Hogueras en la playa
Por Pedro M. Martínez Corada
—La vida es como una partida de ajedrez —me dijo él una noche—, si empiezas con mal pie es muy difícil enderezarse.
Estábamos apoyados en la barandilla de la cubierta del ferry que nos llevaba a Tánger. Entonces no había pateras y el Sáhara, nuestro destino, me parecía une vallée perdue. Las luces de la costa africana eran como fanales de barcos moriscos que se acercaran amenazantes. Tras un instante de silencio, con la vista fija en la estela blanquecina del barco, murmuró: «Seremos siempre amigos». No sé si él sabe que escuché lo que decía, pero él sí sabe que no le contesté. Unos días después le pedí que me enseñara a jugar al ajedrez.
Hace años que mi viejo amigo Navarrete y yo jugamos al ajedrez una vez al mes. Echamos ese día tres partidas, ni una más ni una menos, el tiempo justo para tomar, también, unos güisquis con hielo. Opinamos que no se puede jugar sobrio al ajedrez. Admiramos a Capablanca, aquel jugador cubano que bebía con avidez, dicen, antes de mover pieza, y cuya imagen preside nuestras partidas. En el retrato, en blanco y negro, un Capablanca joven y pensativo apoya la barbilla en su mano derecha, mientras mira unas Staunton que están en primer plano. En la esquina superior izquierda de la vieja foto el padre de Navarrete escribió: «...en un caballo blanco, / caracoleando / sobre puentes y ríos / junto a torres y alfiles, / el sombrero en la mano / (para las damas)...», con letras casi góticas de color rojo.
Le miro mientras coloca en el tablero las negras que le han tocado en suerte. Algo barrigón y calvo, la barba entrecana le presta un aire doctoral. Casi siempre gana, pero me gusta jugar con él. Los dos sentimos que entre los escaques hay algo más que un juego, aunque si alguien me lo preguntara no sabría decir qué. Coloca minuciosamente las piezas, las centra y enfila a la perfección. Son un formidable ejército que me acompleja antes de empezar la primera partida.
Navarrete termina de formar a sus efectivos justo cuando entra Carmela, su mujer, para despedirse. Ella está hoy maravillosa: el pelo negro recogido con sencillez; los labios, pintados de rosa, chispean cuando los acerca a la boca de él y le da un beso subrepticio, de colegiala. Luego me da dos a mí, en las mejillas, y puedo oler la colonia que lleva. También con ella me ganó Navarrete, hace ya mucho tiempo, un día que el Darro enmudeció, cerca de la Alhambra.
—No bebáis demasiado, ¿eh? —dice ella con una sonrisa congelada.
—¿Volverás tarde...? —replica él sin levantar ahora la vista del tablero.
—No sé, quizá vayamos a tomar algo después del cine...
Carmela se marcha y tengo que hacer un esfuerzo para no volver la cabeza, mirarle la figura, olfatear el aire que se mueve como una ola tras de ella. Coloco a mi rey y cruzo los brazos sobre la mesa.
—Si quieres, lo dejamos... —le digo, mirándole a los huidizos ojos. Me contesta que no, con la cabeza, y salgo con peón cuatro de rey, una jugada de lo más conocido, a ver qué hace.
Se ha confundido. Después de mi enroque, ha sacado el alfil blanco para proteger a su rey, cuando debería haber apurado el enroque suyo moviendo el alfil negro. No es su noche. Como aquella tarde en que discutimos por Carmela, en Stonehenge. Recogió los bártulos y se fue a Salisbury, en el coche de unas italianas que se marchaban después de ver, como nosotros, el amanecer del solsticio de verano sobre el crómlech. Así es él, adopta una decisión y la cumple a rajatabla, fríamente. No me importó quedarme solo entonces, me dolió más lo que me dijo.
Ahora estamos también solos, frente al tablero. El ajedrez —me lo repite muchas veces— no es un juego violento, pero hay que tener la determinación de acabar con el contrario. Destruirlo completamente, pero sin odio pues el odio nubla el raciocinio. El día que se casaron Carmela y Navarrete, no fui a la boda. Nunca me lo han reprochado y supongo que ambos sintieron conmiseración por mí. Compunción que yo no siento ahora, cuando veo cómo, por fin, se enroca. La piedad también confunde las ideas y el tablero se despliega con claridad ante mi vista. Está confuso en el juego, perdido como un payaso en una tragedia de Shakespeare. Tampoco supo cómo decirme que se iba a casar con ella, aunque Carmela me lo había confesado antes. Fue el jaque mate que más me ha dolido.
—¿Quieres tablas...? —me ofrece con voz queda, displicente, como el que no quiere la cosa. Pero ya es tarde, y él lo sabe. Me río y le digo que no.
El desastre se le acerca cuando, después del enroque, pierde un alfil y saca la dama para darme jaque. Enfilando a su rey tengo la mía y una torre envenenada que acabará con la reina negra, sin remisión, después de mi próximo jaque a la descubierta. Va a abandonar en breve. Es inevitable. Con dolorosa resignación, tras haber pensado que ganaría. Así son las cosas, amigo. Mientras cavila, pienso en las bondades del gambito; Navarrete tira el rey, suavemente, me da la mano, y pierde a continuación las dos partidas restantes.
La noche se ofrece tibia, detrás de los cristales del salón. Nos despedimos con un abrazo; él quiere sonreír, yo estoy exaltado por la rotunda victoria. Salgo y llamo al ascensor. Entro en la cabina y me rodea un delicioso perfume de mujer. Lo paro entre dos plantas e inhalo profundamente. Todo es Carmela en el elevador. Huele a noche de estrellas en el Estrecho de Gibraltar, a vuelo de seda sobre arenas de sangre que esperan el mar, a noches en donde la luna vuela sin esfuerzo. Un poco más, me digo, un poco más..., hasta que, al fin, pulso el botón de la planta baja.
Me he resignado a tirar el rey de mis deseos, una vez al mes; no me queda ya ningún gambito que ofrecer, siento cuando cierro la puerta del ascensor y el perfume se diluye como estela de un barco que cruza la noche rielando una línea imaginada en el agua, la frontera de aquellas luces lejanas que ahora me parecen hogueras en la playa.
_______________
Pedro M. Martínez es director/editor de la Revista Virtual de Cultura Almiar. Página personal del autor: www.martinezcorada.es
[1] Poema de Nicolás Guillén, dedicado a Capablanca.