
Carta de Recomendación
Por Jorge Rodríguez Padrón
En esto de la literatura, y en particular por lo que a la poesía se refiere, nos hemos acostumbrado a repetir unos pocos lugares comunes –estéticos e históricos– hasta convertirlos en canon indiscutible, sin la menor contrariedad crítica. Hablo, naturalmente, de la poesía en español, y en particular de sus últimos plazos tan convenientemente adaptados, por la que se dice crítica más fiable, a la conveniencia de cada momento. Y una de las constantes de tal planteamiento ha sido la prescindencia de cualquier discurso –por interesante que sea– que plantee cualquier diferencia, que proponga una voluntad de decir las cosas de otra manera; tal vez más aventurada, y hasta arriesgada, pero otra. El nombre de José María Millares Sall (Las Palmas, 1921), y la obra poética que nos ha ido dando –contra viento y marea, por tantas razones, literarias o personales– puede ser un buen ejemplo de lo que digo. Porque, además, nuestro poeta entra en escena en ese momento crucial de la posguerra civil que tanto condicionó –y casi nunca para bien– toda la literatura que hubo de venir después. Lo curioso, sin embargo, es que José María Millares –zarandeado, y de qué manera, por aquellas dolorosas circunstancias; cuya posición rebelde y resistente no admite duda– plantea su inconformismo también frente a la escritura convencional urgida por las circunstancias: entre una voz alzada –que pronto se dijo social , y ya– y su propia voz, optará por esta última, convencido del compromiso de su verdad.
De una familia de larga tradición intelectual en Gran Canaria, que desde el siglo XVIII dará músicos y artistas, historiadores y profesores, poetas y narradores, de notable personalidad (debe recordarse que en aquel ámbito sitúa Unamuno la peripecia de su Tulio Montalbán, en la novela de 1920 que será drama diez años después: Sombras de un sueño). En aquel ambiente, y en aquella memoria, las circunstancias del tiempo obligan a nuestro poeta, que también será compositor y dibujante, a dejar sus estudios y trabajar en un gris empleo administrativo –destino de tantos escritores, y de tantos de los mejores–. Hace sus primeras letras –apenas acabada la guerra civil– en el ámbito creado en Las Palmas por Juan Manuel Trujillo, y en la revista Mensaje que, desde Tenerife y por los mismos años, animara Pedro Pinto de la Rosa. Entonces, José María una voz más entre tantas, que habla todavía al compás de la escritura dada. En 1947, un poema suyo se incluye en Antología Cercada, primer ensayo –si muy tímido; testimonial más que otra cosa– de lo que pronto habría de conocerse como poesía social. Aún, nuestro poeta ofuscado por la circunstancia. Apenas dos años después, será él quien mueva a su hermano Manuel, pintor (luego se les uniría su otro hermano poeta, Agustín), a iniciar una aventura poética diferente: Planas de Poesía, colección de novedad y rescate donde, junto a obra de los más jóvenes, verán la luz textos capitales de Alonso Quesada (1886-1925), escritor grancanario cuya significación para la literatura española de los años veinte está aún por dilucidar en su justa medida; y se publicará uno olvidado –desconocido por entonces– de García Lorca: Crucifixión.
La andadura de Planas comienza con un libro de José María Millares, Liverpool: excepcional por su escritura, único en aquel momento de poesía tan vulgar y tan poco dado a poesías; y –ahora podemos entenderlo con claridad– imprescindible para la historia de la poesía española, pues pone el dedo en sus dos llagas mayores: el ritmo –aquí, respiración del lenguaje y nunca compás del verso– y la imagen, desprendida de la seguridad equidistante de la metáfora y encaminada a la rica pluralidad que el simbolismo había enseñado. Como era de esperar, se le colgó la etiqueta de surrealista –puede que le ande cerca– que valía entonces (y no sólo entonces) para toda escritura zafada del recto decir que dictaba la ocasión. La reacción ante Liverpool fue de perplejidad: ¿dónde ubicarlo, cómo clasificarlo? Se resistía a entrar en cualquiera de las casillas habituales, y lo fácil fue desdeñarlo por incomprensible y por falto de nervio social. Así sucedió, incluso entre los próximos a nuestro poeta. Pedro Lezcano, por ejemplo, señaló en una reseña el uso de un “mal llamado verso libre: prosa con abundantes sangrías que desdeña la rima, el metro, la acentuación y el ritmo”. Bien que se retractaría, décadas más tarde, para reconocer que Liverpool “tenía razón (…) compartía la crítica social, pero no renunciaba a los hallazgos surrealistas y a la libérrima expresión. Nos hizo ver que, por exaltar la libertad social, estábamos encarcelando la propia voz y la palabra”.
En los años siguientes, Planas de Poesía será abrupta y violentamente cancelada, con la detención de sus responsables (1951); José María Millares –y lo ha declarado muchas veces– se entrega a una exigente y rigurosa formación literaria: trabaja de modo constante la métrica, hace meticulosos ejercicios con los diversos ritmos de la poesía clásica, y Ronda de luces (1950) responde a tal ejercitación, con sus octavas tan próximas a las de Miguel Hernández en Perito en lunas. Luego, con su mujer, la también poeta Pino Betancor, sería Madrid; y los encuentros con Celaya y Leopoldo de Luis, con Hierro y José Luis Cano, con Jorge Campos y Enrique Azcoaga, o la tertulia de la revista Ínsula, en la calle de Carmen. Fueron cuatro años, y luego otros cuatro ya menos fructíferos en este sentido. Cuando regresa a Las Palmas y fija su residencia allí, recuperará Planas de Poesía durante unos años, y su escritura empieza a ser ya voz propia. Ritmos alucinantes (1973), donde la angustia por la falta de libertad se dice desde una distancia entre escéptica y burlona, será saludado por Victoriano Crémer como otra forma de poesía social. Y a medida que entramos en los ochenta y noventa, mayor es la exigencia y depuración expresivas mostrada por la poesía de nuestro autor.

Pero incorpora entonces un elemento decisivo para esa afirmación de su voz poética: la memoria. Que si, en un primer intento, se queda en recuperación nostálgica de circunstancias y escenarios de su biografía, dará paso pronto –para situarlas como eje de su escritura– a la introspección reflexiva y a una estrecha vinculación orgánica entre experiencia y lenguaje. Es una escritura que “se hace al mismo tiempo que se busca y la palabra se va imbricando a medida que el tema va tomando cuerpo (…) Poema que no explica. Sólo habla sugestivamente de aquello que lo envuelve (…) Nos encontramos ante la respiración de la palabra”, así dice nuestro autor. Nada extraño, en consecuencia, que se produzca un salto hacia la mayor sobriedad expresiva, hacia una exigencia de pensamiento, hacia una reducción esencial del poema, como sucederá en Pájaros sin playa (1996) u Objetos (1997); y como se observa –sobre todo– en las series sucesivas de los últimos cinco años: “Ahora escribo como quiero. Sin tener que atender a temas que sean convenientes y mucho menos a formas que atraigan a un público lector”, palabra de José María, una vez más ante su rabiosa libertad; lo que no supone volver la espalda a “lo más profundo de la oscuridad”, pues de ella “nace siempre –sigue siendo su palabra– esa luz que nos da conciencia de lo que somos y queremos, de la nada que tocamos con la escritura (…) la nada que somos, que escribimos para ser”.
¿No es grave meditación y, al propio tiempo, ironía del mejor calado, lo que mueve títulos y poemas en sus dos últimos libros, Cuartos y Celdas, de 2007? ¿A qué encierro aluden, si no es al fondo sin fondo de sí mismo y de la existencia? Porque, como advertía, la escritura es ya cuerpo, organismo cruzado por “la resaca de todo lo sufrido”, por “las caídas hondas de los Cristos del alma”, por esos “golpes sangrientos” y sus crepitaciones de pan quemado… Pero no menos, y aquí está la cosa, por el vigor incomparable de los ochenta y siete de un escritor que se resiste a abandonarse, como otros, a la comodidad complacida de apacibles otoños o al consabido juego conceptuoso, meras ingeniosidades barrocas, que se dice pensamiento y sabiduría y no es sino rutina del canon aquel con el cual José María Millares rompió desde el principio, para hacer de su obra la singularidad que hoy es. Yo entiendo poco de estas cosas, pero se me da que debe ser conocida como tal en la poesía española del último medio siglo. Por eso, y porque estoy convencido de ello, la recomiendo.
LIVERPOOL
Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros cristales de la niebla,
está mi alma, están mis ojos, amigos,
y sobre el último dolor de la tierra,
y sobre el último dolor de mis manos, tanteando el duro cemento de una puerta vacía,
y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón, señores, mi corazón.
Por favor, abridme paso, dejadme cruzar este túnel de plomo,
que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de Liverpool.
Amigos, vosotros que os perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas esquinas de los buques;
vosotros que de cada rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre ardiendo, como tristes pezuñas de lagarto,
para husmear el rojo carbón de las calderas,
para darle vida al hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al agua que se aleja para siempre de la tierra,
del polvo que tanto amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias calles de alquitrán, y en vuestros hogares de nata corrompida,
y echar la raíz de mi sangre como un ancla sobre vuestras jurisdicciones marítimas,
porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta,
y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo.
Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi sangre vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso.
(De Liverpool, 1949)
LA CASA QUE IBA AL AGUA
Breve vino la mano a ser del mar
la ola, hablado el pelo hasta la orilla,
una charca de voces y eléctricos cristales,
una manta de arena por la playa
cayendo de la noche, hacia el abismo,
una rosa en la luz
sentada ante la casa que iba al agua
a refrescar sus ojos, su silencio,
más allá del olvido, de unos labios
cerrándose en el frío de la muerte.
(De Azotea marina, 1995)
CAL ROJA DEL CIELO
Bicicletas marinas navegando las olas,
la nube hasta la cal roja del cielo, sin límites abierta,
dolida y esperando la mano oscura y fría
callada de la luz.
(De Pájaros sin playa, 1999)
EL MAR
De nuevo el mar, su gloria, su agonía,
su precipicio oscuro, su estertor pegajoso,
su cuerpo aquí, desnudo,
moviendo lentamente su equipaje de nubes.
(De Pájaros sin playa, 1999)
[ENTRA EN EL RUIDO...]
Entra
en el ruido
cansado ya viejo la voz raíz sonora
que aún escucha trinos
que bajan y suben por las paredes
aconsonantando el canto de la rueda del reloj
que salta sobre piedras
y acude hasta ser ventana pájaro
del árbol que le cuenta cómo callando pasa
el tiempo y allí dentro
de aquel pasillo negro llora y escucha
al ojo que observa y se moja de palabras
y de la luz sube a la rama
donde habitan pasillos y escrituras que levantan
paredes edificios de enredaderas
y se pierden una vez más las voces que corrían
de los niños donde todas llegaban
hasta el mar
para en su horizonte
perderse.
(De Celdas, 2007)
Es voluntad de Calidoscopio que sea el mar motivo para esta brevísima muestra de la poesía de José María Millares. Aprovecho para subrayar la filiación marina de toda la poesía escrita en Canarias; y para advertir –imprescindible, incluso para quienes se dicen convencidos, porque tampoco suelen entender bien el asunto– que el mar no es tema recurrente en los poetas insulares (tal vez, en algunos; y no los más dignos de atención): el mar es una manera del ver el mundo, de estar en él. Más que socorrida metáfora; exploración existencial, dimensión de la mirada, interrogante. Y, sobre todo eso, sumergimiento en el ser y vuelta a la luz, renovado. Un vasto campo de maniobras para la verdad del ser y su palabra. Por eso, una realidad sustantivamente poética.
Julio-agosto 2008 ©