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Mar de fondo

 

Por Pilar Adón

1

Tarde o temprano, todos terminamos por descubrir nuestra parte más temeraria y, al mismo tiempo, más liberadora. En mi caso el acontecimiento se produjo un día extrañamente soleado en el que el aire estaba lleno de arena y la luz llegaba filtrada por lo que parecían millones de partículas enanas flotando ligeramente a no mucha distancia de nosotros. El barco avanzaba hacia el Cabo de Creus y el guía de la excursión organizada por la federación local de submarinismo nos informó de que aquello, que de alguna manera incluso nos dificultaba la respiración, era la calima.

La calima... Todos observábamos los acantilados llenos de aves, la superficie balsámica del mar, las pequeñas playas de agua transparente a las que sólo se podía llegar en barco porque por aquella zona no hay carreteras, y el guía, dirigiendo en varios idiomas nuestras miradas hacia todos los puntos que pudiéramos abarcar con los ojos, nos iba informando de la existencia de fuentes naturales en este o aquel recodo, del emplazamiento de refugios para los pescadores o de la situación en la distancia del lugar preciso en el que comenzaba Francia. Nuestras cabezas se iban girando hacia un lado u otro en función de la nacionalidad de cada turista y, mientras, bajo el avance apacible y sonoro del barco, el mar se rompía en espuma blanca. Al terminar, el guía volvió a meterse en la cabina de mando y los demás seguimos observando los riscos, los destellos de sol que se escapaban desde la parte oculta de las rocas, la calima, la espuma blanca que el barco iba dejando a su paso como el rastro de una caravana de camellos por el desierto…

En ocasiones, esa espuma blanca saltaba hasta alguno de nosotros y la cara de sorpresa inicial daba paso al instante a una amplia sonrisa de complicidad. Era como si, de repente, una mañana descubriéramos al despertar que nuestra casa había desaparecido y que estábamos durmiendo en la calle, en un bosque o en un banco del parque más cercano, para advertir poco después que se trataba únicamente de una broma ideada por un par de amigos. Una larga sonrisa de contrariedad pero, sin duda, también de alivio, nos cruzaba el rostro al darnos cuenta de que lo que tanto nos había desconcertado no era más que agua, una broma, nada importante. Porque, a pesar de estar rodeados de verdadera belleza, de un paisaje realmente sosegado, a pesar de estar disfrutando del paisaje, no podíamos dejar de sentir que aquel no era nuestro medio. No éramos pescadores ni marineros. Éramos, tan sólo, turistas en una embarcación que a veces oscilaba en exceso y, por eso, al comprender que lo que nos había sorprendido tan repentinamente era agua y que todo lo demás seguía su curso habitual, dejábamos que se nos notara la tranquilidad y nos reíamos.

El agua nos empapaba la ropa, las manos y los brazos, y nosotros, amistosamente, no dejábamos de sonreír porque todos compartíamos la aventura y porque las rocas, las aves y el mar seguían deslizándose a nuestro lado.

–Está fresquita, ¿eh? –le preguntó el hombre que iba sentado a mi lado a su mujer, que acababa de recibir uno de esos turbadores azotes de montones de gotas saladas.

Su mujer sonrió y abrió la boca como si fuera a exclamar algo, pero finalmente no dijo nada y empezó a secarse la cara con el pañuelo azul que llevaba anudado al cuello.

2

Yo sabía que la decisión que tomé aquel mismo día iba a resultar conflictiva y que me traería más de una discusión con todos los que me rodeaban y me querían por entonces, pero había llegado a una conclusión en aquel barco, amparada por la calima, y no estaba dispuesta a renunciar a más cosas. No se trataba tan sólo de mi voluntad, de mis querencias… El problema era más interno, más visceral, y sabía que si no continuaba, si me echaba atrás de nuevo, algo se rompería definitivamente y jamás podría volver a reconstruirlo. Y por eso lo hice. Por eso decidí no regresar a Madrid, comprar una casa en el mar, mi vieja casa destartalada y blanca, y comenzar a hacer fotografías. De los barcos, del puerto, de las llegadas y las despedidas, de los turistas que miraban, compraban, paseaban, dormían y se iban, de las gaviotas, del cebo en un pez que boqueaba, de mis sandalias en unos pies blancos y luego en unos pies más morenos, del verano, el otoño, de la llegada del invierno y yo, todavía, en mi casa mansa y vieja tan cerca del mar… Aquellas fotografías que iba disponiendo por las paredes, que enviaba a los que, después de todo, continuaban queriéndome, que mostraba a los amigos que iba ganando, que revisaba una y otra vez en busca de un brillo, de una luz, me seguían incitando. Porque lo que buscaba sólo podía estar allí, y allí era donde yo debía permanecer.

Fotografías de la primavera, de un nuevo verano, de algunas de las fachadas de las viviendas más cercanas a la mía, con azulejos de colores, las puertas de madera clara y los balcones pintados de blanco. De los pescadores que hablaban y luego se despedían como se habían acercado, lentamente, bajando los ojos y musitando alguna excusa. Sin dejar de sonreír y sin dejar de murmurar, como si no quisieran alejarse, como si dejaran algo sin terminar. Y yo, que conocía a la perfección ese mismo estremecimiento, el que produce la frustrante imagen de ir dejándolo todo sin terminar, permitía que se alejasen porque aún no sabía cómo actuar, cómo retener y prolongar ciertos momentos de bienestar reales, concretos. Hasta entonces, todo lo que era capaz de hacer consistía en paralizar aquellos momentos de deleite en retratos fijos, en fotografías, que luego examinaba a solas, en el salón de mi casa, cuando no era posible ya ningún dolor, ninguna decepción.

“Pero poco a poco”, me repetía a mí misma. “Poco a poco…”

3

Mi hermana no dejaba de escribirme cartas en las que decía que pronto me haría una visita. Y, efectivamente, esa visita llegó y ella me encontró más desordenada, más marchita y con una mirada diferente. “Tienes una mirada distinta”, me dijo. Y yo, entonces, me levanté de la silla y corrí hacia la cámara. “Una mirada particular”, dijo. Así que busqué la cámara repitiéndome que no era posible, que era demasiado pronto. Aunque, quizá… Le pedí a mi hermana que me acompañara a la playa y que me hiciera cinco, siete fotografías, todas las que quisiera. Ella estaba asombrada. No podía disimular su sorpresa, pero enfocaba, disparaba, volvía a enfocar y finalmente, al terminar, me entregó la cámara mientras intentaba retirarse el pelo de la cara sin demasiado éxito porque el viento se lo echaba sobre los ojos una y otra vez. Poco después regresamos a mi casa tomadas del brazo, caminando lentamente y conscientes, las dos, de que ella no podría quedarse mucho tiempo a mi lado. A los dos días subió al tren que volvería a llevársela a su casa, a Madrid, y yo revelé mis fotografías.

Era cierto que mi aspecto había empeorado bastante y que se habían producido algunos cambios físicos que sólo una imagen inmóvil plasmada en un papel podía exponer en toda su extensión. Ya no me arreglaba el pelo y había dejado de maquillarme. Sólo los labios y muy de vez en cuando. Ni cien espejos me podrían haber mostrado tales variaciones tan fielmente como aquellas fotografías. Me fijé con detenimiento en cada una de ellas y las estudié de cerca, a distancia, en un orden y en otro. Era también cierta la alusión de mi hermana a mi mirada. Resultaba curioso aquel breve destello. Comparé estas últimas imágenes con otras que había conservado del pasado y, tras unos momentos de observación detallada, pude por fin apoyarme cómodamente en el respaldo de la silla y estirar las piernas. Por fin pude sonreír con amplitud porque, si bien era obvio que la transformación estaba aún en su fase inicial y que, como ya me había imaginado, era demasiado pronto para grandes resultados, también parecía evidente que sí, que había empezado a cambiar, que mis ojos no eran los mismos, que la mirada era otra y la serenidad también, el sosiego de los labios, cierta calma en la expresión –antes siempre tensa– de la cara.

Permanecí recostada en la silla más de una hora considerando si debía rescatar o no la otra fotografía, la original, y volver a verla. Sabía, y por eso dudaba, que no debía mirarla en exceso. Sabía que no se debe abusar de la contemplación del objeto que sirve de inspiración, aquello que se quiere emular, pero ya llevaba un año en la costa, y creí que podía permitirme echar un vistazo rápido. Así que me levanté, caminé hacia una de las estanterías y saqué el libro que, oprimido entre todos los demás, guardaba la razón de aquella huida, de la permanencia en el mar. Lo llevé cerrado hasta la mesa sobre la que había desplegado las fotografías que me había hecho mi hermana y las otras que yo había traído de años atrás y, sólo cuando me senté delante del libro, decidí abrirlo. Y allí estaba. Tan deslumbrante, tan aparentemente inalcanzable como entonces.

En el salón de mi casa, en este lugar donde el viento sigue azotando y rugiendo y propiciando conductas extrañas, volvía a enfrentarme de nuevo a la imagen de aquella mujer desconocida que observaba el horizonte sin sonreír. Una mujer que tendría más de cuarenta años y que llevaba un pañuelo de gasa azul anudado al cuello, un vestido de colores pálidos y muy amplio, y un pequeño bolso colgando de un brazo. Todo ello agitado por el mismo viento que había desordenado el pelo de mi hermana hacía tan poco tiempo y que movía todas las noches las ramas de los árboles que rodeaban mi casa. Aquella era la fotografía de la mujer que, sin saberlo, había posado tan apaciblemente ante mi cámara en el barco que nos traía de vuelta desde el Cabo de Creus.

Su marido había seguido hablando de regreso al puerto, entre las risas y los comentarios bulliciosos de los demás pasajeros, aunque s u mujer no parecía estar prestando demasiada atención a lo que él iba explicando:

–Me dijeron una vez lo que es el mar de fondo. Todos hemos oído la expresión, ¿verdad? Pero no siempre se sabe lo que quiere decir. A mí me lo contaron hace años, cuando salí a pescar con el padre de un amigo que tenía miedo a sacarle el anzuelo a un pez recién capturado…

Al llegar, lentamente, todos fuimos bajando del barco, cruzando la pasarela con precaución. Sólo una persona no se movió: aquella mujer, que había vuelto a ponerse su pañuelo en el cuello tras haberse secado con él, permanecía sentada en el mismo lugar en que había recibido el roce del mar. Parecía navegar aún, desorientada, entre unas rocas que ya no se veían y entre una espuma que la embarcación ya no creaba. Su comportamiento, en ese instante, no era el de una mujer común. Los ojos que contemplaban las olas que se formaban al abrigo del puerto no eran los de una mujer acostumbrada a presenciar acontecimientos muy felices. Aunque tampoco se podría deducir por su aspecto que fuera un ser especialmente desgraciado.

Más allá de las tan frecuentes sacudidas del viento, más allá de la voz triste de una francesa que cantaba por los altavoces del puerto, más allá de las carcajadas de un grupo de estudiantes que buscaba un apartamento de alquiler en la playa para pasar el verano y más allá del olor a humo procedente de algún cigarrillo, aquella mujer parecía haberse quedado sola ante el mar. Todo lo demás parecía haber desaparecido para ella, y fue entonces cuando hice la fotografía furtiva, sin pedir permiso, y, además, sin saber muy bien qué impulso incontrolable me movía a hacerlo. Fue entonces cuando, por primera vez, supe que no podía regresar a Madrid, a las traducciones de textos imposibles, a las escapadas de los fines de semana rezando antes de disparar al animal que se hubiera puesto delante de mi punto de mira, con el dedo en el gatillo, casi cerrando los ojos, con los ladridos de los perros batiéndose en el interior de mi perturbada sensatez y la queja de las otras, las compañeras de cacería, exigiendo una pieza segura. “¿Por qué no disparas de una vez, chica? O lo haces tú o lo hago yo”. O lo hago yo o lo hacen ellas… Robé el instante secreto e íntimo de una mujer cuya actitud tan pacífica como incitante iba a ser la clave única de toda mi búsqueda. La causa de la mudanza y de los larguísimos paseos. Fue entonces cuando comprendí que todo lo que debía hacer era intentar llegar a desprender yo misma aquella claridad, aquella afable entereza, si quería realmente saber cuál era el significado de la verdadera placidez.

Poco después, con una mirada de nostalgia por lo que acababa de atesorar, aquella mujer sonrió levemente y, por fin, se levantó.

 

 

    

 

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