Mar de algodón
Por Diego Durán
Nkuvu es negro. Y en la Alabama del siglo XVIII eso le arrebató la libertad y el sentido del oído. Y le regaló el mar, el mismo que cruzó preso por grilletes desde la colonia de Sierra Leona, de donde lo trajeron los ingleses. Allí, siendo adolescente, salía en la barca de su padre, cargado con rudimentarias redes muertas de salitre, y no pasaba un sólo día sin que éste lo zarandease agarrándolo por el brazo cuando, de pie sobre el bote, se abandonaba al rugido de la marea con la mirada perdida en el océano verde y celeste.
Cuando se aleja del puerto de Gulf Shores, hacinado sobre una carreta con una decena de animales como él, no puede dejar de mirar hacia las aguas oscuras que se pierden entre las laderas que caen al golfo de México, y su piel perlada de sudor crepita a un sol justiciero que los guía hacia el interior del estado, donde se extienden los grandes algodonales americanos e ingentes grupos de negros caminan encorvados en una triste procesión al infierno.
A la sombra de su propio torso y su sombrero de paja de ala ancha, se hace mayor el contraste entre la blancura virgen del algodón y sus manos negras. La formas irregulares de las pelusas le traen a la mente las olas bravas sobre las rocas y el sonido de la resaca que vacía las playas al atardecer, cuando ya los niños han dejado de correr por la orilla. Envuelto en ensoñaciones se levanta a veces para contemplar los campos florecidos. Si tiene suerte, el ocaso arroja sobre el algodonal un manto de oscuridad y puede imaginar que está de nuevo allí, de pie junto a su padre, desenredando las mallas antes de regresar a casa.
Fue durante uno de esos sueños cuando el patrón se acercó por detrás, el látigo relampagueando alzado a un lado de su caballo, y marcó su espalda con un trazo zigzagueante que atravesó la camisa ligera. Nkuvu ni siquiera se giró antes de recibir en la sien el primer estacazo. De la paliza se repuso a costa de mil marcas en la cara y los brazos y, cuando recobró el conocimiento, sus tímpanos se negaron a escuchar nada más que un ronquido parecido al que conoció de joven al acercarse una caracola a los oídos.
Ninguno de los hombres y mujeres cargados con sacos acudió en su ayuda. Ninguno se acerca ya a él cuando, erguido, se detiene en la tarea y mira al horizonte. Lo más que pueden hacer es sonreir melancólicos, sabiendo que Nkuvu planea encima del oleaje, su cara batida por el viento, con el rumor de las olas en el paladar.