Naranjas para un rabo de toro
Leí en algún sitio que si una mujer sube al transporte público y se encuentra con que tiene varios asientos disponibles, elige de manera inconsciente aquel donde antes se ha sentado un hombre. Cuando puedo escoger donde arrimar mis nalgas, la silla suele tener un calor subversivo de deseo inodoro tatuado en mis recuerdos, que emergen cada vez que veo asientos libres. Sobre todo si me he puesto falda y no llevo medias. En el autobús que va a Ciempozuelos, a veces tengo suerte y viajo sentada. Lo raro es que la silla esté caliente. En la parada en la que me subo, la tercera, nadie se baja, y mucho menos tan tarde.
Aquella noche, como de costumbre, volvía harta de mi jefe. Nada más entrar en la oficina o, en cualquier caso, en cuanto él entrase por la puerta, yo debía alinear los cuadros que estaban tras su mesa y en los pasillos. Ayer fueron los cactus dispersos por las mesas para frenar el malaje de los equipos y mañana serán los bolígrafos verdes. Subí al autobús que va a Ciempozuelos y busqué un asiento libre para arrimar mi culo de pana. Avancé entre las filas y, sólo al final del pasillo, vi tres huecos: el primero junto a una mujer con cara de nuez y ojos como alcaparras; el segundo, junto a un viejo que respiraba como el motor cascado de un diesel; el tercero, junto a un hombre que apoyaba su cabeza en la ventanilla y que estaba a la misma altura que la mujer con alcaparras. Elegí a este hombre que llevaba vaqueros y una cazadora con colorines, de esas que venden en las tiendas de segunda mano, como mis noches. Mis noches no me molestan. Mis noches me dejan tranquila hasta que empiezo a soñar.
El hombre que apoyaba su cabeza en la ventana olía a sudor acumulado —y a aguarrás también—. Y allí, entre el asiento vacío de la mujer nuez y el hombre de colores, me quedé traspuesta al amparo de la penumbra. Además de que suelo volver a casa de noche, el conductor del autobús prescinde de las luces del interior en cuanto el auto arrancaba. Sólo las farolas de la carretera arrojaban su luminosidad acuosa e intermitente. Casi siempre me dormía en el trayecto. Dormir de camino a casa se ha convertido en una ducha en la que los residuos de mi jefe se precipitan por el desagüe. Cuando sueño, se me olvida que alineo los cuadros, que coloco los cactus, que he de encontrar bolígrafos, sobre todo verdes. En cuanto llego a casa, me despejo, canto a Molina a voz en grito, escribo cartas —que luego quemo en la cocina— a un ligue que me ignora. Cuando me encuentro diligente, me preparo un guiso de rabo de toro o una lasaña con espinacas, champiñones y especias; y eso ceno. Si me olvido de mi sueldo exiguo, del horario que violenta mi vigilia, puedo pintar diminutos lienzos con acuarela que luego almaceno en un cajón. También puedo masturbarme o, como mucho, quedar con alguna amiga —amigos pocos—. Pero en el metro o en el autobús, me limito a fantasear con que follo con ese ligue inmóvil, magullado, incapaz de recordar mis sueños.
Como siempre, me desperté en la parada de la estación. El autobús suele vaciarse entonces. Lo normal es que mi sentido arácnido me alerte de que diez minutos de trayecto restan para llegar a casa. Pero aquella noche me despertó un golpe seco: entre una y otra fila de asientos, mi cabeza colgaba hacia el pasillo, y el hombre que respiraba como un diesel pasó por mi lado volteándome la cabeza. Podría tener más cuidado, oiga. Pero no le dije nada. Casi todos los pasajeros se bajaron y, con ellos, sus bostezos, sus murmullos de naranjas secas, su inconsciencia antes de dejarse caer al mar. Además del hombre de la cazadora y yo, sólo estaban la señora alcaparra, en la fila de al lado, y el conductor. Me volví hacia ella. Despacio, como si me quisiera adiestrar, se limpió la boca, dejó de mirarme y se irguió en su asiento. Noté que la saliva me goteaba y, como buena marioneta, me senté bien erguida y me limpié la boca. Pero algo más que el diesel me había despertado. Las cosas calientes, los amigos calientes, las entidades calientes narcotizan mi sentido arácnido. La mano del hombre coloreado estaba apoyada en mi pierna. La retiró con sigilo, sin mirarme. Lo vi por el rabillo del ojo mientras insultaba mentalmente al diesel. También sentía el calor de su pierna pegada a mis rodillas, invadiendo mi terreno vital. Oye, éste es mi espacio, y éste, el tuyo. Pero tampoco dije nada. Solo miré por la ventanilla como si buscara una cornisa, una farola, una plaza que me indicase por dónde estábamos. Lo sabía perfectamente, pero, de todos modos, me dirigí al hombre de colores que, como si nada, seguía con la cabeza apoyada en la ventanilla. Sólo se escuchaba el motor del autobús y la noche de Ciempozuelos.
—¿Sabe usted por donde andamos?
El hombre me miraba fumándose el sí y el no, como si los chupara. Quizá no hablábamos el mismo idioma. Yo me había incorporado ligeramente, de modo que también, por el rabillo, podía ver a la mujer. Las alcaparras hendidas en mi hombro derecho se retiraron. Al volver a apoyarme en el asiento, me fijé por primera vez en los labios finos como cuchillas del hombre con vaqueros. ¿Había visto alguna vez aquella chaqueta? Me apoyé en el brazo derecho e incliné la cabeza hacia el mismo lado. El conductor, la señora seca, el hombre coloreado y yo. Cuatro parias abandonados a su suerte en la noche de Ciempozuelos.
El autobús subía la cuesta que rodea la estación. Con la curva, el cuerpo del hombre y mi cuerpo se inclinaron —hacia la izquierda primero, hacia la derecha después—, mecidos por el mar, ese de mentira, que sumerge a Ciempozuelos. Por eso me ahogo con cada ola, pensé, y mis noches me despiertan cuando sueño.
Acepto, me dije. Y me levanté a pesar de las alcaparras. Sentía sus ojos clavados ahora en las cervicales, pero me puse de pie en medio del pasillo, entre una y otra fila de asientos, y me dirigí de nuevo al hombre de los colores.
—¿Me deja usted sentarme dentro?
Señalé la ventanilla para hacerme entender. El hombre no dijo ni sí ni no, pero se levantó y me dejó pasar. Me entendía. Entonces hice como él. Apoyé mi cabeza en la ventana y me mantuve a la espera. El hombre miraba al frente. Sacó la cabeza hacia el pasillo y fijó su vista hacia la carretera, como si achicando los ojos en la noche pudiera guiar al conductor del autobús. La ausencia de niebla facilitaba el camino, los faros cumplían su cometido, el ruido del motor allanaba el viaje, pero seguía mirando al frente como si de su silencio dependieran nuestras vidas. Eso y que, además, movió la pierna izquierda y la pegó a la mía. De nuevo ese calor. Entorné los párpados. No te duermas, diez minutos para llegar. Pero cerré los ojos y abrí las piernas. Ahora que estaba dentro, ¿qué me importaban las alcaparras? A mis rodillas les pesó el calor denso del hombre. Su mano se había apoyado con tanta lentitud que empecé a volar. No estaba en aquel autobús. Como siempre que me masturbo, abandono el lugar en donde me encuentro con sólo desearlo. Sin embargo aquella vez era distinto. Mi precio de venta al jefe no daba para naranjas, que, por otro lado, se comían su propia pulpa. Y aunque gritase con Miguel Molina y escribiera misivas puntiagudas, aunque hubiese lasañas y rabos de toro y lienzos de labios como segundas manos, en mi casa sólo se duerme. ¿De dónde procedía el olor tumefacto que me despertaba todas las mañanas?
Como un pincel, los dedos de aquel hombre subieron hacia los muslos. ¿Por qué no llevaría falda aquel día si tanto me gustan? Es verdad, la noche anterior había soñado que las vocales se bañaban en lupas verdes. Las vocales se desprenden de los rabitos volátiles, bailan, se regodean en mis senos, entran a formar parte de una nube nocturna como compactos de arena. Se diluyen como velas de paja. Y el hombre me sacó de mi delirio y yo abrí aún más las piernas. Si sus manos suben más, me bajaré la cremallera del pantalón. Sólo una señal más, aunque suene falso que me resbalan las alcaparras. Sentía los ojos anchos de la mujer humeando en la intersección que formábamos el hombre y yo. Me pesan esos ojos. Pero esperé la señal que no vino hasta que me desabroché el pantalón. ¿Bajaría él mi cremallera? Sólo esta señal más. Pues bien: tuve que hacerlo yo misma. Y tuve, además, que acercar mi mano a la bragueta del vaquero y palpar el cipote erecto, duro, vivo como mis sueños a gritos. Creo que el hombre se movió. Es posible que cruzara las piernas porque sentí mi mano aprisionada por una masa caliente que me impedía el movimiento. Quizá la mujer se unía a la fiesta, no quise saberlo. Apreté los ojos. Sentí ganas de llorar. Mi sueldo no daba para tanto. Mi calle, hasta cierto punto. Mis muslos, enguantados bajo el pantalón de pana, apenas me ayudan a evitar las pesadillas que se comen el autobús para mirar otras calles, otras acuarelas, otros libros. Pensé en todo esto mientras evitaba huir. Por cada piedra de letargo que me trepana el cerebro tiene que haber más vocales. Sólo tenía que centrarme en aquella polla que transparentaba su bragueta como si me mojase. Podía apretar mis dedos alrededor de la carne y subir, bajar, apretar, dar vueltas alrededor, colocar los pies en el cabecero de respaldo del asiento que tenía delante y meterme los dedos en mi hueco absorto y hambrón de otras noches y de algunos, sólo de algunos lienzos. El hombre, que debió intuirlo, movió su mano definitivamente hacia mi coño. Como si presintiera esta extensión de dedos, el autobús dio un frenazo. Abrí los ojos: un semáforo en rojo que el conductor casi se salta. El hombre también se detuvo, pero sólo un instante. En seguida me agarró los pechos, me retorció los pezones, su boca se acercó a la mía. Le impedí el beso. Se lo hubiera dado, pero, ¿dónde? Me mordió en el cuello, y una de sus manos saltó de las tetas a mi entrepierna. Me desabroché el pantalón y él apretó dos dedos, que metió de golpe en mi coño, bajo las bragas. Para mi sorpresa, me dolió un poco. Estaba lubricada, sí, pero él era brusco. Abrí más las piernas, las levanté un poco, me hundí más en el sillón. El bolso se me cayó al suelo. Despegué los ojos esperando encontrarme los suyos, pero él miraba al frente y las farolas, que parecían soles me cegaban. Me pregunté si la mujer seguía al otro lado del pasillo. Ya lo creo: entre mi casa y la estación no hay más que una parada que ya habíamos dejado atrás. Ella no podía bajarse en el aire. Yo sí. Adelanté un poco el cuerpo para mirarla y nuestras pupilas se cruzaron durante una fracción de segundo. Ella giró el rostro hacia la ventanilla y yo me inmiscuí en mis asuntos. El hombre comprimió un gemido que me llegó hasta el tuétano. Con la mano más alejada de mi cuerpo, abandonó mis tetas, se desabrochó la bragueta y empujó mi cabeza hacia su polla. De acuerdo, si es eso lo que quieres. Pero le agarré la otra muñeca para que sus dedos se aferraran a mi coño. No me sueltes. Bajé la cabeza y forcé la columna. Olía como huelen todas las pollas, a queso rancio salteado con boletos y cebolla pochada. Su aportación personal era un regalo del sudor acumulado y del aguarrás. La mezcla era tan intensa que, antes de sacar su rabo del apretado pantalón, me creí incapaz de seguir. Además, mi postura era incómoda. Levanté los ojos y busqué de nuevo los de la mujer. Desde la altura que le permitían sus alcaparras, me miraba con tanta atención que sus intentos por retirar la vista la delataron. Negó con la cabeza, se levantó de su asiento moviendo los labios y avanzó por el pasillo. Me negué a abandonar mi postura para asomarme por encima de las fundas blancas de los cabeceros a ver qué hacía la mujer. Lo mismo se quedaba de pie, agarrándose a la barra del autobús hasta la última parada o, quizá, se sentaría más adelante, a punto de vomitar en los escalones de la puerta de salida. Cualquier cosa me hubiera excitado aún más, lo juro. De modo que me volví a agachar, acerqué mi nariz a la polla del hombre, se la agarré, le bajé la piel del capullo, aspiré con fuerza su olor a queso, a cebolla, a boleto, la miré a los ojos y me la metí en la boca. Aquel olor, y yo seguía chupando. Aquel olor con que el hombre empujaba tan torpemente mi cabeza hacia su polla. Me atraganté. Y si aquella mamada era insuficiente para mí, no era porque me dolía la espalda de forzar la postura en un espacio tan reducido, ni tampoco por aquel olor tan intenso. O, al menos, no sólo por eso. Era que sus dedos se me dormían, cuando lo que yo necesitaba era una embestida del mapa, una pregunta de Bastilla. De momento, deseaba follar frente al pueblo huidizo de las alcaparras, quería seguir adelante. Y peleé. Me bajé el pantalón como pude y liberé su rabo del vaquero. El hombre me empujó con la mano hacia su polla. Ya era la segunda vez, pero yo era más fuerte. Le di un bofetón con el forcejeo, me levanté y me senté encima del hombre regalándole mi espalda. Conseguí encaramarme a su paquete. En seguida me agarró del culo, me mordió la nuca y me sostuvo sin dejar que apoyase todo mi peso en su polla. Si él ponía toda la fuerza que sus manos y el empuje de su culo le permitían, el zumbido de de su garganta tiraba de mí hacia abajo. Allí, de espaldas a él y apoyada en el respaldo delantero como alguien que se asoma por una valla, pude ver que la mujer había ido hasta el conductor. Hablaba con él, pero ni ella volvía la cabeza ni él miraba por el espejo retrovisor. Aquello no garantizaba la ausencia de acusaciones. ¿Debía zafarme de aquel hombre si no quería que me echaran del autobús? La llave giraba dentro de la cerradura una y otra vez. Daba igual cuantas veces girase. No lograba cerrar la puerta. No hay modo de estar segura. ¿Desde cuándo las llaves sirven para bloquear la entrada? Yo estaba más abierta que unas tijeras. Chorreaba entre convulsiones silenciosas que el hombre amortiguaba con su empuje. Metía las manos bajo mi jersey, me estrujaba los pezones, trataba de morderme la espalda con ropa y todo. Levanté un pie y lo apoyé en la tapicería, sobre el asiento de mi izquierda. Quise apoyar el otro en las rodillas del hombre, pero no tenía espacio. Me abracé al asiento que tenía delante; mordí la funda blanca del cabecero, cuando mi cuerpo, como un mapa enmascarado, perdió la paciencia. Me pareció que si el hombre hubiera podido, habría echado su asiento hacia atrás mientras yo dejaba de reconocerme, mientras lo insultaba, mientras pintaba mi propio lienzo a escondidas, entre las máscaras, bajo el esperma de toro que miraba hacia el final del túnel abierto y desfondado y hecho trizas.
El hombre se corrió en un santiamén. Apoyó su cabeza en mis cervicales y me quitó de encima casi empujándome. Yo quería más, pero ahora él era el más fuerte. Se abrochó el pantalón sin mirarme. Con una de mis piernas todavía sobre sus muslos, se abrochó el pantalón, se secó la saliva de las comisuras y cruzó las piernas, apoyó el codo en el brazo del asiento, la cabeza en el codo y los ojos en el frente. Sólo se oía el motor del autobús. Quité mi pierna de encima de sus muslos, me abroché el pantalón y me maldije por no haberme corrido. ¿Y si seguía al hombre en cuanto me bajara del autobús? Quizá sólo así conseguía más cancha. ¿Era eso? ¿De verdad era eso? Porque de exiguo, aquel polvo no tenía nada. Era, más bien, que mi mapa no encontraba su sitio. Era, más bien, que la tranquilidad que buscaba se me había aparecido por momentos. Era que aquel hombre podía volver a repugnarme. Mi sitio podía ser aquel, en el autobús, con alcaparras o sin ellas.
Pero ya llegábamos. Y si me descuidaba, el conductor tendría que esperar a que me subiese la cremallera, a que me alisara el jersey, a que aquel polvo pasara desapercibido tan sólo para el conductor del frente.
Llegamos a la última parada y el hombre se levantó. Entonces busqué sus ojos. Como no me miraba, lo observé durante unos segundos como se aguarda a que un toro aparezca tras un lienzo. No se fue. Aguardaba en el pasillo, junto a su asiento, sobre cuyo brazo apoyó la punta de los dedos. Me estaba cediendo el paso. Salí de aquella intersección que se esfumaba e intenté rozar su pierna, pero se apartó. Sin embargo, eché a andar por el pasillo delante de él y me alisó el jersey por detrás. Bajé los escalones de la puerta de salida y salí al frío de la calle.
Ciempozuelos huele siempre a lo mismo: a edificios brutos, a bosque arrinconado, a insuficiencia respiratoria. Saqué un cigarro y me lo encendí con pasos a mi espalda: mullidos los del hombre; estridentes los de la mujer. Los tres subíamos por aquella cuesta que acababa en la «urbanización». ¿Y si me dejaba seguir por él? Sin embargo, no tardó en aligerar el paso y en adelantarme. Tiré el cigarro y aceleré el paso para seguirle, pero llegó un momento que o corría a riesgo de sufrir un paro cardiaco o lo dejaba escapar. El semen bajaba con goterones calientes hasta las costuras de mis bragas. Me toqué la entrepierna, pero el goteo se quedaba en los límites del pantalón. ¡Ah! Ya me parecía que, de no impedirlo, los pasos de las alcaparras me avisaban de que ambas seguiríamos subiendo aquella cuesta sin bocacalles hasta el final. Juntas. Me di media vuelta, pasé junto a su lado con intención de chocarme con ella. Se apartó a tiempo. Me encendí otro cigarro. Sus pasos se alejaban. Yo, por mi parte, cogí el camino más largo para mi mapa rancio. Puede que al llegar a casa no gritase a Miguel Molina, puede que ni pintase lienzos ni quemase cartas, lo que era seguro es que mancharía los cuadros de mi jefe con la tinta de un bolígrafo verde. O mejor, con el semen seco de aquel hombre que ya empezaba a mojar los pantalones. Puede, incluso, que a partir de ahora me dedicase a emborronar los cuadros con aguarrás.
Marisa Mañana