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Por Hugo Izarra

Escribo desde el Icurock Cafe —en el cruce de la 62 Oeste con Broadway, cerca de las ruinas incólumes del viejo Hurrah's—, donde me he citado con la médium Christina para conmemorar el discreto regreso de Klaus Nomi, con la excusa de la edición de su ópera inconclusa, «Za Bakdaz», aproximadamente un cuarto de siglo después de su muerte.

Debo confesar que, en lo concerniente a la parapsicología y el ocultismo en general, he sido siempre bastante reticente. Sin embargo, a la vista del hermetismo y la dispersión que caracteriza a los supervivientes de la época de Klaus, he creído necesario hablar con él directamente. O casi.

Así que os advierto: Es muy posible que en el transcurso de este artículo leáis auténticas atrocidades periodísticas. Si esto os ofende, estáis en vuestro perfecto derecho de pasar la página y disfrutar de los anuncios.

 

Empiezo, veréis:

Klaus Nomi no se llamó Klaus Nomi. Su nombre era Klaus Sperber. Nació en Immenstadt im Allgäu,   Alemania, en 1944 y vivió muy rápido y murió muy joven, pero no dejó un bonito cadáver: El sarcoma de Kaposi, una de las múltiples dolencias asociadas al virus del SIDA que padecía, tuvo la culpa; su piel se pudrió a medida que la enfermedad le iba carcomiendo también por dentro. Pero creo que estoy empezando la historia por el final.

Empiezo otra vez:

Para todos los que aún no le conozcan, Klaus Nomi fue un genio. Un meteorito de carne y hueso, un aria de tres minutos, un virus para la ópera y una vacuna para la New Wave neoyorquina de los últimos setenta y primeros ochenta.

[Ha llegado la médium. Me pregunta si llevo mucho tiempo esperando, de lo que deduzco que tal vez no sea tan buena como dice el anuncio. Pido café para mí y una infusión para ella. Té rojo, aclara. Mientras pone en marcha su contador —la broma me va a salir por 260 dólares— y entra en trance para establecer contacto con Nomi, aprovecho para morder mi chocolatina y pasar algunos apuntes a limpio]

Nomi se trasladó a Nueva York a mediados de los años setenta. Allí empezó a destacar en el ambiente underground y fue entonces cuando decidió cambiar su apellido por Nomi, anagrama de Omni, su revista favorita de extraterrestres. El propio Nomi se consideraba a sí mismo un extraterrestre «que vino del espacio exterior / para salvar a la raza humana». En cierto modo, viéndolo con perspectiva, no iba desencaminado.

En Nueva York, Nomi se rodeó de la fauna más pintoresca del East Village, vivió entre artistas de la talla de Basquiat, Haring, McLaughlin o Kenny Sharf, pero murió solo y olvidado en una habitación de hospital, dentro de una burbuja de plástico, el 6 de agosto de 1983.

Joey Arias, bailarín, que durante años le acompañó como amigo, corista y partenaire , lo describe así en el documental «The Nomi Song», de Andrew Horn: “Cuando fui a verle, me hicieron vestir una funda de plástico. Tenía prohibido tocarle. (…) Hablé con él la noche del cinco de agosto. Me dijo, ‘Joey, ¿qué voy a hacer ahora? Ya no me quieren más aquí. Me han desconectado de todas las máquinas' . Soñé que Klaus se mejoraba y volvía a cantar de nuevo, sólo que esta vez un poco deformado, de modo que tenía que ocultarse tras una pantalla o algo parecido. Le dije, ‘Ahora podrás ser el Fantasma de la Ópera. Haremos números juntos'. Él me respondió: ‘Sí, posiblemente'. Pero Klaus murió esa noche mientras dormía”.

[Me estoy extendiendo demasiado. Christina ha empezado a inquietarse. Ya ha puesto los ojos en blanco y todo eso. Quiere decir que ya está preparada para la entrevista. Ella, con idéntica voz a la de Klaus, comienza a hablar]:

—¡No me gusta el titular de este reportaje!

—¿La resurrección silenciosa? A mí me parece ingenioso y sofisticado.

—Mmm, pretencioso. (Parece pensárselo, aprovecho para preguntar):

—¿Tanto tiempo para publicar una obra póstuma? ¿No era más rentable aprovechar el tirón del inmediato post-mortem?

—Sí, desde luego. Ya se intentó hacer algo parecido en su momento. Aunque supongo que entonces George y Page no necesitaban tanto el dinero como ahora. Al hilo de lo que resulta rentable y lo que no, jamás me expliqué por qué fui incapaz de trascender más allá de Alemania y América. Siempre me he sentido maltratado por los europeos, creo que es mi peinado lo que les ofende.

—Es posible, sí. Cuando habla de George y Page, entiendo que se refiere a George Elliott y Page Wood, los responsables de la edición de este último disco, «Za Bakdaz».

—Claro, a esos dos. Se han debido de creer que la gente es tonta. Todo el mundo sabe –es un decir– que me fui sin dejar ni una sola grabación sin editar. Han querido vender algo que jamás existió, pegando recortes de aquí y allá, reconstruyendo una ópera que sólo estaba en mi cabeza, y que, por supuesto, no tenía nada que ver con este… engendro. ¡Argh!

—Eso explica, en parte, la escasa repercusión mediática del lanzamiento.

—Eso, sí. Aunque me sorprendí mucho el pasado domingo, cuando leí la reseña hablando del disco en el Post. Llega el Post allá arriba, ¿sabes?

—No, no sabía.

—Pues sí, ahora ya lo sabes.

—Una última pregunta, a título personal… ¿Cómo es eso, quiero decir, lo de ahí arriba?

— …

Se hace el silencio. Christina, la médium, vuelve en sí. Los ojos vuelven a su sitio y, carraspeando, recupera su voz. Me dice: “Eso serán doscientos dólares más”.

Le digo que podré esperar. Le doy las gracias y apago mi grabadora.

Y creo que está bien así.

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  sumario junnio 2008
 
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