
Por Jordi Corominas i Julián
Negra noche en Acitrezza. Una explicación. La historia que nos contará la película es la misma que en el mundo se renueva desde hace años en todos los países en que hombres explotan a otros hombres. Alba tempranera con campanas. Mundo que ya no existe. Pena por la desaparición de su belleza. Lástima por seguir igual.
Como cada maldita jornada los pescadores salen a la mar. Il mare è amaro e il marinaio muore in mare. Una frase y un destino marcado, típico en Visconti, antiguo como la tierra que pisamos, sin asfalto y con alma, arcano como una rutina que no se detiene y que sólo el empuje de la juventud puede cambiar para alterar el orden del universo humano.


El núcleo protagonista es la familia Valastro. Los hombres marcan el paso. Las mujeres sueñan y respetan la tradición. La casa es el centro de una convivencia unida que ni siquiera se rompe cuando los hombres salen a la mar a vivir los sinsabores de las cartas marcadas en la pesca. Lanzar las redes, acumular kilos y más kilos y volver a la costa para vender la mercancía a los mayoristas. El abuelo acepta la dinámica. Siempre ha sido así. ¿Por qué cambiar lo que está escrito en las estrellas? Mentalidad isleña. ‘Ntoni discrepa. Es joven, vivió la Segunda Guerra Mundial en el continente y tiene una visión más amplia. Se queja del desacuerdo entre iguales y aspira a instaurar la rebelión benéfica. ¿Qué serían los mayoristas sin ellos? No le importa que domine el pensamiento de la miseria que impide la metamorfosis. Quiere desafiar la realidad y transformarla.
Cuando, por vez primera, los jóvenes vayan a la subasta, la caída de la balanza a las amienemigas aguas será la consecuencia lógica del deseo hacia lo nuevo. ‘Ntoni desafía al dinero y se plantea el reto de ser su propio patrón, de no aceptar más engaños del capital usurero, cínico y fascista. Se enfrenta a un cíclope muy poderoso, con un ojo que todo lo ve y sabe por experiencia que el tiempo acabará creando la trampa de la perdición.
La suerte del novato acompaña a ‘Ntoni. Él y su tripulación pescan muchas anchoas. Los Valastro lo celebran, salan la promesa de fortuna entre risas y hasta parecen ricos, tanto es así que Nicola, obrero enamorado de Mara, llega a pensar que ya no es digno de casarse con ella. Nedda, la lozana campesina del pueblo, bebe los vientos por ‘Ntoni, encorbatado e, digámoslo, hipotecado en su búsqueda de la felicidad. Tyché sonríe hasta que se cansa. No entiende de rostros ni clases. Las nuevas necesidades laborales obligan a ir a la mar aunque negros nubarrones se ciernan sobre el horizonte. Llega el día de la ruptura, del miedo, de las mujeres esperando como plañideras griegas a sus hombres mientras Eolo les propina mudas palizas de fatal presentimiento y el agua dispara llantos contra las rocas.


El destino. Nada más que el destino. ‘Ntoni lo desafió. Ahora paga las consecuencias. Barca rota, sueños truncados. Nace la fatalidad expresada en el rechazo de todos. Sus semejantes lo acusan de confianza y soberbia. Los demás opinan lo de siempre: se sabía, no se encara lo estable, se acepta. Nedda no abre la puerta. Los patrones, ahora que ha perdido tal condición, corren raudos y veloces a comprar lo que otrora fue el símbolo de futura riqueza y ahora es presente pobreza: las anchoas de la esperanza de un porvenir que nunca llegará.
La degeneración del héroe es la de toda su familia. Como en el mito griego sus acciones repercuten en todos sus seres queridos. La desesperación de no poder pagar la hipoteca genera malestar y desconfianza. Lucia, la bella pequeña, acepta, algo indigno de pobres, los regalos del Maresciallo; Cola, alumno y hermano de ‘Ntoni, decide delinquir a instancias de un misterioso extranjero, siempre los extranjeros. Un estupendo montaje paralelo nos muestra que su tragedia no es la única: los hombres del banco llegan para empezar la valoración de los bienes del hogar.
Castigo divino por soberbia. Dios cristiano. Mentalidad helénica. Estamos en Sicilia. Nuevas naves para otra temporada de pesca. Una baronesa y Raimondo, el principal mayorista, orgulloso en su crónico engaño de dar trabajo a todo el pueblo menos a los malos, que nadie lo olvide, quien no acepta las normas sufre exilio interno, ostracismo económico. El malo se rinde. Quien no trabaja no come. Vestido con pobres harapos acude a su cita en el cíclope. Lorenzo, el joven patrón, lo ha suplantado en el amor de Nedda. Ahora lo encuentra y sabe que tiene que ejercer su papel, el del que sucumbe ante las asquerosas risotadas del capital, impasible, sin preocuparse por borrar de su local antiguas referencias a Benito Mussolini y con la prepotencia de afirmar, como hacía el funesto Duce , que no se puede ir hacia delante con las ideas. ‘Ntoni vuelve a la mar y tiene luz en su mirada. Es un vencedor vencido y un vencido vencedor. Ulises de 1948. Sus ojos parafrasean a Gramsci: Pessimismo della ragione, ottimismo della volontà.

La Terra trema de Luchino Visconti es, aún pasados sesenta años desde su presentación en el Festival de Venecia, uno de los grandes pilares de la historia del séptimo arte y quizá, aunque convenga matizar, el punto álgido del neorrealismo que él mismo se encargó de inaugurar con Osessione. La obra maestra, adaptación de I malavoglia de Giovanni Verga, tenía que iniciar una serie de tres documentales para el Partido Comunista Italiano en vista a las elecciones del 18 de abril de 1948. Finalmente, el proyecto navegó por otros cauces y adquirió dimensiones épicas que en muchos instantes del metraje recuerdan a los maestros rusos y enamoran por la magnífica teatralidad realista del todo en circunstancias casi imposibles para la perfección. Los intérpretes del filme son los mismos habitantes de Acitrezza que hablan en siciliano. En la gran isla el italiano no es la lengua de los pobres. Se habla en dialecto por la misma frontera del mar que separa la tierra eternamente apartada de la tierra continental. Así se entiende el anclamiento a unos valores y la revolución del gesto de ‘Ntoni. La actitud de sus conciudadanos se asemeja en otro contexto a la exhibida por los habitantes de Stromboli en la homónima obra de Roberto Rossellini. Los hombres pescan y transcurren sus jornadas sin novedades, sin entender cómo la extranjera interpretada por Ingrid Bergman se siente siempre más alienada, sin comprender que su dogma es fruto del aislamiento. Quien quiere escapar es condenado por hereje. No se tolera la diferencia.
Quizá por eso la insistencia de ‘Ntoni en no pelearse y estar de acuerdo parece una extravagancia. La diferencia estriba en caminar unidos sin patrones, para que pueda producirse una verdadera igualdad que logre una humanidad más humana, sin la esclavitud del engaño consentido. El héroe viscontiano lucha sin saber que nada puede hacer contra el destino. Sucede con Gino en Ossessione, se repite con ‘Ntoni, prosigue la desdicha con Rocco en Rocco e i suoi fratelli y culmina, aunque continua hasta el infinito, con el Príncipe Salina y su aceptación del cambiar todo para que nada cambie en Il gattopardo. En el caso que nos concierne la lucha sirve para alimentar de ideología marxista al espectador con sutiles y magníficas delicias estéticas. Los 526 planos de La terra trema son una obra de arte que sólo puede entenderse desde las extraordinarias circunstancias que rodearon al cine italiano de la posguerra. Se empezaba con entusiasmo, el neorrealismo innovaba, no es exagerado decir que es el padre de todos los cines desde 1945, y los hados propiciaban un encuentro intergeneracional que en la película de Visconti se refleja en la participación de Francesco Rossi y Franco Zefirelli como ayudantes de dirección o el trabajo como operador de cámara del joven Gianni di Venanzo, con toda probabilidad el mejor fotógrafo, véanse sus últimos trabajos con Federico Fellini o Michelangelo Antonioni, de la historia del cine europeo, siempre con el permiso del excelso Henri Decae.


Luchino Visconti fue un director total. Podía dirigir ópera, cine o teatro y siempre se salía con la suya. Su formación aristocrática le daba en relación a sus compañeros de revolución fílmica un ascendente intelectual que trasluce en La terra trema a partir de pequeños detalles de la estructura narrativa. La parte del narrador cumple la función de hacer entendible al espectador peninsular la esencia de esta historia universal de isleños que usan el dialecto; a nivel más profundo se erige como inmersión del autor en su intento de lograr escribir una novela mediante imágenes, logro que conseguiría por vez primera en Rocco e i suoi fratelli y dominaría como nadie en Morte a Venezia, si bien cabe recalcar que la historia de la familia Parondi entrañaba la dificultad del relato polifónico, que el artista milanés resolvió con holgura y maestría. Lo novelesco en La terra trema es decimonónico, con su estructura tripartita que comparte vínculos con el teatro. Los pescadores que se interpretan a sí mismos fueron con toda seguridad muy bien dirigidos. La teatralidad de sus interpretaciones es más evidente por el montaje, que rompe la naturalidad de la continuidad actoral, la segmenta y quita la máscara. Puede que nos equivoquemos, pero da la sensación que Visconti quiso con su primera película siciliana rizar el rizo y crear una obra que fuera documental, antropológica, novelesca y teatral al unísono. Igualdad y mezclas de género que encajan en una historia donde, como en Miracolo a Milano de Vittorio de Sica, se pretende que decir buenos días signifique verdaderamente buenos días. Aunque con más dureza, lucha de clases y el mito para que lo clásico no se pierda en los tiempos modernos y siga enseñándonos la ruta.