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Wilhelm Gustloff

Por Jordi Corominas i Julián

Hay casualidades que asustan. Wilhelm Gustloff nació en Schwerin el 30 de enero de 1895. Cuando se declaró la Primera Guerra Mundial quedó exento de servir a la patria por una dolencia pulmonar. Pasó un tiempo en Davos, Suiza, para curarse de su dolencia y decidió quedarse. Trabajó como ayudante en un observatorio. Cuando el centro de investigación se convirtió en fundación confederada ascendió a secretario y optó por compaginar su nuevo cargo como representante exterior de una sociedad de seguros del hogar. Se casó, viajó por todo el país helvético, conoció sus regiones y se enamoró del hombre que desde el 30 de enero de 1933 regía la suerte de Alemania: Adolf Hitler. Lo quería tanto que afirmó sin sombra de duda que en caso de fuerza mayor asesinaría a su familia sólo para complacer los designios del Führer. En 1936 fue nombrado jefe de agrupaciones regionales del Reich.

Alexander Marinesko nació en 1913 en Odesa, inmortal por Eisenstein y su Acorazado Potemkin, tanto que cada casa del planeta tendría que tener una fotografía de la escalinata de la ciudad para entender qué es belleza en una construcción. Seguro que el joven Alexander la contempló miles de veces. De padre rumano y madre ucraniana, vivía en el barrio portuario, y desde muy pequeño su lengua consistió en un popurrí de idiomas. Su babel verbal fue uno de sus principales impedimentos tanto en la marina mercante como en el ejército rojo, donde fue Comandante de un submarino de la flota del Báltico. Su nacimiento marcó su existencia. Las malas lenguas hablan de una excesiva afición de Marinesko a aprovechar sus permisos entre vodka y mujeres.

David Frankfurter nació en 1909 en Daruvar. Su padre era rabino. Desde pequeño habló hebreo y alemán, además de aprender serbio en la escuela. En su más tierna infancia entendió el odio que despertaban los judíos y compartió el dolor de raza con una infección en la médula ósea que requirió cinco infructuosas operaciones. Se inscribió en la facultad de medicina de Frankfurt y un 30 de enero de 1933 vio como civiles y seres vestidos con camisas pardas quemaban libros de autores judíos y pintaban estrellas de David. Un año después interrumpió sus estudios, fue a Berlín y ni su aspecto de dandi ni su empedernida afición a los cigarrillos evitaron nuevos insultos. No sabemos si existe la máxima el odio genera odio, pero en el caso de Frankfurter podemos aseverarlo. El martes 4 de febrero de 1936 estaba en Davos. Fue a casa de Wilhelm Gustloff, sonrió a su mujer, accedió al despacho del prohombre regional y le asestó cuatro certeros disparos que acabaron con sus días. Frankfurter pasó nueve años en prisión y terminó su existencia en Israel como empleado del ministerio de defensa.

El recuerdo de los mártires exige símbolos. Gustloff fue nombrado soldado de vanguardia y recibió grandes exequias fúnebres con discursos, desfiles e himnos. Pocos días antes de su óbito, el Reich de los mil años encargó a los astilleros Blohm&Voss de Hamburgo construir para el frente de la libertad alemán y su organización filial A la fuerza por la alegría una motonave de pasajeros valorada en veinticinco millones de marcos. Se ordenó eliminar de la embarcación cualquier diferencia de clase. El barco iba a llamarse Führer, hasta que el dictador del bigote ridículo tuvo un alarde de modestia, inteligencia previsiva, y optó por bautizar a la gran mole acuática con el nombre de Wilhelm Gustloff. Su sangre vertida por el nacionalsocialismo sirvió para llenar las calles de nuevas placas.

La nave Wilhelm Gustloff tuvo una existencia movida. Su primera función fue la de transportar gran número de alemanes en viajes organizados por el Estado para que los ciudadanos, por un más que módico precio, pudiesen disfrutar de sus merecidas vacaciones viendo bonitos parajes del extranjero. El barco sin clases era el espejo de una sociedad que pretendía contribuir a la felicidad común. Vivió muchas peripecias en poco tiempo y hasta sirvió como colegio electoral en las costas inglesas para que los alemanes residentes en la pérfida Albión ratificaran con sus votos el Anchluss con Austria de marzo de 1938. En su último viaje comercial tuvo que volver a su destino. Faltaban horas para que las tropas nazis invadieran Polonia. El inicio de las hostilidades replanteó la tarea del Gustloff. Transportó tropas y se habilitó como hospital militar hasta que sus hierros reposaron por imperial decreto en forma de cuartel flotante en Gotenhafen, cerca de la maldita Danzig, excusa bélica que siempre conviene tener presente.

El barco sufrió leves daños durante un bombardeo de la octava flota americana Varios barcos se hundieron; el Gustloff sólo sufrió una grieta en la amura de estribor y pocas semanas después hizo un viaje de prueba. Seguía en condiciones de navegar. Su último recorrido concluyó el 30 de enero de 1945, duodécimo aniversario del ascenso de Hitler al poder.

Por aquel entonces la blitzkrieg era pasado y el 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor y los nazis estaban en los arrabales de Moscú, era historia lejana, casi un delirio colectivo, un sueño trasnochado. Miles de refugiados se aglomeraban en las inmediaciones del puerto de Gotenhafen escapando del ejército rojo, que en su furia vengadora arrasaba, quemaba y violaba todo lo que se encontraba en el camino hacia Berlín. La última función del Gustloff consistió en acoger e intentar trasladar a más de nueve mil personas hacia un destino seguro, algo que no tenía nuestro viejo conocido Marinesko, quien pagaba muy caro su licencioso comportamiento durante los permisos que Stalin concedía con generosidad. El ucraniano seguía emborrachándose y divirtiéndose en burdeles de poca monta. Por lo que se ve tanto era su placer que prescindió de fechas de retorno y siguió con su jarana: hasta que le localizaron. Le esperaba un consejo de guerra. Por eso, y por profesionalidad, no tuvo más remedio que disparar tres proyectiles desde su S13, submarino de fabricación alemana, cuando atisbó desde su teleobjetivo la inmensidad del Wilhelm Gustloff. El triple impactó le hizo respirar aliviado.

El 14 de abril de 1912 se hundió el RMS Titanic; su origen anglosajón y la influencia del cine americano han provocado que la desaparición en alta mar del lujoso trasatlántico sea recordada como el mayor hundimiento marítimo del siglo XX y, por ende, de la Historia. Nada más erróneo, nada más de celuloide y palomitas. La mayor tragedia en el mar, que es el morir, a lo largo de la pasada centuria ocurrió el 30 de enero de 1945. Los certeros impactos del S13 dieron muerte, directa o indirectamente, a un número que oscila entre seis y nueve mil personas, entre las que se encontraban más de cuatro mil niños.

Ambos bandos decidieron ocultar la masacre. Los alemanes no querían que el aniversario de la ascensión sirviera para debilitar más aún la moral del pueblo. Los soviéticos pensaron que de poco serviría vanagloriarse de tantos cadáveres en el agua helada, la temperatura ese día era de dieciocho grados bajo cero, del Báltico. Marinesko fue apartado del servicio y sólo recibió honores de héroe de la Unión Soviética en 1990, diecisiete años después de fallecer con más pena que gloria. Günter Grass, a quien se le tendría que perdonar de su pecado histórico por lógica de desesperado reclutamiento nazi, decidió escribir la novela A paso de cangrejo, donde desde el hilo del Gustloff se relata la tragedia de un padre que sólo descubre a su hijo a través de internet, caudal que le permite desarrollar para el mundo la obsesión de su abuela, superviviente del hundimiento, estalinista convencida y nostálgica de A la fuerza por la familia y su ideal colectivo. Las investigaciones del periodista mediocre, el padre, navegarán por la red en busca de información que el hijo posee a manos llenas, exceso que conduce a la alienación y a un peligroso Donquijotismo de la era virtual combinado con el renacimiento de los neonazis en Alemania y la loa de antiguas virtudes que mejor convendría usar con prudencia de término medio.

Tenemos que agradecer a Gunter Grass el descubrimiento del tenebroso acto de guerra acometido por Marinesko. Nadie en lo que acabamos de contar es culpable. Los tres hombres y los refugiados del Gustloff son víctimas de la Historia con mayúsculas y de fuerzas humanas que el mismo hombre no puede controlar. El acto de Grass enlaza con la ardua labor de reconstrucción de la memoria histórica alemana a través de vehículos creativos, como muchos de nuestros lectores habrán comprobado en textos fílmicos como Good bye Lenin, el Hundimiento o La vida de los otros. El mérito del premio Nobel de 1999 es que consigue aunar en su novela los dos tiempos históricos que necesitan ser revisitados y recordados por igual: La Alemania Nazi y la extinta República Democrática Alemana, país de trabajadores y campesinos. La mezcla logra que un hecho pasado cobre actualidad y se inserte en el tejido de los peligros años noventa alemanes, cuando las consecuencias de la unificación nadaban en lagos agridulces y el riesgo de nuevas xenofobias se perfilaba para el mañana.

Por eso, aunque suene ingenuo, la cultura tiene que actuar. Para dar a los hombres las herramientas dignas que permitan desde el pasado andar cuerdos y lógicos por un presente sin amnesias dañinas.

                                                          

                                                                                               

 

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