
Por Nacho Fernández
La Cruzada - taberna de Madrid
Escribir sobre uno de las tabernas míticas de Madrid siempre es un reto. Siempre hay alguien que sabe más que tú. Creo no equivocarme si digo que pasé cinco años yendo cada miércoles a tomar vinos en casa de Arturo y a comer las cocretas de su mujer Toñi y se algo de lo que era La Cruzada. No me equivoco si escribo que la tertulia de Manuel Alcántara –un cronista de la villa– se reunía allí para fallar su premio literario. Tampoco lo hago cuando afirmo que el Círculo Cultural Faroni se refundó en las mesas de madera y taburetes bajos que daban a uno de los rincones íntimos de esta banda de impostores.
Arturo, el antiguo dueño del local, es de Tomelloso y eso imprime carácter. Un tipo enjuto que iba para torero pero que se quedó en maletilla de plazas de pueblo. Alto, buen tipo, con unas arrugas laterales en la cara que le daban un aire de Bogart suburbial y peligroso. Nuestro hombre nos reservaba esa mesa –siempre la misma– destinada a las grandes conquistas. Allí, al arrullo del Faria de José Sacristán que cada noche acudía a cenar repasando guiones y terminado con una copita de Chinchón en la mano.
Carteles de toros, fotografías en blanco y negro, luces mortecinas de un Madrid que besaba el sueño de la especulación en acabadas escenas nocturnas. La vida pasaba aquellas noches entre el Cune, las migas, los calamares, los huevos revueltos... cenas hasta bien entrada la noche, con el punto final, un orujo El Afilador que rompía las vísceras.

Allí se falló el primer premio del Círculo Cultural Faroni de relatos hiperbreves y convocamos a los amigos de esta sociedad nacida de la imaginación del escritor Luis Landero. Esperpéntica cena con todo el restaurante lleno, donde salían a relucir las rancheras de Ginebra Cruz y la voz profunda del secretario lector Pepe Muelas. El escritor rehén de este jolgorio (pura esencia faroniana), reía y reía... detrás de él, coronando el espectáculo, un cartel de toros hecho en la puerta del Museo del Prado con tres nombres: Gregorio Olías, Dacio Gil Monroy y Faroni. Con 6 toros 6.

En aquél comedor quedó el plato F de Faroni como lugar recomendado por nuestro amigos para cuando cayeran por Madrid. Plato de cerámica de Talavera que decía: "En este rincón de La Cruzada que Arturo bendice y con la venia de Luis Landero, fabula el Círculo Cultural Faroni. Faroni es la brisa mágica de un ideal de oro". El hijo de Arturo hizo la portada del primer libro que editamos con Tusquets que se llamó Quince Líneas donde recopilamos una serie de relatos hiperbreves. Un mayordomo con la bola del mundo en una bandeja hecha con acuarela, era la portada de un proyecto que aún hoy en día está vivo. Hemos dejado como legados dos libros, el segundo Galería de Hiperbreves con la editorial de Beatriz de Moura, admiradora y seguidora de las andanzas del Círculo Faroni. Su ujier presidente Luis Landero aún duda de que este juego sea verdad, parecen más bien unas páginas robadas de su libro.
El plato se fue con la última remodelación, como las fotos, los carteles, los recortes de periódicos pegados en la pared y con ellos también Triburcio, el primer propietario de La Cruzada a finales del siglo XIX, cuando Madrid aún no había aspirado el polvo de los nuevos ricos, ni la grandeza de ser ciudad administrativa del estado. Con la democracia llegó Arturo desde el barrio de Carabanchel donde vivía. Recompuso los toneles de vino, dio unas manos de pintura y dejo el túnel del tiempo en una tasca sencilla y céntrica del Madrid del barrio de los Austrias. Todavía no era el sitio cool que acabaría siendo años más tarde.
Cenábamos y en ocasiones comíamos allí, era nuestra casa de comidas favorita. Arturo, siempre tan guasón y altanero discutía con nosotros o jugaba al mus. Aquél sitio era un lugar de reuniones políticas, muchas veces las huestes del ayuntamiento del alcalde de Madrid Juan Barranco, se reunían allí para hablar de sus cosas . El extinguido CDS de Adolfo Súarez también pasó por el cenáculo de Arturo, desde Raúl Morodo a Fernández Teixidó. Aquella argamasa dispar era lo que le daba al sitio verdadera solera y espectacularidad. Mucho humo, vino, tortilla, servilletas de cuadros en colores rojos y música flamenca.
El barrio no subía. Muchos años de espera para poder ver el crecimiento prometido, las obras eternas, los alquileres en cohetes y la gente sin llegar. Cuantas veces habré aparcado tan cerca de la taberna para llevar libros, ahora eso es imposible. Arturo traspasó el local y nueva gente vino a hacerse cargo de la maltrecha clientela de La Cruzada. Al final sólo quedaban algunos devotos, jóvenes del cercano RESAC, flamencos de paso a casas de música especializadas, los faronis y poco más. El sueño de Arturo de ser un gran restaurador quedó en un pensión de por vida y viajes a Tomelloso a respirar el pasado.
Los nuevos inquilinos renovaron la taberna, convirtiéndola en lo que es hoy, una muy buena casa de comidas donde Luis y Carmen regentan con pulso firme novedades culinarias con la cocina clásica de la zona y excelentes vinos. El local fue remodelado de arriba abajo, quitando y poniendo, pintando albero y grana, decorando y dejando dos de las cosas que más valían: la barra de madera de estilo clásico repujada y muy bien restaurada, sin duda una de las maravillas del sitio, y unos azulejos de la época de Triburcio con iconografía árabe antigua muy valiosos. El resto, todo nuevo, hasta una nueva tertulia que vino a instalarse después de la disolución de Faroni con la llegada de los nuevos taberneros.

La tertulia de Literaturas.com como se conocía, toda la gente que llegamos allí nos conocimos a través de Nacho director de la publicación. Cada martes convocaba a sus fieles por correo electrónico y los miércoles un bacanal de palabras, ruidos, risas, vinos, cervezas y lectura de algún poema, se daban cita durante todo el año. Allí conocimos a Clandestino Menéndez colaborador feroz de la Fiera Literaria, a un chico recién llegado de Perú que se llamaba Santiago Roncagliolo, a un escritor gótico y tenebroso que respondía por el nombre de Norberto Luis Romero, por allí pasaron Angela Vallvey, Eugenia Rico, David Torres, Javier Puebla, Urceloy, Mercado, Gara, Paniagua, Gloria, Maribel, Claudia, Ana, Beatriz, Pedro Martinez, José Ramón, Ruíz de Aguirre, Pedro de Paz, Sonia Antón, Dávalos, Julio Espinosa, Marta Sanuy, Villena... y tantos que me dejo en la memoria. Había tertulias de 20 personas, saturando la capacidad de nuestro espacio y haciendo imposible la comunicación, la gente le gustaba ir a la tertulia de La Cruzada porque era un lugar de proyectos, nunca fue de crítica, ni capillita literaria, era muy abierta y muy generosa con el que se acercaba por primera vez. Muchos repetían cada semana hasta encontrar conversaciones que eran muy apreciadas. Todo el Madrid joven literario pasó por los lavabos de La Cruzada.
Buenos tiempos de vino y libros atravesando la plaza de Opera en busca de un nuevo lugar donde seguir conversando.
La Cruzada - Madrid
C/ Amnistía 8
28013 Madrid, España
+34 915 480 131
Nacho Fernández editor director de http://www.literaturas.com
y de la red social Mi Literaturas!
Hakuyá rihsinakusunchis*
Vámonos conociéndonos en Quechua.
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Marzo-abril 2008