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Pequeña radiografía de una gran película: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007)

 

Por Jordi Corominas i Julián

El 5 de septiembre de 1881 Jesse James, un simple ser humano, cumple 34 años rodeado de su hermano y una pequeña banda de buscadores de fortuna. El forajido está cansado. El tiempo no ha pasado en balde. Su cuerpo se resiente. Realizará un último atraco en los raíles y descansará para disfrutar de la familia y la mansa vida hogareña. Entre los miembros del grupo encontramos a Robert Ford. Habla mucho, se pavonea de su coraje e intenta convencer a propios y extraños de sus habilidades, nulas. Robert, un ser mezquino y cobarde   tiene en una caja de su habitación un pequeño museo con recortes, libros y todo lo relacionado con las hazañas de Jesse, héroe popular de una América donde la modernidad se intuye bajo la dulce soberanía de lo puro. El reloj corre a ritmo de auténtico siglo XIX, con hombres que padecen, sufren y habitan la tierra envueltos en una mentalidad arcaica de supervivencia. Los Estados Unidos plasmados en el filme de Andrew Dominik son un reflejo de la eterna esencia del hombre contra su psique y los elementos que crean la reflexión de la existencia. El destino sigue importando y no es quimérico, por eso el primer aplauso para la obra corresponde a su título. Sabemos que ocurrirá, y con ello el director declara sin tapujos sus intenciones narrativas. Quien espere encontrar el fulgor del lejano Oeste tendrá que mirar a otro lado. Sí, hay un asesinato pero la trama prefiere moverse por diálogos, perfiles psicológicos, gestos concretos y miseria humana. No siempre la acción fue violencia.

Sólo con apreciar la excelsa y minuciosa fotografía de la película nos damos cuenta de contemplar un pequeño mundo antiguo. Los interiores de las casas rurales y sus amplios ventanales acogen a los bandidos en los momentos de pausa y meditación. El inmenso exterior, simbolizado por el viento y las espigas, significa entrar en el esquema social, en el desafío de unos logros, muy diferentes según la personalidad del individuo. Jesse James sabe muy bien la poca conveniencia de tener un hombre detrás. Su mirada nostálgica, cruel, orgullosa y sarcástica es la del que sabe de cartas marcadas e itinerarios finitos. Dirige, mata y medita en un silencio sonoro. El espacio se congela, los tiros caen con frialdad real. Vive y espera. Robert Ford recibe burlas, propina machadas y atiende desde su fanatismo. Si viviera en el siglo XXI seria un imitador, un mediocre embustero incapacitado para crearse un rol propio. Jesse lo intuye y le pregunta si desea ser como él o suplantarle. Las ironías de la futura víctima para con su doble de pacotilla insisten en su conciencia del destino, como si supiera desde el mismo inicio que Robert disparará la arma que acabe con sus días. Admite su desconfianza, prosigue su camino, prepara un último golpe y lee los periódicos para saber la suerte de sus amigos y colaboradores. Su grandeza tiene aire metafísico, su presencia se intuye hasta en la ausencia, a diferencia de su verdugo, Don Quijote americano con fantasías en la realidad, donde ancla los pies y actúa casi siempre bajo el signo de la atroz traición. Delator de la policía, esperará su momento, guardará un as bajo la manga y ejecutará su gloria y su tormento.

El lobby de Ocean's, compinchado con Ridley Scott, prosigue su irrefrenable ascenso a la cima del Hollywood de calidad. Brad Pitt protagoniza y produce El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. En el momento de su estreno en las salas un crítico mediático del país olvidó mencionar en su frívola reseña las claves de una obra que según sus propias palabras se alargaba en demasía por culpa de 160 minutos de cine con aspiraciones artísticas. Es una suerte haber nacido después de la edad de oro del Western y en una época de la historia donde lo relativo puede ayudarnos a concretar y redefinir palabras, géneros y situaciones. La mayoría ejecuta una ecuación cuando ve revólveres, arena y atmósferas decimonónicas del Viejo Mundo. Su solución suele traducirse en el tópico de encuadrar cualquier filme con estas características en el fácil y previsible cine de género que arrasó en los años cincuenta del siglo XX y decreció con renovada dignidad antes de ser objeto de esporádicas revisitaciones prefabricadas para ganar el Oscar a principios de los noventa.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford no es un Western, como tampoco lo era Cold mountain del recientemente desaparecido Anthony Minghella. El contexto es la excusa para desarrollar un largometraje más parecido a una tragedia griega. La larga duración se justifica por el punto de vista narrativo, fiel a la realidad y al comportamiento humano en la vida cotidiana, donde silencios, imprevistos, palabras y acciones requieren cuidado y honestidad de ritmos desacelerados. En este sentido el montaje de la obra, junto al buen uso de la escanciadora banda sonora, suma otro acierto al contar los hechos a la velocidad de 1881, cuando entendíamos el minutero desde perspectivas más calmadas, entre otras cosas por el goce de un espacio más amplio y una menor velocidad social. Cambiamos de plano y sentimos estar dentro de una melodía hilada con sapiencia en la que cada secuencia es un cuadro que conforma la gran unidad. El naturalismo de la fotografía del maestro Deakins, quien asimismo se encargó de filmar las imágenes, asombra al conseguir plasmar la atmósfera y capturar la tensión con colores y geometrías en fotogramas de aplastante belleza y coherencia narrativa, pues sin ellas quizá no entenderíamos plenamente las vivencias de los personajes, como si la labor de cinematografía ayudara, y así tendría que ser en muchas más producciones, a entender qué sienten los implicados en la trama. La trabajada estética de la obra es una muestra más del gran esfuerzo preproductivo para alcanzar altas cotas de verosimilitud. Es posible que la pintura de Millet, Hammersoi, Hopper, los hermanos Le Nain y los costumbristas influyeran en la composición visual de la película, que también bebe de la luz interior de Barry Lindon de Stanley Kubrick.  

El duelo entre James y Ford se exprime a nivel interpretativo en dos grandes prestaciones de Brad Pitt y Casey Affleck. El otrora chico guapo de Hollywood nos regala una actuación medida, premiada con la Coppa Volpi en Venecia 2007, en la que tiene suma importancia la gestualidad corporal, clave para enaltecer lo caleidoscópico del personaje. Su rival se debate entre sus limitaciones y chispazos de ahora o nunca, que Affleck retrata mediante una mímica eficaz y la sensación del continuo observar entre la frustración vital y el deseo del crimen ante la imposibilidad de igualarse al ídolo. Los roles secundarios, en especial Sam Rockwell, no desentonan y completan el fresco de un episodio histórico perdurable en forma de celuloide narrado con la fórmula que convierte a cualquier historia en atemporal: el mito juega y gana. Nunca lo olviden.

 

 

 

Mayo 2008 ©

 


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