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Un juego de identidades

 

Por Ana Maria Iglesia Pagnotta

Todo cambió en la vida del pobre Vitangelo Moscarda cuando descubrió que su mujer no lo veía como el creía, que su amigo tenía también una imagen diferente de él; todo cambió para Vitangelo cuando descubrió que él no era un único individuo, sino una pluralidad de seres diferentes, todos con un rostro distinto.
Los rostros no son más que máscaras, que cada uno lleva para interpretar su papel; es el gran teatro del mundo, donde cada uno es un personaje, una marioneta que interpreta su papel. ¿Qué hay detrás de esa máscara?. No hay más que construcciones del yo, de un yo insondable. No se habla del inconsciente, eso es otra cosa; se habla de la posibilidad de poderse representar, de poderse mostrar sin el artificio de la máscara. Un propósito condenado al fracaso de antemano, pues el mostrarse es siempre sinónimo de exhibir otro yo y, por ende, el auto-representarse significa siempre representar una alteridad.

Lo demuestra Takeshi Kitano en su última película, Takeshis’s, donde el propio director se convierte en protagonista de una ficción donde lo real, lo ficticio y lo soñado se mezclan entre sí. Takeshi’s es una ficción dentro de la ficción, es el director hecho personaje y, por lo tanto, dejando de ser él mismo, aunque con el mismo rostro. En una de las innumerables entrevistas promocionales –donde suele ser extraño oír decir algo relativamente interesante, entre los dulzones elogios de los participantes de la película-, Takeshi Kitano indicaba que su intención no era hacer una película autobiográfica, pero sí una que fuera un compendio de las anteriores; su pretensión  era la de crear en el espectador un desconcierto que le llevara a preguntarse si aquello que veía había realmente acaecido y si el protagonista era en verdad el director o no. Con el juego del cine dentro del cine y de lo soñado mezclado con lo vivido, Kitano pretendía desconcertar al espectador, que debería ser incapaz de discernir entre lo real y lo ficticio.
Sin embargo, ¿no es toda auto-representación una ficción de por sí? Si así fuera, el reto planteado por Kitano a los espectadores carecería de valor, puesto que no habría que discernir entre real o ficticio ya que desde el momento en que lo real es elaborado artísticamente, esto se convierte en ficción. No cabría entonces plantearse si el protagonista Takeshi es el propio director: desde el momento en que está en una película y, más en general, en una obra de ficción, se convierte en personaje, deja de ser el auténtico, digamos incluso, real director, pues no es más que una máscara, como las que usaban los seis personajes en busca de su autor.
Paul de Man, con respecto a la autobiografía, decía que ésta era una postulación entre dos sujetos que, en el caso de la película, corresponderían a Takeshi Kitano, que dirige y, por lo tanto, firma la obra, y a Takeshi, objeto sobre el cual trabaja el sujeto anterior. Aunque aquí no es aplicable la idea de De Man  de que el vínculo de unión no es de semejanza, pues en este caso si que lo es– no hay que olvidar que De Man elabora este discurso a partir de la autobiografía literaria-, en cambio se debe tomar en cuenta el teórico belga, afincado en Estado Unidos,  en cuanto considera que la autobiografía equivale a atribuir voz a algo por parte de un rostro, es decir, por parte del autor. Kitano da la voz a Takeshi como creador suyo  que es; su película, como obra de auto-representación, no es más que una prosopopeya, definida por De Man, como un poner en escena los ausentes y los muertos para que hablen, actúen ...
Takeshi es una ausencia, es tan solo la máscara de un vacío, que adquiere valor en el momento en que se le confiere voz, la voz de su creador. De hecho, el director japonés se auto-representa a través de una máscara vacía, a la cual confiere un yo, que no es el propio, sino otro. Por ello, la película Takeshi’s puede ser definida como una puesta en escena de un yo por parte de otro yo.
Kitano creó a Takeshi, lo creó a su imagen y semejanza: el autor es aquél que crea, es aquél que crea el otro en la obra, mientras él permanece fuera de ella. Kitano no entra en la película, es el otro sujeto quien está ahí;  es imposible auto-interpretarse – por mucho que lo pongan en los créditos finales de muchas películas y series-, pues el yo del autor siempre permanece fuera, en la ficción solo puede entrar el otro. Leujene, a partir de esta consideración, considera que la firma del autor – en el caso de una obra literaria- marca la distancia entre el autor y el personaje, la firma es el muro que separa la identidad del yo y la identidad de la máscara, una vez que ya se le ha conferido voz y, por lo tanto, un yo. Son la firma de los libros, los títulos de crédito en las películas los que distancian los dos espacios, el del interior de la obra y el del exterior.

Entre lo interno y lo externo, entre los dos yo, el único vínculo posible, según De Man, se establece a partir de la donación de voz al yo interno; para Lejeune el vínculo se establece a partir del pacto autobiográfico, fruto de la relación de semejanza entre los dos yo, entre los dos Takeshi.
Así pues, el reto del director japonés se limita a ser un puro juego formal, cuyo valor puede  ser más o menos discutido; pero, de lo que no hay duda es de que la película no constituye ningún reto interpretativo: más allá de la relación de semejanza, la máscara, transformada en un yo dentro de la ficción, es un otro con respecto al yo del director, que permanece como creador y espectador fuera de la obra. No hay ambivalencia posible, no hay indeterminación, es un reto fallido ya que no sólo la auto-representación, sino todo tipo de relato es, según Bajtin, la postulación de una alteridad. Takehis es un otro.

 

Enero 2009 ©

 

 

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