
Por Adrià Garriga Far
Con este calor tan excesivo a penas uno puede respirar. Este ambiente infernal nos ofrece noches interminables de vueltas y más vueltas entre las sábanas rebozados en sudor y con principio de insomnio marcado en forma de ojeras y mal humor generalizado, hábitos permanentes hasta bien alcanzado el mes de septiembre. Ante esta perspectiva de bochorno tan poco apetecible y viviendo lejos de la costa, a parte de preguntarles todos los años a mis padres por qué no me engendraron en Suecia, uno siempre puede encender la radio para, en teoría, transportarse hacia paraísos rodeados de mar. Cada estación tiene un estilo de música identificable. Así, los tópicos nos indican que en invierno nos rodeamos de canciones navideñas que fomentan el espíritu de reencuentro familiar o en primavera, de esas canciones que nos incitan a enamorarnos paseando por jardines recién florecidos. Ahora en verano, lo tenemos muy fácil: gracias a ese maravilloso fenómeno inventado en Italia a principio de los años 60 llamado “canción del verano”, a priori, podemos pensar en desprendernos del tono rojo anaranjado que colorea ficticiamente el infierno que nos envuelve, por el azul fresco y relajante del mar que inunda nuestros sueños tropicales. Sin embargo, no es así.
Haciendo una simple búsqueda en la Wikipedia encontramos un listado con las canciones del verano más populares desde el año 1965. Los que estamos desconectados del mundo por estas fechas, evitando a toda costa los chiringuitos y los locales de moda en paseos marítimos, nos quedamos un tanto perplejos al leer la lista de canciones que están sonando este verano. Lo que más me ha
llamado la atención es que ninguno de sus títulos hacen referencia al principal elemento evocador estival: el mar. Impronunciables nombres como el “Baila el Chiki-chiki”, “El baile del Tío Pío” de un tal El Parga, el “Mai sei for yute” de Son Pasión, el “Jonathan” de Kamelo Punto Semos o el “Ole Ole” del DJ Bobo encabezan la lista de los ¿artistas? que gozan de más popularidad: efímera, espero. Recomiendo sinceramente que entréis en el Youtube y las escuchéis. Ellos no tienen desperdicio ni yo, palabras. ¿Qué le está pasando a este planeta?

También es muy decepcionante la evolución de los éxitos del estío a lo largo de los años. Creo empezar a tener conciencia de la música a partir de 1986 con “La
puerta de Alcalá” y “¿A quien le importa?”. Ahora bien, no las hubiera clasificado nunca como canciones del verano. Luego aparecieron otras como “Marta tiene un marcapasos”, “Voyage, voyage”, “Sabor de amor”, “¡Chas! y aparezco a tu lado”, “Bamboleo”, “Ellos las prefieren gordas”… Ni rastro del mar hasta el año 1987 cuando Madonna publicó “La Isla Bonita”. En 1988 Los Rebeldes daban a luz su “Mediterráneo”, que competía con “El Chiringuito” de Georgie Dann –el rey del género–, y en 1989 apareció el “Aquí no hay playa” de Los Refrescos. Estas canciones son horteras, para qué negarlo, pero al menos nos permiten ponerle un poco más de azul a nuestros veranos.

A partir de la década de los 90 existe una gran sequía en cuanto a canciones de temática marina. El oasis lo encontramos en 1993 con los Viceversa y su “tu piel morena sobre la arena, nadas igual que una sirena”. Allí terminaron las referencias al mar. Desde entonces nos han empapado con la “Macarena”, “El venao”, el “Sólo se vive una vez”, el “Salomé”, la “Bomba”, el “Aserejé”, el “Papi chulo”, “la camisa negra”, el “Opá” y la madre que los… Conclusión: la canción del verano ya no suena como antes. Hay menos playas, rayos de sol, Benidorm y sombrillas, y más marketing, más estudios sociológicos y poca calidad en unas composiciones absolutamente artificiales.
Volviendo al calor y al mal genio del que estaba hablando, estos, nuestros compañeros inseparables durante el verano, desaparecen pronto por las mañanas cuando un fresco viento, leve pero notorio, sopla al aparecer las primeras luces del nuevo día. De todos modos, estos breves instantes placenteros como diminutos tesoros, desaparecen cuando suena el despertador a las siete para ir a trabajar. Un consejo, si usáis un despertador radio, evitad a toda costa las emisoras que deleitan a sus oyentes con las canciones del verano nombradas con anterioridad. Precisamente en la oficina se comenta que circulando por los pasillos abundan fantasmas tristones que flotan y se van cruzando sin decirse ni una sola palabra debido al desencanto que invade sus cuerpos deshidratados y sus almas apagadas. Reconozco que uno de estos espectros voladores soy yo, excepto cuando recorro la planta cuarta: el aire acondicionado está tan alto que hasta dicen haber visto pingüinos con bufanda paseando.

A pesar de todos estos factores negativos, que en cierto modo intento combatir sin quejarme, existe uno que me saca totalmente de mis casillas. En una oficina existe la figura principal del jefe. Luego existen gerentes, administradores, técnicos, informáticos, encargados de la limpieza, becarios, etc… Ahora bien, ¿alguien tiene idea de quién se encarga del hilo musical? ¿Es una persona de carne y hueso que va cambiando de CD cada 80 minutos, o se trata de un sistema automático programado (supuestamente inteligente)? Es un hecho denunciable que prohíban el Myspace o las radios de los mundos cibernéticos y, sin embargo, te fuercen a escuchar la música que alguien ha seleccionado con muy mal gusto. Este problema se acentúa en verano cuando deciden poner la cinta de “canciones estivales”, cuyo repertorio es aún peor que el recopilatorio de villancicos que podemos escuchar cuando se acerca la Navidad. Hoy ha llovido caspa desde los altavoces situados en el techo, justo encima de mi cabeza. Primero escuché un sonido de olas del mar. Segundo, unos acordes de guitarra al estilo pacífico. Finalmente una vocecita como poseída, empezó a cantar “Hawai, Bombay son dos paraísos…”. El momento álgido de la letra llegó cuando Ana Torroja cantó, literalmente “pachín, pachín, canto una de Machín”. Uno puede pensar que esta frase es insuperable… pues no. Hay otra peor, insufrible para los amantes de textos literarios cultivados. Ana, toda orgullosa y desafiando a cualquier diccionario que se le ponga por delante, suelta un “Hawai Bombay a la luz del flexo, Hawai Bombay nos damos un bexo”. Sí, bexo. No es un error del texto. He escrito “bexo”. Esta fue la palabra elegida para hacer la rima con “flexo”. He tenido que esperar tres vueltas enteras de todo el repertorio del hilo musical para dar crédito a lo que estaba escuchando y dejar de pensar que el calor me está fundiendo el cerebro. Quizás si en vez de a la luz de un flexo se encontrara en la oscuridad de un zulo, Ana no habría tenido tantos problemas a la hora de hacer el pareado… Mi próximo objetivo es hacer un análisis exhaustivo del “Como una ola” de la Jurado, que también suena repetidamente a lo largo del día.

Vemos, pues, que el panorama para este verano pinta realmente mal. Encima parece que nos lo ponen más difícil para que lo disfrutemos. Al final cada uno debe recurrir al ingenio para combatir las altas temperaturas, sobretodo después de intentar seguir, en vano, todos los consejos que los hombres del tiempo nos formulan todos los años para combatir la deshidratación y la falta de mar. Como siempre, la imaginación es el mejor recurso cuando uno busca aislamiento. Cerrar los ojos y escuchar “quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa…” con la voz mediterránea de Serrat hace que todo lo que me rodea se tiña de azul. Luego me pongo el “Costa Azul” de los Sidonie, lo que significa un chapuzón bien refrescante. Salgo del agua y me tumbo a la toalla al son del “Summertime” de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. Paseo por la playa con los Ocean Colour Scene y me quedo sentado, con la bahía de San Francisco a mis pies, viendo como el Sol se despide al suave ritmo de Otis Redding para terminar en un guateque, en la playa, donde los Beach Boys dan un concierto gratuito.

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