La conocí jugando al póker en el bar en el que me había dejado los mejores años de mi vida. Todo lo bueno que puedo recordar tiene el aroma de aquella barra mohosa bañada de aguardiente y el crujido del serrín bajo mis pies, como una metáfora de la fragilidad de cada paso.
Aquella noche no tenía plan, así que había decidido beber algo en mi cuarto del hostal y masturbarme ojeando una vieja revista de zorras ajadas que guardaba como único recuerdo de mi padre. Las tetas fláccidas de un puñado de cuarentonas mal pintadas ya no me evocaban al cerdo que pegaba a mi madre ni a las marcas de la hebilla de su cinturón en mi culito pelado y rosa. Eran sólo eso, por fin, tetas fláccidas y, a falta de la decisión de renovar mi material porno, el alimento de mis tejidos cavernosos.
Al entrar en la cantina noté más revuelo de lo normal, aunque no por eso rompí la rutina acostumbrada, línea recta hasta la barra, mi banqueta habitual, de frente al espejo en el que podía observar el revólver de mi amigo Zupo, bien prieto entre el cinturón y la espalda, mientras me servía de un tirón tres vasos de whisky.
Ha sido así los últimos tiempos, al menos lo que alcanzo a recordar. El Zupo y yo, las más de las veces solos bajo una lámpara verde descolgada hasta nuestras cabezas, poniendo sordina a los malos tragos de los días entre semana, celebrando el rítmico trasiego de los sábados y la quietud amarilla de los domingos, vengando, cuando era justo, las humillaciones soeces que los rondadores nocturnos infligían a las dos o tres morenas con las que aún podíamos soñar. Le he visto destrozar la culata en tantos cráneos ebrios que me he insensibilizado a la sangre y al golpe sordo de un cuerpo desplomado. Pero, que yo recuerde, jamás le había visto antes disparar una sola bala.
La vi en la mesa del fondo, desplumando a tres pardillos con aires de tahur, impertérrita ante la mirada lasciva de curiosos que seguían sus manos sin seguirlas, situándolas mentalmente sobre su paquete o dentro de su bragueta, al tiempo que vaciaba sin pestañear una copa de whisky con hielo.
Entre mano y mano se quedaba mirando al resto de jugadores, sonriendo con superioridad, o encendía un cigarro para inundar la mesa con una calada larga y paciente. Así me miró por primera vez y, en la humareda que avanzaba directa hacia mí, pude contemplar mi futuro. Y supe que estaba perdido.
Cinco años atrás había estado desesperadamente enamorado de una mujer tan vulgar como hermosa. Apenas hablaba y dudo que si lo hiciese pudiese decir algo interesante. Ella me quería, al principio, y no le importaba dormir en las viejas literas de mi minúsculo apartamento. Yo dormía debajo y, en los minutos previos al sueño, la agarraba de la mano que dejaba colgando, para mantenernos unidos hasta cerrar los ojos. Una mañana desapareció con mi tocadiscos y dos corbatas que no había estrenado. No tocó mi cartera ni revolvió los cajones en los que guardaba los 100.000 dólares que me dejó mi madre al morir. Simplemente se esfumó dejando una neblina gemela a la que llegaba de la mesa del fondo.
Cuando Zupo bajó la verja hasta la mitad la gente fue desapareciendo del bar. Primero los mirones, y después aquellos que habían terminado su copa y hacían tiempo para retrasar la llegada a casa o no tener que deambular por las calles húmedas antes de entrar a trabajar.
Yo me quedé sentado en la barra, esperando como siempre a que todo se vaciase, y escuché por detrás una voz suave que me pedía un cigarrillo y fuego con que encenderlo. Claro que yo sabía que estaba perfectamente surtida, pero acepté el lance consciente de que saldríamos juntos de allí y que al día siguiente tomaríamos la primera taza de café entre la resaca y el silencio.
Nunca me ha dado miedo arrastrar al hostal a una mujer borracha. Quizá porque yo también suelo estarlo o quizá porque la vida se ha convertido en una especie de molino que el agua agita sin pasión, en un devenir de horas largas y pausadas sin más expectativas que ir cubriendo el calendario. Intento retrasar todo lo posible, y evitarlo si puedo, conocer su nombre o cualquier detalle de su vida, Lo confío todo a su sostén y al olor de su pubis. Es toda la información que necesito. No considero una desventaja que sepan por la prensa si toco aquí o allí o si he vuelto a vomitar después de un largo solo. Supongo que algunas esperan a ver el saxo colgado en la entrada para confirmar que soy quien intuyen.
Hicimos el amor, aunque en principio yo sólo pensaba follar, y las primeras luces de la mañana se reflejaron en el sudor de nuestras espaldas antes todavía de que nos tomásemos un respiro. La modorra me abrazó mansa pegado a sus labios violetas. Los párpados caían imparables cuando ella se destapó y salió de la cama. El ruido de los cajones de la cómoda no pudo mantenerme despierto y caí en una bruma dulce de licor y ensoñaciones de felicidad repentina y fugaz. Al abrir los ojos era más de mediodía y por un momento temí haber sido abandonado furtivamente de nuevo. Entonces la vi en el umbral de la puerta, vestida y hermosa, sujetando en una mano un cigarro y en la otra una bolsa de cuero cerrada con cremallera.
La amistad es una puta. Puedes encontrarla casi en cualquier lugar y ataviada con ropas de lo más variopintas. Te hará creer lo que quieres y puede colmarte de satisfacción. Pero acaba siempre por cobrarte. Sí, la amistad es una puta. Por eso no me extrañó ver a Zupo aparecer por detrás de ella, el rostro sereno y concienzudo de quien sabe qué debe hacer. Creo que me alegré de que fuese él quien buscase en la parte de atrás del cinto un revólver que nunca había sido disparado.
Sentí el tiro penetrarme el costado y atravesar de lado a lado mi estómago como un tren que supera un túnel, dejando a su paso un reguero de volutas negras y calientes. A través de la nube de pólvora que escupía el cañón los vi girarse lentamente y salir sin hacer ruido. En los minutos que aún me restaban no intenté si quiera moverme. Me quedé mirando al techo, redibujando sus curvas en mi mente, buscando los restos de su olor en las sábanas. Aunque sabía que precipitaría mi muerte, no pude evitar reir con una gran carcajada: me iba a apagar sin saber cómo demonios se llamaba.
Marzo-abril 2008 ©