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Pier Paolo Pasolini, Paul McCartney
y la conciencia del principio del fin en 1968



Por Jordi Corominas i Julián

Para muchos, ese ya lejano 1968 tuvo sus hechos más destacados en Francia a lo largo del mes de mayo. La potencia y el romanticismo de París ganaron la batalla del recuerdo en el año de la turbulencia, del duelo burgués entre padres e hijos, enfrentamiento generacional que consumó, odiosa palabra, la victoria del capitalismo entre lemas idealistas, flores marchitas, cargas policiales, banderas comunistas y largas melenas reconvertidas mediante el paso del tiempo en trajes de etiqueta y mala educación para perpetuar el poder de los antiguos estudiantes cargados de fervor revolucionario.

Pese a que el lector calidoscópico puede notar familiaridad por cierta obsesión itálica del que escribe, no digo ninguna barbaridad si afirmo que el 68 más interesante fue el transalpino, entre otras cosas porque su onda expansiva fue avasalladora y se perpetuó hasta una década más tarde con nuevos movimientos estudiantiles y las rotundas consecuencias de la incomprensión entre lo viejo y lo nuevo en la izquierda. No es casual que el ciclo se cierre con el asesinato de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas, grupo terrorista que de no ser por lo movido del tan cacareado año, y las indudables influencias de fetiches como el Che y el idealismo emanado desde Sudamérica, quizá ni hubiese visto la luz de la Historia, de la que fue protagonista, permítanme la osadía, en lo bueno, su primera fase desprovista de sangre, y en lo malo, con su estación de terror a la carta en el momento de golpear directamente al corazón del Estado.

Situémonos en el contexto de la incomprensión. El primer día de marzo de 1968 un extraño magma de estudiantes universitarios intentó reconquistar la facultad de Arquitectura de la Sapienza, situada en la romana Valle Giulia. El hecho en sí revestía interés a nivel sociológico. El Estado del Bienestar europeo permitió que a lo largo de la década de los sesenta se multiplicara espectacularmente el número de universitarios en Europa, crecimiento que escondía, aunque es fácil verlo por la perspectiva histórica de la que disponemos, un fenómeno más preocupante: la homologación de la Humanidad. Nunca negaremos lo positivo de permitir a muchas personas desarrollar sus inquietudes y ampliarlas, pero la masificación de la universidad implicaba un indudable desarrollo económico, un triunfo de la burguesía en su intento por eliminar barreras sociales y lograr imponer su pensamiento e ideología a las nuevas generaciones, quienes, parte de la protesta nace bajo la estela de esa premisa, al instalarse en las aulas académicas comprobaron como lo que se les ofrecía era un estilo pedagógico anquilosado y de rancio olor fascistoide.
Aún así la clave de esos enfrentamientos según Pier Paolo Pasolini era notar un aire de guerra civil que poco tenía que ver con la lucha de clases, sino con la frustración de la juventud caprichosa por querer más y más, triste consecuencia de los primeros síntomas del consumismo triunfal, y afrontar un duelo generacional que cambiara el país heredado de los padres, quienes hicieron la resistencia para luchar contra el fascismo y posteriormente se vendieron al dólar americano, al que sucumbieron aceptando sin aceptar que eran una colonia más en la que el adorado PCI no tenía posibilidad alguna de gobernar, como por otra parte ha demostrado una información reciente que muestra como en caso de victoria comunista en 1976 americanos e ingleses no hubiesen dudado en montar un golpe de Estado en suelo italiano al estilo del que terminó con la ilusión allendista en Chile. Los jóvenes ni aceptaban el legado paterno ni buscaban cambiar el mundo en sentido global: se movían por interés bajo la fértil máscara de la supuesta revolución.

Es muy importante entender que la historia la escriben los vencedores, aunque sean derrotados sobre el terreno. El papel adquiere valor cuando sirve para transmitir ciertas ideas. El 68 lo han escrito los otrora jóvenes barbudos con pantalones de pitillo y, como es natural, su crónica ha sido el relato de una ilusión transformadora que los nuevos jóvenes hemos creído hasta cierto punto. Quien no la creyó en absoluto fue un profeta, un hombre fuera de su tiempo que dio en el clavo al ver en la rebelión otra forma de imposición burguesa. Pier Paolo Pasolini nunca se mordió la lengua. Quizá por eso murió en ese descampado de la periferia romana. Quizá. Tenía geniales intuiciones y las soltaba. Cargaba contra todo y todos. Era lo que se conocía, ahora que no se les deja hablar o han desaparecido, como un intelectual incómodo y trató los hechos de marzo con mordacidad letal escribiendo su poesia Il PCI ai giovani. En ella, la encontrarán traducida al final del texto, el poeta de Le ceneri di Gramsci ataca sin piedad a los estudiantes. Los llama hijos de papá, prepotentes y defiende a los policías por ser hijos de pobres que no han tenido la sacra posibilidad de estudiar sin preocupaciones económicas. Pasolini no era ignorante de la realidad social. Desde su llegada a Roma en 1950 sufrió un enamoramiento estético de la periferia que evolucionó hacia la reflexión de la injusticia de encontrar un tercer mundo europeo en la capital del cristianismo, donde ese universo subdesarrollado fue durante algunos años un reducto de ingenuidad primigenia. Los jóvenes de borgata terminarían homologándose, pero en 1968 aún no padecían las supuestas condiciones benéficas del orden pequeño burgués, por eso endosaban la divisa policial como única solución para escapar de la extrema pobreza y ganar cuarenta mil liras. Integrarse en la estructura para sobrevivir. Esa era la realidad. No podían transformarla y tuvieron que aceptar ser, en parte, la guardia de corps del régimen democristiano, que impedía su crecimiento individual y colectivo. Pasolini termina su alegato lírico con versos donde expresa sin tapujos la verdad, su verdad: ¿Si queréis amor y paz por qué no dais flores a los policías?

pier paolo pasolini

La visión ecuménica de Pasolini, fruto de su inconsciente cristiano campesino, se puede matizar en muchos aspectos. Aquellos jóvenes no tenían otra opción. Si querían recuperar la universidad la lucha era necesaria, pero eso no excluye que el poeta tuviese razón, y mucha, al mencionar que su intento guerrero tenía poco de ideología y mucho de frustración del que quiere abarcar mucho y, de momento, poco aprieta. El consumismo lleva a la impaciencia por obtener todo deprisa y corriendo y anula la ideología, que suele convertirse en excusa para afrontar las contiendas. ¿Nuevo Comunismo? ¿Jóvenes con ideales? Sí, pero convendría no dejarse ofuscar por la mitología del pasado y analizarla como hizo Pasolini, desde una óptica social que critique de manera constructiva. No es oro todo lo que reluce, y menos aún si hablamos de una época convulsa donde es demasiado sencillo posicionarse con lo que parece justo y necesario. Tenía que existir una rebelión y curiosamente en los sesenta los logros de la misma no nadan por las aguas del 68, sino en la labor de los primeros años de la década, cuando el hombre alcanzó méritos indiscutibles que permitieron mayor igualdad entre sexos, ruptura de convenciones estéticas, auge del pacifismo ante el miedo nuclear, progreso tecnológico y liberalización de las costumbres, fallida por caer en el exceso y no ser comprendida desde una óptica de término medio, postura que llevó al mismo Pasolini a abjurar de su espléndida trilogía de la vida, compuesta por el Decameron, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches. Teorema tiene la clave para entender lo sucedido: el ángel sexual Terence Stamp desaloja la casa burguesa, que sin embargo se mantiene en pie. ¿De qué sirve desalojar a sus habitantes si la estructura que los acoge queda indemne?

La parte política, el cambio en el que tanto insistían, se llevaba a cabo desde las instancias capacitadas para el análisis. De no ser así no se puede entender por qué el PCI, condenó sin ambigüedades la acción soviética en Praga. La parte más representativa del Comunismo europeo intentaba volar libre del padre fundador.

Pasolini como profeta y los Beatles erigidos en verdaderos revolucionarios. No voy a alargarme con los cuatro fantásticos. Mejores plumas hay, y con más conocimientos sobre su trayectoria, para hablar de los de Liverpool. Aún así me llama la atención que unos chicos de clase obrera llegaran a transformar parte de la mentalidad planetaria con sus canciones. En 1968 la banda se encontraba cerca del principio del fin. Los egos chocaban, los intereses variaban y el paso de ser grupo a empresa afectaba la relación de los componentes del conjunto musical más importante de la Historia del siglo XX. Un buen día Paul McCartney escuchó con atención   I can see for miles de The Who; la crítica la definía salvaje y el Mozart inglés decidió que valía la pena intentar componer una canción de ritmo trepidante. Así surgió Helter Skelter, que en su primera versión, aún inédita para el gran público, duraba veintisiete minutos. Lo importante de la idea es su concepción. Helter Skelter es un mixto entre tobogán en espiral y montaña rusa que normalmente se ubica en los parques de atracciones de Inglaterra. El ritmo del tema de McCartney es veloz, contundente, estridente, duro y enfadado, dándole trascendencia al conjunto, que sin esta brillante idea desilusionaría, pues la canción narra una especie de viaje alucinógeno por el tobogán. El músico británico logró convertir un mero acto cotidiano a partir de su sapiencia musical. Podrán pensar que no digo nada nuevo. Lo importante es comprobar como el hecho banal se convierte en trascendente a través del arte de la creación. Quizá sin quererlo Macca traspasó fronteras y se equiparó con los mejores narradores de la realidad, aquellos que tienen la virtud de mostrar como el detalle, las pequeñas cosas de la existencia tienen la misma importancia que cualquier acontecimiento histórico de gran magnitud y relevancia. Subir a un tobogán, robar una bicicleta, perder un tren u orinar por la calle a veces son acciones más interesantes que tirar una bomba atómica u organizar conspiraciones.

La verdadera esencia del cambio consiste en entender estos fenómenos, bastante más decisivos que los gritos sin solución de continuidad de unos estudiantes que después, por mucho que vendan otra cosa, se traicionaron a sí mismos. McCartney entendió que la posibilidad auténtica de cambio radicaba en alterar la realidad con sus dones, darle sentido concreto, jugar con sus infinitas opciones rindiéndole honores. Esa fue la única imaginación al poder de 1968, saber de las virtudes para mostrar con música una determinada concepción del poder del yo subjetivo, expresión redundante y necesaria. Que después Charles Manson mostrara no entender el mensaje es negativo, aunque también lo es que los jóvenes de Valle Giulia atacaran a los policías por identificar el uniforme con el antiguo fascismo, donde la divisa la llevaban los poderosos y los pobres engañados que sucumbieron a la fascinación del poder.

Han pasado cuarenta años y lo más triste, permítanme derramar una lágrima de tinta nada gratuita, es que ambos ideales murieron. Lo comercial venció, la magia de alterar el orden establecido pasó a mejor vida y la estructura anuló la opción del pensamiento crítico y regenerador en pos de incrementar el desorden alienador en un ser humano desdichado que sigue a la deriva por evitar el entendimiento de la igualdad positiva. Quizá las supuestas crisis económicas, ahora que está de moda alarmarse, se deban a un inextinguible deseo de posesión que ha sepultado el antiguo sueño humano de ilusionarse con reformas basadas en construcciones racionales.

 

 

IL PCI AI GIOVANI

PIER PAOLO PASOLINI

Es triste. La polémica contra

el PCI se hacía la primera mitad

de la década pasada. Llegáis tarde, hijos.

Y no tiene ninguna importancia si entonces aún no habíais nacido...

Ahora los periodistas de todo el mundo ( también

los de la televisión).

os lamen (como creo que aún se dice en el lenguaje

de la Universidad), el culo. Yo no, amigos.

Tenéis caras de hijos de papá.

Buena raza no miente.

Tenéis el mismo ojo malvado.

Sois miedosos, inciertos, desesperados

(muy bien) pero también sabéis cómo ser

prepotentes, chantajistas y seguros:

prerrogativas pequeño burguesas, amigos.

¡Cuando ayer en Valle Giulia os habéis pegado

con los policías,

Yo simpatizaba con los policías!

Porque los policías son los hijos de los pobres.

Vienen de periferias, sean rurales o urbanas.

Por lo que me concierne, conozco bastante bien

su modus vivendi infantil y adolescente,

las preciosas mil liras, el padre aún chico

como consecuencia de la miseria, que no da autoridad.

La madre encallecida como un mozo de cuerda, o tierna,

por alguna enfermedad, como un pajarito;

Tantos hermanos, la casucha

entre los huertos con salvia roja (en terrenos

ajenos, lotizados); más pobres

en las cloacas; o apartamentos en grandes

bloques de pisos populares, etcétera, etcétera.

Mirad como los visten: como payasos, con ese tejido áspero que huele a rancho,

furriel y pueblo. Lo peor de todo, naturalmente,

es el estado psicológico en que los han dejado

(por cuarenta mil liras al mes)

sin más sonrisa,

sin más amistad con el mundo,

separados,

excluidos (en una exclusión sin igual)

humillados de la pérdida de la condición humana

por la de policías (ser odiados provoca odio).

Tienen veinte años, vuestra edad, queridos y queridas.

Obviamente, estamos de acuerdo en ir contra la institución policial,

pero tomadla contra la magistratura, ¡ya veréis!

Los chicos policía

a los que por sacra delincuencia (de electa tradición

                                                                 resurgimental)

de hijos de papá habéis bastoneado,

pertenecen a la otra clase social.

En Valle Giulia, ayer, tuvo lugar un fragmento

de lucha de clases: y vosotros, amigos (si bien de la parte

de la razón) erais los ricos.

Mientras los policías (que iban con la parte

equivocada) eran los pobres. ¡Bella victoria, por lo tanto,

la vuestra! En estos casos,

a los policías se les dan flores.


 

 

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