Por Anna María Iglesia Pagnotta
“La historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. Esto escribía Cervantes en su Don Quijote y esto es lo que hemos olvidado; hemos abandonado la historia y sus enseñanzas, de las cuales podríamos beneficiarnos: caen en saco roto. Los errores del pasado se cometen todavía hoy convirtiéndose en noticia un día tras otro. La historia nos advierte del porvenir, pero nuestra sociedad lo ignora.
En los últimos días el debate político entre el gobierno y la oposición se ha centrado en la ley de la memoria histórica que se ha votado, con el apoyo de la mayoría, en los últimos días. La crítica al gobierno es la de querer remover el pasado, de volver a abrir conflictos enterrados: me pregunto si de verdad lo están, ¿Por qué preocuparse? En una democracia sana, tratar sobre el pasado del propio país, sobre los acontecimientos más negros de la propia historia no debe ser un problema. Es un indicador de salud.

De todas maneras, no me interesa centrarme en el debate político que se transforma, en la mayoría de los casos, en una discusión dialéctica vacía de contenido. Lo que me interesa tratar en estas páginas es la resonancia social que tiene una posible recuperación de la memoria. Son las artes las que nos ofrecen el mejor testimonio de esta resonancia, en particular la literatura y el cine. Somos una democracia joven y esto se refleja en el poco cine sobre el franquismo y las atrocidades cometidas durante la dictadura, así como todavía son escasas las obras literarias –excluyo las obras históricas– dedicadas a este tema. Nuestras artes son el reflejo del debate político. Países cuya tradición democrática es más amplia han demostrado que recuperar el pasado mediante el cine o la literatura no es algo temible, sino la manera de hacer llegar a las nuevas generaciones episodios que no han vivido directamente.
Italia es un ejemplo a seguir puesto que, en los últimos años, su cinematografía ha dado diversas películas que abordan temas tan polémicos como la muerte de Pasolini (Un delitto italiano), el terrorismo rojo y negro (Buongiorno, notte) o la mafia (I cento passi; a todo esto no hay que olvidar la época neorrealista, en que los cineastas recreaban la realidad de la inmediata posguerra con claras alusiones a lo acaecido durante los cuatro años bélicos y de dictadura fascista.
Actualmente, una nueva cinematografía comienza a adentrarse en su historia más reciente, cuyos episodios son de los más cruentos de la Historia contemporánea. Me refiero a la cinematografía alemana que, en los último años, ha presentado películas que, no sólo han recibido el aplauso unánime de la crítica, sino que han sido alabadas por el coraje de recuperar de manera crítica el nazismo. Ante todo, es necesario subrayar como todavía hoy, sesenta años más tarde, en Alemania el nazismo es un tema que sobrecoge y avergüenza, el haber sido el país responsable de la mayor masacre de la humanidad todavía pesa en la mayoría de las conciencias de las nuevas generaciones, que intentan alejarse, como es lógico suponer, de aquellos hechos tan dramáticos.

Es necesario entender el sentimiento de culpa de la Alemania actual para comprender películas como El hundimiento (Olivier Hirschbiegel) y Sophie Scholl (Mark Rothemund). En la primera se recrean los últimos días de la guerra, antes de la definitiva entrada de los aliados en Berlín; lo más llamativo, y que a su vez levantó más polémica, fue la representación de Hitler como hombre; el personaje histórico se convertía en protagonista de la cinta y se humanizaba, describiendo de este modo a un loco exaltado con una débil salud. Lejos quedan las películas sobre el nazismo en las que Hitler aparecía tan sólo como referencia, mientras el sufrimiento de la gente, en particular del pueblo judío, y, por consiguiente, los campos de concentración eran el núcleo argumental de la cinta De hecho, cabe mencionar que las películas más recordadas sobre este periodo son producciones americanas que se centran, en la mayoría de los casos, en los campos de concentración. Por este motivo la importancia de estas nuevas películas alemanas es el de haber tratado su historia, poniendo un punto y a parte en la cinematografía a nivel mundial, en la que eran los directores de otros países los que trataban este tema. Ahora, conjuntamente a La lista de Schindler (Spielberg) o a La vida es bella (Benigni), tenemos El hundimiento o Sophie Scholl, que tratan desde una nueva perspectiva – la del país “culpable”- un mismo periodo. La última película citada –Sophie Scholl- trata de la resistencia alemana contra el nazismo, recupera el juicio y la condena a muerte de los miembros de la Weisse Rose.

Lo interesante de esta película es que desarrolla un tema muy poco tratado, o al menos en las cinematografías no alemanas; de hecho, fueron realizadas anteriormente otras dos películas y, casualmente, son dos producciones del país germánico –Die Weisse Rose (Michaels Verhoven) y Fünf letzte Tage (Percy Adlon)-, que he intentado conseguir con nulos resultados. Por lo que se refiere a las otras cinematografías, ninguna película había afrontado este tema. Se podría decir que la imagen que se nos ha dado ha sido siempre la de un país, Alemania, pasivo ante lo que sucedía.
El problema de la memoria es, por lo tanto, más complicado de lo que a primera vista parece. Por un lado algunos países, hasta hace poco, temían reproponer los momentos más oscuros de su historia - otros todavía lo temen-, por el otro, estos acontecimientos son tratados por las cinematografías- pues es el campo que abarcamos en este artículo- de otros países de manera parcial o, siendo más benévola, de manera no completa.
Es seguramente más fácil hablar de los errores de los demás: la cinematografía americana es un ejemplo de ello, pues todavía hoy el ataque con bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki es un tema eludido por los cineastas; en cambio, el ataque sobre Pearl Harbour o el desembarco en Normandía han sido llevados al cine en diversas ocasiones: desde la película Why we fight de Frank Kapra hasta Salvar al Soldado Ryan de Spielberg.

No quisiera terminar este artículo sin recordarles otras nuevas películas alemanas que recuperan también la historia de este país; me refiero a Good Bye, Lenin (Wolfgang Becker) y a la elogiadísima La vida de los otros (Florian Henckel). Ambas recrean la situación de la Republica Socialista Alemana: la primera reconstruye la transición hacía la definitiva unidad y, por lo tanto, del sistema comunista al capitalista, mientras la segunda se centra en el control ejercido por la Stasi contra los opositores del régimen. Siendo ambas películas dignas de alabanza a nivel cinematográfico, creo conveniente decir que, por lo que se refiere a la recuperación de la memoria histórica, no son tan representativas como las anteriormente citadas. La razón de esta frase, a lo mejor demasiado contundente, es que no es lo mismo hablar de un exterminio del cual el propio país se siente culpable, que de un estado de régimen comunista bajo el control de un tercer país, la URSS. Estamos siempre en lo mismo: una cosa es hablar desde dentro y otra desde fuera; una cosa es hacer autocrítica y otra es criticar a los otros.

El cine es entretenimiento y, por lo tanto, debe causar placer -diría Benjamín-, al mismo tiempo debe ser el resultado de la libertad creativa, así pues el cineasta debe ser y sentirse libre de contar aquello que desee y, por lo tanto, no debe sentir temor en el momento de afrontar cualquier tema, incluso aquellos que hacen referencia a los hechos más dolorosos y más controvertidos de la propia historia.