Dylan Thomas lo dijo y sólo uno prestó atención*
Era más de medianoche en el azul de la ventana y las cigarras crujían canciones de amor sobre la fría hierba. En aquel instante, el hombre pisaba la Luna con katiuskas doradas y las estrellas fingían que nada estaba ocurriendo. En la calle, bajo el paramento del muro principal, un perro sin nombre ladraba al azar hipocorísticos eslavos. Sin demasiado rigor, sí hay que decirlo, como es habitual en los perros, más aún en los innominados. En la mesilla del cuarto había una luz. No sé si eso importa.
Joseph Kanduriz, trepanador en paro, vive en esta habitación del primer piso con vistas a la enredadera de la señora Jenkins. Habría vendido su alma al mismísimo Diablo por poder oír algo de lo que estoy diciendo, pero ni siquiera así lo habría conseguido, pues, además de sordo, es tozudo y porfiado.
Hirsuto.
La gente no suele emplear la palabra hirsuto. Les da vergüenza. Y es una lástima porque es bien bonita. Joseph Kanduriz insiste en pronunciarla a veces, cuando se aburre. Mueve la boca así, con exageración, y se escucha un ruido sordo que en poco se parece a lo que intenta decir, pero se supone.
—Rrrsssooohh... —repite el muy tardo hasta la extenuación.
—¡Cállate, jodido sordo! —le grito a veces desde mi cuarto, golpeando vehemente la pared que nos separa con mis nudillos enrojecidos.
Pero es inútil. La palabra hirsuto le resulta demasiado tentadora. Es natural. Supongo que a todo el mundo le sucede algo parecido. Y lo comprendo. Hay palabras que se saborean con sólo pronunciarlas: Blenorragia. Bisoñé. Laparotomía. Salamandra. Bacilo de Koch... Resultan tentadoras. No lo voy a negar, claro que no.
Mi tía Glenda, por citar a alguien que conozca, repetía sin cesar verdaderamente. A todas las preguntas respondía del mismo modo: Verdaderamente sí, verdaderamente no, verdaderamente no lo sé, verdaderamente me trae sin cuidado...
Era verdaderamente cargante, mi pobre y difunta tía Glenda.
En cuanto a Joseph Kanduriz, sospecho que ahora mismo se estará masturbando frente a la lámina de Mae West que me pidió prestada esta tarde. Puedo sentir los amargos latidos de su corazón en la pared y también sus pequeños gemidos de animal sofocado. Si no se está haciendo una paja, le está dando una taquicardia al puto sordo.
No negaré lo evidente. Me molesta que el hombre se vaya a la Luna de excursión en lugar de inventar una vacuna contra la sordera o algo parecido. Así, me ahorraría golpear la pared como un gorila cada vez que al trepanador de calaveras le da por repetir su nombre a voz en cuello en mitad de la madrugada.
Creo que voy a cagar. Me llevaré a Dylan Thomas.
No vuelvas a hacer eso, maldito hijo de puta*
La primera vez que salí de Arizona era un mocoso de once años. No fue un viaje de placer, sin embargo. Mi padre llevaba entonces una representación de productos cosméticos junto a su socio, Hinoiri Aihara. Hinoiri era un viejo marica japonés que vivía obsesionado por la glicerina y las propiedades beneficiosas del aceite de anacardo.
Cuando Hinoiri enfermó, mi padre decidió llevarme con él a California. Sólo necesitaba un ayudante para un par de días, alguien que portease los catálogos de Cosméticos Aihara y no hiciese demasiado ruido, así que yo era su hombre. A cambio, podría conocer Los Angeles y tomar el sol como un lagarto en sus blancas playas de arena fina, bañadas por el infinito océano Pacífico.
Sonaba bien. Sonaba a cosa de adulto.
Era verano. Cruzamos San Bernardino de madrugada, huyendo del castigo excesivo del sol de medio julio, a bordo del viejo Camaro que tío Frank regaló a mi padre. Era una máquina egregia, de color borgoña, con algunas abolladuras en la parte delantera, reluciente cuando se lavaba. Uno de esos coches que te hacen sentir importante.
La radio nos acompañó todo el camino. Ni a mi padre ni a mí nos gustaba demasiado hablar, especialmente si teníamos que hacerlo el uno con el otro, así que nos dedicamos a escuchar con falsa atención las emisiones nocturnas de las cadenas locales. Acabamos un poco cansados de John Denver y de sus "Country Roads". Y de la música country en general.
Llegamos a Los Angeles con las primeras luces. La ciudad despertó blanca y brillante con ligeros destellos de azul. Transmitía una rara pureza difícil de describir. El aroma intenso del mar inundaba el olfato e infundía vida, como un reconstituyente. Era una sensación totalmente nueva. La humedad, el olor a salitre, el rumor de vida acelerado, todo aquello contribuía a despertar en mi interior una excitación irracional.
El asfalto ardiente de Venice Beach despedía una densa capa de vaho que hacía adivinar el horizonte como un oasis frenético de civilización y palmeras. El cielo era cada vez más azul. Mi padre encontró un sitio para aparcar en un callejón que daba a la avenida principal, cogió unos cuantos catálogos del maletero y salió a recorrer tiendas en busca de clientes. Mientras tanto, yo me senté en un banco frente al mar.
Con el paso de las horas, la playa se fue convirtiendo en un hervidero de gente grotesca: gordas inmensas paseando mascotas enanas, chinos famélicos montando en bicicleta, una excursión de viejos vestidos de explorador... No se veían cosas así en Yuma.
Comprobé que alguien me observaba con atención desde detrás de un arbusto. Era un hombre de mediana edad, gordo y con aspecto de mendigo. Se acercó con sigilo al banco y se sentó. Llevaba un abrigo tan largo como sucio y unos guantes de lana cortados a la altura de los nudillos que permitían ver las puntas de sus dedos ennegrecidos.
—¿Cómo te llamas, chico? —me preguntó con la mirada perdida.
—Bob... —le respondí— Bob Ochmoniak, señor.
—Óyeme, Bobby, voy a necesitar que me ayudes. Verás... —farfulló, bajando la voz— Resulta que estos tipos me persiguen. Me buscan desde hace tiempo porque quieren algo que sólo yo tengo. ¿Me sigues?
—Sí, señor.
—Bien... Lo único que necesito es a alguien que esconda lo que buscan, antes de que ellos vengan para quitármelo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—¿Puedo confiar en ti, Bobby?
—Ya lo creo que sí, señor.
El hombre introdujo la mano en el bolsillo interior de su abrigo y sacó un fajo de papeles arrugados que olía a sudor y a fritanga. Eran hojas de apuestas deportivas Ladbrokes escritas por las dos caras. Las miró por última vez antes de meterlas en mi puño y me hizo prometerle que no hablaría de aquello con nadie.
Estaba a punto de responderle que sí cuando sentí que alguien lo levantaba por la espalda. Era mi padre.
—¿Qué hacías con mi hijo, maricón? —dijo mientras lo empujaba.
El mendigo cayó al suelo y comenzó a aullar y a pedirme que corriera. Yo permanecí allí estático, lleno de rabia, sin poder hacer nada.
—Querías follarte a mi hijo, ¿verdad? —gritaba mi padre delante de todo el mundo— ¡Yo te daré tu merecido!
La gente formó un corro alrededor de los dos, jaleando a mi padre. El otro hombre lloraba como un niño y creo que yo también lloré. No tenía nada que hacer. Mi padre lo dejó allí tendido sobre el asfalto, sangrando como una rata, felicitándose por su valor.
Vino hasta donde yo estaba y me arrancó los papeles de la mano. Los rompió en pedazos y los tiró junto al mendigo, satisfecho. Los estúpidos que se habían congregado junto al banco le aplaudieron. Jamás había sentido tanto dolor. Le grité con todas mis fuerzas, como sólo un niño de once años puede gritar:
—¡No vuelvas a hacer eso, maldito hijo de puta!
Y me juré que jamás le perdonaría por aquello.
*Fragmentos de la novela inédita Prohibido tirar de la anilla.
Cathcart, el Magnífico
Yo, que conocí a Cathcart personalmente, les puedo asegurar que no fue ni la mitad de magnífico de lo que apuntan las crónicas. Cathcart fue un impostor de principio a fin, un embauque. Ahora que el destino se ha encargado de hacer justicia, me dispongo a desmontar, por propio derecho, su infame impostura.
Para empezar, ni siquiera se llamaba Cathcart. Su nombre real era Ricardo Ponce y era guatemalteco. Nos conocimos en el penal de Folsom en 1976. Ambos cumplíamos condena por asuntos que ahora no vienen al caso. En descargo de la verdad, debo decir que ninguno de los dos cayó en aquel agujero inmerecidamente.
Fue en la celda 212 de la prisión estatal de Folsom, como iba diciendo, donde Ricardo Ponce conoció de mis labios la historia del auténtico Cathcart; el único Cathcart para mí: Mi abuelo, Mark Cartwright Jr.
Hay individuos que nacen con un don; mi abuelo Mark era uno de ellos. Nadie podría haberlo imaginado, salvo su madre, cuando nació de forma prematura en 1887, víctima de una malformación congénita, convertido en un pequeño monstruo sin piernas. Su padre, que intentó sacrificarlo nada más conocer la noticia, nunca acabó de aceptar aquel castigo de la naturaleza. Alcoholizado, murió en 1888. Su viuda, Catherine, le sobrevivió siete años. En su lecho de muerte, explicó a su único hijo:
—Sabes que siempre has sido especial, ¿verdad?
—No, madre, no lo sé.
—Yo sí lo sé, pequeño... Tienes algo que nadie tendrá jamás: Un don que muchos desearían para sí. Y ése es un don que nadie te podrá arrebatar.
—¿Y qué don es ése, madre?
Catherine Cartwright no tuvo tiempo de responder. La muerte fue más rápida. Pero el pequeño Mark, que creció, a pesar de todo, a su manera, nunca dejó de dar vueltas a aquellas últimas palabras. Descubrió, siendo ya adulto, que era dueño de cierta clarividencia. Descubrió, también, que podía sanar a otras personas. Comprendió, entonces, lo que su madre intentaba decirle. Como homenaje, sincopó su nombre y se llamó Cathcart. Con los años, con las milagrosas curaciones, llegaría a ser El Gran Cathcart.
Esta historia era mi único patrimonio. Ésta es la historia que Ricardo Ponce hizo suya.
Durante los dos años y medio en que fuimos compañeros de celda, mostró siempre una perenne indolencia cuando yo, inocentemente, compartía con él estas anécdotas. Una vez cumplida su condena, abandonó la cárcel en 1979. No volví a saber nada más de él hasta mi salida, en marzo de 1981.
El anuncio llegó volando hasta mis pies a bordo de una hoja de periódico que empujó el viento de Foothill Farms. Sobre la foto del mismo Ricardo Ponce que conocí en Folsom, ahora ostensiblemente más gordo que entonces, rezaba la siguiente leyenda: «Cathcart el Magnífico curará sus males: Sanación masiva el domingo 11 de marzo en Del Paso Park».
Mi abuelo Mark murió el 11 de marzo de 1931, en su rancho de El Paso, en Texas, a manos de un loco que acababa de fugarse de la cárcel del condado.
Fue sólo una casualidad que Cathcart el Magnífico muriese de la misma forma y el mismo día que El Gran Cathcart, cincuenta años después.
Ha sido sólo una casualidad que yo haya vuelto aquí, a la misma celda de Folsom, a la 212, donde le conocí, donde le presenté al auténtico Cathcart, cincuenta días después.
Radiografía de un mosquito
«Insignificancia de un ácaro» podría resumir a la perfección el fundamento existencial del atormentado expresionista Edmund De Goeij, así como el leitmotiv de la mayor parte de sus últimos trabajos. Sin embargo, la crítica de arte ha convenido en destacar «Radiografía de un mosquito» como la obra definitiva del holandés.
A la hora de analizar la trayectoria pictórica de De Goeij, Franz Müller, editor de Art Review, señala la importancia esencial de dos elementos clave: El alcohol y los estupefacientes. Estos acompañarán al artista durante toda su vida. Buena prueba de ello es su último poema, escrito en el envés del lienzo de «Retrato ecuestre del hombre invisible». Dice así:
«Caballo rojo, caballo rojo,
alas de jabón, aguamarina.
Esperanto de mantequilla.
Las cucarachas no tienen
pelos en la espalda.
Palidez absurda del
caballo rojo,
caballo rojo».
No eran frecuentes estas poco comprensibles inmersiones en el proceloso mar de la poesía por parte de De Goeij. Sin embargo, todas ellas resultan devastadoras. En el más amplio sentido de la palabra.
La obra que centra nuestra atención, «Radiografía de un mosquito», puede y debe ser considerada, sin miedo a caer en la temeridad del juicio riesgoso, como el más auténtico y sincero manifiesto vital y artístico del siglo XX. Hans Bürger, el crítico de Das Licht, lo define con una sola palabra: «Hostia».
Hay mucho de verdad en el aparentemente somero análisis de Bürger: Los febriles preparativos de su opera magna ocuparon a De Goeij durante dos largos años, sin duda los más intensos de su azarosa vida. Supusieron cuatro intentos de suicidio, tres ingresos hospitalarios, dieciséis encarcelamientos por escándalo público y más de cien litros de pintura acrílica desperdiciada.
El 16 de septiembre de 1907, Edmund De Goeij logró, al fin, su objetivo. Durante la celebración en Munich de su exposición antológica, se encaramó, empapado en formol, a la terraza del tercer piso de la Galería Heinrich Thannhauser y se lanzó al vacío con un sobre en el bolsillo interior de su chaqueta. En el suelo le esperaba un lienzo de titánicas dimensiones, pintado de amarillo.
«Yo soy el arte, señor Juez. ¿Quién es usted?», decía la nota que contenía el sobre.
... ...

Hugo Izarra nació en Vigo en 1980 y estudió Ciencias de la Comunicación en Madrid. Se dedicó al periodismo social y cultural durante unos años y, posteriormente, desempeñó otras actividades relacionadas con el mundo de las letras. En la actualidad, compagina la literatura con su trabajo como redactor en un gabinete de comunicación.
Es autor, bajo pseudónimo, de los poemarios Eyacula, que algo queda, Gominolas para los patos y La soledad es una puta con dientes de oro, además de la novela inédita Prohibido tirar de la anilla.