Dream Jazz Club I
Por Sonia Antón Ríos
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Apenas un par de focos de luz amarilla iluminan una gran puerta de doble hoja del mismo color negro envejecido de la fachada. Ya no hay rastro del cartel, el tiempo y su paso estacional lo han deshecho. Da igual, todo el mundo conoce el Club, saben su nombre. Es uno de los viejos lugares, esos con los que siempre se puede contar, esos que nunca cierran, un sitio de confianza dispuesto a conceder asilo. Dentro, tras las puertas y las cortinas rojas, está la música, la noche y la vida después de la vida cotidiana. Primero una gran barra, después las mesas y sillones y al fondo el escenario con los músicos.
Luz escasa y suficiente sobre un bullicio ordenado. Después del silencio que han dejado los chicos en el escenario, ahora con instrumentos solitarios, quietos, los camareros asisten la sed de las mesas, la gente aprovechaba para dejar de murmurar las conversaciones atrasadas de la semana o para escudriñar hacia el otro lado del local buscando alguna mirada encontradiza.
La noche en su momento de máxima luz en el club, cuando el humo ha teñido de onírico el ambiente y, como en un sueño, en aquel instante, alguien enciende su cigarrillo mientras, acercándose a su oído, sin que ella casi lo viera, le susurra: "El tipo de aquella mesa dice que la conoce".
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–¿Y…? ¿qué pretende con eso?
–Aquel hombre le pide, por favor, que le acompañe a su mesa un momento.
–¿Y qué quiere? ¿Cómo se llama? Seguro que me confunde con alguien. ¿Quién es? ¿Y usted? ¿Me conoce?
–Él se llama Peter, y seguro le dirá todo lo que quiera saber, señora Wright.
–Sabe mi nombre. Y usted ¿cómo se llama?
–Sra. Wright si quiere ir, vaya, pero no me haga preguntas.
–No entiendo nada, su actitud es muy intrigante pero parece que no obtendré mucho. En fin, está bien, iré y no le haré más preguntas. Pero sólo porque tengo curiosidad en saber quién es ese tal Peter que dice conocerme. Y tan sólo mientras dure el descanso.
–Bien, gracias. Está allí, en el rincón de la izquierda, aquélla, la única que tiene apagada la vela de la mesa.
–¿Viene usted?
–No, disculpe.
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–¿Peter?
–Sí. Por favor, siéntese, la estaba esperando… Tranquila, no pasa nada. ¿Quiere un cigarrillo? ¿Una copa?
–No gracias, acabo de apagarlo. Y sí, un Martini. Me ha dicho su amigo que usted me conocía y que quería que yo viniera a su mesa. ¿Y bien?
–Y bien, ¿qué?
–Que ¿qué quiere?
–No se acuerda de mí… señora Wright, ahora eres señora Wright, ¿no?
–Más o menos. Y no, no me acuerdo. ¿Quien era el tipo que vino a mi mesa?
–Ah! ese, no sé ni su nombre, porque dudo de que el que me ha dado sea el verdadero, sólo sé que es investigador privado, le pedí que la localizara, y ya está. ¡Vamos! Ángela no te acuerdas de mí, ¿ya olvidaste los años del barrio?
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–Su Martini señora Wright.
–Gracias, Ricky.
–No, lo siento.
–Soy Peter Ryan, el hermano pequeño de Charlie, te acuerdas de él. Los chicos del segundo D. Siempre jugabas con mi hermano y los demás en la calle.
–Ya me acuerdo… Así que tú eres ese mocoso que siempre quería jugar con los mayores… ¿cuántos años han pasado? Dios mío, éramos unos niños…
–Ángela, sí, ha pasado mucho tiempo, pero he de pedirte algo.
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–Vaya, vas al grano. Me parece bien. Dime ¿qué quieres?
–Ángela, ¿te acuerdas de aquella caja de lata en la que los chicos del barrio guardábamos las canicas?
–Sí, cómo olvidarla, yo me encargaba de custodiarla. Erais tan astutos y malos que yo era la única en la que confiabais para guardar las canicas del bote, no recuerdo bien porqué, era como la banca o algo así, ¿no?
–Y aquella caja ¿te la llevaste contigo a tu nueva casa en la 71?
–No, y ¿cómo sabes donde vivo? entiendo, el tipo ese. No me gusta que me vigilen ni que se metan en mis asuntos.
–Claro, no queríamos molestarte, pero no hemos tenido más remedio. ¿Comprendes?
–Quizá, ¿por qué?
–Mi hermano me ha ordenado encontrarla.
–Un momento,¿qué pasa aquí? primero un detective y después hablas de órdenes que te da tu hermano… ¿Para qué queréis la caja? En ella sólo había canicas.
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–Sabes bien que no es lo único que tenía la caja.
–Y eso cómo lo sabes. ¿Y para qué la queréis?
–Me lo ha dicho Charlie, quién si no. Ángela, de verdad, te lo pido por favor, no quieras saber más. Charlie y yo te pedimos una cosa, esa caja. Dentro de unos días nos encontraremos aquí. Nos la darás y te dejaremos en paz.
–¿Me queda alguna otra opción?, dime Peter.
–Creo que no.
–Hay un problema, debes saberlo. No sé donde está…
–Sí, ya, bueno, no creo que estés diciéndome la verdad, de todas formas estaremos en contacto, y una mujer como tú, con recursos, sabrá encontrarla –encendió un cigarrillo y un silencio; su gesto cambió–. Y hablando de otro tema… Así que te gusta el jazz. Dime, siempre vienes sola.
–Sí, no necesito a nadie más.
–Entiendo, vienes, te sientas en aquella mesa desde donde controlas todo el club, fumas, bebes, a veces algún tipo se acerca a ti, a veces se sienta, muchas lo echas…
–¿Has acabado? Me voy…
–Vamos Ángela, noto un poco de resquemor en tu forma de hablar. ¿No te fías de mí? No tienes por qué. Te lo juro. Yo te aprecio. Charlie te aprecia.
–¿Quieres dejar de hablar de Charlie como si fuera Dios? Hace más de veinte años que no lo veo. Y no entiendo qué pasa, pero aceptaré vuestra petición, en la medida de lo que os pueda ayudar, y sólo lo haré por olvidar el tema y porque parece que no tengo otra alternativa, ¿no? Me voy, ya ha terminado el descanso. Supongo que nos volveremos a ver, ya hablaremos.
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Se marchó muy erguida, despacio, paso a paso. Primero un zapato rojo y después el otro, marcando los puntos de una forzada línea recta sobre el suelo de mármol negro, reluciente, brillante. Por fin llegó a su mesa y cayó como una piedra sobre el cuero. Respiró profundamente, cerró los ojos. Se sintió pequeña ella sola en aquel gran asiento en forma de media luna. Los músicos volvían a colocarse en su sitio, se escuchaban acordes aislados. Paul, el contrabajista miró a Ángela, la observó como cada noche. Sola y bebida. Deseaba poder acercarse y sencillamente pedirle que se fuera con él a Europa, pero él sólo era un músico pobre que hacía versiones de los grandes del jazz en un club de mala muerte llamado Dream.
Un sobresalto, un vaso que se estrellaba contra el suelo, sacó a Ángela de su ensueño etílico. Abrió los ojos. Los chicos ya empiezan, se dijo. Pensó en su conversación con Peter y maldijo su mala suerte, esa que sabía le iba a complicar la vida. Era ya muy lista con eso, sabía de lejos cuando algo o alguien le iba a traer problemas. Charlie, maldito sea, era un estúpido niño engreído, un pillo con pocos escrúpulos que la engañaba cuando quería.
“Creo que Peter no se ha dado cuenta de mi estado, Ángela mañana ya no habrá martinis, ni vodkas, ni ginebras”, se recordó mientras escuchaba una fantástica versión del Take Five. “Qué buenos son estos chicos del Dream”.
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–Ricky apaga las luces de afuera, por favor. Por hoy el club Dream cierra sus puertas. ¡Vamos Paul! vete a casa, ¿a qué esperas?
–Buena pregunta John ¿a qué te refieres exactamente?, la madrugada te sienta bien sabes. Te veo muy guapo.
–Vamos, pensaba que estabas a punto pero no, estás borracho.
–¿Por qué no me pones una más? y me voy, te lo juro. Sigue Ángela en el sillón dormida.
–Sí, la ilustre y solitaria señora Wright sigue dormida en su sillón favorito. Pobre mujer, en el fondo me da pena. Ah, se me acaba de ocurrir, me tienes que hacer un favor Paul.
–Dime, qué quieres –contestó alargando las sílabas.
–¿Por qué no la llevas a casa Paul? Suelo hacerlo normalmente. Me harías ese favor, es que hoy tengo mucha prisa. ¿Sabes? me espera un bomboncito impaciente.
–Ah! es usted un pillín. Pero lo siento, no conozco a Ángela lo suficiente. No podría, no podría, no siento, lo siento –su cabeza oscilaba con sus lentas palabras.
–Pero si ella ni se enterará. Vive muy cerca, ahí en la 71, yo te pago el taxi. A ti también te vendría bien salir de aquí, irte ya. Desde que terminaste la actuación con los chicos no te has despegado de la barra… y eso no te conviene…
–Está bien, está bien John, la llevaré, pero no me cuentes rollos por favor que no son horas. ¿Y de qué te ríes?
–Gracias Paul, eres un buen tío, además de un buen contrabajo. Mañana nos vemos, yo me voy ya. Ricky no dejes de comprobar que todo queda bien cerrado, revisa los baños y apaga todas las luces. ¡Y echa a estos dos!
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–¡Buenas noches Ángela! ¿Qué tal pasaste el día?
–¡Hola Johnny! Podría haber sido infinitamente mejor, ¿Y tú? Estás muy contento, ¿A qué se debe?
–¡Ay! encanto, es que el amor ha llamado a mi puerta varias veces en la noche pasada…
–Ahora entiendo esa cara de bobalicón que traes. Por cierto, gracias por llevarme a casa anoche, lo siento mucho, no volverá a pasar, la última vez te lo juro. De verdad, muchas gracias, te debo una.
–¿Ni te enteraste?
–¿De qué?
–¡Pues si que estabas mal encanto! Que no fui yo quien te llevó a casa. Fue Paul. Lo siento, me fue imposible, tenía prisa.
–Paul, ¿qué Paul? ¡Estás loco! ¿Podría haberme pasado cualquier cosa?
–No mujer, tranquila, Paul es inofensivo, y de confianza.
–Pero ¿qué Paul?
–¡Paul! –repitió arqueando las cejas– el contrabajo de los chicos Dream.
–¡Ay! Dios mío, te voy a matar. Qué vergüenza. ¡Ponme un bloodymery anda! ¡Dios mío qué vergüenza! Johnny recuérdame que luego te mate. Paul, ¿el contrabajista?
–Note preocupes, no pasa nada.
–¿Ha venido? ¿Está aquí? ¡Quieres dejar de reírte!
–Lo siento Ángela.
–Me quiero morir.
–Y no, aún no ha venido, debe de estar al caer.
–¡Basta ya! Cuando venga me lo mandas a la mesa, por favor.
–Claro mujer. Oye y perdona, ¡eh!
–No, si la culpa es sólo mía.
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Su asiento favorito en el club estaba vacío. "Una buena noticia por lo menos. Claro que es muy pronto todavía. A penas hay gente, los músicos parece que aún no han llegado. Porque… espero que haya actuación… ¿qué día será hoy? qué cabeza tengo. Y ¿cuándo quedé con Peter? Es un fastidio, seguro que todo se complica. Si yo sólo quiero ser feliz, aquí en mi club, feliz, aquí en el mejor lugar del mundo para huir. Antes también era feliz, pero en ningún momento me he arrepentido de la decisión que tomé. De lo único que me arrepiento es de las copas que me pueda tomar de más cada noche. Eso es lo único de lo que me puedo arrepentir cada día. Además, dentro de poco ya no recordaré nada, ni a nadie".
Se dio cuenta de que no paraba de mover la pierna derecha, así que las cruzó. Estaba muy nerviosa sin saber por qué. Apoyó los codos en la mesa y se encendió un cigarrillo. Notaba cómo le ajustaba demasiado el vestido negro en el pecho, le costaba respirar. Pero le gustaba mucho ese vestido ajustado en el talle y con finos tirantes.
Observó a su alrededor. Llegaban grupos de chicas y chicos jóvenes, muy animados, con alegres conversaciones y los ojos llenos de expectativas sobre esa noche, sobre la vida. Les ponía nombres, Edgard, Eve, Pam, Christopher, Sam… A muchos los conocía de vista, con otros había hablado en alguna ocasión. Eran en su mayoría estudiantes, hijos de familias de clases medias. Le caían muy bien, animaban mucho el club y lo hacían más moderno y desenfadado. Le encantaba esa juventud, quizá porque ella de joven nunca se había sentido así, los envidiaba desde una tierna distancia, la distancia de los años, tampoco tantos.
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–Señora Wright, disculpe. Tiene una llamada de teléfono. Un tal señor Ryan.
–Gracias Ricky, pero dile al señor Ryan que no estoy. Que acabo de salir y no sabes si volveré.
–De acuerdo señora Wright.
La noche parecía animarse poco a poco y Ángela había espantado sus pensamientos con sus aficiones favoritas, beber y observar al público que venía a escuchar a los chicos del Dream Jazz Club.
Acodado en la barra estaba Smith, un gordinflón que cada noche se sentaba en el mismo lugar, en el lado más cercano al escenario. Tomaba siempre lo mismo y apenas hablaba con nadie. A Ángela le producía sentimientos encontrados, por un lado le ponían muy nerviosa esos ojos de búho que no perdían detalle ni aún estando borracho, por lo que a veces le producía cierto desprecio pero, por otro lado, la cotidianidad de su presencia lo hacía muy familiar, y en cierto modo pensaba que, cada uno a su manera, tenían bastantes cosas en común. Nadie sabía su nombre así que los camareros del club, e incluso ella, lo llamaban Smith. Apodo por el que él contestaba sonriente, con ojos achinados sobre los redondos y brillantes mofletes.
Ángela se levantó y se dirigió al servicio en cuyo espejo se detuvo para retocarse los labios. Mientras sacaba de su minúsculo bolsito el lápiz de labios oyó cómo alguien lloraba desde el interior de uno de los aseos.
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Avanzó unos pasos hacia la puerta, despacio, sin querer hacer ruido, donde se detuvo, inmóvil y expectante a lo que pudiera escuchar. Sólo a alguien que lloraba. Y decidió llamar a la puerta.
–Perdona, ¿estás bien? ¿Necesitas algo? ¿Un vaso de agua?
–No, gracias, no se preocupe, estoy bien, lo siento.
–¿Qué sientes cielo? seguro que el desgraciado que te hace llorar así no lo siente.
–No… Bueno sí. Sí es por un hombre… pero no es un desgraciado, o no, no sé, no lo conozco, no sé, ya no sé nada – rompió a llorar de nuevo.
–Perdóname, no quiero meterme en tu vida, pero un hombre que hace desgraciada a una mujer es un desgraciado –y con sus propias palabras Ángela se echó a reír orgullosa de su sentencia y la joven a llorar de manera desamparada– ¡vamos! Por tu voz pareces muy joven y hay muchos hombres, tienes la ecuación perfecta ante ti. ¡No llores por favor! ¿Cómo te llamas?
–Camille
–¿francesa?
–¡Si! ¿Cómo lo sabe? –contestó de manera pueril.
–Anda, sal de ahí que te voy a invitar a una copa.
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–Ven, acompáñame, nos sentaremos en aquella mesa. Y deja de sollozar, pareces una niña. No querrás que la gente te vea llorando.
–No. Muchas gracias.
–Gracias por qué, ¿qué quieres tomar?
–Un refresco.
–¡Ricky! por favor, trae a la joven un gin-tonic. Así que te llamas Camille, eres francesa, y estás en un club de Nueva York llorando por un hombre.
–Sí. Aunque queda un poco raro escucharlo.
–Entiendo que sí, a mí también se me hace raro. Y dime ¿qué te ha hecho ese hombre malvado?
–Nada.
–¡Cómo que nada pequeña! ¿Qué quiere decir eso?
–Nada.
–Eso ya lo has dicho, pero qué quiere decir nada.
–Pues que no sabe que existo o si lo sabe no quiere saberlo.
–Por favor Camille no llores otra vez, que nos miran. Así que… sufres mal de amores.
–Sí. Lo conocí en París y he venido a Nueva York buscándole. Creo que esta noche me ha visto aquí y ni siquiera se ha inmutado.
–¿Has venido a Nueva York tras un tipo que no conoces pero del que estás enamorada, pero que él posiblemente no sepa ni que existes…?
–Sí, y ¿por qué es usted tan cruel?
–¿Cruel?, ¿quién? ¿yo?
–Sí con sus resúmenes. No ve que me duelen… y ahora ¿de qué se ríe?
Ángela bebió de su vaso y Camille la imitó bebiéndose de una vez el contenido del suyo. Ángela no podía parar de reír y Camille de sollozar. Pensó que quizá la podría ayudar, sí, eso la divertiría.
–Y dime, ¿estás sola aquí?
–Sí.
–Y ¿está aquí tu enamorado?
–Sí.
–Y ¿siempre dices sí a todo?
–Sí. Bueno, no. Por qué se ríe tanto, le parezco graciosa.
–Sí cariño, pero perdóname. Voy a ver si te puedo ayudar, ¿vale?
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Ángela llamó al camarero y pidió otras dos copas. De repente un silencio familiar las envolvió, tan sólo miraban. Permanecieron muy atentas a la actuación y a todo tipo de movimiento en el público. Entre ellas también se observaban pero disimuladamente. A Ángela le hacía mucha gracia aquella muchacha escuálida, blanca como una luna llena, de pelo rojizo y ojos azules. Le parecía salida de una pintura antigua, envuelta en un algo etéreo que se convertía en paradójico cuando se sabía lo ingenua que era o, sencillamente, lo impulsiva que se mostraba. Notó que la imitaba. Incluso se había puesto a fumar con pose cómica, impostando misterio en la mirada. Se encontraban a gusto juntas, la una intrigada y la otra divertida con su nueva compañía.
–¡Oh! ¡No!
–¿Qué pasa?
–Ahí, en la barra, ves ese tipo de traje negro, pelo engominado y cara de matón.
–¡Sí!
–Pues hace un momento me ha llamado por teléfono y le he dicho al camarero que le dijera que me había ido.
–¿Por qué?
–¡Camille! habla más bajo.
–¿Por qué? Si ya nos ha visto.
–Calla que viene. Camille tú oír, ver y callar, ¿de acuerdo?
–De acuerdo, pero ¿por qué?
–¡Ángela qué sorpresa!
–Hola Peter. Sí que te gusta el club, en dos días has venido dos veces…
–No tanto como a ti –sonrió falsamente.
–Mis intereses son otros.
–Ya, ya los conozco, el setenta por ciento de esto es tuyo, ¿no?
–¿Qué quieres?
–Nada mujer, tomar algo, escuchar música y contarte alguna cosilla. Quién es tu linda amiguita, ¿me la presentas?
–Hola, me llamo Camille.
–Camille, precioso nombre. ¿Francesa?
–¡Sí!, cómo lo sabe.
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–Camille, querida, ¿te importaría dejarnos solos un momento?
–No señora, en absoluto –pero se levantó y marchó con el ceño fruncido como lo hacen los niños pequeños cuando otros niños no les dejan jugar.
–¿Qué es eso que me quieres contar Peter?
–Pues, nada en especial, tan sólo saber cómo va nuestro negocio, ¿ya sabes dónde está?
–Aún no, no he tenido tiempo ni de pensar en ello.
–Ángela, pues ponte a ello, te lo ruego con mi mejor sonrisa.
–Todo un seductor. Ten paciencia, pero no me agobies, es más, de momento, olvídate de mí.
–Sabes que no puedo. Te crees que somos tontos o es que nos quieres tomar el pelo. Mira Ángela, Charlie sale el miércoles 25 del penal…
–Buen día para salir de la cárcel sí señor, el día de Navidad –intentó suavizar el ambiente con esta tontería, calmar una tensión que le agarrotaba el cuello.
–Estoy hablando en serio y tu actitud no me gusta Ángela. Sé que sabes todo lo que hay que saber de esa caja, así que… por favor, colabora.
–¿Qué día es hoy?
–Hoy es doce de diciembre. No sé qué habrás hecho con esa caja, pero sabías que tarde o temprano Charlie te la reclamaría. El día 23 vendré aquí y me la darás, tal y como estaba, con la canicas y lo que no son canicas.
Ángela no dijo nada, sólo asintió con la cabeza.
–Una última cosa… ¿te has enterado de lo de los hijos de la señora Allen? –dijo Peter sin dar importancia a sus palabras.
–No, ¿qué ha pasado?
–Consiguieron reabrir la investigación de la muerte de su madre. Sí, casi treinta años después.
–No lo sabía. ¿Es importante?
–Eso te dejo que lo valores tú. Te acuerdas de ellos, de los Allen.
–No, eran más pequeños que nosotros, creo.
–Uno de ellos está desaparecido, nunca lo hemos visto. Yo conocía al mayor, a Marcus, que, por cierto, ha muerto.
–¿Cómo ha sido?
Pero Peter no dijo nada más, torció el labio y miró a los ojos a Ángela, después le guiñó un ojo y se fue. Observó como aquella espalda enorme se alejaba mientras apuraba su copa. Quería comprobar que salía del club, pero a la altura de la barra, justo donde estaba Camille, se paró para decirle algo al oído a la joven.
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Comenzaba el batería, algo suave y constante, girando la baqueta sobre la caja; después el piano y el saxo a la vez que el contrabajo. Como locos cada uno a lo suyo pero bajo una armonía privada.
Ángela estaba inmóvil, escuchando pero con la mirada perdida. Tenía que pensar y rápido. Los pensamientos de futuro se le mezclaban con recuerdos de la infancia, con los extraños sucesos de aquella primavera cuando Charlie se coló en su habitación por la escalera de incendios. Evocar aquella tarde le producía angustia, como si ella misma fuera cómplice de aquel crimen, no entendía por qué.
Su mirada estaba perdida, no veía, todo estaba oscuro, una oscuridad llena de ruido, ruido de la gente y del grupo al que ahora escuchaba de manera distorsionada y caótica, hasta que cesó. Y en ese momento se sorprendió mirando a Paul el contrabajista que la observaba con una tímida sonrisa de preocupación. Con este choque de miradas Ángela salió de su trance y decidió salir a tomar el aire.
–Johnny, si alguien pregunta por mí di que he salido un momento pero volveré, ¿vale?
–De acuerdo.
La calle aún estaba mojada pero no llovía. A Ángela le gustaba cómo se reflejaban las luces en el asfalto y el sonido de los coches que circulaban despacio y el olor a mojado y esa humedad gélida en la cara.
Se subió el cuello del abrigo y decidió caminar un rato, sin rumbo y sin prisa. Apenas podía pensar pero tenía que hacerlo, se obligaba pero no podía, estaba paralizada. Quería poder decidir qué hacer, si debía entregar o no aquella caja. Miraba de forma mecánica algunos escaparates, una sombrerería, una licorería aún abierta y una juguetería donde se detuvo hipnotizada por los pequeños joyeros de juguete. Entonces decidió parar un taxi.
–¿A dónde vamos, señora?
–A la calle 71. Podría darse prisa.
–¡Claro! es fácil, apenas hay tráfico a esta hora.
Parecía que el taxista tenía ganas de hablar pero Ángela se refugió en el silencio del que observa hacia el otro lado de la ventanilla. Su preocupación le hacía tararear mentalmente y sin parar una canción de la Fitzgerald.
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Cuando el taxi paró ya había comenzado a llover de nuevo. Ángela salió del automóvil cubriéndose la cabeza con el pequeño bolso mientras sostenía el abrigo de piel en la otra mano para que no se le mojara. Sacó las llaves del bolso al tacto pero cuando ya estaban fuera se le cayeron al suelo. Al recogerlas se dio cuenta de que había alguien desde la cabina de teléfono que la observaba. Recogió las llaves y corrió hacia el portal dando pasitos cortos y rápidos. Subió las escaleras, abrió la pesada puerta y esperó en la oscuridad. La lluvia sonaba cansada, lo mismo que los pasos que se acercaban a la puerta que al abrirse sonó con un chasquido.
–¿Tiene fuego?
–Hola, señora Wright.
–Le conozco ¿verdad? Usted es el tipo de ayer. Pero no sé su nombre. ¿Qué quiere? ¿Me ha seguido o me esperaba?
–La esperaba.
–¿Debería asustarme?
–Intuye que no, y acierta.
–Vaya, soy un libro abierto. ¿Quiere subir?
–Sí.
–Y a cambio ¿qué consigo?
–Mi protección, mi confidencialidad y mi nombre, si desea.
–Son muchas cosas por sólo una copa.
–No se preocupe señora Wright.
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Subieron en el ascensor, en silencio, casi sin mirarse, respirando despacio por no hacer ruido, expectantes, cohibidos. Por fin llegó a la tercera planta. Justo enfrente se encontraba la puerta de
su apartamento. Ángela introdujo la llave y la giró lentamente. Abrió y descubrió con espanto que todo estaba desordenado, tirado, roto.
–¡Oh! Dios mío! ¿qué ha pasado aquí? –y cogiendo el cuello de un jarrón roto se desplomó sobre el sofá que presidía el salón– está todo revuelto.
–¿Se han llevado algo? Tranquila señora Wright.
–Habrá sido Peter o alguien de los suyos. ¡Tú! ¿Cuánto tiempo llevabas ahí abajo? ¿Has visto algo? ¿Tu eres el detective de Peter? ¿No? ¿lo has visto a él o a alguno de los suyos? ¡Tengo que revisar todo! Y se puede saber ¿por qué me esperabas? Dímelo ya. Me vais a volver loca.¿Quieres hacer el favor de decirme quién eres?
Mientras esperaba una respuesta, Ángela le ordenó que la esperara allí quieto, y fue a su habitación con una silla en la mano. Se subió a ella y, abriendo un lateral del tambor de las persiana, metió la mano para comprobar que no habían encontrado la caja.
–Aquí está. Aquí está, aquí está… Ponme un whisky y después dime ¡quien coño eres! –gritó desde la habitación.
–En realidad no soy detective, aunque Peter lo crea así. Y preferiría que no lo supiera. No soy detective pero sí estoy investigando un asesinato. El asesinato de mi madre. –le dijo muy serio a Ángela justo cuando entraba en el salón. Tenga, aquí tiene su whisky.
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Ángela sintió que un sudor frío le empapaba la espalda, necesitaba recapacitar pero las cosas cada vez se complicaban más. Estaba allí, en el sofá de su casa, como si la hubieran dado una paliza. Intentó pensar, mientras su mirada quedaba perdida.
–Así que eres el otro Allen. No hace falta que me digas más. Sólo voy a decirte una cosa, ni Peter ni Charlie mataron a tu madre. En aquel entonces aún no eran unos asesinos.
–Es posible que tengas razón. Pero sí tienen que ver con la muerte de mi hermano Marcus, de eso no dudo, y van a pagar por ello. Además, ¿por qué no les interesaba que se abriera el caso de mi madre? Ni te imaginas las trabas que, desde la sombra, han puesto. ¿Por qué los proteges?
–Sólo los temo. Ahora debo volver al club. No sé si me interesa saber más. ¿Qué quieres de mi?
–¿Qué quieren ellos de ti? ¿Por qué te buscan? ¿Por qué han registrado tu apartamento Ángela?
–Vivíamos en la misma casa, como tú. Supongo que tenían curiosidad por saber qué tal me iba la vida.
–¿Tengo cara de creer eso?
–Debo volver al club, debemos irnos, lo siento.
–Soy bueno averiguando cosas, no te preocupes.
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Marzo-abril 2008 ©