Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio


Flores para los muertos
en el lugar de los caminos muertos

Por Ana Ciurans

Algunas veces no sabemos por donde empezar. Especialmente en noviembre, con la lluvia que cae como un castigo divino sobre vivos y muertos. Y no nos salen las cuentas con una historia reciente que parece al menos haber sido más divertida que la presente. Puede ser que uno no se sienta a la altura de la situación o que la misma te golpee con demasiada fuerza y directamente al corazón para dejarte razonar. Leyendo el Lugar de los caminos muertos (The place of dead roads), se sobreponen dos sensaciones que necesitan una buena dosis de ansiolítico. La sensación inicial de vagar perdido deja paso a una voracidad de lectura que bombea sangre rápidamente y causa una hemorragia de sensaciones y de ocasiones (generacionales) perdidas.

Su autor, William Seward Burroughs (1914-1997) que se definía a sí mismo como un drogado, homosexual y oveja negra de buena familia, te inunda, te golpea, te sorprende, te sacude, te hace reír y a veces te agobia. Pero no queda duda: se queda contigo. Mola. Aún. No podíamos esperar otra cosa de un tipo que afirma que la cosa más peligrosa que uno puede hacer es quedarse parado. El progenitor de la beat generation con Kerouac, Ginsberg y Cassady –a los que se añadirán luego Corso, Ferlinghetti, Lamantia, Leary, McClure, Sanders, Kupferberg, Orlowski, Giorno y otros–, requiere entrenamiento. O te cuelgas o te pierdes lo mejor. Y no es fácil dejarse colgar por la lógica caótica del personaje principal, el “tirador”, el amo de la pistola, Kim Carsons, gemelo guay de Jesse James, homosexual, poeta, lector de Rimbaud y médico que razona con lucidez surreal. ¿Quién es Kim Carsons (es decir William Seward Hall)? El alter ego de Borroughs es un joven despreciable, morboso, con tendencias malsanas y un apetito insaciable por los extremos y lo sensacional;   es todo lo que se enseña a odiar a un normal chico americano (…) y además dedicado a la practica subversiva de pensar.  Es decir, un hijo de puta, a veces adorable y a veces (casi siempre) odioso.

Burroughs-Kerouac

En Italia, Strade Morte (ISBN 9788861920385) ha vuelto a las librerías gracias a la editorial Elliot, a 25 años de distancia de su primera publicación, en 1983. Si tenemos en cuenta que la Asociación italiana de editores, en el informe que ha presentado en la feria de Frankfurt, declara que de los 61.000 títulos publicados en el año 2008 el 38% son reimpresiones y que sólo 3,2 millones de italianos lee un libro al mes, no podemos sustraernos a la pregunta: ¿Quién ha leído El lugar de los caminos muertos en estos últimos 25 años? Y si lo que se publica en un país es el termómetro de la fiebre del lector, lo que se reimprime es el análisis de sangre que revela su estado de salud. A este respecto baste decir que en España la última publicación, de ediciones Cátedra (ISBN 9788437612300), se remonta al año 1994 y que de consecuencia no podemos sustraernos a la pregunta: ¿tendremos que esperar nosotros también otros catorce años para verlo de nuevo en las librerías? Mejor suerte ha tenido, tanto en Italia como en España, The naked lunch, llevado a la pantalla por David Cronenberg en 1991, reimprimido con el título Il pasto nudo (ISBN 9788845920936) por Adelphi en el año 2006 y con El almuerzo desnudo (ISBN   9788433920089) por la editorial Anagrama en el año 2002, respectivamente.

Pero empecemos por el principio. De un tiroteo, en el más clásico estilo western, despega una historia circular en tres partes en la que Kim Carsons y sus secuaces (la famosa familia Johnson) intentan salvar la galaxia de los extraterrestres que quieren conquistarla. En el vagabundeo que va de los satélites de la Estrella del Perro a París, Londres, Nueva York, Nuevo Méjico, Tánger y Venus, se atraviesan las puertas de una psicodélica (y a menudo psicotropa) percepción del tiempo y del espacio que nos arrastra sin posibilidad de escape en la lucha por el control. Copulaciones homosexuales, divinidades, ritos, drogas, pistolas y personajes de nombres extravagantes desfilan por nuestras mentes como fragmentos de un sueño verbal. Un mundo masculino, despiadado. Un amplexo cósmico de pistoleros de calendario que llevan puestas sólo la cartuchera y las botas. Seguramente ni western ni ciencia-ficción. Sino todo junto, pero no revuelto. Seguramente western y ciencia-ficción de lo mejor.

Todo ello es posible gracias a la experimentación del cut-up, técnica desarrollada con Brion Gysin que tiene precedentes dadaístas y que articula collages narrativos que desmontan (y a menudo destruyen) las normas sintácticas y semánticas. Burroughs odiaba el lenguaje, como cualquier otra forma de homologación y de represión del pensamiento y consideraba al ser humano su víctima. Mi teoría, afirmaba, es que la palabra escrita ha nacido de un virus. No está reconocida como virus porque ha sido asimilada de manera estable y simbiótica por su huésped. La casi ilegibilidad que la aplicación rígida de esta teoría provocó en las primeras obras, se va domesticando progresivamente y con la trilogía formada por Ciudades de la Noche Roja, El Lugar de los Caminos Muertos y Tierras del Occidente logra un equilibrio entre experimentación rabiosa y comprensibilidad.

en 1983

Así, al borde de la alucinación, encontramos pasajes de una lucidez cortante y rabiosa que hizo de Burroughs el gurú de tres generaciones de almas perdidas. Basta leer la maravillosa “lista de los objetivos y de las características de los extraterrestres”, descojonante y real retrato del pensamiento reaccionario más radical. Y frases como estas: lo que caracteriza a un fundamentalmente cabrón es que él está siempre en el bando de los que tienen razón. / No se induce a hacer callar a la gente acerca de   lo que sabe. Se   induce a la gente a no enterarse. / La vida es una madeja de mentiras que tienden a esconder sus mecanismos básicos. / La única cosa que hace mover al Homo Sapiens el peso de su culo es el objetivo de subir medio metro. Y finalmente este pasaje genial: La felicidad es un producto colateral de la función. Quienes buscan la felicidad por sí misma buscan la victoria sin guerra. Esta es la fractura de todas las utopías. Una sociedad, como los individuos que la componen, es un artilugio proyectado para un fin. En cuanto al valor que puede tener la vida cuando el fin no existe...

No sé si efectivamente la beat generation fue una utopía fracturada por la búsqueda de una victoria sin guerra. Pero seguramente El lugar de los caminos muertos es una visión acerca de la fractura de la utopía americana. En cualquier caso, si la felicidad es de verdad un producto colateral de la función, un efecto secundario, estamos viviendo la utopía más infeliz de la historia. Una nota positiva: Burroughs, tras no haberse parado nunca, murió a los 83 años. No frenar es bueno para la salud.  

Flores para los muertos y conclusiones a cargo del destinatario.

 

 

Noviembre 2008 ©

 

 

sumario

 

 

 

calidoscopio.net © 2006-08