
Por Luciana Ferrando
*Imágenes de Quint Bucholz.
La escritora belga Amelie Nothomb dice en su curiosa novela Robert des noms propres, sin dejar de ponerse un poco cursi, que cada persona tiene un libro, y sólo uno, que le corresponde por entero. Algo así como una media naranja literaria que cuando llega completa al lector y le revela el secreto existencial que éste espera conocer, o no.
Yo aún no he encontrado mi mitad de letras, y eso me reconforta. Me inclino por las búsquedas perpetuas más que por los resultados, por el trayecto más que por el destino en sí.
Y dudo que el libro perfecto sea el mismo a los 16 años que a los 40. Supongo que la condición de lector evoluciona con uno, y asimismo las exigencias.
Pero igual me sigo preguntando qué libro elegiría si, como sucede en Fahrenheit 451, tuviera que aprender una obra de memoria para convertirme yo misma en un libro vivo.
¿Qué libro queréis ser cuando seas grande?
¿Qué libro queréis ser cuando seas libro?

Todo esto venía porque un amigo me planteó hace un tiempo un desafío un poco más amplio pero no menos dificultoso: escribir una lista con los mejores 10 libros que he leído en mi vida.
No soy enemiga de las listas. De hecho, llevo un conteo de las películas y las obras de teatro que veo, de las que quiero ver y lo mismo con los libros terminados y los pendientes. Lo que no se me da tan naturalmente es ordenar preferencias. No es que me de todo lo mismo. Pero sí creo, como esbocé antes que cada cosa tiene su momento, por eso puedo referirme a lo mejor que leí en estos meses pero probablemente no a mis tres décadas de vida.
Lo mismo me sucede con el cine y con todas las preguntas que empiezan por cuál y terminan por favorito o favorita. Tampoco me gusta ya lo de “mejor amigo”, y lo del hombre o la mujer ideal me produce directamente una risita no siempre discreta…
Volviendo al tema, recuerdo que con todas estas salvedades comencé a elaborar la lista con bastante entusiasmo pero sin mucha seriedad: la empecé a escribir en la servilleta de un bar y con un lápiz finito, cosa de poder borrar. Guardé la servilleta dentro del libro que leía en aquel momento y hasta le prometí incluirlo entre mis privilegiados. Pero la concreción de la empresa comenzó muy pronto a dilatarse, a sufrir desplazamientos, borrones de los que provocan agujeros (sobre todo en las servilletas de papel) y olvidos diversos.
El amigo, en cambio, cumplió rápida y prolijamente su tarea -el desafío contaba para él también- y me mandó su top ten a mi correo. Entre sus elegidos estaban El guardián entre el centeno de Salinger, La naranja mecánica de Anthony Burguess, Esperando a los bárbaros de Coetze, o La frontera de Cormack McCarthy.
Tuve entonces la tentación de manifestar una comparación que venía siendo inevitable para mí desde el comienzo: ¿se podrá elaborar igualmente el ranking de los diez, o cinco, o tres mejores amores o amantes? Seguramente. ¿Pero sin ser injusto con nadie? ¿Sin discriminar etapas, anecdotarios, detalles, matices? Al menos yo, me reservo el derecho a la duda.
Pero esta alusión a lo amoroso, esta alegoría entre las relaciones personales y las relaciones literarias -para darle un nombre aunque equívoco- me llevó a pensar en el vínculo que cada persona establece con cada libro.


Hay libros con los que se funda una relación de dependencia. Son esos que no pueden dejarse por nada, que obligan a prolongar los viajes en metro, a leer en la calle sin dejar de caminar, a quedarse despierto hasta que los versos se cruzan en la mirada y hay que volver cien veces a comenzar el mismo párrafo para ver qué se llevó la confusión del principio del sueño.
Muchas veces hacen sufrir, angustian, desesperan y sin embargo un misterio nos obliga a serles fieles, a sostener la simbiosis. Tengo una amiga que es el emblema de este caso, que no puede abandonar ningún libro empezado, no importa cuán pésimo o cruel o irrelevante sea. Algo la lleva a tragar cada una de las palabras hasta el fin como se hace con una comida espantosa cuando se es niño y existe la obligación de vaciar el plato.
Yo no soy tan tolerante y no tengo problemas en abandonar una historia que no me conmueve o me conmueve demasiado. No obstante, carezco de la capacidad de leer dos o más libros al mismo tiempo. Sólo puedo sumergirme sinceramente y de lleno en un solo universo ficcional.
Otros libros son como amantes furtivos, o como amigos de la infancia que sólo se ven cada tanto. Se digieren lentamente, necesitan un largo período de asimilación, imponen su tiempo interno, un tiempo propio que es singular e irrepetible como las flores horarias del Maestro Hora en Momo, de Michael Ende.
La araña de Clarice Lispector es el mejor ejemplo que tengo en mi historial de lectura en el que se aplica este principio. La araña me esperó durante años -tres por lo menos- cerca de la almohada, y yo a veces lo leía como si lo acariciara. Un poco. Una página o dos, lo que permite de un sólo tirón tanta poesía reconcentrada. Un bocado y cerrarlo y dejarlo en su puesto de la cabecera de la cama sin hacer ruido, con delicadeza. Pero siempre tuve la sensación clara de que el libro me esperaba. Y un día lo terminé, pero nunca me atreví a guardarlo en un estante, junto con el resto de las lecturas ya concretadas.


Por otro lado, me es casi imposible pensar en libros sin pensar en amigos.
Pienso en Amaia, por ejemplo, quien suele mandarme libros por correo diciendo “esto es para tí”, “no puedes dejar de leer esto”. Gracias a ella descubrí mundos maravillosos como el de Pájaros de América u Hospital de ranas de Lorrie Moore y su delicioso humor negro o la trilogía rural De sus fatigas de John Berger -Puerca tierra, Una vez en europa, Lila y Flag-.
O pienso en Silvia, en cuya biblioteca siempre había un libro para mí, con la que podíamos pasar noches enteras hablando de nuestras lecturas. O simplemente riéndonos de un personaje como Beba Boticelli, la psicóloga argentina de Garras de astracán.
Pienso en Murdock leyéndome a César Vallejo en una mesita del bar Británico -“Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar sino para que empiece a nevar”-, llamando a Pizarnik simplemente Alejandra, como si la hubiera conocido.
O en Ale y su amor incondicional por Fernando Pessoa. Ale recitando la Oda Marítima con una emoción tan contagiosa y cargada de la saudade única de esos versos.

Pienso en Adrián, que me presentó libros como si fueran otros amigos y así conocí, entre tantos otros, a Marcel Schwob, a Philip K. Dick y la edición bilingüe de Habitaciones de Louis Aragon. El me mostró también, como se enseña orgullosamente un tesoro, ese bonito homenaje a los bibliófilos que son las ilustraciones de El libro de los libros, de Quint Buchholz.
O en el Chino, que ha sido librero, y conserva intacta gran parte de todos los argumentos y en las charlas de café, por equis razón, siempre andaba citando Al otro lado del río y entre los árboles. Tal vez la obra de Ernest Hemingway que integraba en aquel entonces su lista de favoritos.
El Chino me prestó también un par de obras claves de la literatura erótica, como Las lágrimas de Eros de George Bataille o La vocación suspendida de Pierre Klossowski, a condición de que se los devolviera antes de su quincuagésimo cumpleaños. La misión me parecía sencilla y sin embargo, aquel tiempo no era mi momento para leer estos libros y todos los intentos de hacerlo fracasaron. Pero cumplí con mi parte del trato y antes de su aniversario número 50 le devolví los volúmenes, con papelitos dentro que indicaban dónde me había quedado...
También pienso en mi abuelo, que tenía una biblioteca inmensa donde yo me pasaba siestas enteras hojeando lo que aún no podía entender, mirando los lomos y sus colores, los lomos a veces deslomados, absorbiendo el olor de los tomos viejos y de los nuevos. De él heredé el placer de la lectura y la pasión por los libros.
En cuanto a mi proyecto de lista, como era de esperarse, no tuvo un final tan afortunado como el ranking de mi amigo, sino más bien abierto.
Hace poco recordé esta anécdota y descubrí que la lista quedó –incompleta, por supuesto– dentro de aquel libro al que le había hecho la promesa; está en Buenos Aires, a decenas de miles de kilómetros de mí). Creo que con suerte había llegado al puesto 5. Pero ya no recuerdo los títulos que había incluido.
De todas maneras, hoy esa lista sería otra y mañana otra diferente. Un eterno work in progress, una obra inconclusa, siempre en movimiento.
Siempre en la búsqueda perpetua de esos diez mejores libros.

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Febrero 2009 ©