Del París que era una fiesta al París que no se acaba nunca
Por Anna Maria Iglesia
Empezaré por el final: Paris no se acaba nunca es una novela posmoderna. Puede que consideren mi afirmación categórica, pero ¿No es acaso la posmodernidad categórica por sí misma?
Escribió una vez Walter Benjamin que “en nuestro tiempo la única obra realmente dotada de sentido, de sentido crítico, debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras”, pues a este collage el autor de Paris no se acaba nunca , Enrique Vila-Matas, añadió “frases e ideas relativamente propias” para así construir “un mundo autónomo, paradójicamente muy ligado a los ecos de otras obras”. De esta manera nació el universo parisino que, aún estando ligado a la propia experiencia personal, no deja de ser un eco de las lecturas de Vila-Matas, una reescritura de lo ya escrito pues, como dice Tabucchi, “lo cierto es que si yo escribo una cosa que ya has escrito tú, es lo mismo, pero ya no es lo mismo”.
Por lo tanto, si Pierre Menard es una reescritura de El Quijote sin ser El Quijote, París, no se acaba nunca es una reescritura –¿autobiográfica?– de Enrique Vila-Matas de Paris era una fiesta de Hemingway, sin ser esta última.
Beatriz Sarlo, en relación a la teoría estética de Borges, indica que se trata de la “teoría de la escritura como escritura de lecturas y no como escritura de invenciones”. La teoría borgesiana puede ser aplicada también a la literatura de Vila-Matas: a primera vista, París no se acaba nunca puede considerarse una autobiografía, un libro de memorias sobre los dos años de formación en París. Sin embargo, la novela es fruto de la “posesión de una biblioteca” y, en particular, es fruto de la lectura de la última obra de Hemingway, donde el autor americano recuerda el año transcurrido en París.

Las referencias a autores están ya presentes en la obra de Hemingway, donde nombres como el de Gertrude Stein, Ezra Pound o Scott Fitzgerald se alternan a lo largo de estas memorias. Asimismo, Hemingway describe la experiencia parisina como una época de formación, cuando, siendo todavía un joven articulista, desembarca en la capital de la literatura y entra en contacto con autores ya asentados en el panorama literario. París se convierte en la ciudad de la formación literaria tanto de Hemingway como de Vila-Matas el cual, pese a construir una obra con elementos autobiográficos – y por lo tanto teóricamente veraces, aunque esto no sea lo más relevante de la novela–, no permanece inmune a la literatura que habla de sí misma así como a los constantes ecos del pasado. Más allá de las referencias en la narración, París no se acaba nunca, como en el caso de Bartleby, es una cita literaria por sí sola; no sólo por lo que se refiere al tema de la experiencia parisina, sino y ante todo por el título que remite directamente a la obra del escritor americano: “París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra”. Esta es una de las últimas frases de la novela de Hemingway que el autor barcelonés recupera como título para su obra. Las referencias al autor del Viejo y el mar son constantes, París era una fiesta revive en la obra de Vila-Matas a través de citas directas e indirectas; por una parte el autor hace continuos paralelismos entre lo vivido por él y lo vivido por el aún joven escritor americano: “hacía frío y llovía esa mañana y, al tener que refugiarme en un bar del Boulevard Saint-Michel, no tardé en darme cuenta de que por un curioso azar iba yo a repetir, a protagonizar la situación del comienzo del primer capítulo de París era una fiesta ” recuerda Vila-Matas que, al igual que Hemingway, se refugia en “un café simpático, caliente, limpio y amable”(1), donde, los dos autores, piden un café con leche, sacan una libreta y un lápiz y se ponen a escribir. “Un pequeño guiño a mi idolatrado Hemingway”, así justifica Vila-Matas el pedir un café con leche como, años antes, lo había hecho el autor americano; en verdad, toda la novela es un continuo guiño al “idolatrado Hemingway”, pues más allá de describir sus propias vivencia relacionándolas con las vivencia del otro, Vila-Matas se apropia de frases de París era una fiesta , las modifica y las hace suyas; de esta manera la frase final de la novela de Hemingway, “cuando éramos muy pobres y muy felices”, se convierte en : “cuando era muy pobre y muy infeliz”.

El protagonista de París no se acaba nunca , se convierte así en un alter ego de Hemingway, cree parecerse físicamente a él y aspira a ser “escritor como Hemingway, después de todo mido metro ochenta como él”. La suplantación de personalidad, el ser otro, presente también en Bartleby y compañía, aquí se concreta y el protagonista de la novela se describe en relación al otro, aspira a ser otro, desea salir “de aquel café convertido en un nuevo Hemingway”. Así como Vila-Matas es un nuevo Hemingway, Margarite Duras es una nueva Gertrude Stein: esta última fue para Hemingway un referente para su formación, Duras lo fue para Vila-Matas, al cual no solo le alquiló la buhardilla, sino que le dio consejos sobre cómo escribir una novela.
A través de los consejos e indicaciones de Duras, Vila-Matas razona, como en sus otras novelas, sobre la literatura y París no se acaba nunca deja de ser una novela de memorias, para convertirse en una novela-ensayo, en una obra literaria que habla de sí misma. “Problemas de estructura, unidad y armonía, trama e historia [...] estilo, experiencia, registro lingüístico”, éstas son algunas de las indicaciones que Margarite Duras da al joven Vila-Matas, son los puntos que deben tenerse en cuenta al escribir una novela, son los consejos necesarios para que un joven se forme como escritor; en efecto, ésta es también una novela que habla de cómo hacer una novela, de cómo convertirse en escritor. Vila-Matas la define como “ la historia de cómo se escribe un primer libro, de qué manera tan chapucera, con cuántas trampas”, además añade que uno de sus propósitos al escribir este libro era el de “reírme de las novelas clásicas de la experiencia, de formación de un escritor”.
París no se acaba nunca es, además, una mirada irónica a las tradicionales novelas de formación; poco queda de obras como Le rouge et le noir de Stendhal o de L'Éducation seentimentale de Flaubert, la novela en cuestión es fruto de una mirada irónica. Vila-Matas se asoma a la tradición literaria con una nueva mirada, con una leve sonrisa, haciendo de su obra una ironía en sí misma. “En este libro, el tratamiento de la ironía es un poco cervantino, amable con la condición humana, a mitad de camino entre la esperanza y la benevolencia” en efecto, la novela es un reírse de uno mismo y del supuesto proceso de formación que, como dice el propio autor, fue poco fructífero puesto que “no aprendí nada. Miento: aprendí a escribir a máquina y ese consejo que dio Raymond Queneau a Margarite Duras «escriba y no haga nada más»”. Es precisamente el consejo de Queneau el que pone de relieve lo absurdo de un proceso de formación para llegar a ser escritor, no existe tal proceso, basta con escribir. De esta manera, el listado de indicaciones de Margarite Duras se convierte en otra ironía, pues poco tienen que ver esas indicaciones con la labor de ser escritor.
Esta novela es un híbrido, en ella se entretejen la autobiografía, el ensayo o la novela de formación; el autor vuelve a mezclar los géneros, vuelve a jugar con la ficción; “cuando Vila-Matas habla de sí mismo y de los demás, en realidad, inventa, no porque lo que dice no corresponda a la verdad [...], sino porque el elemento biográfico es una forma de ficción que él utiliza para dar credibilidad al juego de la creación”. A través de esta afirmación, Gabriele Morelli retoma la idea de Tabucchi de que todo es novela y que su único fin es el de “transformar la vida en literatura”.
Mientras en Bartleby y compañía el juego residía en hacer de la escritura una escritura de lecturas, en este caso, señala Morelli, el juego reside en la ironía. “La ironía es la forma más alta de sinceridad” señala Vila-Matas, quien, con esta irónica sinceridad, se ríe del Vila-Matas que fue a París, no del actual, puesto que “narrar una historia supone siempre, aunque esa historia sea la tuya, ponerse en otro lugar”. Por ello, es erróneo hablar del protagonista de la novela como del propio autor: el protagonista es un Vila-Matas que todavía no es escritor, no es el actual, asimismo el protagonista es alguien que en verdad no es nadie, es un nadie que aspira a ser “escritor como Hemingway”.
París no se acaba nunca es una novela, pero también un ensayo o, incluso, una autofiction sobre la formación y sobre la ironía: la novela narra, explica y razona, sobre la adquisición de la ironía: “como aún no había tenido acceso a la ironía, poco podrían hacer ese día por mí las palabras, aunque eso no podía saberlo en aquel momento, precisamente, a causa de mi falta de sentido de la ironía”. De esta manera la ironía se convierte en el elemento fundamental del escritor contemporáneo, debe adquirirla para poder escribir, pues ya nada se puede crear, nada se puede escribir, tan solo se puede volver a visitar el pasado “con ironía, con ingenuidad”.

La obra de Enrique Vila-Matas representa precisamente la crisis posmoderna de la imposibilidad de escribir en un momento en que todo ya ha sido escrito, en que todos los que escriben lo hacen después de otros. El joven aprendiz de escritor de Paris no se acaba nunca descubre que en verdad los años de aprendizaje son un falso mito, que solo ha aprendido a escribir a máquina y que la originalidad ya no existe, “Todo está inventado, me dije. ¿O acaso creía que alguien podía ser todavía original?”, se dice el joven Vila-Matas, quien comprueba su trágico presagio en un fragmento de Molloy, en el que Beckett afirma tajantemente: “No inventamos nada, creemos inventar cuando en realidad nos limitamos a balbucear la lección, los restos de unos deberes escolares aprendidos y olvidados, la vida sin lágrimas, tal como la lloramos. Y a la mierda”.
Ante el abismo de la imposibilidad de ser original, el futuro escritor sigue desconociendo lo que es la ironía: “figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice”, ligada al concepto de verdad, a la posible existencia de ésta y su plasmación en palabras: “¿Qué vemos cuando creemos ver algo de verdad? Yo diría que, cuando eso ocurre, cuando parece que nos encontramos ante lo real, estamos más que autorizados a ironizar sobre la realidad, aunque sólo sea para conjurar la posible aparición casual de lo que es realmente real y de ese muro que nos dejaría sin ironía alguna, desmayados”.
No hay verdad ni ficción, todo es literatura en las novelas de Enrique Vila-Matas, los autores se hacen personajes, las citas auténticas se mezclan con las falsas, la ironía confunde lo real con lo ficticio, el yo se convierte en otros, la vida se trasforma en literatura.

(1) Citado tanto en París era una fiesta como en París era no se acaba nunca. (pág. 13)
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Septiembre 2008 ©