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Por Adrià Garriga Far   

Tengo el descaro suficiente para afirmar que “los veranos cada vez son menos veranos”. Puede sonar a desfachatez, pero en realidad mis palabras se rigen por un realismo integral. Para suavizar tal afirmación debería añadir “a medida que los años avanzan”. Permitid que me explique un poco mejor. ¿Os acordáis, siendo niños de escuela, de los veranos interminables? Tres meses completos. Nuestra infancia quedaba dividida en dos partes bien diferenciadas: el año escolar por un lado y las vacaciones de ¡3 meses! por el otro. Sin embargo, alejados cada vez más de esa época, uno debe asumir que la duración de las vacaciones estivales varía a lo largo de una vida y, al igual que nos sucede con la noción del tiempo, tal concepto se va reduciendo con el paso de los años. Incluso los privilegiados que pueden disfrutar de pausas veraniegas corren el peligro de caer en la tentación de darse cuenta de la sumisión a la que sus vidas están sometidas durante los restantes 335 días del año. Eso no significa que uno no disfrute de sus días festivos, al contrario; al ser tan pocos y pasar tan deprisa, vamos a intentar disfrutarlos al máximo, sin pensar demasiado en la diferencia de días libres que suelen tener los jefes respecto a los mandados.

Es verdad que, gracias a la llegada de tiempos modernos, algunos empleos dan la posibilidad a los trabajadores de   elegir sus días libres a su antojo. Celebro por todo lo alto   este nuevo logro de libertad. Pero, sinceramente, tal ganancia es un tanto peligrosa, sobre todo cuando ya bien entrada la primavera uno se pregunta: “¿Cuántos días de vacaciones podré cogerme este verano?”. Entras en la Intranet de tu trabajo, animado. Abres la pestaña “Vacaciones”, y después “Registro personal”. El día acaba en drama cuando te das cuenta de que aún no te has ido a ninguna parte y ya te has gastado casi la mitad de los días festivos, los de asuntos propios o los excesos de jornada… “y todo por culpa de la globalización”, piensas. Así, tienes dos meses para planear un verano de diez días a repartir entre familia, pareja y amigos… eso sin contar con los días a emplear para llevar a cabo el listado de tareas a realizar en período de vacaciones que durante todo el año vamos anotando en el cerebro con todo nuestro entusiasmo.

Como el calor empieza a asomar, esta mañana me conecté a la Intranet del trabajo. “Mis vacaciones”. “Registro personal”. Horror. Me quedan, sólo, 12 días libres para lo que resta de 2008. Tendré que anular mis planes de viaje a Japón por tercer año consecutivo. Al ponerme a pensar en alternativas, me he dado cuenta de que, si por algún rasgo destaca esta península en verano, dejando a un lado el calor infernal y las aglomeraciones de turistas tanto en zonas costeras, rurales o urbanas, es por una nutrida estampa de macrofestivales de música. Esta moda o, mejor dicho, negocio, ha llegado a tal extremo que es muy difícil que alguna de tus bandas favoritas no actúe este julio o agosto en España. Estos grandes eventos consisten en ensalzar ciertas zonas deshabitadas y sin ningún tipo de interés para los turistas (léase Boadilla del Monte, El Ejido, Alburquerque, los Monegros…), pero estratégicamente elegidas, con un cartel de artistas con gran caché y poder de convocatoria. Estas áreas medio “desérticas” pueden recibir hasta 50.000 visitas en sólo 3 días, lo que supone unos ingresos en turismo tan elevados, que compensan la escasez de visitantes a los que estos pueblos están habituados el resto del año. El hecho de promover zonas poco turísticas con eventos de este tipo me parece muy buena idea; es la manera de que la porción grande del pastel no caiga siempre en manos de las grandes ciudades, con mil recursos   alternativos. Estos beneficios, sin embargo, no son comparables con los que perciben los grandes favorecidos: las promotoras que organizan estos festivales.

No me gustan los macrofestivales de verano. La dinámica de la mayoría de estos grandes eventos musicales es común: invertir una cantidad de dinero obscena a golpe de talonario para traer a los grupos que más gustan, y rellenar el resto del cartel con la calderilla que les queda. Me vienen a la cabeza los 150000 € con los que fueron obsequiados los canadienses The Arcade Fire por actuar en el Summercase del año pasado o el caché de PJ Harvey, aumentado hasta llegar a una cantidad tres veces superior a lo que suele percibir por cada uno de sus conciertos. Con estos honorarios, es normal que apenas tengamos novedades de estos artistas en todo el año. ¿Para qué van a gastar energías en, por ejemplo, ir de gira cuando por un único concierto en España ya han captado buena parte de lo que pueden ganar en un “tour”? Este hecho es una tragedia para los melómanos románticos y sibaritas, entusiastas de los buenos conciertos, esos donde los artistas ofrecen algo más que un listado reducido de canciones en directo, típico menú de estos macroescenarios.

Otro de los factores que causa delicia entre grupos y managers es la atroz competencia que existe entre los distintos festivales del país. Este año, la guerra fría para atraer al mayor número de espectadores ha llegado a su punto más álgido: los dos festivales con mayor poder de convocatoria, el Summercase y el FIB, han hecho coincidir sus fechas, lo que supone una puja muy dura – a base de talonario – por los artistas y unos carteles más jugosos que nunca. La zancadilla la ha puesto el FIB, ubicado en Benicássim, al organizar, en Madrid, un concierto paralelo al Summercase, con grandes artistas.

No me gustan los macrofestivales. Las bandas que van a sonar este verano repartidas en los distintos festivales pueden dividirse en distintos conjuntos. Grupos de actualidad, de calidad más que contrastada y con gran poder de convocatoria, como REM, Sigur Rós, Leonard Cohen, Portishead, Interpol, Björk, Teenage Fanclub, Primal Scream, Mogwai, Morrissey, Mika, Gnarls Barkley, los Planetas, etc… por un lado. También abundan nuevos grupos con un gran potencial, menos honorarios y un gran futuro por delante (Cut Copy, The Mary Onettes, Shout out louds, Editors…).   Luego están los grupos de relleno, sobre los cuales nos intentan hacer creer que son “lo más” en Inglaterra, totalmente desconocidos y con poco futuro por delante, contratados por cuatro perras. Llegamos al cuarto paquete de artistas, el más interesante, pues aquí lanzo otra crítica férrea a este tipos de eventos. ¿Cuál es el denominador común de Blondie, Sex Pistols, The Verve, My Bloody Valentine…? Son grandes exgrupos, y en exgrupos deberían quedarse. Soy gran fan de algunos de estas bandas, pero creo que es muy injusto lo que está sucediendo actualmente con esta clase de reencuentros milagrosos. Se congregan en un escenario porqué les pagan una cantidad de dinero astronómica, dejando a un lado todas las diferencias que han existidos entre los artistas. Me viene a la cabeza el caso de los Pixies, que volvieron a tocar juntos en el Benicássim 2006, después de terminar su andadura como grupo en 1993. Ni se dirigieron la palabra, ni se miraron, ni mostraron ningún tipo de calor entre ellos; y no nos engañemos, sin sentimientos, la música pierde todo su encanto. Precisamente Kim Deal, exbajista de The Pixies, vuelve este verano otra vez con The Breeders, bajo una gran expectación; a diferencia de los otras bandas a las que he calificado como “exgrupos”, Kim al menos ha tenido la decencia de publicar un álbum –no recopilatorio– este mismo año.

No me gustan los festivales. Hablemos de infraestructuras. Muchos de ellos incluyen una zona de acampada situada no tan cerca de los escenarios como piensa el público que asiste por primera vez a este tipo de evento. El guión en estos casos ya está escrito: después de un viaje maratoniano de cinco horas en coche, a cuarenta grados, llegas a la zona de acampada malhumorado, y más aún al comprobar que la región está más abarrotada de tiendas que la playa de Benidorm de personas en agosto. Recuperas la sonrisa al intentar plantar las tiendas entre un mínimo espacio existente entre tienda y tienda, pero la pierdes enseguida al tener que gastar dos horas para plantar la tuya. Se está haciendo tarde, y, empapado de sudor, te das cuenta que el concierto de tu grupo favorito empezó hace media hora.

En un intento desesperado por ver los bises, convences a tus amigos para ir tirando hacia la zona de los escenarios; después de andar, por lo menos, cinco quilómetros, terminas en la enfermería del recinto con una bajada de tensión y totalmente deshidratado. Luego podrás asistir a los conciertos de esos grupos que no has podido ver en vivo en todo el año, rodeado de 30.000 personas que, al igual que tu, sudan demasiado. De estas 30.000 sólo una parte estará realmente interesada en el concierto, así que unas 20.000 estarán merodeando a tu alrededor bajo los efectos de la bebida (o lo que haga falta) y haciendo el mono; estas malas vibraciones serán   transmitidas hasta los artistas, que, ante un público poco entregado, acabarán tocando totalmente desmotivados. Es imposible disfrutar de un concierto bajo estas premisas. El grado de goce empeora al segundo día de festival. Después de no haber podido dormir ni un par de horas por el calor y los gritos de los “vecinos” de tu tienda, que aún siguen de “after”, uno ya no es persona. A las dos de la madrugada del segundo día, te das cuenta de que en realidad te has saturado ya de conciertos, pues llevas 15 en menos de 24 horas, y encima estás contrariado con tus amigos, pues el hecho de programar actuaciones simultaneas provoca discusiones a la hora de elegir cual será el siguiente concierto a ver. Decides retirarte, con los amigos totalmente desperdigados (pues si te separas de tus acompañantes, olvídate de volver a encontrarlos), cansado, lleno de polvo, más sudado aún y a cinco quilómetros de tu saco de dormir.   Que me digan lo contrario, pero esto no son vacaciones.

Así que ya he perdido toda la fe, y no me refiero sólo a los festivales, si no también a mis vacaciones estivales. Voy a evitar gastarme 150 euros en conciertos para terminar mis días de descanso más cansado y desquiciado que al empezarlos. La alternativa que buscaba para este verano será la de guardarme los escasos días de vacaciones restantes que me quedan para escaparme una semana, en octubre, a algún destino fuera de temporada y económico (¡la competencia entre las compañías de vuelos de bajo coste sí que es un gran invento!). Decidido: voy a pasar el verano en mi refrigerado trabajo y disfrutando de las noches largas y calurosas de mi ciudad, más vacía de lo habitual y con sus rincones aislados de los turistas. Además, tanto los Verano de la Villa en Madrid, como el Festival de Barcelona Grec podrán saciar mis necesidades de melómano romántico y sibarita.

 

 

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