El fin de la libertad de expresión
“Fui dell'antica Roma un cittadino
Ora abate Luigi ognun mi chiama
Conquistai con Marforio e con Pasquino
Nelle satire urbane eterna fama
Ebbi ofese, disgrazie e sepoltura
Ma qui vita novella e alfin sicura”
(Abate Luigi, estatua parlante de Roma)
Por Jordi Corominas i Julián
La Italia de 2008 se caracteriza por una increíble santa trinidad laica: nadie vota a Berlusconi, el pueblo vota al más rico y la izquierda no existe por voluntad propia. Tan extraña convergencia de padre, hijo y espíritu santo es alarmante. Los tiempos cambian, las piezas encajan. Por eso, y es desesperante a la par que descorazonador, ya no sorprende que quien ha renunciado a la hoz y al martillo cancele sin previo aviso las trazas básicas del máximo símbolo de la libertad de expresión: Pasquino.
La burda acción del Partito Democratico se asemeja a una claudicación antes de combatir. De nada les ha servido liquidar las palabras populares de libertad. Perdieron las elecciones municipales contra un neofascista y enterraron su leyenda. Con la cancelación autodaféísta en la base de la estatua borraron del mapa humano la magia del ciudadano y resucitaron al súbdito travestido de consumidor voraz recluido en su alcatraz de pacotilla, mundo sin verbo realista que se marea en la ácida balsa del conductismo sin Pavlov.
Se preguntaran quién es y que representa(aba) Pasquino.



Es el símbolo por excelencia de la voz popular romana, como por otra parte demuestra su inclusión entre el pueblo en la parte posterior del conjunto escultórico dedicado al poeta Giuseppe Gioachino Belli, alma lírica decimonónica del habla dialectal de la Ciudad Eterna.

La estatua de nuestro protagonista fue localizada en 1501 mientras se realizaban obras de pavimentación cerca del actual Palazzo Braschi. Fue situada en un ángulo entre dos calles que hoy en día lleva el nombre del mármol, identificado en su momento como un personaje homérico perteneciente a un grupo escultórico del siglo III aC. La Roma del siglo XVI era una ciudad donde el dominio papal abrumaba. El pueblo no quería ser el simple rebaño del pastor, y la base del Pasquino empezó a llenarse de escritos satíricos, poesías y protestas contra el poder. En 1523 Adriano VI, último pontífice extranjero antes del televisivo Wojtyla, ordenó hundir la estatua en las profundidades del Tíber. Sus allegados le desaconsejaron emprender una medida tan radical: en caso de hacerlo la estatua hablaría desde su lecho acuático con más fuerza que nunca. Otros soberanos de la iglesia tramaron su desaparición, condenaron a un hombre a la horca y hasta pusieron guardias nocturnos en los aledaños de Piazza Navona para que nadie pudiese acercarse y escribir pasquinadas.. Fue en vano. Pasquino incrementó sus burlas satíricas, convirtiéndose en una verdadera cruz, un martirio que estalló durante el primer Concilio Vaticano (1545-1563), cuando dos cardenales se declararon infalibles. La voz del pueblo decretó un via crucis de irónica crucifixión: INRI (Io non riconosco Infabillità). Años más tarde, cuando el papado saqueó los bronces del techo del Panteón para que Bernini construyera el Val d'Aquino de San Pietro, protestó con inusitada dureza: Quod non fecerunt Barberi fecerunt Barberini, lo que no hicieron los bárbaros lo hicieron los Barberini, apellido de la importante familia que por entonces ocupaba el trono pontificio y destrozaba los vestigios de la antigüedad para crear una nueva y vigorosa estética del Catolicismo.
Pasquino, nombre que aún suscita duras controversias sobre su origen, creó escuela. La lógica le exigía interlocutores. ¿Qué hacía hablando solo? Corría el riesgo de convertirse en otro tipo de dictador, y por eso un anónimo romano decidió darle un compañero de charla. El primer elegido fue Marforio, estatua fluvial encontrada en el Foro romano que recibe su nombre por la inscripción de su base: Mare in foro. Entablaba diálogos apasionados con Pasquino sobre la situación socio-política de la Urbe. Eran una pareja complementaria. Marforio, tendido y relajado, contrasta con la tensión del cuerpo erguido de su colega, quien siempre iniciaba los diálogos, lo que explicaría la relajación de Marforio, barbudo y meditativo a la búsqueda de una respuesta que saciara ansias guerreras y alusiones sarcásticas. Ambos fundaron la Congregrazione degli arguti, la congregación de los ingeniosos, que ganó contertulianos a la velocidad de la luz.

En 1588 Marforio, que el lector podrá encontrar en los Museos Capitolinos, fue trasladado a la Plaza San marcos, donde inició un breve idilio con Madama Lucrecia, única estatua femenina del grupo. Dice la leyenda que representa a una dama napolitana que acudió a la capital italiana para pedir la anulación matrimonial y poder casarse con el Rey de Nápoles. Al cabo de un año de espera el monarca murió y la noble dama decidió vivir en una casa de Piazza Venezia. Justo al lado de la misma se encuentra una estatua con los ojos perforados del templo de Isis que los romanos rebautizaron con el nombre de la desafortunada mujer. Su primera aportación dialogística de importancia acaeció en 1591, año del óbito de Gregorio XVI, quien ya enfermo decidió trasladarse al Palazzo Venezia para ver si así, sin tanto ruido ni estrés, lograba curarse. Con el Pontífice sepultado, Madama Lucrezia, custodia del lugar, no dudó en afirmar que La morte entrò attraverso i cancelli: la muerte entró por las puertas. La céntrica ubicación de la estatua convirtió a su voz, más imponente si cabe por la ceguera de su dueña, en la perfecta analista de los tejemanejes del centro urbano de Roma y sus palacios.

En 1799 Napoleón fue proclamado Cónsul. Europa se agitó de aire revolucionario y en la Ciudad Eterna se proclamó la República. Nacieron revueltas populares y en una de ellas la pobre estatua se dio de bruces contra el suelo. Su desesperación le llevó a proclamar, estaba de espaldas, que Non ne posso vedere più: No puedo ver más.
Entre los otros miembros de la congregación confieso tener especial afecto por el Babuino, la estatua más fea del mundo. Representa a un fauno o a un sileno, pero los romanos del Renacimiento la encontraban tan monstruosa que solían compararla con un mono. La piedra perdió su cariz mitológico y se convirtió en el Babuino, quien empezó sus actividades de protesta en el siglo XVI, momento en que un Cardenal miope le confundió con un santo, haciéndole una reverencia siempre que le veía. El pueblo encontró perfecta la anécdota y la antigua Vía Paolina recibió el nombre de la estatua, que empezó a despotricar contra las instituciones papales. Hasta hace bien poco tiempo, lo confirma el vecino quiosquero de nuestro amigo, el muro a la derecha del cálido y burlón adefesio estaba lleno de variopintas pintadas con quejas, protestas, sarcasmos y vuelo libre verbal.

Nobleza, pobreza y silencio
Estudiar las estatuas parlantes de Roma nos acerca a los límites espaciales de la ciudad y permite comprender las calles en las que pueblo y mandamases compartían gloria y miserias. Todos los miembros de la congregación se sitúan en el centro histórico de la capital italiana. Al lado de Sant'Andrea della Valle se encuentra desde 1924 un antiguo senador que los romanos rebautizaron con el nombre de Abate Luigi, Abate porque un abad es y no es cura, Luigi por ser un nombre común en la Urbe. En 1966 robaron su cabeza y aún así el mármol respondió a la ofensa con las siguientes palabras en dialecto romano: O tu che m'arrubasti la capoccia vedi d'ariportalla immantinente sinnò, vôi véde? come fusse gnente me manneno ar Governo. E ciò me scoccia –Tú que me robaste la testa, devuélvemela inmediatamente porque sino, como si fuese un don nadie, me llevarán al gobierno, y eso me fastidia–.
Luigi recuperó su preciada cabeza. Es posible que el ladrón fuese un simpático ciudadano que esperaba gracioso la invectiva de la estatua contra su persona, lo que explicaría la rápida restitución. En los últimos decenios Luigi se ha quejado menos, y es deprimente. Se encuentra encastrado entre coches y el muro del templo y sólo su sólido pedestal le permite distraerse con buenas vistas urbanas, las que no tiene, caprichos de pobreza y riqueza, el último miembro del clan, una fuente-estatua situada en Via Lata que representa a Abondio Rizzi, quien acabó convirtiéndose por traslación laboral de centurias en un mozo de estación: Er Facchino. La obra, datada en 1580, conservó una inscripción descriptiva hasta 1874. El texto hablaba de las habilidades de Abondio atando sacos y de su afición al vino, causante de su muerte en la doble vertiente de ingesta excesiva y, el colmo, duro peso de carga: un barril terminó con las penas del pobre Rizzi, quien para los vascos parece un cashero ciego. Se equivocan. Er facchino es el mejor aguador de Roma, y su líquido elemento el más fresco en la faz de la tierra, donde no se habla con tanta soltura como antes.

Espero y deseo que en mi próximo viaje a mi segundo hogar Pasquino haya recuperado su voz, en un primer momento posible por un grupo de resistentes letrados, pues en el momento inaugural del fenómeno el pueblo era analfabeto en su gran mayoría. Quizá la extirpación de sus pasquines fuera un recurso temporal de elecciones democráticas, lo que no puede justificar la acción, símbolo letal de una nueva dictadura aceptada por el consumidor, quien ni siquiera reacciona cuando al estandarte de la libertad de expresión, y por ende a ellos mismos, le cortan la lengua y lo enmudecen sin declararle la guerra, lo mismo que sucedió con Polonia un no tan lejano primer día de septiembre de 1939.

*Todas las fotografías están realizadas
por Jordi Corominas i Julián©.
Junio 2008 ©