

El texto que leeréis a continuación parece una broma del mismo escritor italiano. Antes de leer su último libro publicado en España, la edición italiana es de 2003, no admiraba en exceso la obra del autor de Sostiene Pereira, novela que leí demasiado joven sugestionado por la homónima película y, sobre todo, la sólita prestancia de Marcello Mastroianni. La sensación negativa se acrecentó con Tristano muere, libro denso donde los haya que leí demasiado deprisa, sin entender que quizá el mismo Tabucchi tenía razón, parafraseemos, al decir que Se está haciendo cada vez más tarde y, esto es de cosecha propia, es perfecto que así sea.
Tiempo y lecturas. Hay autores que merecen una justa espera para ser amados, como si la mente esperara la ocasión para iniciar el pacto de afinidad que suele establecerse entre el lector y el narrador.

Autobiografías ajenas se inserta dentro de un tipo de literatura contemporánea de calidad que produce el efecto de querer leer más y más. Si el lector de Vila Matas después de pasar páginas y páginas del Mal de Montano o Doctor Pasavento decide buscar entre las estanterías bibliófilas las perlas de Walser, Melville o Jaegy, con Tabucchi la seducción es puramente egocéntrica y lleva al deseo de adquirir más y más obras del trasalpino.
¿Cómo lo consigue? En muchas ocasiones se desconoce la figura del escritor, qué piensa, cómo lo piensa, por qué escribe y qué le induce a ello. En Autobiografías ajenas el detalle, aquello que tiendo a denominar minucia significante, cobra pleno sentido. Un buen ejemplo es Pero, ¿de qué se ríe el señor Spino?, texto en que Tabucchi habla de la obsesión que le causó la última frase de su novela La línea del horizonte después de que los críticos hablaran y hablaran de la misma, gran final donde Spino, frustrado, se ríe y abandona el espacio físico y el texto narrativo. El autor se pregunta los motivos de la risa y confiesa que cuando escribió la frase no se atrevió a preguntárselo al protagonista; esta reflexión tiene una clara matriz pirandelliana, realmente los personajes tienen vida propia y el autor a veces se ha de conformar con seguir su ritmo, pero navega por Kant, la risa nace de una expectativa que acaba en nada, y concluye en Bergson y su célebre ensayo sobre el tema.
Como no soy Antonio Tabucchi no pude reflexionar sobre el por qué de la frase, aunque opté por una solución más lógica. Compré La línea del horizonte y así empecé a intuir algo del tejido que viste a los personajes del italiano y su constante constancia, viva la redundancia, por resolver enigmas relacionados con el mundo y, más concretamente, con casos que les tocan muy de cerca. No hay mucha diferencia entre Spino y Pereira, como quizá tampoco la hay entre Tabucchi y sus criaturas, pues la curiosidad es la verdadera bandera que mueve sus impulsos, bien racionales, creativos.
En Autobiografías ajenas los textos son autopistas literarias. Circulando por la A- Dama de Porto Pin me percaté de conocer ligeramente el camino. Ser lector asiduo de Enrique Vila Matas y encontrar en Tabucchi, y su carretera suave sin asfalto, las islas Azores, sin Aznar pululando, fue un pasaporte hacia otra visita a la librería.
Muchas de las historias del escritor italiano han sido adaptadas al celuloide. No es de extrañar. En Dama de Porto Pin la brevedad del relato constituye una verdadera joya para cualquier cineasta con ganas de colorear las palabras. Tabucchi tiene la virtud de escribir historias sencillas de fondo complejo que cualquier lector capacitado puede entender porque hablan, como sucede con la buena literatura, de historias y sentimientos que viven en el interior humano cada día que pasa. El amor, el despecho, la traición y el final son motivos clásicos, así como los tópicos literarios, siempre fieles a sí mismos, siempre dispuestos al cumplimiento final, lo que explicaría que nadie tendría que extrañarse si una narración se tiñe de negro guadaña si al principio de la misma un arma cuelga de la pared del protagonista.

Texto e imagen. Vida y literatura. Siendo escritor novel he tenido pocas anécdotas del público para con mis textos, pero siempre recordaré cuando una chica me paró en medio de la Rambla y empezó a preguntarme cosas sobre mi primera novela. En mi vertiente fotográfica he encontrado más personas que reconocen alguna imagen y quieren comentarla. Internet ha facilitado mucho las cosas. Hace 15 años no era posible, y efemérides como las que cuenta Tabucchi en relación al encuentro, desencuentro y casualidad de la fotografía de portada de Se está haciendo cada vez más tarde son maravilla de cotidianidad y poesía vital. Con este tercer ejemplo vemos como el azar interviene en la configuración del todo literario. Don Antonio compra una fotografía en un negocio parisino, se pregunta por su extraño abrazo, indaga sobre su autor y no encuentra pistas. Un día, de repente, el fotógrafo desconocido aparece mientras el narrador firma ejemplares en una librería de la ciudad de la luz. Han pasado 15 años. La anécdota, genial, sirve para animar a los desanimados y dar a entender que todo en esta vida tiene un sentido, como ya decía Il matto de La Strada de Federico Fellini a Gelsomina: “Hasta una piedrecita tiene sentido por su simple presencia en el mundo”. En el caso tabucchiano, un libro lleva a otro libro, perfecto símbolo del significado intrínseco de su última obra, reflexión metaliteraria que lleva al lector hacia la apertura de nuevos horizontes textuales.
Las Azores no están tan lejos. Os lo prometo.
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