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Engaños lingüísticos versus realidades cotidianas 


Por Jordi Corominas i Julián

Pasará el tiempo. Tendré más canas, las arrugas brotarán y quizá, eso espero, adquiriré más sabiduría y experiencia. Sentado en un balancín cibernético reflexionaré sobre parte de mi juventud y puede que sonría al recordar que formé parte del momento en que mi ciudad natal vivía dos realidades paralelas que remiten a una cuestión lingüística olvidada: la diferencia entre la visión vendida al público y la realidad palpable en la calle, cuestión que a nadie escandaliza porque la tenemos demasiado interiorizada. Cuando empezó la Primera Guerra Mundial, Karl Kraus y Walter Benjamin karl krausoptaron por no rebajar su integridad ética y, a diferencia de muchos de sus coetáneos, desarrollaron un discurso consistente en comparar la prensa de los nuevos tiempos con la de antigua época de esplendor que fenecía a paso de gigante. La necesidad de conferir una ilusión que motivase a todo un pueblo ante el conflicto bélico hizo que las reseñas periodísticas empezaran a impregnarse de un lenguaje impuro, bastardo por manipulación de lo real, que auguraba el futuro éxito de la publicidad como gran estilo comunicativo del siglo XX, centuria que de este modo rompía con el periodismo de apego a la verdad a partir de la esencia fundamental de la información. Se pasaba de un lenguaje sincero a uno embaucador destinado a generar expectativas, ilusiones y la convicción de una mentira que adquiría valor tautológico al estar impresa en papel publicable.

En la Barcelona de nuestro principio de siglo la contraposición entre ambos lenguajes alcanza límites abominables. Chocan el progreso vendido, BCN, contra el progreso real, la Barcelona que lucha para dar a su auténtico rostro la fuerza que los vendedores del templo se resisten a aceptar por varios factores político-culturales. Podría añadir el tan manido socio, pero lo social en BCN se camufla bajo medidas destinadas a dar más atractivo a la capital catalana por multiculturalismo y algún que otro nuevo parque, útil para silenciar la despiadada especulación inmobiliaria promovida desde las mismas bases del poder municipal. Lo multicultural sirve para evitar molestos ghettos de recién llegados. Los parques para respirar y vender al público grandes logros de importantes arquitectos que, según la versión BCN, se pelean para edificar sus proyectos en la princesa del Mediterráneo.

La princesa está triste y alegre. Los médicos le han diagnosticado esquizofrenia y trastornos bipolares. Tiene la desgracia de vivir en un núcleo urbano donde los éxitos políticos se confunden con los futbolísticos. Lo mismo ocurre con los fracasos. Lo vimos en 1992 y lo apreciamos en la actualidad. BCN y Barça son una pareja bien avenida, casi telepática. BCN sabe vender su producto, la ciudad, mediante fastos absurdos, el Fórum de las culturas, iniciativas innovadoras, el bicing, y logros rimbombantes que abren al mundo la ventana de un éxito turístico, artístico y comercial. Esta visión oculta el mal de nefastas infraestructuras, problemas para llegar al trabajo por el caos de cercanías, excesivo coste de la vida, protestas en el aeropuerto, incivismo crónico, parquetematización de la ciudad y despilfarro institucional que ignora las verdaderas necesidades de los otrora ciudadanos, convertidos en consumidores voraces contentos y orgullosos de pertenecer al colectivo que forma la actual Barcelona; lo mismo ocurre con los aficionados del equipo más representativo de la misma, El Fútbol Club Barcelona, entidad que al llegar a su apogeo con la consecución de su segunda Liga de Campeones se convirtió en Babilonia pese a que su lenguaje publicitario vendió durante casi dos años la fantasía de tener el mejor equipo del mundo, los jugadores más sensacionales, la bandera del juego bonito y un mago brasileño que de marcar goles para el recuerdo ha pasado a simbolizar la decadencia con sus salidas nocturnas, desbarajuste individual reflejo del abismo colectivo. Los aficionados se han desquiciado y sólo se salva el entrenador por representar valores éticos y personales cada vez menos frecuentes. El culé, como el barcelonauta, ama la fachada y detesta el interior del inmueble.

Y en la supuesta gloria, una queja.

 

Bread and butter, diseño gráfico, múltiples ferias y congresos, Etoo, Ronaldinho, Henry, Messi, Jean Nouvel, Norman Foster, restaurantes cool, piromusicales, carnavales con autobuses y Feria de Frankfurt. El caso de la representación catalana en el magno evento serviría para entender cierta ocultación de BCN, aunque en Alemania la representada fuera Cataluña, para con Barcelona. El engaño es conocido en el interior, ignorado allende nuestras fronteras. Consiste en proyectar una imagen externa que venda y proporcione pingues beneficios a un determinado sector social, la burguesía y la alta empresa, y perpetúe una especie de darwinismo social siempre más demoledor y arrogante, acuciado por el eterno problema de no mirar a Europa y ahondar en estúpidas querellas regionales.

En Frankfurt los autores seleccionados escribían en catalán. Nombres como Enrique Vila-Matas o Eduardo Mendoza quedaron fuera del elenco por elegir para sus novelas la lengua de Cervantes. Dejaron de ser escritores para convertirse, como remarcó en un artículo el autor de El mal de Montano, en escritores españoles. La lengua es otro de los símbolos. En un momento en que la ciudad se prepara, quizá sin que BCN lo sepa, para un nuevo esplendor basado en el empuje de la interculturalidad, las autoridades prefieren insistir con el retintín de una lengua que ejerza de vínculo común, cuando es mucho más sencillo pisar la calle, observar y concluir que el uso del bilingüismo es el valor más apreciado para los nuevos habitantes de la ciudad, quienes mediante el castellano poseen una óptima plataforma de comunicación global, válida para el intercambio de ideas entre gentes de distinto origen y nacionalidad que sueñan en Barcelona queriendo asimilar su personalidad al tiempo que la transforman con sus acciones. Curiosamente los tejidos sociales más fuertes se mantienen pese al afán homologador del Ayuntamiento y su paranoia turística. El barrio de Gracia sigue siendo para sus frecuentadores un encantador pueblo que resiste las acometidas de los nuevos negocios de tendencia, baluartes de la despersonalización del espacio para convertirlo en pasto de visitantes temporales dispuestos a gastar mucho dinero y loar en el extranjero los maravedíes, joyas y modernidades de una ciudad siempre menos habitable para quien reside por motivos infraestructurales y éticos, pues la alteración del espacio urbano ha sido tan poco sutil que hasta un niño pequeño percibiría como se quiere enterrar lo viejo y propulsar lo cool por motivos que no buscan el bien común, sino la promoción y el enriquecimiento de la marca, dictadora absoluta de la ciudad.

Quizá BCN piense que puede actuar así porque sus ciudadanos son víctimas del conformismo imperante. Lo demostrarían las elecciones municipales, donde siempre ganan los mismos. Si ganas te renuevan la confianza, por lo tanto cambiar parece improcedente. Cambiar para mejorar sería una posibilidad. Cambiar para entender que siguiendo el camino marcado la realidad virtual puede alienar la visión de los BCNautas y convencerles de que su campaña publicitaría es la verdadera dimensión de la ciudad Condal, visión triunfal que muchos ciudadanos han aceptado sin hacerse demasiadas preguntas. Es un peligro que se les girará en contra. Si los aficionados ya han entendido el fraude del equipo balompédico, lo mismo ocurrirá con los habitantes; algunos de ellos empiezan a pensar que quizá sería mejor vivir en otro sitio, comprar un billete y disfrutar de Barcelona cuatro días para no sentir la desazón de vivir en un genial paraíso que en ocasiones tiene tufos propios de ciénagas. Idealizarlo sirve para los enfermos del síndrome de Stendhal. El ciudadano corriente tiene qué pensarlo para disponer de las herramientas de metamorfosis.

Uno de los principales problemas es que la cultura alternativa está controlada por las instituciones. Hasta lo supuestamente radical se tiñe de falsedad mientras quienes procuran cambiar el entorno trabajan con constancia en su intento de mover ficha, mezclar su color con el del adversario y fundir ambas realidades en una que permita la mezcla de las tablas, donde el empate significará un término medio que permita crear del inmovilismo una Barcelona con un rostro verdadero que camine acorde al pálpito del aire que flota en la atmósfera de los que hablan en bares, se reúnen con esperanza y anhelan una renovación sincera, honesta con la ciudadanía y no sólo con el extranjero de paso. Si todo lo sólido se desvanece en el aire concordaremos que BCN puede pecar de etérea y abstracta, como todo vehículo publicitario, para sucumbir ante aquellos que cada jornada tienen los pies en el suelo, no ahorran letras y expresan sin tapujos que Barcelona no es una marca, sino una reflexión filosófica necesaria para aportar bienestar y progreso a quien la habita, seres que cuando abren puertas desean sustancia sin vacío posmoderno ni falsa gloria económica.

 

 

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