca la cara al enemigo, terminan por encontrarle los rasgos más amables, empiezan a simpatizar con él, establecen una empatía que les permite usar su condición más íntima para el favor propio. 

Las armas secretas se llama también una obra de Julio Cortázar quien es, a mi entender, un paradigma pródigo y vivo –aunque él ya no lo esté- de la primera de estas “categorías”. Su mundo es un mundo básicamente lúdico pero también lleno de misterios, donde nada es completamente lo que es, y toda situación cotidiana puede conducir, en picada, al absurdo. Una mujer atrapada en un cuadro en un museo pueblerino, un grupo de amigos que se dan cita en los sueños, La Maga y Oliverio encontrándose en París siempre y sólo casualmente, las babas del diablo con su amenaza callada, una mujer que sólo es su propio anagrama.

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Los ejemplos para la segunda clasificación no se muestran a simple vista. Sin embargo, en la melancólica filmografía del realizador finlandés Aki Kaurismäki parecen manisfestarse signos claros de esa cofradía, ese pacto con el aburrimiento –que podemos atrevernos a llamar innato- de su entorno, que le permite transformarlo en una particular belleza fílmica, tan despojada que, por momentos, se codea con la metafísica.
Atmósfera de hielo –y no sólo por los factores climáticos- pese a los colores vivos; encuadres planos y simétricos, fotográficos; un silencio que se hace escuchar; escenas eternas, llenas de vacío; escenarios solitarios, nocturnos, fríos, reflejos exteriores del alma de personajes aparentemente sin alma ni sentimientos, casi sin palabras ni sentido del humor, perdedores perdidos que vagan por la historia sin el respiro final de un happy end.
La gracia y el encanto residen en que no hay gracia o encanto. Finlandia parece ser el imperio del aburrimiento y sin embargo, luego de ver Luces al atardecer o El hombre sin pasado dan muchas ganas de darse una vueltita por este reino árido de seres infelices.

El director y sus películas son tal vez la revelación más fuerte que me regaló esta búsqueda sobre el aburrimiento y sus recovecos, sobre como exprimirlo de modo de sacarle algún resto creativo, de modo que lo que parece el fin de la vida –la apatía absoluta– pueda ser tal vez un comienzo. Un nuevo camino expresivo: conseguir expresar incluso lo que carece de expresión. Imprimirle un movimiento a la línea, o bien plasmarla y reflejarla tal como es: recta, desposeída de sorpresas, aburrida.

*Todas las imágenes son de Luciana Ferrando.

 

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