Con Agustín Fernández Mallo
Por Sonia Antón Ríos
Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) es, en estos momentos, un hombre con un proyecto, una trilogía cuyo común denominador ya lo encontramos en los títulos. Comenzó en 2006 con Nocilla Dream, al que le ha seguido este año Nocilla Experience y que concluirá con Nocilla Lab. Proyecto que refleja una visión particular de la narrativa, y nunca mejor dicho, pues algunos creemos que en sus libros la palabra gana la partida a la imagen, pues el que ve es también el que inventa, así con más de mil palabras la imagen se enriquece, se mueve, se pregunta y recuerda, se desarrolla en la mente del que ve, es decir, del que crea. Con la narrativa de Agustín se ha empezado a ser consciente de que el bagaje cultural de nuestra generación es mucho más amplio, está formado no sólo de lecturas, sino también de cine, de televisión, de internet, de ciencia y tecnología y de música. Algunos, aprovechando la coyuntura han empezado a hablar de “generación nocilla”, bueno, qué más da, nos encanta poner nombres genéricos y con ello crear controversia, siempre bienvenida en el mundo de las letras; pero hay algo en el fondo de todo esto que nos está indicando que sí, que –a mí modo de ver– hay algo que se está enriqueciendo y liberando, una nueva interacción con el mundo que nos rodea, algo que también se refleja en nuestra cultura y por supuesto en la manera de hacer de Mallo.
No hay más que echar un vistazo a los títulos de sus obras poéticas para darse cuenta de que esto es verdad, de que es posible sumar a los campos semánticos de siempre toda la nueva cultura audio-visual y que su combinación, cual cóctel o calidoscopio, es posible a pesar de quienes se rasgan las vestiduras: Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001), Creta lateral Travelling (2004), el poemario-perfomance Joan Fontaine Odisea [mi deconstrucción] (2005) y Carne de píxel (2007). Con ellos en el año 2000 acuñó el término Poesía Pospoética, con el que expresa su interés por investigar las conexiones entre la ciencia y el arte.
Y sobre el hacer literario le hemos preguntado, retomando nuestro cuestionario sobre el proceso de creación tal y como hemos hecho antes con Benjamín Prado, Enrique Vila-Matas, etc. Poco a poco vamos conociendo cómo trabajan y crean nuestros nombres propios de la literatura actual.
1 ¿Es necesario, como decía Picasso, que la inspiración le pille a uno trabajando?
Por cierto, ¿existe la inspiración?
AFM: No sé. A veces sí, a veces no. Depende de qué entendamos por inspiración (por otra parte, un término un poco en desuso). Si entendemos que inspiración es lo que te lleva a comenzar algo, el primer impulso en el que ya ves dibujado lo que será, pues no, no me pilla trabajando sino haciendo otras cosas como leyendo, viendo la tele, o sencillamente estando aburrido. Si por el contrario, entendemos por inspiración procesos más de detalle, pues sí, ya que sólo cuando estás dentro de una novela o un poema van surgiendo esas cosas.
2 ¿Cuándo se dio cuenta de que quería dedicarse a escribir?
No lo sé. Es un proceso muy lento, que se gesta primero con ciertas emociones al leer o percibir cosas y que después se va solidificando. No hay un momento sino una suma de muchos momentos. Es como preguntarse qué gota fue la que colmó el vaso, pues cualquiera de las allí vertidas han contribuido a que se derrame el agua. Yo comienzo a interesarme por escribir poesía a los 17 años, después lo dejo, lo retomo a los 20 y quizá la primera vez que tuve conciencia de que quería editar fue más tarde, a los 26 o así.
3 ¿Cree determinante el espacio físico y el tiempo a la hora de ponerse a escribir? ¿Tiene usted algún lugar y horario preferente para ello? ¿Alguna manía?
En mi caso, no. Cuando esa “inspiración”, como tú la has llamado, me aborda me da igual dónde me encuentre. Creo que eso es algo que el autor no controla. La idea te capta a ti, no tú a la idea. Respecto a horarios, pues tampoco, menos en mi trabajo alimenticio, como profesional de la física hospitalaria, escribo a cualquier hora en la que veo que tengo algo que decir. Manías, creo que ninguna. Lo único que me molesta para escribir es la música, o que me hablen, y cosas así. Cuando me pongo, como poco, no tengo horarios, estoy hasta que tengo sueño.
4 ¿Nos podría describir su lugar de trabajo?
El habitual es un tablón de madera sobre dos caballetes metálicos. Con un ordenador y bastantes revistas y papeles en los extremos. Es una habitación que tiene una ventana que da al mar, al paseo marítimo de Palma, veo una avenida que baja al mar, el Club Náutico y muchos barcos de vela. Hay otra ventana que da a una cordillera y se ven al fondo unas urbanizaciones cuyas luces por la noche vibran. Pero da igual, porque cuando trabajo nunca miro por las ventanas, incluso a veces bajo las persianas y no sé cuándo se pone el sol. No me interesa demasiado la naturaleza, porque representa la supuesta realidad, y yo soy muy agresivo con la realidad, pongo bastantes filtros.
5 ¿Cuál es su estado de ánimo óptimo para trabajar?
Como el de todo el mundo, supongo: un estado de emoción por lo que aún no has hecho pero vislumbras.
6 ¿Lleva siempre una libreta para notas?
Nunca. Si me surge alguna idea la escribo en el primer papel que encuentro o la recuerdo. También sucede que casi siempre tengo papeles a mano, ya que estoy casi toda la semana o en casa o en el trabajo.
7 ¿Cómo es su proceso creativo? Cuando se enfrenta a la página en blanco se deja llevar por lo que venga o sigue un plan estudiado previamente.
Nunca sigo un plan, hay una idea inicial que me parece potente, que me parece que encierra algo poético e interesante, aunque aún no sepa qué exactamente, y me pongo a escribir bastante compulsivamente. Si tuviera que seguir un plan creo que me aburriría y que no podría hacer nada decente. Para planes ya están los temarios de las oposiciones, y las guías telefónicas.
8 ¿En qué momento y de qué manera se revela el título de una obra?
En el caso de Nocilla Dream, tenía claro que saliera lo que saliera al final, tenía que haber una referencia a la canción de Siniestro Total, "Nocilla qué merendilla". Después, cuando ya tenía escrito la mitad del material o algo así, estando en la cama en Tailandia, algo salió por la tele que me hizo poner ese título, creo que era un documental de surf, pero no lo recuerdo muy bien.
9 ¿Qué le surge antes: el tema, la trama, los personajes, el espacio, el tiempo…?
Cada caso es diferente. En general me surge una imagen que contiene todo eso. No creo que puedan separarse. Cuando algo tiene todos esos factores es cuando arrancas sólidamente, si no la cosa empieza coja. En mi caso, por las características de mis textos, que tiene su origen en imágenes más bien poéticas, quizá lo último sea la trama, que ya me sale sola una vez voy haciendo las metáforas y atmósferas necesarias. En realidad la trama es lo que menos me importa, es algo más mecánico, más fácil, que viene rodado a nada que hayas leído o visto películas. En general, como lector, la trama es lo que menos me interesa de una novela, leo o veo ficción por otros motivos.
10 ¿Qué opina sobre la experimentación en las formas narrativas? ¿pasaron de moda?
Ahora parece que repuntan. Bajarán de nuevo. Son ciclos que funcionan así. Me parece bastante lógico. (“La vida sigue igual” Julio Iglesias dixit).
11 ¿Cómo se libera uno de los personajes creados?
¿Hay necesidad de liberarse? Nunca me he sentido atrapado por ellos. Sí por las atmósferas y los grandes temas que subyacen. Pero en cualquier caso, nunca he sentido la necesidad, por el momento, de liberarme de eso. Es el motor. Además, aunque parezcan las mismas, se van modificando, son orgánicas, crecen, mutan.
12 ¿Qué valoración da a la corrección?
Depende. En principio, ninguna. Tal como yo me planteo la narrativa y la poesía, la novela está escrita ya en la primera página porque responde a impulsos e imágenes muy primarias que no se pueden corregir a no ser que destruyas la novela y hagas otra cosa. Si falla esa parte de la novela falla todo, ya que esas imágenes primarias recorren el texto. Después están las otras correcciones, las menores, de organizar mejor tal o cual situación concreta, etc., y eso ya es carpintería, oficio; son importantes, pero en un grado menor.
13 Una vez terminado, ¿cómo se enfrenta a las críticas?
Con tranquilidad. Una buena crítica te alegra y una mala te fastidia, eso es obvio, pero creo que hay que relativizarlas todas, las muy buenas y las muy malas. El tiempo es el que pone las cosas en su sitio. Por lo demás, lo único que vale es profundizar en la propia estética, en la que cada uno tenga como horizonte, es la única manera de que exista la posibilidad de hacer algo decente. Si va bien, pues bien, y si fracasas, pues qué se le va a hacer.
14 ¿Cuáles son aquellos libros que han marcado su estilo literario?
El estilo no lo sé. Es la confluencia de muchos y parte de propia cosecha. Los libros de física bastante. También Borges, o Manganelli, por ejemplo. Más que estilos, reconozco vías de ataque o formas de mirar el hecho literario. El estilo creo que ha de construirse. Los buenos creadores no aprenden el estilo de otros sino que crean su propio estilo o técnica. Evidentemente, siempre tiene que haber influencias de los que nos preceden, pero hay que absorberlas y después olvidarse de ellas, ya saldrán ocultas, maquilladas, porque si se notan es cuando fracasas, imitas. A eso me refiero yo cuando a veces digo que hay que, por ejemplo, olvidar a Proust, a que su excesiva presencia te machaca el texto.
15 ¿Y qué libros de otros autores le habría gustado escribir?
¡Buff!, muchos, no sé, miles. Desde Las Aventuras de Tom Sawyer a Ruido de Fondo de Delillo, pasando por cualquiera de Borges, o de Italo Calvino.
16 Respecto al panorama literario actual, ¿cree usted que estamos influidos por alguna corriente literaria determinada o vivimos una época huérfana de movimientos destacados?
No hay movimientos destacados, ni en literatura ni en nada, y eso me parece muy sano en el sentido creativo. La única corriente destacada hoy por hoy es la de la política internacional. Vas a cualquier feria de arte y conviven todos los estilos, tendencias, formas, materiales, soportes, etc. Ojalá los escritores fuéramos tan tolerantes e independientes como los artistas visuales, que van a lo suyo, cada cual son su proyecto y paranoia. La verdad es que los escritores además de ególatras insufribles, somos unos colgados, muy inadaptados, y eso crea cada cerebro paranoico que no veas. Alguien de mente medianamente sana no se encierra un año a escribir algo que casi nadie va a leer. Ya te digo, unos colgados. La gente normal, sale por ahí, hace barbacoas, ve tonterías en la tele, besa siempre que puede, es más o menos feliz y después muere. Como debe ser.
Sobre la creación en números anteriores:
Eduardo Galeano
Eloy Tizón
Lorenzo Silva
Rodrigo Fresán
Norberto Luis Romero
José María Conget
Montero Glez
Fernando Marías
Carmen Posadas
Antonio Gómez Rufo
Elvira Lindo
Benjamín Prado
Javier Tomeo
Enrique Vila-Matas
Septiembre 2008 ©