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Poesía de Carlos Ordóñez

 

Infancia

A Santos Arzú y Dennis Ávila

I

De pies desnudos, de miradas que se dilatan hacia el dolor, de sombras que aguardan todo el día, de manos palpando lo profundo.

Así dormita en el tiempo que pesa y pasa lento como las alas de los albatros que llegan a descansar sobre los tristes navíos. La soledad es la pluma que el mirlo dejó caer desde el brazo roto de un árbol. El día a día es una fiesta de reptiles que trituran a sus críos: verde sangre, ojos que se cierran como guillotinas.

En medio de la lucha que sostiene el espíritu, el corazón –entre miedo y angustia– adquiere fuerza como un nudo.

Todo se llena del color terrible que mana del interior de las cosas: las tejas, que fingían inocencia y protección, resultan nuevos escombros, ciertas formas de animales que vigilan el sueño de los cuerpos envueltos en sábanas raídas. Los espejos multiplican luminosamente sus laberintos, las escaleras repiten la crepitación del peldaño quebrado, y los pasillos, los patios, los refugios, los lugares comunes, los cubiertos y los cuchillos que cortaron el muslo de un ave, las puertas (los misterios, las preguntas), en fin, todo resulta una amenaza rotunda que apunta como un índice.

Nunca duerme. A veces, de pronto, un caballo golpea los muros de la noche. Entonces despierta el horror y cantan, a lo lejos, los muertos que sufren, ciegos, las heridas de luz.

Pero esto es apenas un indicio: el hongo gris que envuelve al mundo.

II

Hay una pradera de sangre en las calles.

Me parece que el sol no soporta el color de mi infierno.

Regreso con mi sombra a cuestas, y el beso   –la música–, la alegría de un perro se abalanza en un abrazo.

La maldad, en cambio, notable como un cerdo lleno de diamantes, no tiene cuerpo ni edad, sale de todas partes y camina de la mano de gente que conozco.

Vuelvo y caigo, doblegado al triste silencio de un soldadito sometido a lo inmóvil.

Veo duros huesos que se reparten entre los lobos y las ovejas, hay aguijones penetrantes y frutas que segregan bilis. Las ratas, ennoblecidas, huyen en desbandadas. Sufro porque veo los ojos de un perro temeroso.

Por cierto que el odio no tiene nombre y hay tanta gente dispuesta a lanzar la primera piedra.

 

La sed de los pájaros

En el sur sediento
los pájaros se arrastran con el dolor de la carne
y poco a poco sus alas van perdiendo
el plumaje de ángeles libertados.

Un pájaro es tan sólo un ángel sin rumbo.

Cuando nacen
y rompen la oscuridad cubierta de blancura
sus plumas brotan ese azul mentiroso del cielo
que se torna en una fiesta de colores.

Un ángel es un pájaro sumiso,
un pájaro es un ángel que rompe los hilos.

Pero la vida
lo hace crecer aunque permanezca pequeño,
y le va enseñando que no puede ser un ángel feliz para siempre,
que la muerte espera tranquila en un charco, en un río,
o extiende su mirada fotográfica que apunta como un fusil.

Y el pájaro, que no sabía nada de la muerte,
se estremece,
se detiene sobre el brazo de un árbol,
contempla la falsa belleza del horizonte celeste,
y quiere morirse, pero un pájaro no puede solo,
y trata de llorar pero tampoco puede
–los ángeles no conocen el sufrimiento–,
entonces corre por el aire coronado de tristeza,
no tiene rumbo,
está perdido, solo ante el umbral del miedo,
y suplica arrepentido todos los días
el perdón de Dios,
que no le oye.

Después de muchos años,
mientras Dios revisa sus incumplimientos,
el pájaro medita en la inmensidad de la tierra,
mira los mares que se crearon en el principio,
sacude el polvo de sus alas,
y su memoria se enciende
con el sonido de las aguas que flotan por toda la tierra.

Arde el remordimiento a fuego lento,
y hay en su libertad un dejo de atrición.
Dios lo mira con esa compasión
que parece un rictus,
y lo manda a volar hacia el Sur,
que es hacia donde vuelan los ángeles arrepentidos de la fuga.
Ahí su garganta se seca
y de una en una pierde sus plumas,
llora por los poros,
que es el único modo de llorar que tiene un pájaro.

Sufren como hombres desnudos,
sangrando, envueltos en un puñado de agujas,
humillados por la inmensa misericordia del cielo.

Vuelven a meditar, por última vez, acerca del agua,
y el mar es ya un recuerdo póstumo.
Sólo en ese instante saben para qué sirve la sed:
comprenden que la sed es el rencor de Dios.

Un pájaro es un ángel humillado en el perdón,
un ángel es un pájaro que necesita de su jaula,
pero también
puede ser un hombre
arrepentido de haber viajado hacia el Sur.

 

La casa del llanto

Qué silencio.

Hay una fragancia de violetas
que abre las puertas y atraviesa las ventanas.

Afuera
la muerte engaña
con sus ademanes disfrazados de días.

En casa sólo quedan pasillos poblados de insultos,
miradas que tildan,
voces que empujan hacia el abismo.

Tengo una fatiga de ser tan dolorosa,
un grito de sangre que quiero libertar
porque no puedo romper la lentitud de los relojes
ni destrozar los cristales
que me protegen con la espada del odio.

Desacostumbrado
a viejos rencores, a nuevas culpas,
a experiencias tempranas en las cosas tardías,
a que nadie comprenda mi vergüenza.

(Afuera Tegucigalpa es un concierto de piedras y ventanas.)

Yo sobrevivo ante mis privilegios
(a solas maldigo a la gente que me rodea
y escribo cartas para romperlas):
bebo seis vasos de agua,
me alimento dos veces al día,
duermo sin sueño,
tengo un lugar dispuesto a mi cansancio,
hago felizmente el amor como un inválido,
tengo las respuestas para todas las cosas difíciles,
pero nunca encuentro esa palabra corta,
ese lenguaje claro, la bandera de luz que me hace falta.

Sólo quiero salir,
deshabitar este cuerpo
sin fuerzas para soportar la llegada de diciembre.

Quiero dejar, pues, en las paredes de la casa,
mis lágrimas, mi color marchito,
mancharlas de mi ruina,
para que lloren y quieran derrumbarse de tristeza.

¿Y quién no quiere derrumbarse?

 

Carta

Desde luego
ya habrás afilado el odio y anudado la soga
y cuántos recuerdos y páginas imagino que rompiste.

Habrás caminado mucho
y seguramente será lunes para cuando leas la presente,
después de abrir la ventana
desde donde día a día
puedes ver a los ricos divertidos de golf.

Pero déjame decirte
que en realidad es miércoles en Tegucigalpa,
y vuelvo a caminar por las avenidas,
por las orillas de las aceras que engordan de tráfico,
por los hospitales y las librerías
donde encuentro cierta gente que parece huir de sí misma.

El cielo se abre como una herida,
a mis espaldas ruge la lluvia
y mientras camino
escribo en mi interior esta carta que nunca llegará.

Dime,
dónde estarás, enemiga,
ahora que quiero consolar el súbito llanto
que vierte tu cólera frente al mar,
ahora que quiero asirte y arrancarte los pétalos
y amarte a fuego lento
hasta ver tu cuerpo de barro
quemado
como una vasija que no soporta las sombras de su interior
y se rompe con el mismo dolor que nos une.

 

La muerte

A Eduardo Bähr

Bajo cualquier pretexto
la vida es un funeral permanente,
un círculo donde aprendemos a ser y a sufrir
y vivimos con el ridículo temor a equivocarnos.

Sin embargo
sabemos que acertar es sólo la idea de un disparo
que atraviesa lentamente el túnel de la memoria
y que somos las marionetas
que ensayan infinitas caídas y sucesiones,
precipitadas hacia donde habita la muerte
y se multiplica como una peste inexorable.  

Por eso
resolví
comenzar a cavar mi tumba,
en silencio,
para que nadie me moleste,
para que la hipocresía no me encuentre con los ojos cerrados
ni me diga que descanse en paz,
para que únicamente yo venga a visitarme,
a regalarme flores, a llorar,
o a morirme de risa.

 

El Sur

A mi abuelo Juan Pablo

Nací en el Sur,
donde la muerte es una fiesta dolorosa
que cada vez se escucha menos.

Soy un pájaro con las alas rotas,
un pájaro arrepentido de haber viajado...

Sin embargo,
luego de mi paso por las calles espantosas
donde la gente huye de sí misma
y se daña con los vidrios de su propia ira,
después de caminar muchos años
hasta tocar los marcados confines que quisiera borrar,
después de pensar a solas en el fondo azul de las noches,
bifurcado, delirante, sediento,
llorando día a día,
sostengo en la boca, por las espinas,
mi rosa blanca empapada de sangre.

Vuelvo con la certeza de haber aprendido a sufrir.

Fui destrozado por los insultos y las miradas innúmeras
que vertieron sin piedad la límpida plata de sus cuchillos,
de pequeño abrí mi caja de voces para cercenar el dolor,
para olvidar el miedo a los vivos y a los muertos,
a los animales desconocidos.

Aprendí la vida de mi propia vida,
junto a Dios aprendí a nadar en la injusticia,  
la humanidad la aprendí de un perro
que lloraba entre un concierto de disparos,
el amor lo aprendí en el silencio de una mano
que sostiene el peso de los sueños,

con una bofetada en el rostro ajeno me enseñaron el odio,
y por eso más me duele un cachorro herido
que la muerte de un hombre falso.  

No hubiera querido crecer
para no tener que pensar en la muerte,
pero cayó como la noche,
o como cae un árbol,
y se llamaba Blanca,
se llamaba Pastora, se llamaba Julián,
se llamaba Luis Alonso
y se llamaba llanto.

No supe a qué hora cubrió al mundo con su sábana,
dejando el fin en la retina de la memoria.

Nunca tuve más responsabilidad que mantener mi vuelo,
aunque fuese con el miedo de despertar de este sueño
que arranca las hojas de mis nervios,
y me deja viviendo como un templo vacío
como un árbol donde convergen todos los lamentos.

He caminado tanto, tanto.
También aprendí el paso lento.
Llevo en el corazón una tenue sensibilidad sombría,
un fulgor de soledad, de náufrago y suicida,
la alegría varada en un lodazal de angustia,
de noches donde las piedras ruedan por los techos vidriosos,
y los caballos recorren las calles con su furia caliente
y los ecos de sus galopes golpean furiosamente
las puertas de la Casa Grand
y aúllan los lobos en el fondo de la noche
y hay en su canto un recuerdo que crepita
como un aguacero de lágrimas,
y crece mi necesidad imperiosa de morir a cada rato
y de salir clamando a gritos
y de ser la antorcha que expande el fuego bajo las frondas.

Yo sobrevivo en este paisaje que me destroza
y abro mis brazos como un pájaro herido en el pecho,
respiro el aroma de las violetas que se nutren de las tumbas,
muerdo la tierra fresca, antes seca como la muerte.

Nací en el sur, he dicho,
donde la muerte tiene su nido caliente,
donde el dolor enseña en vida
que el hombre nunca deja de sufrir.

 

Llanto alrededor

A Roberto Sosa

Dejadme llorar
a orillas del mar.
Góngora

Como un enfermo de encierro,
como suele brotar la sangre de la herida,
con necesidad de respirar,
tragar un día dulce con la boca amarga,
abandonar la ruina,
arrancar del cuerpo mis trajes oscuros,
las corbatas,
las sucias camisas repetidas sobre las perchas.

Desnudo, sudando el veneno de ciertos sueños,
asumo la realidad igual que un condenado:
yo vengo de una enredadera de gritos
que quieren salir y desentrañarme.

Veo muertes que son el paisaje cotidiano,
hay sustancias de efecto lento y de color alucinante,
hay monedas en el fondo de las tazas que sirvieron el café de la mañana,
hay mujeres pariendo a gritos en las esquinas de los hospitales,
hay llantos de niños y quirófanos abandonados en las calles.

Como un virus
la maldad y la roña se expanden,
la sombra crece bajo el árbol podrido.

La muerte sacude el polvo
y el odio se establece en las esquinas, al acecho,
como los pordioseros que esperan el rojo de los semáforos.

Mis ojos abiertos o cerrados
no encuentran un rincón tranquilo,
no queda piedra sobre piedra en el mundo que respiro.

Que me dejen solo, por favor.
No hace falta decir que voy a llorar.

.... .... ...

 

Carlos Ordóñez nació en Choluteca, una pequeña provincia del sur de Honduras, el 18 de marzo de 1982. Es autor del libro de poesía Llanto alrededor (2003). Licenciado en Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Egresado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños (La Habana, Cuba) en la especialidad de guión. En 2004 es participante del taller literario “Cómo contar un cuento”, impartido por Gabriel García Márquez en la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano. En 2006 participa en el XI Festival Internacional de Poesía de La Habana y en octubre del mismo año su guión de largometraje Alto al fuego se hace acreedor del premio que otorga el Fondo de Fomento para el Audiovisual en Centro América y el Caribe, Cinergia. Ha escrito y dirigido cortometrajes y documentales en Brasil, Cuba y Honduras. Actualmente realiza un doctorado en Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca.

 

 

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