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Let's get lost

de Elisa Iglesias

                                                           

                                                                                                                        Para N. Alves

Tú y yo, en este bar de Jazz. Chet Baker. Este lunes que tú no has trabajado porque nunca has sabido lo que es una rutina, ni una oficina, palabras que riman con cocaína, dices. Esta ciudad cubierta de polvo blanco que quieres abandonar pronto, lo dices enarcando esa ceja rota por encima de un ojo que adivino. Aquella otra ciudad junto al Atlántico que prefieres a ésta, agujereada como un queso gruyére por el taladro del capitalismo. Llena de túneles y viajeros subterráneos, dormidos o furiosos. De pasos pisándose unos a otros en la carrera hacia la mediocridad de una cima confortable, lo dices alzando la copa para que tu gin-tonic brinde con el mío y el seco chasquido de cristal concentre mi atención en este ligero nosotros que me regalas de pronto, mientras enciendes otro cigarrillo y yo te miro pensando en las extrañas circunstancias que nos han permitido conocernos, y en los turistas del Barrio de las Letras, y en las extrañas circunstancias de las letras en general y de mi vida en particular; y para escapar a tu mirada y a la extrañeza agarro mi bolso y subo escaleras arriba para sentarme un rato sobre la tapa del inodoro y recomponer mi rostro pálido de oficinista en los dominios de un lunes por la noche. En el espejo del baño contemplo el pavo real que trepa hasta el cuello de mi jersey, desgastados los codos por la postura delante de un ordenador que me vigila, moneda a minuto en la cuenta de mis días. O acaso un ave del paraíso, pienso, porque su cola de plumas verdiazules es asimétrica, como tu rostro. Y sin acabar de decidirme bajo las escaleras y me siento junto a ti, que apartas el abrigo que dices que compraste en un rastrillo de ex-yonquis y a mí me gusta. Enciendes otro cigarrillo y me hablas de cómo te fuiste a París siendo muy joven y con ese abrigo dormías en la Rue St. Denis que años más tarde yo pisaría de la mano de un dramaturgo, pobre pero celébre, observando los neones de los sex-shops. Odiaste París, dices, y ahora soy yo la que enciendo un cigarrillo y en el humo me veo caminando con un zapato roto, cruzando el Pont des Arts, tan cinematográfico, hacia la orilla de la Revolución Francesa saqueando el Museo del Louvre cuando era palacio y pienso en todas las revoluciones que me he perdido, en todo lo que se pierde en cada instante. Ranas, flores, árboles, insectos, algas, cetáceos, carnívoros, primates, aves… los hots spots de la biodiversidad titilando su alerta en el mapamundi digital que me han enviado por email esta mañana con la petición de reenvío a todos mis contactos y que, al final, no he enviado a nadie y pensando ahora en esas lejanas selvas, me arrepiento. Se me cae la mirada entre los hielos del gin tonic y tú la recuperas preguntándome si quiero otra copa. Respondo que sí, y en ese sí incluyo todo lo que no te digo que quiero pero quiero, aunque no quiera decir nada y prefiera cogerte la mano con una sonrisa, porque estoy cansada de ser oficinista y volver sola a casa todas las noches en esta ciudad vertiginosa que en realidad a mí tampoco me gusta pero la defiendo porque siempre me ha gustado discutir y sé que a ti también te gusta jugar conmigo a la pelota vasca de nuestras opiniones.

Vas a la barra a pedir y regresas con pasos completamente inmóviles, ignorando que sé que defiendes la cueva de tu lunes con la roca del cíclope y tras tus pasos camina la mujer que te regaló aquel abrigo, con tan buen gusto y profesora de Lengua. Busco el taxi que me llevará a casa cuando deposite a los últimos viajeros del AVE, camino del sueño que se apodera de mi realidad con Chet Baker, que se enamora muy fácilmente, y de ti, que me observas de lejos como el tigre saciado contempla al antílope demasiado veloz paciendo bajo el único árbol de la pradera. Bajo tu sombra, que se alarga sobre todo lo que deseo olvidar, presente y sincera, rotunda y posible, me recuesto apoyando la cabeza sobre el terciopelo, y su trompeta acariciándome el cuello con tus manos. And try to find the sunny side of life, de acuerdo, pero con protector solar, o con preservativo, o con gafas para ver esa distancia necesaria, dices en silencio. Que no se nos mezclen las cosas; tuyas o mías que permanezcan en su sitio. La complejidad de mi biografía, sigues sin decirme. Toda esta crítica social a cuestas, de acuerdo, y tu vida con tantas habitaciones y la mía con trabajo estable y alquiler; incompatibles, piensas. Y yo, que no sé vivir, pienso, sobrevivir, eso sí. Pero Chet Baker y aterciopelándome en esta noche que nos palpa como a dóciles sombras proyectadas por la luz de la lámpara junto a tu abrigo y mi chaqueta. Intercambiando palabras y crítica, tanto bienestar para nada y tú apaleado como un perro por la ferocidad de las circunstancias y de tu apuesta. Sigues sin besarme y el taxi se ha detenido ya frente a un portal del barrio Salamanca. Una mujer somnolienta aguardando al otro lado del timbre, el rojo a punto de convertirse en el verde ocioso de una luz deambulando entre las calles regadas por chorros de agua a presión. Como tus palabras, que brotan inundándome de anécdotas y países remotos en los que has trabajado por tu cuenta y riesgo, aunque también estuviese ella, a quien no mencionas porque no es elegante y yo te escucho abriendo mucho los ojos en la oscuridad de mi habitación vacía. Las estrepitosas persianas de mañana deslumbrándome de pronto. Ella y tú dentro de la cueva devorando los últimos huesos del recuerdo. Este lunes anudado en tu monólogo con la voz de Chet Baker cantándome al oído. Pide la cuenta, te digo de repente; ahora enmudeces y sí, estoy muy cansada esta noche, lo siento. Let's get lost, al cerrar la puerta del bar y escuchándose aún por la plaza vacía, cada uno abrochándonos el silencio respectivo. Y esa música aún, todavía, ofreciéndonos la llave y el laberinto, con tu brazo ahora sobre mi hombro y la lucecita verde del taxi asomando ya por la esquina.

Kastellorizo (Grecia), julio de 2007

 

 

 

 

Elisa Iglesias nació en Bilbao en 1972. Se licenció en Derecho por la Universidad de Salamanca en 1995 y huyó a París inmedatamente después. Regresó a España al cabo tres años de transitar por variopintos oficios para instalarse en Madrid y retomar su profesión, especializándose en medio ambiente y cooperación internacional, ámbitos en los que ha trabajado como jurista y consultora durante los últimos años. El año pasado abandonó de nuevo su profesión para dedicarse por entero a la Literatura.

 

 

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