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Por Judit Ortiz Cardona

A Joel no le gusta el mar. Odia cuando su hija se muerde los dedos. Deja ya de morderte los jodidos dedos. Es muy feo para una niña. ¿Qué pensarán los demás? Joel no sabe que su hija se muerde las uñas, igual que él fuma porque está ansioso porque se separa de su mujer, ideal. Sentado en el sofá, cual pódium merecido de patriarca proveedor, mira hipnotizado el televisor. No sabe. No entiende. Lo tienen todo: hipoteca de las antiguas, con un interés bajo, más de la mitad pagada. Vacaciones en el mar. Un seguro médico privado con todo cubierto, todo todito todo, ¡joder! Joel no sabe que las máquinas de rayos X, las tomografías axiales computerizadas y las resonancias magnéticas que periódicamente exploran su cuerpo ya están amortizadas hace tiempo. Son máquinas que generan un beneficio pagado por sus cuotas mensuales.   ¿Dónde estará su todavía mujer, ideal? Hoy se retrasa más de lo debido. Delante de la nevera duda entre una cerveza del país o una extranjera. Coge una, para el caso no importa cuál. Se aposenta otra vez en el sofá como antiguamente el rey en el trono ante sus súbditos. Joel tiene la mano aferrada a su cetro, la botella, como si la fuerza de sus dedos pudiera retener el devenir del pasado. No entiende. Su mujer Ideal le esperaba cada tarde-noche después del trabajo con la cena en la mesa. Los niños sentaditos en el sofá, con las rodillas juntas y las zapatillas colgando de los pies, le miraban hasta que él se acercaba para darles el beso de buenas noches. Besos, eso, muy importante demostrar amor. Si es que lo tenemos todo. La casa. 500 metros cuadrados. ¿Qué más quiere para la casa? ¿Una nevera nueva? Como si quiere dos, ya llevamos más de cinco compradas en estos años. La otra casa. Mi coche. Su coche. Su nuevo, flamante y rabioso coche rojo. Sólo tiene que pedir, ella lo sabe. Como cuando le pidió ir a la clínica de estética para ser una diosa y controlar el maldito Tiempo que le mellaba el cuerpo. Borrar las huellas de los dos partos. ¿Acaso dije que no? ¡Maldita sea! Si no tiene que mover un dedo en la casa y siempre está cansada. ¿Le cansará dar órdenes a la asistenta ocho horas al día seis días a la semana? Joel no sabe que su mujer tenía dos bayetas en la cocina. Una para las partes altas de la casa como mesas o mármoles de la cocina y la otra para el suelo. Para recoger de rodillas la comida que sus hijos tiraban al suelo, los vómitos cuando lloraban después de comer porque él gritaba. Joel no sabe que había dos bayetas en la cocina. No entiende. Su mujer, ideal, siempre necesita terapias de relajación y sus cinco horas semanales   de private training en el gimnasio. Y el UVA. Y el Spa. ¿Y yo? Al frente de la empresa con toda la responsabilidad nacional encima de mi espalda. ¡Na-cio-nal! Y no soy internacional por su culpa. Pero claro el colegio de los niños aquí es perfecto. Sí, el más caro de todos, pero con inglés, francés y alemán. Todos al mismo nivel. Y como tiene que ser: el mismo colegio donde fuimos mi padre y yo. ¡Vaya tiempos aquellos! ¡Ah! La noche que la conocí, su piel resplandeciente destacaba entre los cuerpos ordinarios de sus amigas. Lo supe al momento, ella era mi mujer, ideal, para toda la vida y eso estaba escrito en el destino. A cuidarla y mantenerla. No tienes que acabar los estudios, no es necesario, no trabajarás más. Este año acabo el máster y mi padre me reserva el puesto de gerente. ¡Gerente! ¿Cuánto tiempo hace? ¿Y el brillante? ¿Dónde estará el maldito brillante que le regalé la semana después, el que nunca se ha quitado de la mano hasta el verano pasado? Joel no sabe que su mujer, ideal, lo perdió en la arena. A Joel no le gusta el mar. Ese día se fue con los niños de visita a un monasterio perdido en la montaña. Jugaban a ver a mamá en la playa desde la cima. Y mamá no era mamá. No era ni esposa ni ideal. Era mujer, de carne y huesos, ordinaria y viva. Admirada ante la inmensidad del cielo y del agua. Joel no sabe que un músico dio con las notas ese día de tórrido calor. Y se perdió el brillante, amuleto de su amor eterno. No entiende. ¿Quiere otro? Yo se lo compro. Tengo dinero y crédito ilimitado para todo. Joel no sabe que su mujer lloraba a solas en las noches que él tenía esas reuniones largas y tediosas. Joel no sabe que ella sabe que es una santa inmaculada, intocable; su mujer, ideal, sólo para contemplarla cuando duerme en la cama. Porque Joel se reúne con su amigo en un bar de alterne de lujo. Porque una puta no es una mujer. Porque a una puta le puedo pedir lo que me apetezca. Porque a una puta puedo pisarla si quiero. Pegarle o obligarla a hacer los actos más bajos imaginables. Una puta es eso, una puta. No más. Mi mujer, Ideal, es sagrada. La madre de mis hijos y la más bella de todas. Y todavía lo es. ¡Al carajo con los abogados! Hoy le compro un nuevo brillante.   Delante de la nevera Joel no se lo piensa y coge otra cerveza que, un momento después, deja olvidada en el mueble bar mientras se prepara un whisky. Mira el reloj y coge el teléfono. No hay respuesta y no quiere dejar un mensaje en el jodido contestador de su mujer. ¿Cuántos días hace que los niños no están en casa? Quiero verlos, para eso son míos. Los llamaré al móvil. Joel no sabe que su mujer nunca llegó a dar estos teléfonos ultimísimo supermegamodelo exclusivo a los niños. Ella sabe que él nunca les llamaría. Que eran sólo un alarde tecnológico igual que la Wifi, la Play, los Mac y todos los automatismos electrónicos que rigen la casa. Qué raro, no contestan. Y a casa de mis suegros no pienso llamar, sólo con oír la voz de ella me entran náuseas. Joel no sabe que sus niños prefieren jugar en la calle. Desde siempre les encantó la arena de los parques vulgares que él odia. Y ahora de mayores estarían encantados si fueran a un instituto público, con identidad y sin uniformes. Por eso su madre, su mujer, ideal, siempre les llevaba al parque con otros niños ordinarios y otras madres reales. Por eso ella siempre les lleva el sábado con otros niños de otro barrio, simulando que van de compras. Y los campamentos de verano de la High School en realidad son las convivencias de la Asociación para un tiempo de esparcimiento no consumista. Joel no sabe. No entiende porqué su mujer necesita ir de compras cada sábado y lo peor de todo es que vuelve con las manos vacías. ¡Qué bochorno! Seguro que remueve toda la tienda, la deja patas arriba y después se va tan altiva como es. ¿Dónde coño estarán? Son mi familia. Un hombre de mi talla debe tener una familia, ¿no los mantengo sin rechistar? Desagradecidos. Y mi hijo que quiere hacer el bachillerato artístico. ¡Joder! ¿De dónde habrá sacado esas ideas peregrinas? No sabe que morirá de hambre. Tiene que ser mi sucesor, como manda la tradición. Joel no sabe que su hijo dibuja de narices, que ha ganado todos los concursos a los que se ha presentado. Que tiene una jodida paleta llena de colores en su habitación y una oferta para colaborar en un cómic. Un futuro prometedor, fascinante y cautivador. Joel no sabe leer las nubes ni el porvenir. Y como si fuera cosa de magia, cada mañana encontraba su traje, su camisa, su corbata y sus zapatos listos en el vestidor. No sabe que la noche antes su mujer se rompía los sesos delante del armario de cinco metros de largo. Ya no queda whisky en el vaso. Seco. Estoy seco. ¿Otro? Mejor me largo a la calle. Que me esperen, si quieren. Bien sentaditos. Joel no sabe que no vendrán. No entiende. No le gusta el mar. Joel no sabe nadar. Vivir.

 

 

    

 

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