Isadora Duncan

Por Luciana Ferrando
Había una vez, una leyenda que pretendía comenzar por el final para contrarrestar –de ser posible– los dramáticos remates de las historias que se han escrito y aún se escriben sobre ella. Isadora tuvo una muerte extremadamente trágica y romántica.
Isadora paseaba en su auto descapotable por un boulevard de Niza –algunos dicen que estaba acompañada por un joven italiano, ella tenía 50 años y era todavía hermosa–. Llevaba puesto un extenso chal rojo que había usado para bailar en la entonces Unión Soviética, en la época de la Revolución. El chal flameaba libre, como libre había flameado Isadora toda su vida.
De repentese enganchó en una de las ruedas y todo terminó en un segundo abrupto. De un sólo tirón.
Sin embargo, algo siguió moviéndose: las nuevas generaciones de bailarines –y también los espectadores, y el mundo en general– comenzaron a repensar, a re-sentir la danza y muchos entendieron que bailar podía ser otra cosa. Que, como lo decía ella, lejos de la disciplina y de la separación del cuerpo y las ideas que propone el ballet, danzar es una manera de prolongar los movimientos naturales del cuerpo y unirse así a los de la naturaleza.
Algo siguió moviéndose después de Isadora, como sucede con la resaca de las olas, una vez llegan a la orilla.
Los más sensibles la apodaron “La ninfa”. Los que la miraban con ojos politizados dijeron de ella que fue una de las primeras feministas. Pero aquí la llamaremos simplemente “la mujer que quería bailar el mar”, puesto que el mar fue su primer y único maestro.
Fue en la bahía de San Francisco, en Estados Unidos –nació allí en 1877– donde siendo una niña se dio cuenta de que quería bailar, es decir “intentar reproducir el ritmo, el vaivén de las olas”.
Ese ritual de la infancia se transformó en el eje de su existencia.
Apoyada por su madre –una mujer poco convencional, dicen los biógrafos, que decidió en aquella época divorciarse y criar sola a sus hijos– abandonó la escuela primaria a los diez años y comenzó a enseñarles los movimientos aprendidos en la orilla a otras niñas del barrio. Pero no se trataba sólo de convicción o extravagancia, sino también del sustento de la familia: Isadora bailaba y transmitía sus conocimientos intuitivos, su madre interpretaba a Mozart, Chopin o Mendelssohn en el piano, su hermana recitaba a Teócrito y su hermano cerraba las presentaciones hablando sobre los griegos o sobre la danza en el futuro –más tarde, Isadora llamaría a su escuela Escuela de Danza Futura–, y así se sostenían.
A los diecisiete, se sumó a una compañía de danza en Nueva York y bailó por primera vez en los escenarios. El rechazo fue mutuo: Isadora no soportó las exigencias y condicionamientos de una compañía, y gran parte del público no pudo digerir ver a una mujer joven vestida apenas con una túnica, descalza y con el pelo suelto, moviéndose como si dialogara con dioses extraños.
La otra parte del público se rindió a un hechizo que todavía subsiste.

Del otro lado
A poco de aquel debut, las ansias de novedad de Isadora empujaron al clan Duncan a trasladarse a Europa. La familia de artistas vivió primero en Inglaterra y luego en Francia. Fiel a su condición de autodidacta, Isadora se internó en el British Museum, en el Louvre, en el Museo Rodin para estudiar. Investigó sobre filosofía, música, tragedias griegas, danzas antiguas… De todo se nutrió –y nutrió su danza–, aunque eligió concentrarse en el arte griego y pronto comenzó a imitar las posturas de las mujeres retratadas en las vasijas. De esa observación, casi entomológica, nació uno de sus gestos característicos: cabeza hacia atrás, brazos hacia el cielo, como las bacantes.
Invocar, agradecer, entregarse.
Bailar era una fiesta
Para Isadora, bailar era una fiesta de los sentidos, “una comunión con la naturaleza”. Al impulso inicial de querer romperse como las olas, le siguieron otros. Expresar "los movimientos de las nubes arrastradas por el viento, los árboles que se estremecen, los pájaros que vuelan, las hojas que dan vueltas...", era su única aspiración artística, como lo cuenta en Mi vida, su autobiografía. Tal vez por eso, Isadora se preguntó si se podía llamar “ser bailarín” al hecho de dejarse arrastrar por un torrente interior y reaccionar en consecuencia. “Siento en mí la presencia de un poder supremo que escucha la música y la difunde por todo mi cuerpo, buscando una salida y una explosión. A menudo, este poder brotaba con furia, otras veces bramaba y me golpeaba hasta que mi corazón se encendía de pasión, haciéndome pensar que habían llegado mis últimos momentos de vida. Con frecuencia me acariciaba tristemente, y yo sentía de súbito una angustia tal que alzaba al cielo los brazos e imploraba ayuda de donde la ayuda no puede venir. Pensaba a menudo que era un error calificarme de bailarina.
Yo era más bien un centro magnético que reunía las expresiones emotivas de la orquesta”, explicó en su libro. El periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano, lo describió al revés: “Ella baila porque bailando goza, y baila lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música que nace de su cuerpo”.
Ese éxtasis le cortaba la respiración a los pacatos de la época. Para ellos –acostumbrados a la delicadeza del ballet, a las bailarinas con pelo tirante, bien maquilladas y siempre emergiendo de sus tutúes como un regalo cómodo y prolijamente presentado– ver a esta mujer casi desnuda o envuelta en banderas, bailando himnos, marchas fúnebres, Ave Marías, posesa, salvaje, a cara lavada y pelo revuelto, era como una excursión al neuropsiquiátrico o –para los más tolerantes– como observar a una criatura de la selva.
La escuela nómade y otras tragedias
Al tiempo que seguía recorriendo los escenarios del mundo y bailando recortada sobre un simple telón azul de fondo, sin importarle que su nombre fuera sinónimo de escándalo, Isadora soñaba con abrir una escuela. Pero su escuela no sería una escuela de baile como las demás, sino una manera de transmitir la esencia de la danza, según su propio sello. Isadora imaginaba una especie de hogar donde los niños pudieran aprender física y espiritualmente a bailar de manera natural. Varias veces alcanzó a darle una forma concreta a su propósito, pero las circunstancias acabaron siempre por desvanecerla.
La primera tentativa fue en la colina de Kopanos, en Grecia. Cerca del mar y del Olimpo, el lugar era inmejorable para la construcción de un templo de la danza, y a eso aspiró Isadora. Pero el dinero de las giras no fue suficiente y el proyecto quedó a medias.

En 1905, un grupo de mujeres de la alta sociedad berlinesa aceptó financiar la escuela, que devino en un albergue de cuarenta camas para niños pobres y enfermos que Isadora cuidaba personalmente y a los que intentaba sanar con música y baile. A las señoras alemanas la idea no les hizo nada de gracia y retiraron su apoyo a la escuela a causa de la “dudosa moral” de su directora.

En 1913, la primera de una serie de catástrofes que marcarían como hitos malditos su biografía, interrumpió ésta y cualquier otra ilusión. El agua, a la que Isadora tanto adoraba, se tragó –literalmente– a sus hijos. Pero no fue en el mar, sino en el Sena donde se hundió el coche con los caballos, los niños y la niñera y donde se confirmó el oscuro presentimiento que Isadora, según cuenta, tuvo ese día. "Al dejarlos en el coche, mi Deirdre colocó los labios contra los cristales de la ventanilla; yo me incliné y besé el vidrio en el sitio mismo donde ella tenía puesta la boca. Entonces, el frío del cristal me produjo una rara impresión e hizo que me recorriese un estremecimiento".
Una orquesta interpretó el Orfeo de Gluck en la despedida de sus hijos. Después, la mujer que quería bailar el mar, quedó aniquilada –como dice en Mi vida–, partida. Para siempre.
Canceló todos sus compromisos y transformó la enseñanza en alcohol, en el que intentó ahogar su pena. Días y noches consagrados solamente a formar nuevos bailarines. En 1914 volvió a insistir y plantó con determinación su escuela, esta vez en París. Pero eran los inicios de la Primera Guerra, y el lugar donde los amantes de la danza aprenderían a elevarse bajo las órdenes de la maestra, acabó convertido en un hospital lleno de heridos y pesados lamentos.
Volvió a su tierra natal y soportó un fracaso más en Nueva York.
Por fin en 1921, el gobierno de la Unión Soviética la invitó a instalar su escuela en territorio ruso. Isadora, que creía en la Revolución Bolchevique, se despojó de todas sus pertenencias y abordó el barco. Sin saber qué otras desgracias y aventuras la esperaban en la nueva tierra, simplemente cruzó ese mar que la seguía signando.
El color rojo
Sobre el viaje a Rusia, Isadora escribió: “Con toda la energía de mi ser, decepcionado en sus tentativas de realizar sus visiones artísticas en Europa, me hallaba dispuesta a ingresar en el dominio ideal del comunismo. No llevaba ropa. Me figuraba que iba a pasar el resto de la vida con una blusa de franela roja, entre camaradas igualmente vestidos con sencillez y llenos de amor fraternal”. Sin embargo, tampoco allí su Escuela de Danza Futura llegó a instaurarse del todo. Los mismos dirigentes que habían acogido con gusto la iniciativa, terminaron considerándola peligrosa para el régimen. Ante el nuevo desencanto, Isadora se amparó en un amor que poco tenía de fraternal. El poeta y cantor Sergei Esenin, 17 años menor que Isadora, se enamoró locamente de ella y la convenció de que aceptara a uno de sus peores enemigos: el matrimonio.
La relación no tardó en volverse tortuosa. La casa llena de botellas vacías y muebles rotos, Isadora rearmó su magra maleta y huyó, ya divorciada, en 1924.
Un año más tarde, La ninfa se enteró por los periódicos que Sergei se había suicidado.


En Europa, otra vez intentó refugiarse en el trabajo. Pero los empresarios y el público en general, a la defensiva de la amenaza que suponía el comunismo, le tenían cada vez menos simpatía y no dudaron en cerrarle las puertas. Frente a las salas semivacías que le daban a sus presentaciones un tono tristísimo que nada tenía que ver con la alegría original de su baile, y a que la empresa de la escuela había quedado muy lejos de poder realizarse, Isadora se marchó a Niza y se encerró a escribir su historia. También tenía la intención de preparar un libro con la síntesis de sus enseñanzas, El arte de la danza. Pero por aquel incidente del chal rojo (el 14 de septiembre de 1927), la redacción quedó inconclusa, y tampoco llegó a ver publicadas sus memorias.
Dicen que fue, sin ser consciente de ello, la creadora de la danza moderna. Dicen también que ejercía la atracción irresistible de una diosa griega y que vivió rodeada de amantes. Ella misma confirma en su autobiografía haber practicado el amor libre, y haber decidido tener hijos sola y de padres diferentes. La odiaron y la adoraron por rebelarse contra todas las convenciones y por ser fiel únicamente a ella misma. Y tal vez por haber logrado, sin saberlo, su objetivo infantil de ser como el mar y romper cualquier barrera para seguir su camino.
Lo cierto es que algo siguió moviéndose después de Isadora, como sucede con la resaca de las olas, una vez que llegan a la orilla.

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