Apuntes sobre el cine histórico de Ken Loach
Por Jordi Corominas i Julián
“No se puede recrear exactamente el pasado, sólo podemos hacer una aproximación, intentado captar su espíritu y evitando los clichés”. Ken Loach.
Quien dijo la frase que encabeza este texto siempre tuvo muy clara su visión al abordar temáticas sociales de gran trascendencia histórica. Sin embargo, en su primer intento sobrepasó los límites marcados y quizá víctima del entusiasmo que genera nuestra triste Guerra Civil cayó en el error de leer, guiado por la errática mano de Jim Allen, demasiados manuales de Historia. En Tierra y libertad (1995) hay una escena donde los milicianos discuten sobre la colectivización. Los personajes pierden su verosimilitud a través del diálogo, frases perfectas de biblias obreras de los años treinta y discursos de época, supuestos recuerdos verbales con afán excesivamente pedagógico que rompen el ritmo narrativo y desilusionan al espectador, gravísima afrenta, ansioso por ver una película válida para contar el conflicto bélico que marcó la España del siglo XX.
Ken Loach es valiente, pero esa cualidad no implica calidad. El atrevimiento de Tierra y Libertad sucumbió ante gravísimos fallos de guión, prótesis sentimentales y demasiado vocerío que eclipsaban la bella intención de recuperar el pasado a través de la memoria fotográfica y letrada del protagonista, quien así legaba Historia para que su nieta pudiese recordar y tener la conciencia clara y lúcida sin repetir funestos errores.
El verdadero legado del filme reposó durante una década. De algo tendría que servir la traición del uniforme contra la pureza popular, el complejo contexto histórico donde las luchas internas se mezclan con amenazas externas y el desafío de explicar visualmente una parte de un proceso de transformación histórica, un punto en el camino, breve cronología de fatal importancia donde los puros de espíritu sufren ante los pactos de sus hermanos con el poder. Todas estas enseñanzas resurgieron con maestría en 2006 con El viento que agita la cebada, Palma de Oro en Cannes, obra de madurez de un director que no se dejó abrumar por el contexto e hiló una trama histórica bien contada, útil para educar a jóvenes, y no tanto, de todo el planeta.

En 1916, la Gran Guerra sacudía Europa. Espoleados por el nacionalismo moderado, miles de irlandeses se alistaron para servir en el continente. En la pascua del mismo año varias organizaciones coordinaron un levantamiento en Dublín. Su represión, con la ejecución de líderes como el socialista Connolly, permitió desplazar el centro del nacionalismo hacia los radicales, donde destacaba el Sinn Féin, partido que en las elecciones de 1918 obtuvo una aplastante mayoría que aprovechó para crear el parlamento de Irlanda y anunciar al planeta la independencia del país. El gobierno británico no lo aceptó, la República de Irlanda pasó a la clandestinidad y los voluntarios irlandeses se transforman en el Irish Republican Army: IRA.

Ken Loach inicia la película en este punto desde una presentación inteligente donde no se anda precisamente con chiquillas. Los soldados ingleses irrumpen en un caserío, símbolo de toda la nación oprimida, y ejecutan a sangre fría a un chico que se niega a responder en la lengua del invasor. Las mujeres lloran, los hombres se indignan y se preparan para la lucha; entre ellos se encuentra Damien, quien pese a la insistencia de sus amigos ansia partir hacia Londres para ejercer la medicina en uno de los mejores hospitales del Imperio. Su destino cambiará cuando antes de coger el tren vea cómo unos soldados patean sin piedad al maquinista, quien no cede a la presión del poderoso. Esto despertará en el joven otro tipo de ansia y, como el Che Guevara, abandonará el arte de Asclepio por el fusil y la lucha por la libertad.
Verde Irlanda. Roja Irlanda. La clandestinidad se funde con sangre, tortura y vistas panorámicas de guerra de guerrillas en un intento de presionar al gobierno de Su Majestad para que ceda ante la voluntad del pueblo. El naturalismo de los interiores y la naturalidad de lo filmado consiguen que vivamos lo narrado sin dudar de su verosimilitud. Damien se convierte en un pequeño líder espiritual en armonía con su hermano Teddy, sanguinario entregado a la causa, humana criatura llevada en exceso por su propia idea de liderazgo. La lucha no admite nada más. Es el amor, que Damien no entiende sin la mujer, Dan, de quien se enamora, cura las heridas y anhela futuro mientras atiende resultados históricos.

Los cuentos de hadas no existen cuando Ken Loach habla de Historia. Su teoría, en la que coinciden tanto Tierra y Libertad como El viento que agita la cebada, se centra en que después de la inicial rebelión se llega a un estado donde la metrópolis concede libertad a la colonia a cambio de acuerdos que consoliden su poder económico sobre el territorio. En la Guerra Civil Española el sueño de colectivización se truncó por la ineptitud de disparar contra tu propio compañero. Los hechos de mayo de 1937 en Barcelona desencadenaron el golpe de gracia a la catarsis popular surgida después de los primeros días del conflicto, cuando las milicias populares emprendieron marcha hacia Aragón y la próxima victoria auguraba un paraíso de felicidad colectiva. En Irlanda el mazo golpeó al sueño cuando el seis de diciembre de 1921 se firmó el tratado anglo-irlandés; preveía la creación de un Estado Libre de Irlanda ligado indisolublemente a la Commomwealth. Los parlamentarios irlandeses debían jurar fidelidad al Rey. Las seis provincias del Ulster quedaron fuera del acuerdo. El IRA no vio satisfechas sus peticiones y nació, del éxito vasallo, una nueva división que culminó en la Guerra Civil de 1922-1923.

Es aquí donde cae el telón de El viento que agita la cebada. Otra vez una discusión política y la rotura de la unidad. Otra vez un uniforme como fractura. Teddy ha aceptado la dulce rendición y sirve en las nuevas fuerzas, contra las que su hermano Damien no duda atentar si la ocasión es propicia y la ética, dialéctica e interior, lo consiente. Cuando es arrestado la conclusión adquiere una lírica mortuoria nada agradable, no por excesos fílmicos sino por la situación de observar la brumosa frialdad de los protagonistas. Uno ordenando al pelotón de fusilamiento. El otro atado a un palo esperando la última hora. Y siempre el caserío, donde la entrega de un objeto sentimental mostrará como la mujer no puede abandonar su papel de plañidera de la patria y sus hijos, obcecados, casi obscenos, en ideales que se tensan sin parpadear al llegar el máximo momento de ebullición, cuando la divergencia de ideas similares atorga la victoria al verdadero enemigo, la metrópolis, con el babero preparado para degustar el plato de la destrucción fraternal que corrobora su poder y aniquila el sueño del eterno oprimido. Sucedió en Irlanda y se repitió en España, donde Ken Loach acertó al abrir los ojos de David, encarnado por Ian Hart, en una azotea de Barcelona cercana a otra donde un chico de Manchester le disparaba a él, ¡de Liverpool! La cercanía geográfica da paso a una silenciosa reflexión de lo absurdo de la sangre entre hermanos y David abandona como puede su arma y vuelve con la milicia para luchar contra los fascistas, el verdadero enemigo. Terratenientes y militares en España. Terratenientes y militares en Irlanda. Mundos opuestos, mundos iguales. La propiedad es tangible, los ideales abstractos. La historia se repite y las manos siguen sin juntarse. No cuesta tanto caminar unidos. Lecciones de Clío.