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Sobre esta tierra, como un fantasma
vagaba de puerta en puerta;
en sus manos llevaba un laúd
y dulcemente lo tañía;
en sus soñadoras melodías,
como un haz de luz,
puedes sentir la propia verdad
y el amor celestial

La voz hizo que a muchos hombres volviera a latirles el corazón
que se les había convertido en piedra.
A muchos hombres iluminó la mente,
que se había sumido en la más profunda oscuridad.
Pero en vez de gloria,
siempre que pulsaba el arpa
la chusma ponía ante el proscrito
una vasija llena de veneno...
y le decía: "¡Bébelo, maldito!"
¡ésa se la suerte que se te ha asignado!
¡no queremos tu verdad
ni esas celestes melodías tuyas!"
 
Iosif Stalin

Por Raúl Muniente Sariñena

De Simon Sebag Montefiore

¡Ya está aquí! Con la nueva crisis cíclica del capitalismo se suceden las publicaciones de clásicos del marxismo-leninismo. Destino publicará este año el penetrante clásico que son los 14 volúmenes de la Historia de la Unión Soviética de 1917 al 1929 de E.H. Carr. Mientras tanto, la editorial Akal acaba de editar una recopilación de artículos de Louis Althusser, titulada La soledad de Maquiavelo. Allá por los setenta, cuando el marxismo no había sido desterrado del debate filosófico-político público, este autor se puso de moda. Althusser defendía la existencia de dos Karl Marx. El jovencito, más concentrado en la crítica del capital, más "revolucionario" por así decirlo, y el viejo, más concentrado en el poder, más "conservador". Por hacer un símil forzado: el primer Karl Marx era el Ché Guevara, y el segundo, Fidel Castro.

Hasta ahora, casi todas las biografías de Stalin se centraban en la segunda parte de su vida, la que comprende su secretariado general en la Unión Soviética. Incluso el mismo autor, Simon Sebag Montefiore, tiene otra pesada obra, La corte del zar rojo. En casi todas ellas, prevalece una visión hollywoodiense de Stalin: caricaturización, psicologización, ocultación de las llaves del marxismo-leninismo, etcétera.       

En este ensayo, que por cierto se lee como novela, y del tirón, la imagen de nuestro hombre es mucho más amable. La conclusión es la clave de cómo manejan los grandes capitales al mundillo cultural: mientras no tenga poder, deja que haga y diga lo que quiera. Los dueños del gran capital permiten que el primer Marx, el primer Stalin, el Ché Guevara o incluso Trotsky tengan audiencia porque como no se concentran en el poder, no presentan ningún peligro para su status, sin embargo, el segundo Karl Marx, el Stalin que mandaba o Fidel Castro son “efectivamente” peligrosos para sus intereses.

En este contexto aparece este libro que narra las peripecias de Stalin hasta 1917, cuando llega al poder como lugarteniente de Lenin. Mientras En la corte del zar rojo el autor se encargaba de añadir las clásicas coletillas de "qué malo es Stalin" en esta ocasión la lectura es más amable y se libra de tan desagradables moralinas.    


Les recomendaré la lectura del libro, pero si tienen mucho trabajo y poco tiempo aquí les dejo unas pinceladas que pueden serles útiles para colar en las charlas con amigos y conocidos:

a) Stalin, el hombre de la Gran Rusia que anexionó Georgia, en sus años mozos era nacionalista georgiano. De hecho el poema que encabeza el texto, junto con otros cuatro, fue publicado a nivel nacional georgiano y el propio autor era considerado una de las promesas poéticas del país. Dentro de este apartado destaca algo increíble pero cierto. El mayor atraco a un banco que hizo el brazo armado bolchevique fue gracias al chivatazo de un empleado del banco que idolatraba a Stalin por su poesía.          

b) La madre de Stalin era guapa, carismática y malcriaba al chaval. Soñaba con que fuera cura.  Se acostaba con los ricos del pueblo para poder mandar a su hijo al seminario. Por lo visto; su padre, humilde zapatero, quería que su hijo siguiera el trabajo familiar. Afectado por la cornamenta, se hizo alcohólico profundo.
 
Años después, cuando Stalin se vió con su madre, esta le preguntó:

–Hijo mío, a qué te dedicas pues.
–Mamá, soy algo así como el zar de Rusia.
–Ay, con lo buen sacerdote que habrías sido.

c) Stalin era un alumno de diez. Al mismo tiempo colaba en el seminario y leía para sus compañeros todo tipo de obras proscritas; desde Spinoza hasta Marx. Así se entiende esa increíble mezcla de matón e intelectual. En primer lugar, era de pueblo, de un ambiente rudo y hostil, donde las peleas eran el pan de cada día y en segundo, era de naturaleza avispado.

Años después, Stalin dirigiría la banda terrorista bolchevique más eficaz al servicio de Lenin. A la historia han pasado los congresos del partido en los cuales se prohibía a Stalin atracar bancos y realizar todo tipo de actividades delincuentes. No obstante, Lenin se citaba clandestinamente con nuestro hombre para comentar las operaciones. Los congresos mismos se podían celebrar gracias a la financiación de las "incautaciones" de Stalin y sus hombres. Estos hombres de Stalin, en su mayoría, eran una explosiva mezcla de tuberculosos y adoradores del marxismo y del propio Iosif. Hacían falta muchas agallas para enfrentarse a los cosacos, que primero disparaban y luego preguntaban.

d) Stalin adoraba a Lenin y veía como charlatanes al resto de miembros del Partido.

e) La policía secreta del zar colaba infinidad de miembros suyos en el Partido, lo cual era una auténtica hemorragia para la causa. En ocasiones, auténticos amigos íntimos, no eran sino tipos con sueldazo al servicio del zar. Así pues, Stalin recibió algunos duros mazazos que explican que dijera cosas cómo: "No me fío ni de mi mismo".        
 
Al tiempo que filosofamos un poco sobre el libro que nos ocupa comentaremos algunas anécdotas difícilmente olvidables. Por un lado, tras la segunda Guerra Mundial, Stalin decidió dar un poco de chance a la iglesia católica ortodoxa rusa y reunido con el patriarca le comentó si aún conservaban el seminario de Tiflis, al que él había ido, y el patriarca, en lugar de responder que el gobierno les había dejado sin fondos, comentó: "Para qué, si luego en lugar de sacerdotes nos salgan mariscales como usted".    

        

Mirando por internet, muchos críticos del libro se detienen en la cantidad de amantes e hijos que tuvo Stalin. Por mi parte, no lo veo algo tan peculiar en la historia. Lo realmente destacado y muy contracorriente es la absoluta interiorización de la idea de partido de Stalin. La causa y el partido eran su vida, lo que amaba, y esa es quizás la lección más polémica que extrae este libro. Un tipo que combina a la vez la genialidad con la disciplina de partido y la diferenciación clara entre las leyes internas del partido y lo que ocurre fuera, es la clave para entender como en cuestiones ajenas al partido como los amores, fuera tan liberal. Sencillamente, no le importaban. De hecho siempre comentaba que le gustaban las mujeres jovencitas porque eran más sencillas y directas y no le alejaban de las preocupaciones relacionadas con el Partido.

En relación con el asunto de las mujeres jovencitas viene la anécdota que relataré a continuación. Como Stalin era un maestro de las fugas, ya fuera por habilidad o por soborno de guardias de prisiones, la policía del zar, la Orjana, decidió mandarlo un par de añitos a Siberia bajo el control personalizado de un guardia. Allí convivió con veinte esquimales, hombres de otra época, alejados de la civilización. Es de allí donde nace la fama de pederasta que tiene Stalin. Recordemos que el otro mote de Nannysex –el más famoso pederasta digital hispano–, era Koba, apelativo juvenil de Stalin. El caso es que se amancebó una señorita esquimal de unos 13 años a la que dejó embarazada en dos ocasiones. Estos añitos con los esquimales fueron para él algo así como la mili de nuestros padres. Stalin siempre contaba historietas increíbles de aquellos dos años. En una ocasión fueron a cazar y a la vuelta, un grupo había perdido un miembro, pero no comentaron nada, Stalin escandalizado dijo:

–Pero que pasa, aquí falta un hombre, ¿Dónde está Dimitri?
A lo que un esquimal le respondió:
–Un hombre es fácil hacerlo, pero prueba tú a hacer un caballo, a ver si puedes.

Concluyendo, hay que agradecer a la Editorial Crítica de Planeta y a sus editores Gonzalo Pontón y Josep Fontana, que aprovechen que los archivos secretos de la URSS estén abiertos al público con las últimas publicaciones al respecto: El siglo soviético de Moshe Lewin, La lógica del terror de Oleg V. Naumov o Stalin el desconocido de los Medvedev. Ellas, si bien mantienen el obligado pulso de la criminalización de la experiencia comunista que impone el sistema capitalista, nos alejan de la moda propagandística que imperó hasta los 90, basada únicamente en la literatura de Trotsky.

 

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