Sumario Miscelanea 1 Letras 1 Cine 1 Musica 1
Cabecera Calidoscopio


Por Luciana Ferrando

Si pensamos en fotos ajenas encontradas en la calle no es difícil, aunque de manera indirecta, asociarlas con La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock. Claro que en ella los fragmentos de las vidas de los otros tienen movimiento y continuidad con el paso de los días. Podemos conectar el placer y la obsesión que van ganando a L. B. Jefferies, el personaje de James Stewart en este clásico, con los recolectores de fotos de desconocidos.   Sin embargo, a mi entender, el instante detenido de las fotografías, ese botón de pausa en el tiempo, juega a favor de la imaginación de quien las mira. Y si el objeto o, sobre todo, el sujeto de las imágenes nos es extraño, las posibilidades son infinitas.

Hay diferencias de peso entre el voyeur de ventana y el que encuentra fotos y se las lleva. Según los psicólogos en el primer caso puede existir un sentimiento de apropiación de la intimidad ajena mientras en el segundo el factor que predomina es el rescate de las imágenes. La gran pregunta que surge al toparse con éstas fotografías es cómo y porqué el casamiento de la abuela, las vacaciones junto al lago, ese gato negro tan querido, el primer novio, las fiestas del pueblo, o incluso la única cena en un restaurante exclusivo fueron a parar al basurero de la esquina.

¿Fue un alma desalmada? ¿Un corazón despechado? ¿Alguien que decidió borrar para siempre su pasado? ¿O una simple, pero irremediable, equivocación al ordenar viejos cajones? Es casi imposible saberlo. Como es casi imposible confirmar o refutar las conjeturas que se pueden elaborar a partir de esos pedazos de existencias diversas materializados gracias a la luz y los químicos. Mejor así. Mejor conservar ciertas magias. Aunque suene cursi. Mejor dejarse encantar por ciertos misterios que, probablemente, jamás serán descifrados.

Mirones y dioses de juguete

Mi propia experiencia como coleccionista de imágenes ajenas comenzó una noche fría en San Telmo, Buenos Aires. Frente al monoambiente donde vivía por aquel entonces había un lugar donde la basura del barrio se empecinaba en juntarse. Y entre las bolsas y los restos había, esa noche, una caja de madera que, creo yo, me llamó por mi nombre. De vuelta en casa con la caja en los brazos como si fuera una mascota abandonada, me bien dispuse para el descubrimiento.

Nunca las conté realmente, pero supongo que eran más de doscientas fotos. Cartas, libretas de gastos, invitaciones a la primera comunión, pasaportes y garabatos infantiles conformaban asimismo el tesoro. La primera revelación fue que todas las piezas del botín habían pertenecido a la misma familia. Por lo cual, con avidez y también paciencia se podía reconstruir la historia –quizás imaginada- de por lo menos tres generaciones; y –cosa aterradora y fascinante- comprobar en directo lo que el paso del tiempo hace con las caras, con los cuerpos, con las expresiones y sobre todo, con el brillo de las miradas. Así es que me sentí, en ese momento, como un arqueólogo y también, porqué no, como un dios de juguete devolviéndole vida a esas figuras inanimadas.

Con los años, muchas de esas fotografías se fueron mudando a las colecciones de amigos y algunas sirvieron incluso para ilustrar la biografía de personajes de cortometrajes o de falsos documentales. Pero muchas otras están todavía en un baúl junto con otros desconocidos que fui recogiendo de la calle. O, para ser más justa y precisa, que me fueron encontrando cuando caminaba mirando hacia abajo.

Basura ciento por ciento

Algún escéptico podrá decir que no hay misterio que una buena sesión de Google no pueda resolver. Y tal vez tenga razón. Desde el momento en que es posible exhibir las fotos encontradas a través de una página Web, es posible también que algún tataranieto reconozca a su tatarabuelo, o incluso que el protagonista de la imagen “recupere” esa faceta de sí mismo literalmente perdida.  

Pablo Cruz Aguirre lo sabe. Desde que inauguró FOTOS ENCONTRADAS, el sitio Web donde expone su colección personal de fotos de la basura, recoge también anécdotas variadas e inverosímiles. Desde desdichados que por error descartaron sus fotografías más preciadas y pretenden ahora recuperarlas a través de esta página, hasta el hijo de la cocinera de Puerta de Hierro, quien al ver una foto de Juan Domingo Perón –también encontrada entre los restos de algún barrio de Buenos Aires– rememoró su infancia, simultánea al exilio del General en esta casa.

A diferencia de otros sitios Web que se van constituyendo gracias a las fotos que aportan los usuarios, FOTOS ENCONTRADAS –cuyo subtítulo reza “Basura 100% porteña”– es un proyecto estrictamente privado que no admite colaboradores. En la sección FAQ, el autor aclara que no vende ni compra fotos. Tampoco retoca el material, porque eso sería negarle al objeto su naturaleza de cosa encontrada y eventualmente sucia o rota.   Además, acepta retirar las imágenes de la página en caso que incomoden gravemente a algún implicado. Pero está implícito que las fotos no se devuelven. Un artículo del Código Civil apaña a los aprehensores de cosas que entran en la categoría de “objetos abandonados”.

Más allá de lo legal, las fotografías abandonadas ya no son de sus dueños. Ni de quienes la tomaron. Ni de quienes posaron en ella. Las fotografías abandonadas son de quien las encuentra. De quien las recoge. De quien las mira y con esa mirada, las llena nuevamente de subjetividad y les regala con su interpretación un sentido nuevo.

 

Hábitos de la percepción

Concentrarnos en la interpretación de una imagen encontrada en la calle, nos permite, por un lado, volver a La ventana indiscreta y repreguntarnos por qué Hitchcock juega hasta el final con la posibilidad de que el crimen del edificio vecino no sea más que una interpretación, un capricho voyeurista de la imaginación de Jefferies. Por otro lado, podemos encontrar un atajo hacia las cuestiones más o menos filosóficas y hasta sociológicas del tema.

“Las fotos encontradas son artefactos mediáticos peculiares, puesto que nunca tuvieron la intención de ser observadas por absolutos desconocidos. Como el contexto original que las anclaba a su significado ha sido amputado, las fotos encontradas fomentan una nueva y valiosa disposición para la lectura. Esta disposición afila nuestra habilidad para sacar conclusiones y refleja nuestros hábitos usuales de percepción”, explica Barry Mauer en su ensayo “The found photograph and the limits of meaning”, publicado en la revista Enculturation , en 2001.

Este análisis, que probablemente poco tiene que ver con la parte mágica del asunto le da pie al autor para explicar por qué las imágenes descubiertas pueden despertar en nosotros, los observadores, una larga serie de estereotipos. “Las fotos encontradas no provocan deducciones como lo hacen las películas de Hollywood; son frecuentemente más complejas, obscuras y fragmentarias. Sin embargo, las fotos encontradas, sobre todo las familiares, activan en nosotros estereotipos porque contienen, a menudo, detalles que nos resultan conocidos, por lo menos a primera vista”, dice. Además, Mauer propone una exposición de “Found photos” ideal, en la que los asistentes sean invitados a mirar las imágenes desde cuatro perspectivas diferentes: la del voyeur, la del detective, la del sociólogo y la del surrealista.

Estética de la casualidad

Como buscadora-recolectora de fotos perdidas, prefiero apartarme de la clasificación que sugiere Mauer y centrarme en la faceta más mística –si así podemos llamarla– de la tarea. O, en todo caso, asumir todos los roles al mismo tiempo agregando algunos detalles que hasta ahora hemos dejado de lado y, personalmente, considero importantes. Por ejemplo, en este otro ensayo imaginario podríamos incluir un ítem titulado “la imagen en sí y su sentido estético” y divagar sobre encuadres, colores, luz... Sobre lo que voluntaria o involuntariamente quedó plasmado a nivel estético en ese papel y que le puede aportar un valor artístico. Además, me pregunto qué pasaría si descubriéramos tirada una fotografía tomada por un fotógrafo reconocido –fantaseemos que al practicante del museo se le traspapeló un Bresson o un Brassai–, ¿se transformaría automáticamente en una foto más entre las recogidas en la basura? ¿O reconoceríamos, ese sello, esa firma que la transforma en una obra de arte?

¿Y esa quién es, la hija o la amante? ¿Por qué mira así ese hombre? ¿Vivirá todavía esa mujer? ¿Esos pantalones se usaban en ese momento? ¿Seguirán juntos? ¿Ese será el nieto de esa? ¿Y ese otro que se hace el lindo? Pablo Aguirre cuenta que piensa a menudo en todas las personas implicadas en una fotografía: en el que posa, en el que dispara, en el que revela y, sobre todo, en el que la tira a la basura.

Dice que se alegra de ser quien rescata esas partículas de la historia, pero que al mismo tiempo se cuestiona si esas anécdotas retratadas son verdaderas, si no se tratará de personalidades inventadas, encarnadas por la misma persona, como en Zelig de Woody Allen. Cómo saberlo... Quizás, el amigo Mauer tiene razón cuando afirma que es inútil intentar sacar conclusiones sobre la foto encontrada y que “las mejores conclusiones que podemos trazar a partir de este objeto, son sobre nosotros mismos. La manera en que reaccionamos y en la que interpretamos una foto encontrada revela nuestros propios procesos perceptivos”.

Así, podría tal vez entenderse cómo tantos universos caben en una sóla instantánea.

Links:

http://www.fotosencontradas.com.ar/

http://enculturation.gmu.edu/3_2/mauer/index.html

 

*La mayor parte de las fotos aquí expuestas pertenecen a la colección Fotos encontradas de Pablo Cruz Aguirre.

 

subir


Septiembre 2008 ©
 
anterior
calidoscopio.net © 2006/08