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Por Adrià Garriga Far

Hay crisis, dicen. Yo me lo creo. La tensión se palpa en el ambiente. ¿Quién no ha pensado, al menos durante unos segundos, si nuestros cuatro ahorros estarán a salvo en el banco? Como los periódicos y otros medios de comunicación nos lo recuerdan día sí, día también, es difícil hacer un paréntesis ante tanto catastrofismo (la palabra que define mejor la situación en la que nos encontramos y de la cual todos nos hemos dejado empapar).

No soy experto en economía, pero la industria musical avanzó hacia la bancarrota mundial ya hace unos cuantos años. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, las discográficas… El otro día escuché de la boca de un músico la siguiente frase: “las discográficas son como (habría que decir lo que ve) el niño del Sexto Sentido; aún no saben que están muertas”. La realidad es que las ventas de discos han bajado en picado y, si un artista o un grupo quiere vivir de la música, lo tiene realmente crudo: o te vendes y renuncias a tus principios, o te vendes y renuncias a tus principios. Como resultado de esta debacle musical, en los últimos años, cada vez se crean bandas peores. Esta afirmación podría resultar muy subjetiva, pero tengo fundamentos para sustentarla. ¿Qué grupo inglés ha sacado tres álbumes seguidos decentes en los últimos años? Me paro a pensar y no se me ocurre ninguno. Parece que la buena música ha cambiado el origen anglosajón por el nórdico, donde existen (o existían) muchas facilidades para que los artistas creen buena música. Si tienes una banda en Suecia, el estado te dará dinero para financiar tu aventura. Supongo que a partir de ahora, se acabará lo que se daba, si no que se lo pregunten a las exquisitas bandas islandesas que ya estarán temblando.

Debemos combatir este catastrofismo como sea. A fin de cuentas, a veces pienso que nos hemos dejado influenciar por el vocablo “crisis”, en todos los sentidos. Esta palabra se la inventan “los de siempre” para justificar “lo de siempre”: más despidos que nunca, la subida de los precios de los CDs y un largo etcétera. Ante un panorama tan oscuro, muchas veces no recordamos la función que la música debe tener en nuestras vidas: olvidarnos de todo y dejarnos llevar hacia donde nuestra mente quiera. Nadie puede quitarnos la libertad de escuchar una canción determinada en el momento que nos apetezca, independientemente de la crisis, las discográficas, las tendencias y las etiquetas. Escuchar y sentir, de eso se trata. Reconozco que soy un melómano cerrado: si la música que suena a mi alrededor no es del estilo que me gusta, protesto y me enfado. Sin embargo, quizás alguien podría sorprenderse al conocer dos de las canciones que últimamente provocan una sonrisa en mi boca.

Hace aproximadamente un mes, me di cuenta de un hecho al cual no había prestado atención anteriormente. El verano acababa de pasar y, sumiso a una rutina de trabajo exenta de vacaciones, decidí empezar a hacer cosas que normalmente no hago. Existe una norma básica para que se dé lugar una situación de este tipo: no esperar que algo suceda; algo extraordinario. Así, un sábado cualquiera, perspectivas cualesquiera: “hoy solo saldré a tomar algo, me retiraré pronto”. Resultado: once de la mañana del día siguiente. Lugar: parque del Retiro. Ese fue el precio que tuvieron que pagar mis acompañantes de esa noche, al impedir, reiteradamente, mi retirada al catre, cuando se me antojaba de 4 a 6 de la madrugada. Cuando ellos decidieron, por fin, irse a sus respectivas casas, saqué mi as de la manga para contraatacar e impedir que pudieran realizar su propósito, a modo de venganza. No contento del todo con su compañía en un deseado desayuno con café y churros, se me antojaba subirme a una de esas barquitas de remos del Retiro. ¿Cuántas veces me habría preguntado a mí mismo, en mis infinitas visitas al parque, cuando llegaría el día de subirse a una de esas barcas? El día había llegado. Después de dar vueltas sobre el eje de nuestra barca, en lugar de circunvalar el lago, como hacía el resto de embarcaciones, decidimos saciar nuestra sed, acostumbrada a cantidades generosas de líquido durante la noche que acabamos de superar, con un vermú –no sabría explicar el motivo, pero los sábados por la mañana temprano Madrid huele a castizo–. A parte de darnos cuenta de lo ecléctica que es la gente que pasea por el Retiro a esas horas prematuras y que los chándales de los años ochenta aún no han pasado de moda, nuestras miradas se detuvieron en el mismo punto cuando el destino decidió instalar delante de nuestras propias narices, un carrito de golosinas y juguetes infantiles: los globos de helio de mil colores y formas diferentes que se alzaban. Como si la situación estuviera sucediendo en cámara lenta, mis ojos y los de mis acompañantes pasaron de fijarse en los globos de helio, a mirarse entre ellos, desafiantes con un “¿Y si…?”.

Reconozco que la manipulación vocal provocada por el helio me había parecido siempre una leyenda urbana. Ese era el momento de realizar un experimento. Antes de pensarlo dos veces, mis compañeros se me habían adelantado, y, a parte de tener que pagar yo la cuenta de los vermús, me perdí las instrucciones de uso que el vendedor estaba relatando a mis entusiasmados compañeros, que de repente tenían diez años. Cuando llegué a alcanzarlos, escuché “si tomáis demasiado helio, podéis morir”. No hace falta comentar la cara que se le queda a un hipocondríaco como yo al oír tales palabras. Estuvimos media hora eligiendo el modelo de globo que más nos gustaba; Bart Simpson, Mickey Mouse, un vikingo, Barbie… no nos decidíamos. Al final no escatimamos en helio: “queremos el que contenga más helio, el más grande”. Terminamos con un globo en forma de moto, con motorista incluido, entre nuestras manos.

Como si de un ritual importante se tratara, el acto que íbamos a realizar requería toda la solemnidad posible. Por ello, buscamos el trozo de césped más aislado del mundo. Conducíamos al motorista con toda la cautela que nos era posible, como si un tesoro se tratara, para que se sintiera lo más cómodo posible antes de ser deshinchado. Sentados allí los tres en círculo, uno de mis compañeros soltó: “yo lo haré primero, que ya he probado el helio antes”. Recuerdo haber escuchado esa frase cuando tenía trece años y compartíamos, entre los chavales de clase, nuestro primer cigarrillo.

Tanto el otro amigo inexperto en materia helio como yo, habíamos situado al compañero experto en un pedestal; no nos queríamos perder ni un solo detalle de cada gesto que éste iba a realizar. Se acercó el globo. Soltó el agujero en un movimiento rápido para intercambiar el dedo por la boca, intentando minimizar la pérdida del gas. Inspiró hondo. Soltó el aire pronunciando cualquier estupidez. Resultado final: los tres por el suelo con unas carcajadas que hacía años que no nos daba.

Si tengo que relatar mi experiencia con la inhalación de helio veréis como la frustración invade mi recuerdo –como en cualquier pérdida de virginidad, uno siempre piensa que la segunda vez saldrá mejor–. No sé si fue por el miedo instaurado en mi cuerpo al escuchar las palabras de aviso del vendedor, pero reconozco que inspiraba el helio con poca confianza. Aunque me hubiera gustado llegar a decir frases como “un tigre, dos tigres, tres tigres”, tuve que conformarme con un triste “creo que no me sale” con voz de pitufo.

Después de esa experiencia, no me pasaron grandes cosas. O quizás sí… pero es que el listón de hacer cosas diferentes estaba muy alto. Resulta que hace un mes, en unas fiestas de barrio, había conciertos –llamémosles populares–. De vez en cuando sienta muy bien cambiar los antros céntricos de la capital por verbenas de barrio. Esa noche descubrí la “canción de la cuchara”. Mucha gente tendrá conocimiento de esta canción. Yo, que nunca frecuenté ambientes “Boy Scouts”, no. La canción, para niños, consiste en listar todos los utensilios de cocina que se te ocurran. Eso sí, cada elemento de esta lista tiene que ser estrictamente representado mediante gestos con el cuerpo que representen el objeto culinario. Así, cuando hablan de tenedor, debes levantar las dos manos, extender los dedos y balancearlos suavemente. Mi elemento preferido es la tetera, sin duda, simulada con un brazo estirado hacia un lado, y el otro flexionado con la mano apoyada en la cabeza. Me quedé muy sorprendido al escuchar la canción por primera vez. Me hizo gracia. Al ver el baile, el niño que llevo dentro se inundó de sentimientos de inocencia y ternura. Esa noche me acosté imaginándome que mientras me dormía, las tazas, los platos, los vasos, iban dando vueltas por mi habitación, deseándome buenas noches con una gran sonrisa.

La sorpresa llegó al cabo de unos días, cuando me di cuenta que la canción de la cuchara es todo un fenómeno de masas. En Youtube la podemos encontrar versionada de mil modos diferentes: desde la versión realizada por unos tunos, hasta la que realizó la gran María Pujalte en un conocida serie de televisión. Ahora bien, lo que encontré extendiendo mi búsqueda, no tiene palabras. Sigo pensando que el destino me llevó a estar sentado delante del ordenador y buscar, durante media hora, vídeos de la canción de la cuchara. Indagué hasta que hallé el vídeo de un chico de avanzada edad, con un globo de helio inmenso. Quizás en cualquier otra situación habría apagado directamente la computadora, pero se me puso la piel de gallina al contemplar, estupefacto, como el chico en cuestión absorbía el susodicho globo de helio, lo desinfló del todo con una sola pipada , y recitaba la canción de la cuchara con la voz totalmente “tuneada”, al mismo tiempo que representaba cada uno de los utensilios de cocina que iba nombrando con voz de dibujos animados. Y así aguantaba casi medio minuto. Me tranquilicé al ver que el chico no se desplomó, como había augurado el vendedor de nuestro globo, aunque pienso que quizás fue el exceso de helio el que llevo al individuo en cuestión a grabarse mientras cantaba la canción. Luego me reí. Me reí mucho.

Les mandé el enlace del video a   los dos amigos que me habían acompañado ese día en el Retiro. Ahora me miran raro, “¿de dónde has sacado este vídeo?”, me suelen preguntar. Creo que a partir de ahora será muy difícil encontrar una canción que pueda definir dos experiencias tan maravillosas en medio minuto. “Nuestra” canción cantada con “nuestro” helio. ¡Insuperable!… ni una canción de Sigur Rós…

Estas historias son dos ejemplos insignificantes de la relatividad de las cosas. ¿Quién me iba a decir que la “canción de la cuchara” me alegraría estos días teñidos de desencanto, incertidumbre y pesimismo general?   Por las mañanas, cuando me desplazo hacia el trabajo, he dejado de leer los periódicos gratuitos que circulan por el metro. En cambio, me fijo en la gente. Imagino que cada persona habrá vivido momentos de felicidad… ¿qué historias ocultarán?, quizás hasta tienen una canción asociada a ciertas escenas. También intento recordar otras situaciones que me produzcan bienestar. En un despiste, se me desvía la mirada hacia el periódico del anónimo que está situado a escasos diez centímetros de mí… “el desempleo sube en 193000 personas”. Aunque uno se mantenga escéptico, es difícil ignorar que las cosas no marchan bien. Entonces, me resigno, con un sentimiento melancólico, a recordar, otra vez, alguna alegría ausente en ese instante…

 

 

*Imágenes capturadas de Youtube, de los diferentes bailes de la taza que la gente ha grabado y ha puesto de cara al público.

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