
Ahora me comen.
Ahora siento cómo suben y me tiran de las uñas.
Oigo su roer llegarme hasta los testículos.
Tierra, me echan tierra.
Bailan, bailan sobre este montón de tierra
y piedra
que me cubre.
Me aplastan y vituperan
repitiendo no sé qué aberrante resolución que me atañe.
Me han sepultado.
Han danzado sobre mí.
Han apisonado bien el suelo.
Se han ido, se han ido dejándome bien muerto y enterrado.
Éste es mi momento.
Reinaldo Arenas
Nuestro momento.
Por Hugo Izarra
No sé qué es metáfora de qué; si el mar de la vida o al revés. Reinaldo Arenas tampoco lo tuvo demasiado claro, sospecho. En realidad, se trata de una metafísica bastante innecesaria, pero la poesía se queda en poco si también le arrebatamos eso.
En su propio “autoepitafio”, que firmó poco antes de su muerte, el cubano advertía que «sabía que la vida es riesgo o abstinencia, / que toda ambición es gran demencia / y que el más sórdido horror tiene su encanto». Él apostó siempre por el riesgo.
El horror del que habla, el “inminente espanto”, es una constante palpable en la poesía y la narrativa que Reinaldo Arenas perpetró desde finales de los sesenta y hasta su exilio neoyorquino, a comienzos de los años ochenta.
El mar, en contrapartida, representa la única salida de este “lugar imposible”, el salvoconducto a la vida digna, el reducto último de la esperanza. Ése que converge con el horror cuando, como la propia vida, hace naufragar a sus amantes.

No resumiremos aquí la vida de Reinaldo, no. Su vida debe ser leída y reconocida a través de sus propias palabras en la imprescindible autobiografía Antes que anochezca, donde explica sus peripecias vitales pormenorizadamente; desde la tierra que comía siendo niño en Holguín hasta el SIDA que contrajo en Nueva York, pasando por los años de la represión castrista, la persecución y los abusos sufridos en la prisión del Morro en La Habana o las tertulias clandestinas del Parque Lenin, entre otras historias.
Hablaremos de su relación con el mar, de la niebla de la libertad que intuía en los versos: «Y se oye más allá del mar en el canto de una sirena de motor / tan imposible ya como las homéricas». El mismo piélago omnipresente que presume en la sinfonía de las «resonancias magistrales, / esas inesperadas estancias que levantan parajes mágicos / y despliegan cortinajes, / esa armonía que ahora se abre como un mar, / esa música».
De su amante el mar, a quien recordaba en tierra firme, desde la nostalgia y el rencor con que se nombran los amantes de verdad, en Nueva York:
«Ya no tenemos el mar, / pero tenemos voz para inventarlo. / No tenemos el mar, / pero tenemos mares que no podremos olvidar: / El mar encrespado de la cólera, / el mar viscoso del destierro, / el fúlgido mar de la soledad, / el mar de la traición y el desamparo. / No tenemos el mar, pero tenemos mares».

De su odiado mar, de quien condenaba su insaciable voracidad de sarcófago infinito:
«Tenemos uñas, / siempre tendremos uñas / y las aguas hirvientes de las furias, / y esas aguas, las pestilentes, las agresivas aguas, / se alzarán victoriosas con sus víctimas / hasta formar un solo mar de horror, un mar unánime / un mar / sin tiempo y sin orillas sobre el abultado vientre del verdugo».
El mar acompañó a Reinaldo en todo momento. Su recuerdo le ayudó a ser fuerte incluso cuando manejaba la convicción de que «todo lo cotidiano resulta aborrecible» y que «sólo hay un lugar para vivir: el imposible».
Volvemos a pasar, una vez más, la mano por su epitafio:
«Conoció la prisión, el ostracismo, / el exilio, las múltiples ofensas / típicas de la vileza humana; / pero siempre le acompañó cierto estoicismo / que le ayudó a caminar por cuerdas tensas / o a disfrutar del esplendor de la mañana. / Y cuando ya se bamboleaba, surgía una ventana / por la cual se lanzaba al infinito».
Como no podía ser de otra forma, en la última estrofa de su último poema, Reinaldo Arenas se muestra esplendorosamente fiel a sus fijaciones cuando se refiere al destino de sus restos: “No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito, / ni un túmulo de arena donde reposase su esqueleto / (ni después de muerto quiso verse quieto) / Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar / donde habrán de fluir constantemente. / No ha perdido la costumbre de soñar: / espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente».
La vida es metáfora del mar, en este momento.
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Julio-agosto 2008 ©