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Por Imelda Morris

Si al volver al trabajo después de vacaciones alguien nos deseara feliz año nuevo tal vez no lo encontraríamos tan extravagante, pensaríamos que se refiere al año escolar...   aunque no todos los años escolares empiecen en septiembre y el año universitario más bien se acaba a lo largo de este mes con los últimos exámenes de recuperación. Sin embargo, hay algo detrás de la apocalíptica fecha del “uno del nueve” relacionado con la desmesurada nostalgia de las lluvias de finales de agosto, las que   se llevan las vacaciones y te dejan contemplando los residuos de las hogueras veraniegas.

Cuando el verano empieza a apagarse –hayamos o no tenido la suerte de disfrutar de vacaciones– no hay manera de escapar a los balances, a los buenos propósitos, a los proyectos a medio y largo plazo. Empezamos dietas, dejamos de fumar, ¡por una vez más en la vida!, nos apuntamos al gimnasio... Septiembre no es un momento cualquiera para empezar las cosas, es el único momento posible, física y psíquicamente: nace de una necesidad biológica de reaccionar a algo que se acaba, nos guste o no el verano, para prepararse para lo bueno y lo malo que llevará el otoño... y el invierno. Tal vez esta será sólo la opinión de una gran apasionada de las mutaciones septembrinas que lleva unos años celebrando su noche vieja particular el 31 de agosto.

Fuera de las convenciones del calendario, “mi” nochevieja me parece una fiesta mucho más justificada que la globalizada celebración de diciembre y, por esta razón, me hizo mucha gracia descubrir que en la megalópolis multicultural del Mediterráneo –cual era Constantinopla en la edad media, es decir: antes que los otomanos la conquistaron en el 1453– los años empezaban el 1 de septiembre, así como en todo el Imperio Romano de Oriente y en los centros del Mediterráneo más relacionados con “la Sublime Puerta”, entre los que cabe mencionar muchos centros del sur de Italia como la Repubblica marinara de Amalfi, mientras que en Rusia el calendario bizantino mantuvo su vigencia hasta la Revolución de octubre de 1917.  

Los bizantinos definieron este calendario con razones mucho más argumentadas que las de mi nochevieja: leyendo la Biblia “marcha atrás” llegaron a fijar la fecha de la creación del mundo en el día 1 de septiembre de 5509 a.C., a partir del cual empezaron a contar los años. ¡Qué idea más fascinante! No sólo los hombres ¡hasta dios empezó a trabajar el 1 de septiembre!

A la manera de los años escolares nuestro año 1, según la numeración cristológica no existe el año cero, corresponde al 5509-5510 bizantino y la recién nochevieja bizantina ha dado la bienvenida al año 7518, del que el presente Calidoscopio es el primer número. El problema es que en función de cómo se lea la Biblia podemos llegar manera a calcular diferentes “años ceros”. Por ejemplo, el teólogo y historiador del IV siglo Eusebio de Cesarea calculó que la creación ocurrió en el 5200 a.C., mientras los hebreos la fijaban en el 6 de octubre de 3761 a.C., ¡quizás porque la Biblia hebraica no considera unos volúmenes del Antiguo Testamento cristiano!

Último entre los lectores “cronológicos” de la Biblia fue el obispo irlandés James Ussher (1581-1656) que en el 1650 publicó su Annales Veteris Testamenti, a prima mundi origine deducti , donde declaraba “científicamente” que el mundo fue creado el 23 de octubre del 4004 a.C. a las 12 en punto del mediodía (¡!). Esta fecha es utilizada aun hoy en día por los creacionistas, los fieles a la teoría del nacimiento del universo por obra de Dios, en oposición a la teoría evolucionista darwiniana. El cálculo bizantino de los años, con nuestra nochevieja preferida, fue introducido por el imperador de Oriente Licinio en el 312, en la misma época en que el emperador de Occidente Constantino se convirtió al Cristianísimo y con el Edicto de Milán (313) puso oficialmente fin a las persecuciones de los cristianos declarando la neutralidad del Imperio en tema de religión.

Como podéis imaginar en la Edad Media la fecha del fin de año era algo muy variable. Sólo en el Mediterráneo cristiano había diferentes “estilos” (es éste el nombre de las modalidades utilizadas para establecer el comienzo del año) entre ellos el de la república de Venecia –1 de marzo, utilizado hasta la fin de la república en el 1797– el de Florencia, que celebraba el nuevo año en el día de la Encarnación de Cristo, 25 de marzo, cerca del equinoccio de primavera, el estilo pascual que cambiaba de año en año entre el 22 de marzo y el 25 de abril en relación con la fiesta de la Resurrección y el estilo de Navidad, 25 de diciembre, adoptado por la cancillería papal.

 

Acabó por imponerse a los demás el estilo del 1 enero, también nombrado de la Circuncisión, porque en aquel día se suele celebrar la circuncisión de Cristo. La fecha es cercana al comienzo del año solar con el solsticio de invierno y fue indicada como primer día del año ya en el calendario reformado por Julio César. Para los romanos el pasaje al nuevo año estaba puesto bajo la protección del dios Jano, la divinidad con dos caras: una detrás para contemplar el pasado y la otra adelante, vuelta hacia el futuro. Sin embargo hay que considerar que las que acabamos de mencionar fueron sólo las modalidades en uso en el Mediterráneo cristiano, sin pensar en todas las otras fechas que celebraban otras culturas y religiones.

Si examináramos todas tendríamos un abanico de posibilidades tan variado para poder elegir el fin de año que más nos guste y que más se acerque a nuestros hábitos y a nuestras ideas más bizarras. Yo me quedo con lo bizantinos... y os deseo un muy próspero y feliz año 7518 (o 2008 bis)!!!

 

 

«El amor en septiembre me deja sentir aún ligera
el día se hunde en los hoyos quemados de esta llanura
tu me decías que la verdad y la belleza no hacen ruido
sólo hay que dejarlas subir
sólo hay que dejarlas entrar

                                         ...es tiempo de aprender a mirar
                               es tiempo de limpiar los pensamientos
                                           es tiempo de dominar el fuego
                                      es tiempo de escuchar de verdad...»

                                  

*traducción de Septiembre (Cristina Donà, 2007)  

 

 

 

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