
Sobre leyendas urbanas...
Por Luciana Ferrando
“Se dice de mí...” cantaba Tita Merello, otra mujer de pantalones llevar, otra figura rebelde de otro ámbito –el inmensamente masculino escenario del tango argentino– burlándose a risa suelta de todo lo que se murmuraba sobre ella.
Un gesto que bien le cabe a Chavela Vargas, nuestra leyenda urbana de turno.
Rea, masculina, valiente, borracha, lujuriosa... Se dicen tantas cosas de ella, que las líneas entre la realidad y la ficción se fueron borroneando con el paso del tiempo como marcas de tiza en la
acera. Imposible comprobar, por ejemplo, si verdaderamente lleva siempre una pistola debajo de las faldas, si llegó a beber cuarenta mil litros de tequila, si Frida Kahlo la acunó en su regazo cuando todavía era una joven inexperta, si raptaba mujeres montada en un caballo blanco.
A los 89 años –y a años luz de ser una viejita tierna e inocente–, la protagonista de las historias más apasionantes y a veces oscuras del mundo del bolero, no consiente ni desmiente: se divierte construyendo y deconstruyendo su identidad, los mitos que la conforman como persona y personaje. Su vida entera es una leyenda negra y eso la enorgullece casi tanto como la Gran Cruz de Isabel la Católica que recibió hace algunos años.
Si se dejan de lado los cuentos, lo perceptible en ella a través de los sentidos es una voz y un cuerpo que se desgarran cuando cantan al amor y sobre todo al desamor. Hay un espacio musical que se extiende más allá de su típico poncho rojo y vibra –como una estampa religiosa rodeada de un aura–. Aún las melodías más alegres son dramáticas en ella, su música es un eterno lamento que entra en la categoría del tómalo o déjalo. Igual que la mismísima Chavela.
Una niña destinada al olvido
Isabel Vargas Lizano no escapa al mito de la infancia infeliz del artista. Fue ignorada, explotada y discriminada por su familia –“creo que se dieron cuenta de que yo era homosexual desde muy niña. Entre otras razones, porque siempre andaba detrás de la hija de la cocinera. Y mis padres, mis hermanos, mi familia, los conocidos y muchos desconocidos utilizaban para mi homosexualidad la palabra rareza”–, contó Chavela cuando ya era Chavela. Creció nutriéndose de las exuberancias de San Joaquín de Flores, en Costa Rica; rechazó los juegos de niñas para jugar a los soldados y también para aprender a usar armas “de a de veras”; incubó sus primeras fantasías non sanctas en los cafetales, donde trabajaba hasta que el sol caía y soñaba, además, con la huida triunfal que la pondría a salvo de todo y de todos. “Ahí estaba Chavela, la rara, la loca, en medio de los cafetales, cruzando las selvas a caballo o a pie, hablando con los chamanes junto a las lagunas y los ríos: la niña más humilde del mundo, la niña más pobre del mundo, la que cantaba sola. En mi familia no cantaba nadie. Yo, en cambio, deseaba ser cantante, y cuando iba al monte caminaba y caminaba, y cantaba y cantaba. Vas a cantar cuando seas grande, me decía”, relata en Y si quieren saber de mi pasado, su autobiografía. En ella Chavela resume su situación familiar como si cantara: “A mis abuelos no los conocí y a mis padres más de lo que hubiese querido. Tuve cuatro hermanos y puesto que he de decirlo casi todo, lo diré: mis padres no me querían. (...) Cuando mis padres se divorciaron me fui con mis tíos que Dios los tenga en el infierno".
De su amistad con los chamanes, surgen anécdotas de por sí místicas y poéticas. Se cuenta, por ejemplo, que los indios le curaron la poliomielitis –luego de que sufriera y sufriera enclavada a sus armazones de hierro– y también que la arrebataron de la mano de los médicos que le pusieron nitrato de plata en los ojos para que la infección que tenía no le comiera la carne, según sus palabras, y le devolvieron la facultad de ver escupiéndole plantas mágicas en las pupilas. “La zábila destila un líquido azul que abrasa los ojos. Pero sanaron. Le salvaron la vista a una niña destinada al olvido”, dice de quienes todavía hoy considera sus únicos amigos verdaderos, los únicos puros, los únicos que no la traicionaron.
Artisteando como los mexicanos
Con tan sólo 14 años, y después de un intento fallido de reconciliación con su padre –ella fue a buscarlo a la ciudad, le dijo “ayúdeme señor, soy su hija” y él le respondió que eso lo avergonzaba profundamente– empacó sus cosas y partió rumbo a México.
Los comienzos de su etapa mexicana no son muy difíciles de suponer. Sola y sin una moneda en el bolsillo, vendió ropa para ni ños y limpió casas, al tiempo que rasgaba cada vez mejor y con más insistencia la guitarra.
Tiempo después, alguien la invitó a una fiesta. “Es en casa del pintor Diego Rivera”, le dijeron. “Allí se reúnen los pintores y los músicos. Ven”. Y Chavela fue. Allí se encontró por primera vez con Frida Kahlo. “¿Quién es esa niña?" preguntó Frida. "La de la camisa blanca, ¿quién es?”. “Es Chavela Vargas –le dijeron–. Anda en la cosa artística. Le gusta artistear”. Así se hablaba entonces. Y por lo que a mí respecta, así era: andaba artisteando, tratando de cantar como los mexicanos”, describe en su autobiografía. Esa noche se quedó a dormir en la Casa Azul y así comenzó su amistad con la pintora. Según Chavela, Frida la retrató “agarrada de la mano de la vida” pero el Partido Comunista le quitó los cuadros y los ribetes de aquella relación, que no se sabe cuándo ni porqué acabó, quedan una vez más en el imaginario popular, como la mayoría de sus amores.
Al respecto, la cantante escribe fiel a su estilo picaresco y directo, sin pelos en la lengua –ni en los dedos–: “habrá quien espere que hable aquí de camisones y acostones, y quien busque la lista de mis amantes, de las mujeres que me amaron y a las que amé. Pero éste no es el lugar; para ellos escribiré una carajada de libro que se titule Vida de la Vargas fornicando ante el sagrario, o aún mejor: Chavela, la mamá del condón. En ese libro encontrarán lo que buscan, pero no estaré yo”.
Pónme la mano aquí
Cuando ya había alcanzado la popularidad tan buscada en México, allá por los años '50, de la mano del compositor José Alfredo Jiménez –“un tal José Alfredo”– y de Macorina, una canción de rebeldía del siglo XVII, “ponme la mano aquí Macorina, pónme la mano aquí”-, las leyendas de sus amoríos se acrecentaron.
Se habla de la boda de Elizabeth Taylor en Acapulco, donde Chavela cantó y tuvo la oportunidad de codearse con Ava Gardner, Grace Kelly, Rock Hudson y todo el mundillo del Hollywood de los teléfonos blancos, donde inició un romance con una estrella cuyo nombre ha logrado mantener en secreto.
También la imagen de la Vargas montada en un caballo blanco, raptando mujeres, viene de aquella época. Más tarde, en una entrevista, ella se encargó de aclarar que no se trataba de un caballo sino de un Cadillac, y que las mujeres ocupaban el asiento del acompañante por propia voluntad. Lo cierto es que rápidamente sumó la mala fama de “robaesposas” a las que ya tenía. “Si las señoras venían conmigo era porque querían, que yo a nadie obligaba. Por supuesto, yo les decía piropos, pero eso no hace mal a nadie (...) Si las mujeres se divorciaban porque me querían, no era cosa que yo pudiera evitar”, se defiende.
Sus romances fueron tan abundantes como tortuosos. Quizá por eso, como tantos otros personajes reconocidos, la diva de la ranchera pasó un período largo (más de diez años) y sombrío ahogando sus penas en alcohol.
Tómate estas botellas conmigo
En la fábula chaveliana, la asociación tequila-Chavela es directa y no en vano: su hermano dijo que llegó a beber 40 mil litros de esta espirituosa bebida en 25 años, y ella nunca se molestó en desdecirlo. Es más, el tema aparece en cuanto reportaje le hacen y la cantante siempre tiene una anécdota de borracheras empedernidas para aportar.
Cuenta, por ejemplo, que varias veces se quedó en la calle por gastárselo todo en alcohol, que tomaba antes de subir a escena para sentirse más fuerte, y que estando borracha siempre fue una pesada o inventó a gente sin la que no podía vivir, que desaparecía con la efervescencia del Alka Seltzer.
Chavela sigue diciendo que el tequila es la gloria, pero que no lo echa de menos porque lo ha olvidado, y hoy se jacta de consumir sólo gaseosas light. Eso sí, el catecismo de la abstinencia no es lo suyo y la cantante afirma que si volviera a vivir, volvería a beber lo mismo. Gota por gota.
¿Quién le teme a Chavela Vargas?
Otro mito dentro del mito, es la retirada de la Vargas. Su adiós fue anunciado una decena de veces, y aunque haya dicho en una entrevista “yo no me voy a retirar nunca. Voy a morir con las botas puestas. Yo no nací para morirme sentada”, lo cierto es que varias veces se despidió de los escenarios, piropeó a sus admiradoras por última vez y hasta se mostró agradecida con su público.
Este último detalle puede despertar la sospecha de un final verdadero, sobre todo si se tiene en cuenta que Chavela considera que el mundo fue hostil con ella, que todo lo que tiene se lo ganó solita y que nadie –excepto ella misma– merece su gratitud.
Pese a que Pedro Almodóvar la incluyó en varias de sus películas y viajó con ella por los teatros del mundo en calidad de presentador y amigo, Chavela no dudó en responder a una periodista que le preguntó si era cierto que el director la había rescatado del olvido: “Pedro Almodóvar ha sido en mi vida un hombre como cualquier hombre, ni más ni menos. Pedro no tiene nada que ver con mi carrera, no hay un antes y un después de Almodóvar. No me ayudó en nada, yo ya era Chavela Vargas cuando lo conocí. A mí nadie me ha levantado, ni cuando estaba borracha”.

En cuanto a su simpatía por las armas, Chavela hace de ello bandera. De niña aprendió a usar primero una pistola calibre 22 y después una 45. “Mi infancia fue tan solitaria que aquellas armas me hacían compañía; aprendí a utilizarlas para matar las culebras de los excusados, no digo más”, relata misteriosa. Recientemente, se declaró pacifista a pesar de haber afirmado en la misma entrevista que “en España uno debería andar por la calle armado”.
De paso, y por las dudas, confirmó que siempre ha llevado una pistola escondida en el refajo. No sea cosa que, a esta altura, alguien se atreva a meterse con ella.