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Los signos

Por Norberto Luis Romero

 

Esa tarde Marcial llegó más agitado que otras veces. Noté de inmediato que quería comunicarme algo. Evi­dentemente, estaba inquieto. Por fin se decidió.
-Creo que deberías saber una cosa -dijo dándome la espalda, mientras hacia como que curioseaba los títulos de los libros en la estantería. Se acercó donde yo estaba y señalándome agregó:
-Es posible que tú seas uno de los elegidos, al fin y al cabo eres mi amigo y puedo confiar en ti.
Le rogué que se explicara. Después de un silencio en el que pareció querer ordenar sus ideas me confesó:
-Te he mentido... no he estado en Munich du­rante estos últimos dieciséis meses.
No me sorprendí; sabía que me había estado min­tiendo pero también que tendría sus razones pa­ra hacerlo. Me miró queriendo conocer mi opinión. Le sonreí, y esto le dio pie para que continuara con mayor tranquilidad y confianza.
-Estuve en otra ciudad... -y dijo un nombre que no pude entender bien; evidentemente no lo había oí­do en mi vi da. Se apresuró a explicarme: -Sé que no la conoces, su nombre significa “La que está rodeada de montañas”, No te esfuerces en buscar etimologías, seria inútil; desconoces el idioma. Y se quedó mirándome. Decidí armarme de paciencia; no sería sencillo y preferí dejar que me lo contara to­do sin interrumpirle con preguntas.
-Es tal como su nombre lo indica -prosiguió-, una isla que vista desde cualquier punto, desde la altura del horizonte, parece ser un grupo de montañas deso­ladas, inhabitables. Nadie podría suponer, salvo quienes la conocemos, que esas montañas forman un ani­llo y en su interior hay un valle donde se encuentra la ciudad.
Seguía sin comprender a Marcial. Estuve tentado de interrumpirlo y pedirle que me aclarara su relato, que comenzara por el principio. Comprendí, sin em­bargo, que ordenar sus ideas para él supondría un enorme esfuerzo y lo dejé que continuara a su modo.
Creo que estuvo hablando más de una hora. Cuan­do se marchó, ya más calmado, estaba oscureciendo.
Dos años atrás, Marcial recibió la visita de un amigo íntimo suyo. Este le confesó que había es­tado viviendo en una ciudad secreta a la que sólo te­nían acceso determinadas personas previamente elegi­das por una autoridad competente de la Orden, y que para llegar a di­cha ciudad era necesario descifrar una serie de signos como confirmación de que era ésta y no otra la perso­na elegida para viajar allí. Marcial había sido uno de ellos, uno de los elegidos, según le había comunicado, y debería dedicarse a la búsqueda de los signos. Su amigo le ex­plicó que él mismo era portador del primero de estos signos y de la mitad del segundo. La narración que le ha­bía hecho constituía el primer signo y su forma de interpretarla y aceptarla constituía la clave del se­gundo. Posiblemente él traía de aquella ciudad algu­nos otros signos destinados a Marcial, escondidos en­tre las pertenencias de sus maletas; en su propio ros­tro, en la vestimenta, en los gestos, pero no era consciente de ellos, los desconocía, pues así funcionaban los planes de selección; por lo tanto, Marcial debería inspeccionar todo cuanto su amigo había traído de la isla, si bien éste ni siquiera podía asegurarle que los signos estuvieran allí aguardándole.
Marcial, en un principio, se había mostrado incré­dulo (confieso que me pasó lo mismo), hasta que en­contró entre en un paquete de cigarrillos que le ha­bía regalado su amigo, y que a simple vista parecían co­munes y comentes, uno siete u ocho milímetros más corto que el resto. Arguyó que esta particularidad podría ser el se­gundo signo, decidió plegarse al juego y buscar los de­más códigos. Decidió comprar un paquete de cigarrillos de esa misma marca para verificar si realmente se había tratado de un código, pero en todas las tiendas de tabaco le indicaron que la importación de dicha marca se había cerrado hacia varios años. De contrabando pudo comprarlos  a un marinero en los arraba­les del puerto. Los cigarrillos estaban demasiado se­cos, algunos se destruyeron cuando desarmó el paque­te; comparó los trozos de papel y vio que todos eran iguales, los cigarrillos tenían la misma longitud, pero en cambio descubrió que los filtros eran distintos: había dos o tres ligeramente más largos que el resto. Confirmó así la totalidad del segundo signo, pero faltaban los siguientes, pues se trataba de una cadena de signos cuya interpretación última dependía de la de cada uno por separado. Arguyó que lo tendría el mari­nero que se los había vendido y volvió al puerto en su búsqueda pero no pudo dar con él y lo poco que le informaron indicaba que se había embarcado. Recordó entonces que el hombre tenía un tatuaje en el antebrazo derecho: un círculo con una montaña en el centro. Lógicamente, razonó que era éste el siguiente signo.
No recuerdo por completo el resto de la búsqueda, que Marcial me refirió desordenadamente y plagada de dudas y contradicciones. Recuerdo que fue demasiado larga y penosa, que en ella estu­vo a punto de perder la vida en varias oportunidades, siempre acosado por individuos de baja ralea, siempre en escenarios de barriadas miserables, hasta que dio con una persona clave del penúltimo signo que le indicó la forma de embarcar rumbo a la isla secreta.
Varias semanas viajó a bordo de un cargue­ro con bandera falsa, cuyos tripulantes hablaban una lengua desconocida. Sin bajar a tierra, en mi­tad de un océano, transbordó a otro barco donde un mari­nero con el cuerpo completamente cubierto de tatuajes le dio a beber un líquido espeso y dulzón que formaba parte de un signo y le produjo terribles vi­siones antes de abatirle en  un largo y profundo sueño. Cuando despertó estaba ya en la ciudad de destino en la cama de un exiguo cuarto de hotel.
Afirmó que había vislumbrado la isla desde el mar a pesar de los efectos de la droga, que se presentó de una forma confusa y desvaída, entre nieblas y ventiscas. Pudo tratarse de un falso recuerdo, pues dijo que se parecía mucho a un dibujo encontrado en el transcurso de la búsqueda de signos en una edición ilustrada para adolescentes de la "Utopía" de Tomas Moro.
De su estancia en la ciudad sólo me hizo algún que otro vago comentario. La vida allí era absurda. Había estado obligado a una continua lectura de los dos voluminosos periódicos oficiales que se editaban todos los días, y en los que, según él, aparecen minuciosamente detalladas las acciones (no los acontecimientos importantes) de la vida coti­diana de todos los habitantes de la ciudad. Uno de estos diarios es una rigurosa y aburrida crónica de lo su­cedido el día antes y el otro enumera Todo cuanto ocurrirá al día siguiente. Ambos periódicos aparecen y se distribuyen al mismo tiempo, ya que un intervalo entre ambos, por breve que sea, puede acarrear consecuencias fatales: la absoluta inacción durante este lapso de todos los ha­bitantes de la ciudad. Estos periódicos son elaborados por los miembros menos jerárquicos de la Orden y re­dactados con suma prolijidad, pues un mínimo desacierto en la información causaría la descon­fianza de los ciudadanos en la Orden, desencadenaría una crisis de gobierno o incluso una revolución. Asimismo, aventuró la posibilidad, según rumores, de un ter­cer diario secreto conocido tan sólo por los miembros jerárquicos de la Orden.
Dijo que la propia ciudad constituye el último de los signos, “El Gran Signo”, y que su acertada interpretación permite quedarse en ella para siempre y pasar a ser miembro secreto de la Orden de los Elaboradores de Signos. Quienes no logran desentrañar el “Gran Signo” tienen dos posi­bilidades: permanecer en la ciudad co­mo un habitante más, aceptando sumisamente la lectu­ra de los periódicos pero con libertad para proseguir con la “Gran Búsqueda”, o retornar a la ciudad de origen como un portador de signos. Marcial no había logrado dilucidar el “Gran Sig­no” y optó por regresar ante el panorama de pasarse toda una vida de monotonía leyendo los absurdos periódicos, pero tuvo que sufrir por segun­da vez los percances del viaje secreto.
Si no conociera desde hace tantos años a Marcial, habría creído que desvariaba cuando me relató toda esta historia, pero era tal el convencimiento que vi en sus ojos y tanto insistió que confiara en él, que acabé diciéndole que había creído una por una sus palabras y me había convencido. Lo tranquilicé prometiéndole una visita al día siguiente.
Esa noche, reunido en mi casa con unos amigos comunes, les comenté que Marcial estaba de vuelta, y alguien dijo que un amigo suyo creía haberlo visto en Munich su­biendo a un autobús.
Al día siguiente cumplí lo prometido. Al verme se le iluminó el rostro, pero lo noté todavía ansioso. De in­mediato me hizo pasar.
-Has interpretado la primera parte del segundo sig­no -me dijo-, de lo contrario no hubieras venido.
Tuve ganas de decirle que no había sido por el signo, sino porque le había dado mi palabra, pero no quise borrar su sonrisa de alivio y preferí ca­llarme. Me condujo a su habitación y me mostró dos grandes maletas aún sin abrir.
-Búscalos -me ordenó señalándolas-, ahí tienen que estar los signos.
Abrí uña de ellas. Mientras abría una de las maletas, él me observaba inquieto desde el otro extremo de la habitación, como si temiera acer­carse a los esperados signos. En ese momento tuve la sensación de estar ha­ciendo el ridículo.
-Búscalos -volvió a ordenarme.
Hurgué en los bolsillos de un pantalón, luego en los de otro y en varias camisas. El resolvió ayudarme, al principio con cierto temor, como si estuviera manipu­lando objetos sagrados, luego con ansiedad.
Revisamos la ortografía de las etiquetas, toda la ro­pa, los cigarrillos, los tubos de pasta dentífrica, disol­vimos dos pastillas de jabón, desarmamos un cepillo con mango de alpaca, descosimos los forros de dos abrigos y de varias corbatas; todo fue en vano. Ni en el menor fragmento de cuanto revisamos había algo de inusual, un rastro de irregularidad que hiciera pensar que constituía un signo.
Marcial se sentía responsable y estaba abatido ante mi mal disimulada incredulidad. Se sentía engañado por la Orden. En su impo­tencia se dejó caer en un sillón, absorto y mudo. In­tenté consolarlo diciéndole que al día siguiente, con más tranquilidad, buscaríamos una vez más, que mientras tanto no tocara nada de cuanto habíamos re­visado, ni siquiera los objetos de su habitación.
Lentamente fue reaccionando. Me acompañó hasta la puerta, balbuceó algo y se encogió de hombros. Sin mirarlo a la cara le tendí la mano para despedirme. Entonces tuvimos el signo allí, en nuestras manos: los dos, sin ser zurdos, nos habíamos tendido la izquierda.

© Norberto Luis Romero
Del libro Transgresiones, Editorial Noega, Asturias, 1983

 

 

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