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Barnes/Summerscale

 

Por Jordi Corominas i Julián

El crimen nunca pasa de moda. Tampoco el racismo. Las grandes ciudades europeas siguen nutriendo sus infiernos con asesinatos de primera página. Tanta sangre aburre. Hay que trabajar. Dejen de decir barbaridades. ¡Mis hijos estudian al lado! Por eso la fascinación de la muerte violenta y rural siempre ahondará más en los vericuetos de la especie humana. La pequeñez del campo y su Et in Arcadia Ego, convierten un lúgubre evento en Historia. Surge el morbo hacia lo desconocido cercano, morbo que usado adecuadamente puede generar grandes beneficios comunitarios.

La Inglaterra profunda de finales de la edad victoriana y principios de la eduardiana era un mundo cerrado muy diferente del ruido, furia y niebla de Londres, capital del Imperio, cuna de nobles y pocilga de la miseria. Cuando una anomalía lograba sacudir sus cimientos el escándalo se servía en bandeja de plata y los medios saciaban su hambre con titulares untados con inexistente parafina. Hoy en día en Santa María de Palautordera, una pequeña localidad a escasos cuarenta kilómetros de Barcelona, el párroco de la iglesia católica es hindú y habla catalán, bula perfecta para ahorrarse rumores y bulos populares; no ocurría lo mismo en Great Wyrley; no piensen que el párroco hablará catalán, ¡imagínense! El representante de la iglesia anglicana en el pueblo era de origen parsi, una remota etnia hindú, y regía los destinos de su parroquia desde 1864. Estaba perfectamente integrado en las costumbres británicas. Su mujer era escocesa. Un día la paz se quebró. Alguien dejó la llave de la escuela en la puerta de su domicilio. El pequeño George Edalji la recogió, fue a la policía y ésta, simplemente por el color de su piel, sospechó del adolescente desde un principio. Alguien decidió divertirse mandando cartas obscenas a periódicos y a la familia de George. La rural mansedumbre se transformó en una pesadilla que, de repente, cesó.

George progresó en la vida. Era inteligente, discreto, miope y trabajador. Se licenció en Derecho y sus constantes viajes en tren a Birmingham, donde estudió e instaló su bufete, le permitieron observar todas las carencias de la legislación ferroviaria. En 1897 publicó un librito sobre el tema. Era joven, efectivo y su cartera de clientes, sin ser extraordinaria, no dejaba de aumentar. No podía esperar que renaciera el incubo del pasado mediante mutilaciones de animales. Volvió la tinta a mencionarlo, nuevos oprobios, mismos rostros cargados de odio denigrador contra un inocente que acabó siendo detenido en su lugar de trabajo por un delito con nocturnidad, premeditación y alevosía. La casa de Edalji, que dormía desde los diez años en una litera con su padre, estaba vigilada, y él lo sabía. ¿Cómo iba a ser tan estúpido para escaparse de la vigilancia en la oscuridad y encima amenazar con matar a veinte doncellas?

Por la misma época un tal Arthur luchaba por mantener sus principios ante la flecha de Cupido. Enamorado de Jean en secreto, nuestro hombre ocupaba su tiempo entre cuidar a su mujer, citas a escondidas, fervor espiritista, juegos ingleses como el cricket, el fútbol y el billar, conversaciones con su madre y largas horas con la pluma preparada para encandilar al público con las aventuras de Sherlock Holmes. Arthur, por si aún no se habían percatado, no es otro que Sir Arthur Conan Doyle. El destino es caprichoso y decidió juntar las vidas de estos dos hombres por afán de justicia. El juicio contra George Edalji estuvo repleto de perlas manipulatorias por parte de la policía y una actitud agresiva del juez. No era extraño. Hasta un lustro antes el acusado no podía siquiera defenderse, por lo que la presencia del abogado de origen parsi, aunque muy inglés, en esa sala penal en 1903 ya era todo un logro. Insuficiente. Fue condenado a siete años de trabajos forzados y rentabilizó sus tranquilas jornadas en varias temibles prisiones leyendo y reflexionando sobre la vida que con toda probabilidad no volvería a tener.

DoyleCuando salió, cuatro años antes de lo esperado, mandó una carta a Sir Arthur Conan Doyle. Muchos lectores creían que la pericia de Holmes en resolver sus casos tenía que ser igual a la del autor que escribía sus magníficas historias. ¿Elemental, querido Watson? Conan Doyle no solía interesarse en exceso por las peticiones de sus admiradores. Su secretario Wood respondía a la mayoría de misivas y los años transcurridos con su jefe le dieron intuición de lo importante. La carta de Edalji no pasó desapercibida y uno de los héroes de Inglaterra, cuando los escritores aún podían influir en gobiernos, decidió actuar anticipándose a su manera a la no ficción de Capote. Conoció a todos los implicados en el asunto y dedujo, gracias a las enseñanzas de su antigua labor oftalmológica, que Edalji no podía ser culpable.

La acción de Sir Arthur Conan Doyle en pos de su nuevo amigo fue útil y encomiable. Sus precisas pesquisas sirvieron para que se instituyera el tribunal de apelación y el mecanismo judicial diera más lumbre a su nombre. Siempre se cometerán errores, aunque, quizá ésta seria la verdadera moraleja de la trama, rectificar es de sabios y revisar otra vez algo dudoso puede servir para esclarecer vacíos o corrupciones por desviaciones, insensateces y delirios de la razón humana.

Un buen día Julian Barnes leía un ensayo de Douglas Johnson sobre el caso Dreyfus y encontró una nota al pie, siempre tan válidas por mucho que le pesen a nuestra sociedad de la síntesis, donde se comentaba un asunto similar en la Inglaterra de principios del siglo XX. Decidió buscar información relativa al tema y comprobó que a lo largo de una centuria nadie había escrito nada relevante en torno a la cuestión. Lo tenía. En un primer momento pensó en escribir un ensayo de no ficción. No se sentía muy atraído por la figura del inventor de Sherlock Holmes, si bien a medida que la investigación avanzaba le cogió más simpatía. Sin embargo, los huecos relativos a sus momentos íntimos con Jean Leckie y las efemérides vitales de George Edalji necesitaban novelarse para dar consistencia al relato. Salvo por esos pequeños detalles Arthur&George aspiraría al calificativo de obra de no ficción. Barnes se documentó copiosamente por su ya mencionada intención ensayística con la sapiencia propia de quien conoce que la experiencia es un grado impagable. En su dorada madurez adoptó los mecanismos narrativos que tan bien le funcionaron en Hablando del asunto y Amor, etcétera para dar igual protagonismo a dos seres tan dispares como el abogado de provincias y el caballero del Imperio Británico. A la parte de George le sigue la de Arthur, ambas narradas con mano de cirujano que conoce la importancia del detalle en las vicisitudes humanas. George miedoso ante lo incomprensible, Arthur temeroso por su deber para con la tradición y el estilo caballeroso que amaba, sumido en el disfrute del nuevo romance con el padecer por la extinción, física y mental, del antiguo. Ambos hombres con sus problemas y existencias ignorantes de una futura convergencia en un punto del camino.

La tarea de narrador de Barnes en Arthur&George alcanza deliciosas cotas con tendencia a entrelazar su alma novelista y la tarea artesanal del cronista, quien junta piezas para dar veracidad y ensamblar un puzzle pretérito. Al estar ambas equilibradas el resultado es espléndido, con sorpresa final de excentricidad inglesa, lo que no consigue Kate Summerscale con su Asesinato de Road Hill. Publicada por Lumen, salió a la luz en mayo de 2008 y algunos suplementos dominicales la definieron como A sangre fría en 1860. Antes de escribir frases lapidarias convendría tener los dedos templados para no buscar demasiado el efecto sin pensar en el contenido del libro. Por los reportajes, uno podía deducir que la obra de Summerscale era una novela de investigación, pero hablar de no ficción al tratar un acontecimiento de hace siglo y medio tiene sus riesgos.

El asesinato de Road Hill narra un asesinato victoriano en Road, un pueblo del centro de Inglaterra. El crimen adquirió resonancia nacional por sus particularidades. El pequeño Saville Kent fue degollado y expulsado de la faz visible de la tierra en un retrete de jardín al lado de su casa, donde la noche del crimen dormían doce personas más. Doce sospechosos y la pionera ciencia detectivesca, muy lejos quedaba CSI, al abordaje para resolver el misterio. Cualquiera podía haber matado al pobre infante de cuatro años de edad. Charles Dickens y otros escritores siguieron con sumo interés los avatares del caso y tomaron al Sargento Wicher, estrella del nuevo cuerpo de detectives de Scotland Yard, como modelo para sus personajes, investigadores inmersos en la niebla a la espera de encender bombillas cerebrales y abrir metafóricamente resolutorias rejas carcelarias.

Summerscale intenta combinar la narración del crimen y sus consecuencias con una breve e interesante historia portátil del alba detectivesca para darnos a conocer el boom que supuso en la Inglaterra victoriana. Al intercalar temáticas interrelacionadas aporta a su texto matices que logran atrapar la atención del lector, máxime cuando no se resuelve la autoría del delito hasta el postrer capítulo. No obstante, su libro más que una no ficción en sentido capotiano es un estupendo ensayo de historia criminal, y eso   no es ningún crimen literario, sino un tipo de ensayo que con toda seguridad no necesita grandes titulares los domingos para sobresalir. Se sirve y se basta consigo mismo. No se puede engañar al lector, capaz de disfrutar con lo que nunca pasa de moda en diferentes géneros y visiones. Disfruten de la lectura.  

 

 

 

 

 

 

Septiembre 2008 ©

 

 

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